La Villa de los Sueños Capítulo 5 1917 - Los últimos días de Lady Constance
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Capítulo 5 1917 - Los últimos días de Lady Constance

La tos la sacudió antes de que pudiera admirar la delicadeza de sus alas.

Tosió contra el pañuelo bordado, manchándolo de rojo pálido.

La tuberculosis la había convertido en prisionera de esta habitación alejada del ala principal, donde su enfermedad no pudiera contaminar a los demás.

Llevaba años así, observando la vida familiar desde la distancia de un fantasma viviente, viendo crecer a sus hijos mientras su propio cuerpo se marchitaba.

—Buenos días, mi señora. —Florence entró con la bandeja del almuerzo, cerrando la puerta con el pie—. Hoy traje caldo de pollo con verduras frescas. Necesita recuperar fuerzas.

Constance sonrió débilmente.

—Siempre tan optimista, querida Florence.

—El señorito Edmund preguntó por usted esta mañana. Dijo que vendría a leerle después del té —Florence acomodó las almohadas con manos expertas—. Y la señorita Beatrice escogió flores del jardín para su habitación. Tiene once años ya, ¿puede creerlo?

—¿Y Arthur? —preguntó Constance por su hijo de quince años.

Florence no dijo nada. No hacía falta.

—Arthur partió con su padre antes del amanecer —Florence acomodó la bandeja sobre el regazo de Constance—. Ya sabe cómo es el muchacho; necesita la aprobación de Sir Reginald más que el aire que respira.

Constance miró hacia la ventana. Reginald no había subido a verla en semanas.

Meses, quizá. El tiempo se difuminaba como acuarela bajo la lluvia cuando cada día transcurría idéntico al anterior entre estas cuatro paredes.

Él la evitaba con una deliberación calculada, escudándose en asuntos parlamentarios, reuniones del club, inspecciones de propiedades rurales.

Cualquier excusa servía para mantener la distancia con la esposa enferma que ya no cumplía función social alguna.

Su matrimonio había sido transacción pura desde el principio.

Las familias Barrington y Ashford uniendo fortunas y linajes, sellando alianzas políticas con votos matrimoniales pronunciados en Westminster Abbey.

Reginald necesitaba el prestigio de los Ashford.

Ella necesitaba aumentar aún más la seguridad financiera de su familia.

Habían cumplido sus respectivos papeles con eficiencia profesional: tres hijos sanos, apariciones públicas impecables, separación de dormitorios desde que Beatrice nació.

Ahora Constance era solo otra pieza de mobiliario deteriorado, confinada donde los invitados no pudieran verla.

—Edmund vendrá —repitió Florence con firmeza maternal—. Ese muchacho la adora.

Edmund. Su primogénito de dieciocho años, con ojos demasiado viejos para su edad.

El único que subía estas escaleras sin que nadie se lo ordenara, que se sentaba junto a su cama durante horas leyendo poesía de Keats y Shelley con voz melodiosa.

Edmund le traía flores silvestres robadas del jardín, intentaba incluso ayudarla a bordar pañuelos con torpeza conmovedora, le sostenía la mano cuando las toses peores la sacudían hasta dejarla sin aliento.

Arthur, en cambio, visitaba por obligación.

Entraba con rigidez militar aprendida de Reginald, preguntaba por su salud con formalidad distante, permanecía exactamente quince minutos cronometrados antes de escapar hacia actividades más importantes.

El niño de quince años ya era una réplica perfecta de su padre: ambicioso, pragmático, incapaz de demostrar ternura sin considerarla debilidad.

Y Beatrice… la pequeña de seis años apenas comprendía qué significaba tener una madre fantasma.

La tos regresó con violencia súbita. Constance se dobló sobre sí misma mientras sus pulmones ardían. Florence corrió a sostenerla, presionando otro pañuelo contra sus labios. Cuando el espasmo cedió, manchas carmesí decoraban el lino blanco como pétalos macabros.

Florence escondió el pañuelo en su delantal antes de que Constance pudiera verlo completo.

—Descanse ahora, mi señora. Edmund llegará pronto.

* * *

El disparo resonó entre los acantilados malteses, seguido del graznido agónico de la paloma que cayó del cielo como piedra.

—Excelente, muchacho —Sir Reginald palmeó el hombro de Arthur con aprobación marcial—. Mucho mejor que antes. Estás aprendiendo a no dudar.

Arthur recargó el rifle con movimientos precisos, concentración absoluta grabada en su rostro de quince años. Sudor empapaba su camisa a pesar de la brisa marina. Llevaban casi tres horas cazando por los alrededores de la villa, reduciendo bandadas enteras a montones de plumas ensangrentadas.

—Otra vez —ordenó Reginald—. Esa de allí, la que vuela sola.

El rifle se alzó. Arthur entrecerró los ojos, calculó viento y distancia, apretó el gatillo. El ave explotó en una nube carmesí.

—Perfecto —Reginald sonrió con satisfacción fría—. Un Barrington nunca vacila. Recuérdalo.

Regresaron a la villa cuando el sol estaba en su punto más alto. Albert Rigby esperaba en los establos, cubierto de polvo y paja, reparando arneses de cuero con manos callosas. Se enderezó al verlos acercarse.

