Capítulo 4 2025 - Ecos del presente #2
—¿Has probado alguna vez el vino de tu hermano en Sicilia? —preguntó, cambiando de tema con la destreza de quien había perfeccionado el arte de evadir cuestiones incómodas —. Alessandro, ¿verdad? Me encantaría conocer más sobre la viticultura mediterránea.
Chiara captó la señal y no insistió, aunque había notado la maniobra evasiva. Algunas heridas necesitaban tiempo para sanarse, y ella había aprendido a respetar esos silencios.
—Alessandro produce principalmente varietales autóctonos —siguió la conversación sin presionar—. Nero d’Avola, Grillo… Te enviaré alguna botella cuando venga a visitarme.
El sol continuó su danza sobre las aguas mientras ambas mujeres disfrutaban de la comida, cada una guardando sus secretos como tesoros enterrados que solo el tiempo y la confianza podrían desvelar.
El café llegó en tazas pequeñas de porcelana blanca, acompañado del aroma intenso que solo el mejor expreso sabía ofrecer.
Chiara rebuscó en su bolso hasta encontrar un paquete de Marlboro Gold y encendió uno con movimientos practicados, inhalando profundamente antes de exhalar el humo hacia el mar.
—¿Fumas? —preguntó, extendiendo el paquete hacia Lily.
—No, gracias. Nunca he fumado.
—Lista tú —rio Chiara, dando otra calada—. Yo llevo intentando dejarlo desde los treinta, pero a estas alturas creo que es una batalla perdida.
—Nunca es tarde para dejar los malos hábitos.
—A los cincuenta, querida, algunos vicios se convierten en compañeros de vida. Este cigarrillo y yo hemos vivido demasiado juntos para separarnos ahora.
Una sombra se proyectó sobre su mesa cuando una figura se acercó desde el paseo marítimo.
Una mujer mayor, vestida con un chal bordado en tonos púrpura y dorado, avanzaba con paso decidido hacia ellas.
Su cabello plateado brillaba recogido en un moño adornado con pañuelos coloridos, y múltiples pulseras tintineaban en sus muñecas.
—¡Chiara, tesoro! —exclamó la recién llegada con voz melodiosa y acento maltés marcado.
Chiara se levantó de un salto, aplastando el cigarrillo en el cenicero.
—¡Selene! ¿Qué haces por aquí?
Ambas mujeres se abrazaron con el cariño de una amistad consolidada por años. Selene tenía esa presencia magnética que hacía que las conversaciones cercanas bajaran instintivamente de volumen, como si su sola presencia alterara la atmósfera del lugar.
—Venía del mercado de pescado —explicó Selene, mostrando una bolsa de tela—. Y vi tu melena desde la distancia. ¿Cómo no iba a parar a saludarte?
Chiara se giró hacia Lily, quien observaba la escena con curiosidad apenas disimulada.
—Lily, te presento a Selene. Selene, esta es Lily Carter, la interiorista londinense de la que te hablé.
—Encantada —dijo Lily, extendiendo la mano.
Selene la tomó entre las suyas, cubiertas de anillos antiguos, y la sostuvo un momento más de lo convencional, estudiando el rostro de la joven con ojos oscuros y penetrantes.
—Así que tú eres quien va a devolver la vida a la Villa Barrington —dijo, liberando la mano de Lily—. Chiara me ha contado mucho sobre ese proyecto.
—¿Te importa si se sienta con nosotras? —preguntó Chiara, acercando una silla libre—. Selene conoce la historia de mi familia mejor que yo misma.
Una vez acomodada, Selene pidió una infusión de menta al camarero y se concentró en Chiara.
—¿Cuándo empezáis con las obras?
—Esta semana llega el arquitecto para evaluar la estructura. Lily se mudará allí en cuanto sea habitable.
—Interesante —dijo Selene con una expresión que Lily no supo interpretar—. Aunque creo que conozco cada detalle que me has contado sobre esa villa, aún no me has llevado allí nunca.
—¿En serio? —se sorprendió Lily—. Con la amistad que se nota que tenéis, pensé que…
—Selene y yo nos conocemos de otra manera —interrumpió Chiara con una sonrisa cómplice—. Aparte del tabaco, tengo otra debilidad confesable: me encanta que me lean las cartas. Y Selene es la mejor de Malta.
Lily arqueó una ceja, su expresión volviéndose escéptica.
—¿Las cartas del tarot?
—No pongas esa cara —rio Chiara—. Me supongo que eres una mujer práctica y racional, pero todos necesitamos un poco de magia en nuestras vidas.
—No es que no respete las creencias de otras personas —se defendió Lily—. Es que no creo en esas cosas. Prefiero confiar en datos tangibles, medidas exactas, presupuestos reales.
Selene la observó con una sonrisa enigmática, como si hubiera escuchado esas palabras muchas veces antes y supiera exactamente cómo terminarían esas historias.
—Las cartas siempre hablan cuando necesitan hacerlo —declaró Selene, rebuscando en su bolso de tela bordada hasta extraer una baraja envuelta en seda violeta—. Y hoy siento que tienen algo que decir.
Chiara aplaudió con entusiasmo, apartando las tazas de café para hacer espacio en la mesa.
—¡Perfecto! Lily, tienes que dejar que Selene te haga una lectura. Es increíblemente precisa.
