La Villa de los Sueños Capítulo 5 1917 - Los últimos días de Lady Constance #2
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Capítulo 5 1917 - Los últimos días de Lady Constance #2

Algo en su tono hizo que el estómago de Martha se contrajera. Él se acercó despacio, cada paso resonando contra la alfombra persa. Se detuvo tan cerca que Martha percibió el aroma a tabaco impregnado en su chaleco de seda.

—Mírame cuando te hablo.

Martha alzó la cabeza. Los ojos azules de Sir Reginald brillaban con algo que ella no comprendía completamente, algo que la hacía sentir desnuda pese a llevar su uniforme de criada perfectamente abotonado.

—Eres una muchacha muy atenta —su voz descendió hasta convertirse en murmullo—. Me agrada tener gente competente cerca. Gente que comprende la importancia de la discreción.

—Yo… yo nunca diría nada inapropiado, señor.

—Lo sé. —Sir Reginald sonrió con la boca solamente—. Por eso confío en ti para tareas especiales. Siéntete honrada, Martha. No todos los empleados reciben mi atención personal.

Su mano se extendió para ajustar el cuello torcido del vestido de Martha. Los dedos rozaron su piel durante un segundo eterno. Ella se quedó paralizada, incapaz de retroceder, incapaz de respirar.

—Puedes retirarte.

Martha huyó del despacho con las piernas temblorosas. En el pasillo encontró a Florence emergiendo del cuarto de Lady Constance, brazos cargados con sábanas y ropa para lavar.

El ama de llaves se detuvo al verla. Sus ojos recorrieron el rostro descompuesto de Martha, luego se desviaron hacia la puerta cerrada del despacho.

—¿Estás bien, muchacha?

—Sí, señora Norris. —Martha intentó sonreír, pero sus labios temblaron—. Sólo… sólo llevé el té como Sir Reginald pidió.

Florence sostuvo su mirada durante un largo momento. Algo cruzó su expresión maternal, algo parecido a la pena, quizá a la rabia contenida. Pero finalmente asintió.

—Vuelve a la cocina. Hay plata que pulir.

Martha descendió las escaleras casi corriendo. Detrás, Florence permaneció inmóvil abrazando las sábanas, mirando hacia el despacho con mandíbula apretada antes de continuar su camino.

* * *

Florence descendió las escaleras de servicio con las sábanas todavía prensadas contra su pecho. El corredor estrecho olía a cera de abejas y pan recién horneado. Voces amortiguadas escapaban de la cocina donde Martha ya habría comenzado su tarea con la plata.

La puerta de la oficina de Roberts permanecía entreabierta. Florence llamó con los nudillos antes de empujarla.

Roberts alzó la vista desde su escritorio atestado de correspondencia. Sobres color crema descansaban en pilas ordenadas junto a varios telegramas que Albert debería llevar a La Valeta antes del anochecer. Sus manos ágiles clasificaban el correo con precisión mecánica.

—Señora Norris —dejó la carta que sostenía—. ¿Sucede algo?

Florence cerró la puerta tras ella. Las sábanas cayeron sobre la única silla disponible.

—Lady Constance tosió sangre nuevamente. Tres veces durante el almuerzo.

Los dedos de Roberts se detuvieron sobre un sobre lacrado.

—¿Llamó al doctor Caldwell?

—Ella se niega —Florence apretó las manos contra su delantal—. Dice que no quiere alarmar a los niños. Como si Edmund no escuchara cada acceso de tos desde su habitación.

Roberts asintió despacio. La misma impotencia que Florence sentía comprimiéndole la garganta era legible en cada rasgo de su rostro. Lady Constance llevaba mucho tiempo deteriorándose, pero Sir Reginald apenas preguntaba por ella más allá de formalidades vacías durante el desayuno.

—La tuberculosis no mejora por ignorarla —Florence pasó la mano por su rostro—. Pero ella es terca. Dice que prefiere morir dignamente en su cama que convertirse en espectáculo médico.

—Es decisión suya.

—Lo sé —Florence exhaló largamente—. Solo que… es duro verla desvanecerse.

Roberts retomó su clasificación del correo sin mirarla directamente, respetando su dolor con discreción profesional.

Florence se acercó al escritorio. Bajó la voz hasta convertirla en susurro ronco.

—Roberts, necesito hablar de otro asunto. Más delicado.

Los dedos del mayordomo se detuvieron. Alzó la vista.

—La nueva muchacha —Florence lanzó una mirada nerviosa hacia la puerta cerrada—. Martha Jennings.

Roberts depositó la correspondencia sin prisa. Su rostro permaneció impasible, pero algo cambió en su postura, una rigidez reconocible.

—¿Qué ocurrió?

—Subió sola al despacho de Sir Reginald. Cuando bajó… —Florence buscó las palabras correctas—. La encontré alterada. Asustada.

—Entiendo.

Dos palabras que contenían décadas de servicio, de secretos guardados, de situaciones similares presenciadas en silencio impotente.

—No es la primera vez —Florence apretó los puños contra su delantal—. Pero esta muchacha… Roberts, él la trajo específicamente desde Londres. La eligió personalmente de entre todas las candidatas.

—Lo sé —Roberts juntó las manos sobre el escritorio—. Estuve presente cuando revisó las referencias.

Florence cerró los ojos brevemente. Sabía lo que eso significaba. Sir Reginald nunca se involucraba en contrataciones de servicio doméstico menor a menos que tuviera motivos particulares.

