Capítulo 4 2025 - Ecos del presente
El Uber desapareció por el sendero serpenteante, dejando a Chiara y Lily frente a los imponentes portones de hierro forjado de la Villa Barrington. La tarde mediterránea las envolvió, rota únicamente por el murmullo distante de las olas contra el acantilado.
—Aquí la tienes —anunció Chiara, sacando un manojo de llaves antiguas de su bolso—. Mi herencia familiar en todo su esplendor abandonado.
Lily observó la fachada de piedra caliza dorada, manchada por décadas de negligencia.
Las buganvillas habían crecido salvajes, trepando por las paredes como dedos verdes que intentaran reclamar el edificio para la naturaleza.
Ventanas con contraventanas cerradas miraban como ojos ciegos hacia el Mediterráneo.
—¿Desde cuándo no vive nadie aquí? —preguntó Lily, calculando mentalmente el trabajo de restauración que tendría por delante.
—La última en irse creo que fue mi tía abuela Beatrice en 1930. Se casó con un diplomático de la India que trabajaba en Malta. Se marchó con él a su país y nunca regresó. Después de eso, solo quedó un servicio mínimo hasta mediados de los años setenta.
Las puertas principales crujieron al abrirse, revelando un vestíbulo sumido en penumbra dorada. Motas de polvo danzaban en los rayos de luz que se filtraban por las rendijas de las contraventanas. El aire olía a humedad marina mezclada con el aroma fantasmal de maderas nobles y tejidos antiguos.
—Impresionante —dijo Lily, sus ojos profesionales catalogando automáticamente cada detalle—. La estructura parece sólida, pero necesitará trabajo en instalaciones, restauración de carpintería…
Chiara se apoyó contra el marco de la puerta, observando cómo Lily fotografiaba los detalles arquitectónicos con su móvil.
—Ya sé que será una inversión considerable —comentó con pragmatismo—, pero el dinero no es el principal obstáculo.
Llevo años ahorrando para este proyecto, y mi trabajo en el hotel genera ingresos suficientes.
Aparte, digamos que mi familia tiene un buen colchón acumulado.
Lo que necesito es la visión correcta, alguien que respete lo que fue sin quedarse atrapado en la nostalgia.
Lily ya no escuchaba, atraída por una forma rectangular cubierta por una sábana manchada junto a la ventana.
Tiró del tejido polvoriento, revelando un escritorio de caoba tan deteriorado que parecía a punto de convertirse en serrín.
Las patas estaban hinchadas por la humedad, la superficie agrisada y partida.
—¿Esto también se quedará? —preguntó, pasando los dedos por la madera arruinada.
—Intentamos sacarlo cuando vaciamos la casa, pero está en tal estado que temimos que se desmoronara si lo movíamos —explicó Chiara, arrugando la nariz—. Probablemente haya que descartarlo.
Lily rodeó el mueble moribundo con ojo experto. Los cajones estaban tan hinchados que apenas se distinguían de la estructura principal, las juntas fundidas por décadas de humedad salina.
—Tiene potencial —dijo, ejerciendo presión calculada en uno de los cajones—. Con tratamiento antifúngico, lijado cuidadoso, barniz marino… podría recuperarse.
El cajón cedió con un gemido prolongado. Dentro, protegido por el compartimento hermético, descansaba un cuaderno de piel verde oscuro con broches de metal oxidado. Las páginas amarillentas asomaban entre las cubiertas.
—Diario de Lady Constance Barrington —leyó Lily en voz alta, abriendo cuidadosamente la primera página donde una caligrafía elegante declaraba su propiedad—. 1915.
Chiara se encogió de hombros sin acercarse.
—¿Lady Constance? Ni idea de quién es. Supongo que alguna tía bisabuela o similar.
Mira, tú eres la decoradora. Si quieres llevártelo para hacer algo decorativo con él o simplemente por curiosidad, adelante.
Yo no soy muy de cachivaches polvorientos.
La historia familiar siempre me ha parecido demasiado dramática para mi gusto.
Lily guardó el diario en su bolso.
—Me lo llevo entonces. A veces estos objetos pueden inspirar decisiones de diseño, colores de época, usar sus páginas para un cuadro, ese tipo de cosas.
—Como quieras. —Chiara ya caminaba hacia la escalera principal—. Ven, déjame enseñarte la planta superior. Ahí es donde realmente verás el desastre.
—¿Sabes? Nací en Sicilia —continuó Chiara mientras avanzaban por el pasillo principal—. Mis padres, Henry y Giulia, se establecieron allí después de la guerra. Tengo un hermano, Alessandro, que gestiona viñedos cerca de Palermo. Siempre pensó que yo estaba loca por mantener esta propiedad.
Lily se detuvo ante un retrato familiar en uniforme militar, la pintura agrietada pero aún majestuosa.
—¿Por qué tu familia nunca regresó?
—La verdad, ignoro el motivo. Mis abuelos partieron y forjaron una existencia distinta en Sicilia. Casi nunca mencionaban su vida pasada en Malta. Mi madre, tras la muerte de mi padre, ha querido venir en alguna ocasión, pero entre una cosa y otra no ha ocurrido nunca.
