La Villa de los Sueños Capítulo 3 1930 - Los pilares de la casa #2
8%

Capítulo 3 1930 - Los pilares de la casa #2

Beatrice hizo un gesto automático con la cabeza mientras observaba a su cuñada.

Violet mantenía esa sonrisa cortés que había perfeccionado desde su llegada a Malta, la misma expresión educada que utilizaba durante las cenas familiares tensas o las conversaciones superficiales con las esposas de oficiales en los eventos sociales.

—Los jardines son realmente una maravilla —continuó Violet, deteniéndose junto a una pequeña fuente de mármol donde los peces dorados nadaban perezosamente—.

Albert debe dedicar horas enteras a mantenerlos en este estado.

La combinación de plantas mediterráneas con algunas especies inglesas es muy acertada.

—Violet.

—Y el aroma del jazmín por las noches es simplemente embriagador. Supongo que en verano debe ser aún más intenso, aunque imagino que también más caluroso. ¿Soléis permanecer aquí durante los meses de julio y agosto, o preferís regresar a…?

—¡Violet!

La interrupción de Beatrice resonó más fuerte de lo que había pretendido. Violet parpadeó, sorprendida por el tono decidido de su cuñada.

—¿Ocurre algo?

—No puedes seguir hablando eternamente sobre el clima y los jardines como si fuéramos dos desconocidas en un salón de té.

Beatrice se plantó frente a ella con la barbilla levantada, de quien no acepta un no por respuesta.

—Tengo una idea mucho mejor que este paseo formal. Vamos al embarcadero.

—¿Al embarcadero?

—Sí, y tomaremos prestada una de las barcas pequeñas. Un paseo por la costa antes de que anochezca por completo.

Violet retrocedió instintivamente, la sonrisa cortés convirtiéndose en expresión de alarma genuina.

—Beatrice, no creo que sea prudente. No hay ningún hombre cerca que pueda acompañarnos, y si surgiera algún problema…

—¡Qué tonterías! Llevo remando desde que tengo memoria. Arthur me enseñó cuando era pequeña, y estas aguas están completamente tranquilas.

Beatrice ya caminaba hacia el sendero de piedra que descendía serpenteante hacia el acantilado, su falda azul ondeando con cada paso decidido.

—Además, será mucho más divertido que seguir fingiendo que el estado de las flores es fascinante.

Violet dudó un momento, pero el entusiasmo pegadizo de Beatrice pudo con sus recelos y, con cuidado, se apresuró tras ella para no quedarse sola.

El embarcadero se extendía sobre las aguas cristalinas del Mediterráneo como un dedo de madera blanqueada por el sol. Varias embarcaciones pequeñas se mecían suavemente amarradas a los pilotes, sus cascos brillando bajo la luz dorada del atardecer.

—Esta parece perfecta —declaró Beatrice, señalando una barca de remos pintada de blanco con ribetes azules—. No es demasiado grande y los remos parecen estar en buen estado.

Veinte minutos después, Violet se aferraba a los bordes de la embarcación mientras Beatrice luchaba con los remos en una batalla desigual contra las corrientes costeras.

Lo que había comenzado como un paseo tranquilo se había convertido en una serie de círculos erráticos que las alejaban peligrosamente del embarcadero.

—Beatrice, creo que deberíamos regresar…

—Solo necesito encontrar el ritmo adecuado —jadeó Beatrice, sus mejillas sonrosadas por el esfuerzo—. Arthur lo hacía ver tan fácil…

Un movimiento brusco para corregir el rumbo hizo que el remo derecho se le escurriera de las manos. Ambas observaron con horror cómo el remo se deslizaba fuera de su alcance, flotando hacia aguas más profundas con cada segundo que pasaba.

—¡Dios mío! —exclamó Violet, el pánico tiñendo su voz—. ¿Cómo vamos a regresar ahora?

Beatrice contempló el remo que se alejaba con expresión sorprendentemente serena.

—No te preocupes. Albert siempre hace una ronda por los jardines al anochecer, y cuando no nos encuentre en la villa, bajará a buscarnos.

—¿Y si no lo hace? ¿Y si nadie se da cuenta de que hemos desaparecido?

—Entonces tendremos una aventura que recordar toda la vida.

Beatrice se recostó contra el asiento de la barca con una sonrisa traviesa, como si naufragar en aguas maltesas fuera la culminación perfecta de una tarde aburrida.

—¡Esto es una catástrofe! —gritó Violet de repente, poniéndose en pie tan bruscamente que la barca se balanceó peligrosamente—. ¡Estamos perdidas! ¡Nadie sabe dónde estamos y pronto oscurecerá completamente!

Sus manos temblaron mientras contemplaba las aguas que se extendían infinitas alrededor de la pequeña embarcación. El pánico se apoderó de ella como una marea creciente.