—Sir Reginald, señorito Arthur —saludó con acento irlandés marcado—. El caballo sigue mal. La pata no mejora desde que se la dobló hace tres semanas.

Reginald entró al establo sin responder. El animal relinchó débilmente desde su compartimento, sosteniendo el peso sobre tres patas mientras la cuarta colgaba inútil.

—¿Le diste los tratamientos que ordené? —preguntó Reginald.

—Todos, señor. Pero la infección avanzó demasiado. Ya no come.

—Me voy a asear para el té —anunció Arthur, escapando rápidamente hacia la casa principal.

La puerta del establo se abrió de nuevo. Edmund apareció con un ramo de flores silvestres en las manos y tierra bajo las uñas. Traía un libro grueso bajo el brazo.

—Encontré un método en la biblioteca para disecar flores —explicó con entusiasmo inadecuado para sus dieciocho años—. Usa glicerina y…

—Deja esas tonterías —cortó Reginald—. Albert, trae mi otro rifle de los garajes y llévate estos al armario de la villa.

Edmund palideció.

—¿Qué vas a hacer?

—Lo que cualquier hombre haría. Terminar con el sufrimiento inútil del animal.

Albert regresó con el arma. Reginald la cargó con eficiencia mecánica.

—Hazlo tú —le ofreció el rifle a Edmund—. Es hora de que aprendas.

—No.

—¿Cómo dices?

—Dije que no —Edmund retrocedió un paso horrorizado—. No voy a matar al caballo.

Reginald mantuvo la mirada sobre su hijo como si lo pesara en una balanza. Albert fingía invisibilidad, inmóvil junto a los arneses.

—Por supuesto que no —dijo Reginald finalmente, cargando de desprecio cada sílaba—. ¿Cómo podría esperarlo de mi primogénito? Tu madre siempre metiendo sensiblerías en tu cabeza. Peor ahora que está enferma y no tiene nada mejor que hacer que leeros poesía y llenaros de debilidades.

Edmund apretó las flores hasta romper varios tallos.

—Esto no tiene nada que ver con madre.

—Tiene todo que ver —Reginald alzó el rifle—. Míralo, Albert. Mi heredero. Incapaz de hacer lo necesario porque prefiere jugar con flores como una niñita.

—Sois despreciable —escupió Edmund, dándose la vuelta.

—Vuelve aquí cuando te hable…

Pero Edmund ya había salido del establo, dejando un rastro de pétalos aplastados sobre la paja.

Reginald ni siquiera se molestó en llamarlo de nuevo. Entró al compartimento del caballo enfermo con la misma expresión fría que usaría para revisar cuentas. El animal gimió, intentando alejarse sobre tres patas temblorosas.

—Patético —dijo Reginald entre dientes.

Albert cerró los ojos.

El disparo retumbó entre las paredes de madera. El caballo se desplomó sin gracia, sangre expandiéndose bajo su cabeza como charco oscuro. Reginald salió del compartimento limpiándose las manos en un pañuelo como si hubiera terminado cualquier tarea doméstica rutinaria.

—Que retiren el cuerpo antes de que se sirva el té —ordenó—. No quiero que las damas se alteren con el olor.

Dejó el rifle apoyado contra la pared y caminó hacia la casa sin mirar atrás.

Albert permaneció inmóvil hasta que las pisadas de Sir Reginald se desvanecieron. Sólo entonces se acercó al caballo muerto, arrodillándose junto al animal que había cepillado y alimentado durante años.

* * *

El reloj del recibidor marcaba las tres cuando Martha Jennings subió la escalera principal cargando la bandeja de plata.

Las tazas de porcelana tintineaban levemente con cada paso, té Earl Grey humeando junto a galletas de mantequilla que ella misma había horneado esa mañana bajo la supervisión de Florence.

Roberts emergió del salón justo cuando Martha alcanzaba el descansillo. Recorrió la bandeja con la mirada, luego el rostro sonrojado de la muchacha, y no dijo nada.

—El té de Sir Reginald debería llevarlo yo —su voz cortó el aire con frialdad profesional—. Usted tiene otras responsabilidades, señorita Jennings.

—Sir Reginald pidió específicamente que fuera yo quien lo atendiera —Martha bajó la mirada, aunque sus mejillas ardieron más intensamente—. Dijo que preparo el té exactamente como le gusta.

Roberts no respondió, pero tampoco se apartó del camino. Martha esperó conteniendo el aliento, los brazos comenzando a temblar bajo el peso de la bandeja.

—Por supuesto —Roberts se hizo a un lado con rigidez glacial—. Como Sir Reginald ordene.

Martha continuó hacia el despacho privado de Sir Reginald, situado al fondo del pasillo. Llamó dos veces con los nudillos antes de escuchar la voz grave ordenándole entrar.

La habitación olía a tabaco de pipa y brandy caro. Sir Reginald permanecía junto a la ventana contemplando los jardines, manos entrelazadas tras la espalda. No se giró cuando Martha depositó la bandeja sobre el escritorio de caoba.

—Cierra la puerta.

Los dedos de Martha temblaron contra el pomo de latón. Lo giró hasta escuchar el clic suave del pestillo.

—¿Preparaste las galletas tú misma?

—Sí, Sir Reginald —Martha mantuvo la vista clavada en el suelo—. Usé la receta que mencionó que le recordaba a su infancia.

—Muy considerado de tu parte.