La Villa de los Sueños Capítulo 4 2025 - Ecos del presente #3
13%

Capítulo 4 2025 - Ecos del presente #3

Chiara cerró los ojos, imaginando perfectamente la escena: Alessandro en su bodega siciliana, respondiendo distraídamente las preguntas de su madre mientras cataba vinos, soltando información sin pensar en las consecuencias.

—Una interiorista inglesa. Es buena. Tiene referencias excelentes en Londres.

—¿Inglesa? —hizo una pausa significativa—. ¿Y Alessandro la conoce?

—No, mamá. Alessandro no conoce a nadie. Alessandro vive con sus uvas.

Giulia rio, esa risa cristalina que no había perdido ni a los ochenta y nueve años, la misma que había enamorado a su padre Henry Barrington décadas atrás.

—Quizás es hora de que tu hermano conozca gente. Está muy solo en esos viñedos.

Chiara se masajeó las sienes. Las preocupaciones maternas sobre la vida solitaria de Alessandro eran un tema recurrente, especialmente desde su divorcio.

Giulia nunca entendió por qué su hijo había elegido refugiarse en las colinas sicilianas, dedicándose obsesivamente a la producción de vinos artesanales, mientras su hija estudiaba en Estados Unidos sin responder sus llamadas.

—Alessandro está bien, mamá. Le gusta su vida así.

—Nadie está bien viviendo solo entre viñedos —insistió Giulia—. Bueno, cuéntame más de esa inglesa. ¿Es joven?

Chiara miró por la ventana, recordando la imagen de Lily en el restaurante: la tensión en sus hombros, la forma en que tocaba constantemente esa pulsera vintage, la tensión en cada movimiento que parecía cargar con demasiadas historias.

—Tiene veintiocho años. Es talentosa, aunque… hay algo en ella. Como si estuviera huyendo de algo.

—Todos huimos de algo, tesoro —dijo Giulia con esa sabiduría maternal acumulada durante casi nueve décadas—. La pregunta es si estamos corriendo hacia algo mejor o simplemente alejándonos.

Chiara sonrió a pesar de sí misma. Su madre tenía esa capacidad italiana de reducir situaciones complejas a verdades simples y contundentes.

—¿Cómo está esa con la que vives? —preguntó Giulia, cambiando abruptamente de tema como siempre hacía.

—Mamá, se llama Sofía y es mi pareja.

—Lo sé, lo sé. Pero aún no me acostumbro. Te echo de menos. Os echo de menos a todos, a tu padre también.

La voz de Giulia se suavizó con nostalgia. Henry había sido el amor de su vida, el inglés que había conocido en Sicilia cuando era joven.

—¿Y cómo está Sofía, entonces? —continuó Giulia, recuperando su tono inquisitivo—. ¿Os pensáis casar las dos?

—Mamá, ya sabes que Sofía y yo…

—Sí, sí, ya sé. La vida moderna. Pero me gustaría verte feliz de verdad, Chiara. No solo exitosa.

Chiara no dijo nada. Su madre nunca había aceptado completamente su relación con Sofía, aunque mantenía una cortesía educada. Para Giulia, criada en la Sicilia católica de posguerra, algunas cosas no tenían cabida en su visión del mundo.

—Soy feliz, mamá.

—Entonces me alegro. Ahora debo colgar, es hora de que sirvan la cena aquí en la residencia. Llámame cuando haya progresos con lo de la obra de esa mansión vieja. Quiero saber todo.

La línea se cortó antes de que Chiara pudiera responder.

* * *

El sol maltés apenas había comenzado a calentar la piedra caliza cuando Chris Bennett ya dirigía el caos controlado que había transformado ese día la Villa Barrington en una colmena de actividad.

Andamios metálicos se alzaban contra las paredes como esqueletos industriales, mientras el sonido de martillos y taladros reverberaba por los pasillos abandonados.

—Tony, esa viga del salón principal está podrida —gritó Chris por encima del ruido, garabateando notas en su libreta mientras observaba a uno de sus trabajadores inspeccionar el techo—. Márcala para reemplazo completo.

El arquitecto y jefe de obra llevaba una camiseta gris que se pegaba a su torso sudoroso y unos vaqueros manchados de polvo.

Sus botas de trabajo resonaban contra el suelo de mármol agrietado mientras se movía entre sus hombres con la autoridad natural de quien había pasado años en obras antes de obtener su título.

—Jefe, la fontanería del primer piso es un desastre —informó otro de sus trabajadores, emergiendo de las escaleras con las manos negras de óxido—. Las tuberías son originales, probablemente de los años veinte.

—Apuntado todo —gruñó Chris, sin levantar la vista de su libreta—. Y que alguien revise el cuadro eléctrico. No quiero que nos electrocutemos el primer día.

Lily apareció en el umbral de la entrada principal como una aparición elegante en medio del caos industrial.

Llevaba unos pantalones de lino beige y una blusa blanca impoluta, claramente vestida para una oficina londinense más que para una obra en construcción.

Su cabello recogido en un moño pulcro contrastaba dramáticamente con el ambiente polvoriento.