—¡No sé ni siquiera nadar! ¡Si algo nos ocurre aquí, si nos ahogamos, nadie sabrá jamás qué…!

La bofetada resonó seca sobre el agua.

Violet se llevó la mano a la mejilla enrojecida, los ojos muy abiertos por la sorpresa. Solo el suave chapoteo del agua contra el casco.

—Perdóname —dijo Beatrice, bajando la mano—. No debería haberte pegado, pero estabas al borde de la histeria y…

Las lágrimas comenzaron a rodar por las mejillas de Violet, silenciosas al principio, luego en sollozos que sacudieron todo su cuerpo. Se desplomó en el asiento, cubriéndose el rostro con ambas manos.

—No llores, por favor —susurró Beatrice, acercándose con cuidado—. De verdad, vendrán a buscarnos. Te lo prometo.

—No es por la barca —gimió Violet entre sollozos—. No es por tu bofetada. Es que… ya no puedo más, Beatrice. No puedo seguir fingiendo que todo está bien cuando no lo está.

Beatrice se sentó junto a ella, extendiendo un brazo vacilante alrededor de los hombros de su cuñada.

—Es Edmund, ¿verdad?

Violet movió la cabeza, incapaz de hablar.

—Mi hermano puede ser un verdadero idiota cuando se lo propone —dijo Beatrice—. Desde que regresó de la guerra, es como si hubiera dejado su alma en el frente junto con su buen humor.

—No me habla —susurró Violet—. Apenas me mira. Cuando entra en una habitación donde estoy yo, sale inmediatamente. Y por las noches… Por las noches bebe hasta perder el conocimiento en su estudio.

—¿Te ha hecho daño?

—No físicamente. Pero me da miedo, Beatrice. A veces lo veo mirarme con tanta… frialdad. Como si mi presencia le resultara repugnante.

Beatrice apretó los labios. Conocía los arrebatos de Edmund, pero no había imaginado que Violet estuviera sufriendo tanto.

—No sabías en qué te metías al casarte con él, ¿verdad?

Violet sacudió la cabeza, limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano.

—Mi familia… los Wyndham… estamos prácticamente arruinados. Padre perdió casi toda la fortuna familiar en inversiones desastrosas. Cuando Sir Reginald propuso la alianza matrimonial, mis padres prácticamente me empujaron al altar.

—¿No tuviste elección?

—Ninguna. Me dijeron que era mi deber salvar a la familia. Que Edmund era un buen partido, un héroe de guerra, que aprendería a amarle con el tiempo.

Beatrice resopló.

—Edmund no sabe amar ni a sus propios calcetines. Siempre ha sido el hermano serio, el responsable, el que nunca sonríe. Incluso de niño parecía llevar el peso del mundo sobre los hombros.

A pesar de todo, los labios de Violet temblaron en algo parecido a la gratitud.

—¿De verdad nunca sonreía?

—Una vez lo vi reírse cuando Arthur se cayó en el estanque persiguiendo ranas. Pero creo que fue más por el alivio de que no fuera él quien se hubiera embarrado que por diversión genuina.

Violet rio suavemente, sorprendiéndose a sí misma.

—Entonces no soy yo. No es que haya algo terrible en mí que lo aleje.

—¡Por favor! Eres preciosa, inteligente y cualquier hombre sensato se sentiría afortunado de tenerte. El problema es que Edmund tiene el sentido común de una ostra.

—Nunca había pensado que ser una Barrington implicaría sentirse tan sola.

—Bueno, técnicamente ahora eres una de nosotros, lo que significa que Arthur y yo tenemos la obligación fraternal de hacer tu vida más soportable. Y te aseguro que somos mucho mejor compañía que mi hermano mayor.

Una voz familiar resonó desde el embarcadero, interrumpiendo su conversación.

—¡Beatrice! ¡Violet! ¿Qué hacéis ahí fuera solas en esa barca?

Arthur se encontraba en el extremo del embarcadero, con las manos en las caderas y expresión preocupada.

Violet se irguió, secándose rápidamente las lágrimas mientras una sonrisa genuina iluminaba su rostro por primera vez en semanas.

Arthur desató una de las barcas más grandes del embarcadero con movimientos precisos, sus músculos tensos bajo la camisa blanca mientras ajustaba los remos. Sin perder tiempo, se impulsó sobre las aguas tranquilas del atardecer con brazadas poderosas que cortaban la superficie como cuchillas.

—¡Quedaos quietas! —gritó por encima del agua—. ¡Voy hacia vosotras!

En cuestión de minutos alcanzó la embarcación a la deriva. Con una agilidad que hablaba de años de experiencia marítima, amarró ambas barcas con una cuerda que llevaba enrollada al cinto.

