Capítulo 5 1917 - Los últimos días de Lady Constance #3
—Mis tesoros —la voz emergió débil pero cargada de amor—. Venid, dejad que os vea.
Se acomodaron en semicírculo al pie de la cama. Edmund mantuvo la distancia prescrita, pero se inclinó hacia delante con atención. Beatrice se balanceaba sobre los talones, rebosante de historias que contar.
—¿Cómo os ha ido el día?
—Edmund consiguió tocar en el piano tres páginas enteras de la partitura sin equivocarse —Beatrice habló primero, como siempre—. Y yo bordé un pañuelo casi perfecto, aunque Florence dice que mis puntadas aún son irregulares.
—Estoy segura de que es hermoso, querida.
Arthur permanecía callado, con las manos entrelazadas. Lady Constance buscó su mirada.
—¿Y tú, Arthur? ¿Qué tal tu expedición con tu padre?
El rostro del joven se iluminó instantáneamente.
—Fuimos al puerto, mamá. Padre conoce a todos los capitanes. Me dejaron subir a un barco mercante enorme —las palabras salieron atropelladas—. Y me enseñó cómo leer los mapas náuticos. Dice que en pocos años seré tan importante como él, que llevaré el nombre Barrington con orgullo.
Lady Constance cerró los ojos brevemente. Cuando los abrió, contenían una intensidad febril que hizo que Edmund se incorporara alerta.
—Arthur, cariño —eligió las palabras con cuidado—. Tu padre es un hombre de grandes logros, sí. Pero ningún hombre es perfecto. Ni siquiera él.
—Padre es uno de los hombres más importantes de toda Inglaterra —Arthur frunció el ceño.
—Los hombres relevantes pueden cometer errores terribles —la voz de Constance adquirió urgencia—. Pueden herir a quienes dicen amar. Pueden anteponer su orgullo al bienestar de otros.
—¡No diga eso!
—Escúchame, por favor. —Intentó incorporarse, pero la tos la doblegó. Florence corrió a sostenerla mientras Edmund sujetaba a Beatrice, que había retrocedido asustada—. Solo quiero que sepas que el poder y el respeto no siempre significan bondad. Cuando seas mayor de edad…
—¡Padre es una persona increíble! —Arthur dio un paso atrás, con las mejillas encendidas—. ¡Es valiente y fuerte y todos lo admiran! Usted solo está enferma y dice cosas horribles.
—Arthur…
—¡No! No voy a escuchar calumnias contra él —se arrancó el paño del rostro y lo arrojó al suelo—. ¡Es mi ejemplo a seguir!
Salió del dormitorio dando un portazo que resonó por todo el pasillo. Roberts, que aguardaba afuera, lo vio pasar como un vendaval.
Edmund intercambió una mirada con su madre. Beatrice se acercó a la cama ignorando las protestas de Florence.
—Mira, mamá —le tocó la mano con cuidado—. También te hemos traído flores.
Lady Constance bajó la cabeza un instante, aunque no pudo apartar la vista de la puerta por donde su hijo menor había desaparecido.
* * *
El fuerte viento llegó tres días después, arrastrando arena del Sahara que tiñó el cielo de ocre. Las palmeras se doblaban como súplicas mientras las contraventanas de la Villa Barrington golpeaban contra los muros de piedra.
Lady Constance murió al amanecer, cuando el viento alcanzó su punto más feroz.
Florence la encontró con los ojos abiertos, fijos en la ventana que daba al mar. Un hilo de sangre descendía de la comisura de sus labios hasta manchar la almohada de lino blanco. El pañuelo bordado que Beatrice le había regalado permanecía aferrado en su mano.
Roberts informó a Sir Reginald con voz neutra. El patriarca recibió la noticia en su despacho, con un vaso de brandy a medio terminar sobre el escritorio.
—Preparad todo según corresponde a su posición —ordenó sin levantar la vista de los documentos que revisaba—. El funeral será discreto pero respetable. Nada de exageraciones sentimentales.
—Por supuesto, señor.
Sir Reginald esperó a que Roberts cerrara la puerta antes de terminar el brandy de un trago.
Las cortinas negras aparecieron en todas las ventanas antes del mediodía. Florence vistió a Lady Constance con su mejor traje de seda gris, el que había llevado en su boda. Martha Jennings trenzó el cabello rubio ceniza en una corona perfecta, con manos que temblaban ligeramente.
Los tres hermanos fueron convocados al salón principal. Sir Reginald aguardaba junto a la chimenea apagada, vestido de luto riguroso que acentuaba la severidad de su rostro.
—Vuestra madre ha fallecido —anunció con la misma inflexión que usaría para comentar el clima—. Era una mujer de noble cuna que cumplió con su deber hasta el final. La lloraremos como se merece.
Edmund apretó los puños. Beatrice sollozó abiertamente hasta que Florence la tomó en brazos. Arthur permaneció inmóvil, con la mirada clavada en las botas pulidas de su padre.
—No quiero lágrimas innecesarias —Sir Reginald continuó—. Los Barrington no hacemos espectáculos públicos de nuestra pena. ¿Entendido?
—Sí, padre. —Edmund habló con pesar por los tres.
Esa noche, Arthur permaneció despierto en su habitación escuchando el viento que aullaba contra los cristales. Las últimas palabras de su madre resonaban en su memoria con claridad incómoda. Ningún hombre es perfecto. Ni siquiera él.
Se cubrió los oídos con las almohadas.
El funeral se celebró dos días después en una capilla privada.
El párroco recitó las oraciones apropiadas mientras la lluvia golpeaba el techo de tejas.
Sir Reginald ocupó el primer banco con expresión impenetrable.
Edmund sostenía a Beatrice, que lloraba con la cabeza hundida en su hombro.
Arthur observó cómo su padre no derramaba una sola lágrima.
Cuando bajaron el ataúd, Sir Reginald arrojó el primer puñado de tierra con gesto mecánico. Se volvió hacia sus hijos.
—Ya está hecho —declaró—. Ahora debemos continuar.
Regresaron a la villa donde Florence había preparado el almuerzo fúnebre. Sir Reginald recibió condolencias de oficiales británicos y aristócratas malteses con cortesía fría. Bebió whisky escocés y discutió sobre la guerra con naturalidad perturbadora.
Arthur lo observaba desde la escalera, oculto entre las sombras.
—Siento mucho tu pérdida —escuchó decir al Capitán Morrison.
—Estas cosas suceden —Sir Reginald respondió con indiferencia estudiada—. La vida continúa.
Algo se retorció en el pecho de Arthur. Una pregunta pequeña que no se atrevía a formular. ¿Su padre habría mostrado más emoción si hubiera perdido un perro de caza?
Sacudió la cabeza con violencia. No. Su padre era fuerte, eso era todo. Los hombres verdaderos no se quebraban ante la adversidad. Madre simplemente no lo había comprendido porque estaba enferma.
Edmund apareció a su lado en la escalera.
—¿Estás bien?
—De maravilla —mintió Arthur.
Pero esa noche, cuando Florence fue a arropar a Beatrice y controlar si los jóvenes varones necesitaban algo antes de dormir, encontró a Arthur acurrucado en su cama con los ojos secos pero brillantes.
—Ella me odiaba —susurró—. Por eso dijo esas cosas horribles sobre papá.
Florence le acarició el cabello sin responder. Algunas mentiras eran más piadosas que cualquier verdad.