La Villa de los Sueños Capítulo 3 1930 - Los pilares de la casa
7%

Capítulo 3 1930 - Los pilares de la casa

El despacho de Sir Reginald Barrington ocupaba la esquina este de la villa, donde las ventanas de guillotina enmarcaban el Mediterráneo como un cuadro de autoridad imperial.

Mapas militares cubrían las paredes de roble oscuro, salpicados de alfileres que marcaban campañas pasadas y conexiones estratégicas que aún mantenía activas desde su retiro.

El escritorio de caoba, heredado de su padre, sostenía correspondencia clasificada en pilas perfectas y un tintero de plata que relucía bajo la luz matutina.

Sir Reginald revisaba los informes financieros de sus inversiones londinenses cuando Roberts apareció en el umbral con su discreción característica.

El mayordomo había aprendido, tras décadas de servicio, a moverse como una sombra cuando las noticias que portaba prometían despertar el temperamento de su señor.

—¿Sí, Roberts?

La voz grave del patriarca no se alzó del papel, pero Roberts detectó esa tensión particular que precedía a las tormentas familiares.

—Sir Reginald, debo informarle sobre los… Incidentes de ayer por la tarde.

Ahora sí levantó la vista. Los ojos azules de Sir Reginald se clavaron en Roberts con esa intensidad que había intimidado a subordinados militares y ahora aterrorizaba al personal doméstico.

En la cocina, las criadas suspendían sus conversaciones cuando escuchaban el eco de sus pasos por los pasillos.

Los jardineros se escondían tras los setos cuando lo veían inspeccionar los terrenos con su bastón de marfil.

—Continúe.

—El joven Edmund tuvo otra vez… palabras ásperas con Lady Violet. Ella se retiró a sus aposentos después de la cena y ya no bajó en toda la noche.

Sir Reginald cerró el informe financiero con un movimiento seco. La mandíbula se le tensó mientras procesaba la información, pero Roberts detectó algo que podría confundirse con satisfacción en lugar de preocupación.

—Es de esperarse. Los matrimonios requieren… ajustes. Edmund debe aprender que el liderazgo comienza en el hogar.

Se incorporó y caminó hacia la ventana, donde las palmeras del jardín se mecían bajo la brisa marina. Sus manos, grandes y marcadas por años de entrenamiento militar, se cerraron sobre el bastón con empuñadura de plata.

—Además, me marcho mañana a Londres. Asuntos urgentes que requieren mi presencia inmediata. Estaré ausente al menos seis semanas.

Roberts inclinó levemente la cabeza, anticipando las instrucciones que vendrían a continuación. Conocía demasiado bien la dinámica familiar como para sorprenderse por la decisión de Sir Reginald de ausentarse precisamente cuando la situación doméstica se complicaba.

—Arthur quedará como cabeza temporal de la casa. Confío plenamente en su criterio y madurez. A sus veintiocho años, es un hombre de principios sólidos, a diferencia de…

La pausa cargada de desdén completó la frase mejor que cualquier palabra. Edmund, el primogénito, el heredero por derecho, pero decepción por temperamento. Débil, pensó Sir Reginald. Demasiado sensible para las responsabilidades que el apellido Barrington exigía.

—¿Y en cuanto a Miss Beatrice, señor?

—Beatrice es… Beatrice. Manténgala ocupada con sus partituras y sus libros. A sus diecinueve años, las mujeres necesitan distracciones, no responsabilidades.

Sir Reginald regresó a su escritorio, donde una fotografía enmarcada en plata mostraba a su difunta esposa sosteniendo a Beatrice de bebé.

Durante un instante, algo parecido a la melancolía atravesó su expresión severa.

Él había soñado con otro varón. Otro Arthur.

Alguien más en quien depositar la confianza que Edmund jamás merecería.

—Prepare mis maletas para el vapor de mañana por la mañana. Y Roberts…

—¿Sí, señor?

—Mantenga informado a Arthur de cualquier… irregularidad durante mi ausencia. Él sabrá cómo manejar la situación si Edmund vuelve a perder los estribos.

El mayordomo inclinó la cabeza y se retiró, dejando a Sir Reginald con sus papeles y sus certezas inquebrantables.

* * *

El Bentley negro avanzó suavemente por el camino de gravilla rumbo a la Villa Barrington mientras las sombras vespertinas se extendían sobre los jardines mediterráneos.

Albert, el chófer y jardinero, guiaba el automóvil con la seguridad de quien dominaba cada recodo del trayecto, sus manos curtidas seguras sobre el volante de piel.

—Gracias, Albert. Las medidas han quedado perfectas.

Beatrice se alisó la falda de seda azul mientras descendía del automóvil, sus zapatos de tacón bajo resonando contra la piedra caliza. La modista de La Valeta había sido una revelación: vestidos que seguían las líneas modernas parisinas sin escandalizar completamente a la sociedad maltesa.

—Un placer, Miss Beatrice. Los jardines me esperan antes de que se haga más tarde.

Albert tocó la visera de su gorra y se dirigió hacia los establos, donde las herramientas de jardinería aguardaban su atención.