—Es demasiado confiada —continuó Florence—. Otras muchachas habrían captado las señales, habrían mantenido distancia. Pero Martha… ella sonríe cuando él la elogia. Cree que es especial, que él aprecia genuinamente su trabajo.

—Ingenua.

—Peligrosamente ingenua —Florence bajó aún más la voz—. Tenemos que vigilarla, Roberts. Mantenerla ocupada con tareas que no requieran contacto directo con Sir Reginald.

—¿Y si él ordena específicamente su presencia?

La pregunta quedó suspendida entre ambos. Florence no tenía respuesta. No podían desobedecer órdenes directas del señor de la casa. Su autoridad era absoluta sobre todos ellos, desde Roberts hasta el último mozo de cuadra.

—Haremos lo posible —Roberts retomó el correo con mandíbula tensa—. Pero nuestras opciones son limitadas.

Florence recogió las sábanas de la silla sin decir nada y se dirigió hacia la puerta. Antes de abrirla, se detuvo.

—Martha está en la cocina puliendo plata. Mantengámosla allí el mayor tiempo posible.

—Por supuesto, señora Norris.

Florence abandonó la oficina. En el corredor, el sonido metálico del pulido llegaba desde la cocina.

* * *

El doctor Caldwell guardó su estetoscopio en el maletín con movimientos precisos. Había descendido del cuarto de Lady Constance con expresión más grave que de costumbre, señal que Sir Reginald interpretó de inmediato desde su posición junto a la chimenea del salón.

—¿Y bien? —Sir Reginald no se molestó en ocultar su impaciencia.

—La enfermedad avanza, Sir Reginald —Caldwell aceptó la copa de jerez que Roberts le ofreció—. Este último mes ha sido particularmente agresivo. Los accesos de tos son más frecuentes y violentos. La hemoptisis empeora.

—Hábleme sin rodeos, doctor.

Caldwell bebió un sorbo antes de responder.

—Recomiendo encarecidamente trasladar a Lady Constance a un sanatorio suizo especializado. Los Alpes ofrecen el aire más puro de Europa, fundamental para estos casos. Además, los suizos están realizando avances considerables con una técnica nueva: el neumotórax artificial.

—¿Neumotórax?

—Colapsan deliberadamente el pulmón enfermo mediante inyecciones de aire en la cavidad pleural.

—Caldwell hizo un gesto con las manos como si delimitara un espacio—.

Esto permite que el tejido tubercular descanse y cicatrice.

Los resultados preliminares son prometedores, aunque no garantizan la curación completa.

Sir Reginald giró su copa, observando cómo la luz del fuego atravesaba el líquido ámbar. La idea no le disgustaba en absoluto. De hecho, resolvía varios problemas simultáneamente.

—El riesgo de contagio aumenta dramáticamente con la progresión de la enfermedad —continuó Caldwell—. Sus hijos están en edad vulnerable. Edmund especialmente, dado que insiste en visitarla con tanta frecuencia.

Ahí estaba el argumento definitivo. Sir Reginald no podía permitir que la tuberculosis destruyera su legado. Edmund como heredero principal, Arthur con su carrera militar en unos años, incluso Beatrice necesitaba salud para conseguir un matrimonio ventajoso.

—Lord Montgomery envió a su esposa al sanatorio de Davos el año pasado —Sir Reginald dejó la copa sobre la repisa—. Habló maravillas del tratamiento.

—Davos es excelente. También Leysin. Ambos cuentan con médicos formados en las técnicas más modernas.

—Haga los arreglos necesarios —la decisión emergió fría y definitiva—. Quiero que Lady Constance viaje antes del invierno. El clima maltés claramente no está ayudando en su recuperación.

Caldwell cerró el maletín con un clic, reconociendo lo que ambos comprendían sin palabras: aquello era exilio médicamente justificado, no tratamiento compasivo.

—Prepararé toda la documentación. El viaje debe realizarse con extremo cuidado dado su estado delicado.

—Por supuesto —Sir Reginald ya contemplaba los jardines por la ventana, calculando presupuestos y explicaciones socialmente aceptables—. Florence supervisará el traslado.

* * *

Roberts abrió la puerta del dormitorio de Lady Constance apenas lo suficiente para permitir el paso de los tres hermanos. Florence aguardaba en el umbral con paños empapados en vinagre y alcohol.

—Acercaos, pero no demasiado —indicó con voz firme mientras ataba cada paño sobre las narices y bocas de cada uno—. Y bajo ningún concepto toquéis nada.

Edmund asintió con seriedad, sus dieciocho años otorgándole la autoridad tácita del hermano mayor. Beatrice, a sus seis, apenas podía contener su entusiasmo por ver a su madre. Arthur permanecía junto a la puerta con expresión reticente.

—Yo puedo quedarme fuera —dijo.

—Tonterías —Edmund lo empujó suavemente—. Mamá preguntará por ti.

—Además, has estado todo el día alardeando sobre tu viaje con papá —Beatrice lo tomó de la mano—. Seguro que quieres contárselo.

Lady Constance yacía reclinada contra una montaña de almohadas, el cabello rubio ceniza extendido sobre los hombros como un sudario pálido. Sus ojos se iluminaron cuando vio entrar a sus hijos, aunque la sonrisa que intentó dibujar se deshizo en una mueca de dolor.