La Villa de los Sueños Capítulo 2 2025 - Huyendo hacia delante #2
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Capítulo 2 2025 - Huyendo hacia delante #2

La llamada había llegado un viernes. Lily recordaba el detalle porque los viernes eran sus días más productivos, cuando el estudio se vaciaba lo suficiente para que pudiera concentrarse en los renders del proyecto de Kensington sin interrupciones constantes.

—Miss Carter, soy la enfermera Thompson del King’s College Hospital. Su madre ha ingresado nuevamente. Una crisis. No es crítica, pero…

El resto de las palabras se habían difuminado en ese zumbido familiar que acompañaba cualquier cosa relacionada con Elsie.

Lily había mirado la pantalla de su ordenador, donde un salón eduardiano esperaba ser transformado en un espacio contemporáneo que honrara su arquitectura original.

Había murmurado algo sobre llegar pronto y había colgado.

Pero no se había movido. No inmediatamente.

Había permanecido sentada otros veinte minutos, ajustando molduras virtuales que no necesitaban ajuste, cambiando tonos de blanco que ya eran perfectos. Fabricando excusas en forma de profesionalismo mientras la culpa crecía como una enredadera venenosa en su pecho.

Solo termino esto. Es importante. El cliente espera.

Mentiras que se había repetido tantas veces que casi las creía.

El móvil había vibrado. Elsie.

—¿Dónde estás? Necesito mi crema facial. La Estée Lauder, la del tarro dorado. ¿Y mis pijamas de seda rosa? Los otros son horribles, Lily, parecen de hospital. ¿Por qué tardas tanto?

Ni un “estoy asustada” ni un “te necesito”. Solo demandas envueltas en el tono de víctima que Elsie dominaba como nadie.

Lily había cerrado el portátil.

El piso de Notting Hill olía a cerrado cuando entró, ese aroma particular de espacios abandonados temporalmente mezclado con el perfume caro que Elsie usaba en exceso.

La habitación de su madre era exactamente como la recordaba: un santuario de vanidad con el tocador repleto de cosméticos caros, fotografías enmarcadas donde Elsie siempre ocupaba el centro, espejos estratégicamente colocados para capturar su reflejo desde cualquier ángulo.

Lily había abierto el armario buscando los pijamas, apartando blusas de diseñador y vestidos que su madre ya no podía usar, pero se negaba a donar. Al fondo, detrás de una caja de zapatos Louis Vuitton, sus dedos rozaron cartón áspero.

La caja no tenía nada especial. Cartón marrón desgastado por los años, sin marcas ni etiquetas. Pero estaba escondida, enterrada bajo capas de vanidad superficial.

Dentro, el tiempo se había detenido en sepia.

La pulsera había sido lo primero que vio: plata gastada, casi opaca.

Las fotografías la habían dejado sin aliento.

Una mujer joven en uniforme de criada, ojos grises que parecían mirar directamente a través de los años.

Una pareja mayor frente a una casa de campo, él con traje oscuro y ella con vestido sencillo.

Una niña pequeña que podría incluso ser Elsie con sus padres.

¿Quiénes eran?

Las cartas, amarillentas y frágiles, estaban dirigidas a “Elsie Carter”, pero firmadas por “Eliza”.

“Querida Elsie, espero que esta carta te encuentre bien…”

No las había leído en su totalidad. La sensación de transgresión la había frenado, pero Lily había capturado varias imágenes con el teléfono, concentrándose principalmente en las fotografías, antes de ocultar nuevamente la caja en el mismo lugar.

En el hospital, Elsie había estado rodeada de máquinas, tubos, sábanas blancas que la hacían parecer más pequeña. Pero su lengua permanecía afilada.

—¿Trajiste mi crema? ¿Y mis pijamas buenos? Lily, esos se ven baratos.

—Mamá, encontré una caja en tu armario. Fotografías, cartas…

—No sé de qué hablas. Son cosas viejas que no importan. ¿Por qué no me traes flores? Todos los otros pacientes tienen flores.

Y había sido todo.

—¿Le gusta la música árabe? —La voz del conductor maltés la arrancó del recuerdo—. Es muy popular aquí. ¿Le gusta?

Lily parpadeó, volviendo al presente mientras St. Julian’s se extendía ante ella.

—Sí —mintió, tocándose la pulsera que ahora llevaba siempre—. Es perfecta.

* * *

El penthouse del hotel ME Malta flotaba sobre St. Julian’s como una promesa cumplida.