El ama de llaves Florence apareció en el vestíbulo principal antes de que Beatrice terminara de quitarse los guantes. La señora Norris llevaba su delantal inmaculado y esa expresión que mezclaba eficiencia maternal con preocupación apenas contenida.

—¿Cómo fue la cita con la modista, querida?

—Maravillosa. Tres vestidos nuevos que podré utilizar en el próximo baile que se organice. ¿Dónde está Arthur?

Roberts emergió de las sombras del pasillo con su discreción habitual, las manos entrelazadas a la espalda.

—El joven Arthur está en el club de La Valeta con algunas de sus amistades. No regresará hasta después de la cena.

—¿Y padre?

Florence intercambió una mirada rápida con Roberts. La comunicación silenciosa entre veteranos del servicio doméstico había perfeccionado un lenguaje de gestos que Beatrice conocía desde la infancia.

—Sir Reginald partió esta mañana hacia Londres. Asuntos urgentes. Estará ausente varias semanas.

Beatrice sintió cómo algo se aliviaba en su pecho. Las ausencias paternas significaban menos tensión, menos sermones sobre el comportamiento apropiado para una joven de su posición. Significaban libertad para leer novelas francesas y escuchar jazz en el gramófono sin reproches.

—¿Y Edmund? ¿Violet?

La expresión de Florence se ensombreció.

—Me temo que ha vuelto a haber… episodios. Lady Violet se retiró a sus aposentos después del almuerzo y no ha bajado desde entonces.

Beatrice frunció el ceño. Desde la boda, apenas había intercambiado más que cortesías formales con su cuñada. La diferencia de edad, las circunstancias peculiares del matrimonio y la sombría presencia de Edmund habían creado un muro invisible entre ellas.

Pero eso cambiaría ahora.

—Subiré a verla. Quizás le apetezca un paseo por los jardines antes de que anochezca del todo.

Subió las escaleras de mármol de dos en dos, decidida a acabar con la melancolía que envolvía la villa.

Violet se inclinó sobre el escritorio de caoba junto a la ventana, la pluma suspendida sobre el papel color marfil.

Las palabras se negaban a fluir. ¿Cómo explicar a sus amigas en Londres que su nueva vida en Malta consistía en días interminables de silencio y noches de soledad?

¿Cómo describir la belleza mediterránea que la rodeaba cuando su corazón se sentía árido como un desierto?

Querida Agnes, comenzó de nuevo, tachando las palabras anteriores. Malta es verdaderamente hermosa, aunque muy diferente a Londres. Los jardines están llenos de flores que no reconozco y el mar…

Un golpe suave en la puerta interrumpió sus pensamientos. Antes de que pudiera responder, Beatrice asomó la cabeza rubia con la misma expresión de quien ya ha tomado una decisión antes de abrir la puerta.

—¡Violet! Espero no molestarte, pero este atardecer es demasiado hermoso para desperdiciarlo encerradas como murciélagos.

Violet dejó la pluma sobre el tintero, aliviada por la interrupción que la salvaba de sus pensamientos melancólicos.

—Me temo que no soy la mejor compañía esta tarde, Beatrice.

—Precisamente por eso necesitas aire fresco. Vamos, los jardines de Albert están en su mejor momento y pronto será demasiado tarde para disfrutarlos.

Beatrice entró completamente, su falda de seda azul revoloteando mientras se acercaba al armario de Violet.

—Un paseo breve quizás te devuelva algo de color a las mejillas.

Violet observó a su cuñada seleccionar una chaqueta ligera de lino color crema. La energía juvenil de Beatrice resultaba tanto refrescante como agotadora, pero había algo genuino en su preocupación que derretía las resistencias de Violet.

—Supongo que un poco de aire no me vendría mal.

—¡Excelente! Albert ha plantado nuevas buganvillas junto al sendero que lleva al embarcadero. Dice que florecerán hasta bien entrado el otoño.

Violet se ciñó la chaqueta y siguió a Beatrice escaleras abajo. Roberts las observó desde las sombras del vestíbulo con aprobación apenas perceptible antes de desvanecerse nuevamente en sus quehaceres.

El aire vespertino las recibió con fragancias de jazmín y hierbas mediterráneas. El jardín de la Villa Barrington se extendía ante ellas como una sinfonía de colores dorados por la luz del atardecer, y por primera vez en semanas, Violet sintió que sus pulmones se expandían por fin.

Quizás Beatrice tenía razón. Quizás lo que necesitaba era salir de esa habitación que se había convertido en su refugio y su prisión.

Los senderos de gravilla crujían bajo sus pasos mientras paseaban entre los parterres cuidadosamente diseñados por Albert. Las buganvillas recién plantadas desplegaban sus primeros brotes púrpuras contra los muros de piedra caliza, prometiendo una explosión de color en las semanas venideras.

—El clima aquí es verdaderamente extraordinario —comentó Violet, rozando con los dedos las hojas de un limonero—. En Londres ya estaríamos encendiendo las chimeneas, pero aquí el aire conserva esa tibieza tan agradable.