Recorrieron las estancias una por una: salones con muebles cubiertos por sábanas como espectros inmóviles, una biblioteca con volúmenes que se desintegraban lentamente, habitaciones donde el papel pintado se despegaba en lágrimas melancólicas.
En uno de los estudios principales, Lily notó algo extraño. Montones de botellas vacías descansaban sobre una estantería como si alguien las hubiera dejado ayer, no hace décadas. Mapas militares permanecían extendidos bajo el polvo.
—Este lugar tiene atmósfera —comentó, reprimiendo un escalofrío inexplicable.
Los jardines habían recobrado su estado salvaje. Senderos de grava aparecían y desaparecían entre la vegetación exuberante. Limoneros cargados de frutos dorados se entremezclaban con rosales abandonados que seguían floreciendo en terracota desconchada.
El embarcadero de piedra se extendía hacia el mar como un dedo acusador. Maderas podridas de lo que había sido un muelle pequeño colgaban sobre aguas cristalinas.
—Aquí solían tener embarcaciones —explicó Chiara—. Beatrice le contó en una carta a mi madre que le encantaba navegar con sus hermanos.
Lily se apoyó en la barandilla de piedra, contemplando el horizonte infinito. Por un momento, creyó escuchar ecos de risas lejanas mezclándose con el viento marino.
—Es un proyecto ambicioso —admitió—. Pero tiene un potencial extraordinario. La ubicación es perfecta, las vistas espectaculares…
—¿Tienes hambre? —interrumpió Chiara, consultando su reloj—. Conozco un sitio estupendo en Sliema donde podemos discutir los detalles sin respirar tanto polvo.
Mientras caminaban de regreso hacia la entrada principal, Lily sintió una extraña reluctancia a marcharse, como si la villa ejerciera una atracción magnética sobre ella.
Se volvió una última vez hacia las ventanas del primer piso, donde creyó vislumbrar una sombra moviéndose tras los cristales empañados.
—¿Hay alguien más que tenga acceso a la propiedad? —preguntó.
Chiara siguió su mirada hacia las ventanas vacías.
—No, solo yo. ¿Por qué lo preguntas?
—Por nada —dijo Lily, sacudiendo la cabeza—. Solo curiosidad profesional.
* * *
La terraza del restaurante se asomaba al mar como un balcón privilegiado sobre el Mediterráneo.
Sombrillas blancas creaban islas de sombra fresca donde Chiara y Lily se habían instalado con vistas al puerto deportivo de Sliema.
El sol de mediodía bañaba las aguas en tonos turquesa que cambiaban con cada movimiento de las olas.
—Aquí tienes el contrato —dijo Chiara, sacando una carpeta de cuero de su bolso y deslizándola sobre la mesa de cristal—. Tres meses mínimos, aunque sospecho que necesitaremos más tiempo.
Lily hojeó los documentos mientras el camarero servía sus copas de vino blanco maltés. El líquido dorado reflejaba la luz solar como pequeños diamantes líquidos.
—Tres meses es razonable para empezar —dijo, estudiando las cláusulas—. Aunque seré honesta contigo, Chiara. Antes de cualquier trabajo de interiorismo, esa villa necesita un saneamiento general. Estructura, fontanería, electricidad, humedades…
—Ya había pensado en ello —interrumpió Chiara, llevándose una aceituna a la boca—. Por eso he conseguido al mejor arquitecto de la isla. Chris Bennett. Su empresa se especializa en ese tipo de trabajos.
Un ferry turístico cruzó frente a la costa, cargado de turistas que fotografiaban las fachadas de los edificios desde la distancia.
—Perfecto —dijo Lily, firmando las páginas con trazos decididos—. Una vez terminen esos trabajos preliminares, me gustaría mudarme a la villa para trabajar desde dentro. La inspiración fluye mejor cuando vives el espacio que diseñas.
—No veo ningún problema. Las habitaciones del ala este están en mejor estado; podrías instalarte allí cómodamente.
Lily dobló el contrato y se lo devolvió, una sonrisa auténtica iluminando su rostro por primera vez desde que había llegado a Malta.
—Y si los trabajos se alargan, no es problema para mí. La verdad es que necesitaba este cambio de aires. Londres se había vuelto… asfixiante.
El camarero trajo una selección de aperitivos: hobz biz-zejt con tomates frescos, pastizzi dorados y queso de cabra local. El aroma de la comida se mezcló con la brisa marina, creando una sinfonía sensorial que relajó los hombros tensos de Lily.
—Es el lugar perfecto para empezar de nuevo —comentó Chiara, observando cómo Lily se permitía, al fin, relajarse—. ¿Qué te hizo decidir dejar Londres? Supongo que el trabajo no faltaba allí.
La pregunta flotó entre ellas como una sombra repentina. Lily se concentró en untar aceite de oliva sobre el pan, evitando la mirada inquisitiva de Chiara.
—Los proyectos se habían vuelto repetitivos —respondió con voz cuidadosamente neutra—. Pisos de lujo en Kensington, lofts en Shoreditch… Todo demasiado predecible.
—Pero supongo que algo más personal te empujaría a marcharte, ¿no? —insistió Chiara con gentileza—. Una mujer no abandona una carrera exitosa solo por aburrimiento profesional.
Lily alzó su copa de golpe, el cristal tintineando contra el plato de aceitunas.