Lily miró alternativamente a ambas mujeres, sintiendo como si hubiera caído en una emboscada bien orquestada. La brisa marina agitó los manteles de las mesas cercanas, y el murmullo de conversaciones en maltés e inglés creó una banda sonora cosmopolita que no logró relajar su creciente incomodidad.
—No sé, yo…
—Vamos, será divertido —insistió Chiara—. Además, hoy es gratis. Selene no cobra a las amigas.
—Hoy, ni a las amigas de las amigas —añadió Selene con una sonrisa cálida, desenvolviendo las cartas con movimientos rituales—. Solo tienes que relajarte y dejar que las cartas hablen. No van a morderte.
Lily suspiró, reconociendo que no tenía muchas opciones sin parecer grosera o excesivamente cerrada de mente. Chiara seguía siendo prácticamente una desconocida, y quedar como una londinense arrogante en su primer encuentro no parecía la estrategia más inteligente.
—Está bien —cedió—. Pero que conste que no creo en estas cosas.
—Las cartas tampoco necesitan que creas en ellas para funcionar —murmuró Selene, barajando con destreza—. Solo necesitan que estés presente.
Los dedos de Selene danzaron sobre las cartas extendidas en abanico, hasta seleccionar tres y colocarlas boca abajo sobre la mesa. La primera carta mostró una figura encapuchada caminando bajo una luna menguante.
—El Ermitaño —anunció Selene, su voz adoptando un tono más grave—. Alguien que camina sola, cargando una luz que solo ella puede ver. Has estado huyendo, ¿verdad? No físicamente… bueno, también físicamente, pero sobre todo emocionalmente.
Lily sintió como si alguien hubiera encendido una luz fría en su interior. Sus dedos se crisparon involuntariamente alrededor de la servilleta.
—Hay una carga que has llevado durante mucho tiempo —continuó Selene, girando la segunda carta—. El Cinco de Copas. Culpa, pérdida, lágrimas derramadas por algo que no pudiste controlar. Una figura femenina mayor… alguien que se fue sin que pudieras despedirte como querías.
La respiración de Lily se volvió más superficial. Las palabras de Selene resonaban demasiado cerca de heridas que creía bien enterradas bajo capas de trabajo obsesivo y distancia geográfica.
—Esto es… muy específico —murmuró, su voz apenas audible sobre el rumor de las olas.
Selene volteó la tercera carta con un movimiento fluido. Los Amantes aparecieron en la mesa, dos figuras entrelazadas bajo un cielo estrellado.
—Pero el futuro trae sanación —sonrió—. No solo amor romántico, aunque eso también llegará. Veo a un hombre con manos fuertes, alguien que construye y restaura. Pero hay algo más…
Los ojos de Selene se entornaron, como si estuviera viendo a través de un velo invisible.
—Sueños inquietos. Una casa que susurra secretos. Alguien del pasado que necesita que alguien del presente le ayude a encontrar la paz. El amor llegará, pero primero tendrás que enfrentar fantasmas que no son tuyos.
Lily se puso en pie abruptamente, derribando su silla al suelo con un estrépito que hizo que las mesas cercanas se giraran hacia ellas.
—Esto es ridículo —espetó, aunque su voz temblaba ligeramente—. Son generalidades que podrían aplicarse a cualquiera.
Chiara la miró con preocupación, levantándose también.
—Lily, ¿estás bien? Quizás deberíamos…
—Estoy bien —mintió Lily, recogiendo su bolso con movimientos nerviosos—. No me gusta que extraños pretendan conocer mi vida personal basándose en cartas de cartón.
Selene recogió tranquilamente las cartas, sin mostrar ofensa por la reacción de Lily.
—Las cartas solo muestran posibilidades, querida —dijo suavemente—. El libre albedrío siempre prevalece.
Chiara miró el reloj y se dirigió rápidamente al camarero para pedir la cuenta.
—Creo que es hora de regresar —anunció con tacto diplomático—. Lily debe estar cansada del viaje, y yo tengo una reunión esta tarde.
—Por supuesto —asintió Selene, guardando las cartas en su bolso—. Lily, espero que nos veamos pronto. Malta es una isla pequeña, y los caminos siempre se cruzan aquí.
Mientras esperaban el Uber, Lily mantuvo la vista fija en el puerto deportivo, donde los mástiles de los yates se balanceaban hipnóticamente contra el cielo azul.
Las palabras de Selene reverberaban en su mente como ecos no deseados, demasiado precisos para ser casualidad, demasiado inquietantes para ser ignorados.
* * *
El despacho de Chiara en el hotel ME Malta tenía vistas panorámicas al puerto deportivo de St. Julian’s, donde los yates se mecían contra sus amarres. Chiara revisaba a esa hora presupuestos de renovación en un escritorio de cristal.
Su teléfono vibró por cuarta vez en dos horas. Todos los mensajes eran de su madre.
Chiara suspiró y pulsó el botón de llamada.
Giulia contestó al segundo tono.
—¿Dónde estabas? Llevaba dos horas esperando tu llamada.
—Mamá, son las seis de la tarde. Trabajo hasta las ocho.
—Ya lo sé, ya lo sé —la voz de Giulia mantenía ese tono cálido pero exigente que Chiara conocía desde la infancia—. Pero tu hermano me dijo que encontraste a alguien para restaurar la villa. ¿Quién es? ¿De dónde viene?