—Agarraos bien —ordenó, comenzando a remar hacia el embarcadero—. No quiero que ninguna de las dos acabe en el agua.

Violet observó fascinada los músculos de los antebrazos de Arthur mientras tiraba de los remos, la facilidad con que manejaba ambas embarcaciones como si fueran juguetes. El esfuerzo había humedecido su camisa, pegándola a su torso de manera que revelaba la fuerza contenida bajo la tela.

Una vez en el embarcadero, Arthur ayudó primero a Beatrice a descender; luego extendió la mano hacia Violet.

Al incorporarse para aceptar su ayuda, no pudo evitar que su atención se desviara involuntariamente hacia el escote abierto de la camisa masculina, donde se vislumbraba el vello oscuro que cubría su pecho.

Un calor súbito subió por su cuello hasta las mejillas.

—Gracias —dijo, apartando rápidamente la mirada.

Una vez que ambas estuvieron a salvo en tierra firme, Arthur se irguió, plantándose frente a ellas con los brazos en jarras. Su expresión había perdido toda traza de diversión.

—¿En qué demonios estabais pensando? —su voz resonó con una autoridad que Violet no había escuchado antes—. ¿Salir solas al mar sin avisar a nadie? ¿Tenéis idea de lo que podría haber pasado si las corrientes os hubieran arrastrado mar adentro?

Beatrice levantó la barbilla desafiante.

—Solo queríamos un pequeño paseo. No íbamos a alejarnos tanto.

—¡Un paseo! —Arthur sacudió la cabeza, gotas de agua salada volando de su cabello húmedo—. ¡Beatrice, perdisteis un remo! ¡Estabais completamente a merced de las corrientes! ¿Y si hubiera surgido viento? ¿Y si la barca se hubiera volcado?

Violet se encogió bajo la reprimenda, sintiéndose como una colegial traviesa.

—Ha sido culpa mía. Beatrice solo intentaba animarme y yo…

—No importa de quién fue la idea —interrumpió Arthur, su mirada moviéndose entre ambas—. Las dos sois adultas. Florence y Roberts están muertos de preocupación buscándoos por toda la villa.

El sendero de regreso transcurrió con tensión palpable, Arthur caminando delante con pasos decididos mientras Beatrice y Violet le seguían como dos penitentes.

En el vestíbulo principal, Roberts apareció instantáneamente, como si hubiera estado esperando tras la puerta. Su alivio resultaba casi palpable.

—Joven Arthur, las damas… ¿Están bien?

—Perfectamente bien, gracias a Dios. Solo un pequeño percance en el mar.

Florence emergió de las sombras con su delantal inmaculado y expresión maternal teñida de reproche.

—¡Señorita y señora Barrington! ¡Hemos estado buscándolas por todas partes! La cena está lista desde hace media hora.

—Lo sentimos mucho, Florence —dijo Violet, genuinamente avergonzada—. No pretendíamos causar molestias.

Roberts intercambió una mirada significativa con Florence. Ambos veteranos del servicio doméstico compartían la misma preocupación: apenas unas horas sin Sir Reginald y la casa ya parecía sumida en el caos.

El comedor los recibió con la mesa puesta para cuatro personas, aunque una de las sillas permanecía notoriamente vacía.

—¿Edmund no baja a cenar? —preguntó Arthur, tomando asiento en la cabecera, donde solía sentarse su padre Sir Reginald.

—Me temo que el joven Edmund prefiere… cenar en sus aposentos esta noche —respondió Roberts con diplomacia ensayada.

Violet sintió una mezcla de alivio y tristeza. Por un lado, la ausencia de Edmund significaba una cena sin tensiones; por otro, confirmaba que su matrimonio era una farsa que ni siquiera podía mantener las apariencias de una comida familiar.

—Entonces seremos nosotros tres —declaró Beatrice alegremente, decidida a alegrar el ambiente—. Arthur, deberías haber visto a Violet cuando perdí el remo. Se puso pálida como un fantasma.

—¿Yo me puse pálida? —replicó Violet, sorprendiéndose por su propia disposición a seguir la broma—. Tú fuiste quien dijo que remar era tan fácil como caminar.

Arthur sonrió por primera vez desde el rescate.

—La próxima vez que queráis aventuras acuáticas, avisadme. Al menos así tendréis un capitán competente.

Las risas llenaron el comedor por primera vez en semanas, un sonido que se extendió por los pasillos de la villa como un bálsamo.

Arriba, en su estudio, Edmund levantó apenas la mirada de su vaso de whisky antes de volver a hundirse en sus pensamientos sombríos, ajeno al primer atisbo de alegría genuina que había resonado entre esas paredes por un tiempo.