La Villa de los Sueños Capítulo 4 2025 - Ecos del presente #4
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Capítulo 4 2025 - Ecos del presente #4

—Lily, cariño —suspiró Chiara, levantándose para servirse un café de la máquina de su oficina—. No soy niñera de adultos. Soluciona tú los problemas con Chris. Seguro que no es el primer machirulo que te encuentras en uno de tus proyectos.

—Pero es que…

—Chris es uno de los mejores, punto —la interrumpió Chiara, consultando su teléfono donde parpadeaban varias notificaciones—. Y francamente, no tengo tiempo para mediar en peleas de patio de colegio. Tengo una reunión con inversores en veinte minutos.

Lily apretó los puños, sintiendo cómo la frustración se convertía en algo más profundo e hiriente.

—¿Sabes qué? —añadió Chiara con una sonrisa maliciosa—. Ten cuidado de que las cartas de Selene no tengan razón. A lo mejor ese “amor extraño” que predijo se produce ahí. Sería irónico, ¿verdad?

El rostro de Lily se encendió como si le hubieran abofeteado.

—¿Cómo puedes…? ¡Ese hombre es lo más alejado de…! ¡Es imposible!

—Las predicciones de Selene rara vez se equivocan —dijo Chiara, recogiendo sus papeles—. Pero tranquila, no todos los revolcones tienen que acabar en amor verdadero.

Lily salió de la oficina dando un portazo. Chiara esperó a que los pasos se alejaran por el pasillo y entonces volvió a su agenda. Los pasillos del hotel parecían haberse vuelto más estrechos, más claustrofóbicos, mientras Lily caminaba hacia los ascensores con el corazón latiendo de indignación.

El dilema se instaló en su mente como una piedra pesada.

¿Cómo diablos iba a trabajar con ese australiano arrogante?

¿Y por qué todo el mundo parecía encontrar divertida su frustración?

La imagen de Chris con su camiseta sudorosa y su sonrisa despectiva se le clavó en la mente como una astilla irritante.

La predicción de Selene resonó en su cabeza con una claridad molesta: amor extraño.

Imposible, se repitió Lily mientras esperaba el ascensor. Absolutamente imposible.

* * *

Lily arrojó su bolso sobre la cama king-size del hotel ME con más fuerza de la necesaria. El edificio entero parecía conspirar contra ella: el aire acondicionado zumbaba con un ritmo irritante, las gaviotas chillaban en el balcón, incluso la luz del atardecer maltés le resultaba demasiado intensa.

Se quitó los zapatos de una patada y se dejó caer sobre el edredón blanco, mirando el techo con los puños apretados.

La cara de Chris Bennett seguía flotando en su mente: esa sonrisa arrogante, esos brazos musculosos cruzados sobre el pecho, ese acento australiano que pronunciaba cada palabra como si fuera un desafío personal.

Y Chiara. No soy niñera de adultos. Las palabras resonaban con un eco amargo.

Lily se incorporó bruscamente y rebuscó en su bolso el cargador del móvil. Sus dedos rozaron algo duro y olvidado entre el desorden de billetes de avión arrugados y paquetes de chicles. El diario de Lady Constance.

Lo había guardado ahí después de su primera visita a la villa y lo había olvidado entre el desastre con Chris y la reunión con Chiara. Ahora lo sostuvo entre sus manos, sintiendo el peso del cuero desgastado, los bordes dorados que alguna vez brillaron.

Lily pasó el pulgar sobre la cubierta antes de abrirlo al azar.

La letra cursiva se extendía por las páginas amarillentas con una elegancia que pertenecía a otra época.

No era exactamente un diario convencional, descubrió.

Parecía más bien un libro de oraciones personalizado, con pensamientos intercalados entre pasajes bíblicos copiados a mano.

15 de marzo de 1915

El Dr. Caldwell dice que debo descansar más, que el aire de Malta me hará bien. Pero, ¿cómo puedo descansar cuando la tos no me deja dormir? Cada noche escucho el mar golpeando contra las rocas y me pregunto cuántas noches más podré escucharlo. Los niños merecen una madre más fuerte.

Lily sintió un nudo en el estómago.

Pasó varias páginas, encontrando más oraciones escritas con mano temblorosa, reflexiones sobre sus hijos, descripciones melancólicas del jardín visto desde su ventana. De repente, el tono cambió.

22 de agosto de 1917

Hace mucho que dejé de reconocer al hombre con quien me casé.

Reginald ya no es el caballero que conocí en Londres.

Observo cómo moldea a Arthur como si fuera arcilla blanda, intentando crear una réplica exacta de sí mismo.

Le enseña rigidez donde debería haber compasión, control donde debería haber amor.

Mi pobre Arthur, tan ansioso por complacer a su padre.

Al menos Edmund se resiste. Veo cómo aprieta la mandíbula durante las cenas cuando Reginald pontifica sobre el honor y el deber. Mi primogénito tiene fuego en el alma que su padre nunca podrá extinguir, gracias a Dios.

Beatrice es todavía muy pequeña para comprender estas dinámicas. La veo jugar en el jardín y rezo porque conserve esa inocencia el mayor tiempo posible.

La nueva criada que Reginald trajo de Londres me inquieta profundamente.

Martha Jennings. Una joven de aspecto inocente que aparece demasiado seguido donde está mi marido.

No soy tonta ni ciega. Reconozco las miradas, los roces casuales que no lo son.

Sé exactamente qué se trae Reginald entre manos con ella. Ya lo ha hecho antes con otras.

Lily se enderezó, intrigada a pesar de sus propios problemas.