Esperó varios minutos junto a la puerta, observando cómo los trabajadores pasaban a su lado cargando herramientas sin dirigirle ni una mirada. El ruido era ensordecedor, y cada intento de aclararse la garganta para llamar la atención quedaba ahogado por el martilleo constante.

—¿Disculpe? —gritó, dirigiéndose hacia Chris, que seguía absorto en sus notas.

Él levantó la vista con expresión de fastidio, como si acabara de darse cuenta de que había una intrusa en su territorio.

—¿Sí?

—Soy Lily Carter, la interiorista —se presentó, alzando la voz por encima del ruido—. Chiara me dijo que empezarían a trabajar aquí hoy.

Chris la miró de arriba abajo con una evaluación que claramente la encontró inadecuada para el entorno.

—Ah, la decoradora —dijo con un tono que convertía su profesión en algo frívolo—. Un poco pronto para ti, ¿no? Todavía estamos averiguando si las paredes se van a quedar en pie.

Lily sintió que le subía el calor a las mejillas. La palabra “decoradora” había salido de su boca como un insulto deliberado.

—Interiorista —corrigió con firmeza—. Y necesito evaluar los espacios para coordinar el diseño con las reparaciones estructurales.

—Pues entonces tendrás que esperar —replicó Chris, volviendo a su libreta—. Esto no es un museo donde puedas pasear con tus muestras de colores. Es una obra, y es peligrosa.

—No soy una turista —espetó Lily, su paciencia evaporándose—. Soy una profesional que necesita hacer su trabajo.

Chris soltó una risa corta y áspera.

—¿Profesional? ¿Viniendo vestida como si fueras a tomar el té con la reina? Aquí necesitamos cascos, botas de seguridad y sentido común.

—Mario, cuidado con esa escalera —gritó hacia uno de sus trabajadores, ignorando la presencia de Lily.

—¿Me estás ignorando? —preguntó ella, incrédula.

—Te estoy explicando que este no es tu momento —respondió Chris sin mirarla—. Vuelve en un mes cuando hayamos terminado con la parte que requiere músculos en lugar de muestras de tela.

La furia se apoderó de Lily como una ola mediterránea. Sus ojos grises se encendieron con una intensidad que habría puesto nervioso a cualquiera que la conociera bien.

—¿Músculos? ¿En serio? ¿Ese es tu argumento profesional?

—Es la realidad —gruñó Chris, girándose para enfrentarla—. No sé cómo funcionan las cosas en Londres, princesa, pero aquí primero hacemos que los edificios no se caigan encima de la gente, y después nos preocupamos por el color de las cortinas.

Lily abrió la boca para responder, pero la indignación la dejó momentáneamente sin palabras. Chris volvió a sus notas, claramente considerando la conversación terminada.

—Esto no ha acabado —dijo Lily, dándose la vuelta hacia la puerta con pasos furiosos.

—¡Tony! —gritó Chris a sus espaldas—. Que alguien ponga un cartel que diga “Prohibido el paso a gente ajena a la obra”. No queremos más interrupciones.

Lily salió de la villa con la dignidad hecha jirones y la determinación renovada de quejarse muy detalladamente a Chiara sobre el troglodita australiano que había contratado como arquitecto.

* * *

El aire acondicionado del lobby del hotel proporcionó un alivio inmediato al sofoco que Lily había acumulado durante su confrontación con Chris. Sus tacones repiquetearon contra el mármol pulido mientras se dirigía hacia los ascensores con pasos decididos, la mandíbula tensa por la indignación.

Encontró a Chiara en su oficina de los pisos superiores, rodeada de pantallas de ordenador y hablando por teléfono en italiano con lo que parecía ser un proveedor problemático.

La directora del hotel levantó un dedo indicándole que esperara mientras terminaba de regañar a alguien sobre un retraso en la entrega de toallas.

—Basta di scuse, voglio le tovaglie entro domani o cambiamo fornitore —colgó el teléfono con un suspiro—. Los proveedores malteses tienen su propio concepto del tiempo. ¿Cómo ha ido tu primera visita a la villa?

—Tu arquitecto es un troglodita insufrible —estalló Lily sin preámbulos—. Me ha tratado como si fuera una turista estúpida, me ha llamado decoradora con desprecio y básicamente me ha echado de mi propio proyecto.

Chiara miró su reloj Cartier y frunció el ceño, claramente distraída.

—¿Chris? Bueno, es un poco… directo —dijo mientras tecleaba algo en su ordenador—. Pero es uno de los mejores arquitectos de restauración que tenemos en la isla.

—¿Directo? ¡Me ha dicho que vuelva en un mes cuando hayan terminado la parte que requiere músculos en lugar de muestras de tela! —Lily gesticuló furiosamente—. ¡Como si mi trabajo fuera elegir el color de las cortinas!

Chiara cerró su portátil con un clic satisfecho.

—¿Has visto los brazos que tiene? ¿Y esa espalda? —comentó con un tono claramente apreciativo—. Da muchísimo morbo, la verdad. Si yo no fuera lesbiana, me encantaría que me diera un buen revolcón. Quizás debería probar algún día con un hombre, solo para experimentar.

Lily se quedó boquiabierta, parpadeando varias veces como si hubiera oído mal.

—¿En serio? ¿Esa es tu respuesta profesional? ¡Tu empleado me ha faltado al respeto!