Chiara Barrington Moretti se reclinó en la silla de mimbre de su terraza privada, sosteniendo una copa de Aperol Spritz que reflejaba los últimos rayos dorados del atardecer mediterráneo.

La pantalla de su tablet mostraba el rostro sonriente de Sofía, su pareja, que desde su apartamento parecía estar a un mundo entero de distancia a pesar de encontrarse apenas a veinte minutos en coche.

—El consejo de administración aprobó mi propuesta para el balneario —contaba Chiara, tocándose distraídamente el anillo familiar de los Barrington—. Una nueva sala de tratamiento y darle más luz natural a la zona de relajación con vistas al mar.

—Tú siempre consigues lo que quieres, cariño —respondió Sofía con esa sonrisa cómplice que había conquistado a Chiara cinco años atrás—. ¿Y qué tal el proyecto de la villa familiar? ¿Ya llegó la interiorista londinense?

Alrededor de Chiara, el ME Malta palpitaba con la energía controlada de un establecimiento de lujo en pleno funcionamiento.

Ocho pisos más abajo, el lobby de mármol blanco y acero negro recibía a huéspedes que llegaban en Maseratis y Teslas alquilados, mientras el aroma signature de bergamota y oud se mezclaba con conversaciones en media docena de idiomas europeos.

Las habitaciones, decoradas con arte contemporáneo cuidadosamente seleccionado, albergaban a influencers digitales, empresarios emergentes y herederos de fortunas familiares que habían convertido Malta en su nuevo paraíso fiscal.

—Debería estar llegando ahora mismo. Lily Carter, se llama. Su porfolio es impresionante; ha trabajado en casas que aparecen en Architectural Digest.

—¿Y estás segura de que es la persona adecuada para la villa de tus abuelos?

El móvil de Chiara vibró con un mensaje del conserje. Había llegado.

—Acaba de llegar, de hecho. Te llamo luego, ¿vale?

—Dale mis saludos a la misteriosa londinense.

Chiara cerró la videollamada y se incorporó, alisándose la blusa de seda que había elegido cuidadosamente para esta primera reunión.

Descendió en el ascensor privado que conectaba su penthouse con el vestíbulo ejecutivo, donde la recepcionista ya había iniciado el proceso de registro para la nueva huésped.

Lily Carter resultó ser lo que Chiara había imaginado y, al mismo tiempo, algo completamente inesperado.

Alta sin ser imponente, con esos ojos grises que parecían evaluar cada detalle arquitectónico del lobby mientras completaba los formularios.

Llevaba una pulsera vintage que no dejaba de tocar, y Chiara notó las pequeñas manchas de pintura en sus uñas que delataban a alguien que trabajaba con las manos tanto como con la mente.

—Miss Carter, bienvenida al ME Malta. —Chiara extendió la mano con su sonrisa profesional más cálida—. Soy Chiara Barrington Moretti, directora general del hotel y… bueno, su empleadora para este proyecto.

—El placer es mío. Y, por favor, llámame Lily.

La acompañó hasta la suite de diseño en el séptimo piso, un espacio que había supervisado personalmente: paredes de cristal que maximizaban las vistas al puerto, mobiliario italiano de líneas limpias y una zona de trabajo equipada con mesa de dibujo ajustable e iluminación profesional.

—Espero que sea adecuado para trabajar. He pensado que tal vez preferirías tener aquí tu base de operaciones antes de decidir si quieres instalarte directamente en la villa.

Mientras preparaba café en la máquina Nespresso integrada en la suite, Chiara observó cómo Lily exploraba el espacio con esa mirada profesional que catalogaba potencialidades y deficiencias.

—Es perfecto, gracias. ¿Y la villa? ¿Cuánto tiempo lleva en la familia?

—Casi ciento cincuenta años. Mis antepasados la compraron a finales del siglo XIX, pero fueron mis abuelos quienes realmente la habitaron cuando eran jóvenes. Se mudaron allí en 1930 justo después de su boda en Londres, en una ceremonia que, según la familia cuenta, fue bastante… inesperada.

Chiara le tendió la taza de café, eligiendo cuidadosamente sus palabras. La historia real de Edmund y Violet era demasiado compleja para una primera conversación, y algunos secretos familiares merecían ser descubiertos gradualmente.

—El contrato contempla tres meses inicialmente, con posibilidad de extensión si el proyecto lo requiere. La villa ha estado prácticamente deshabitada desde los años cincuenta, salvo por mantenimiento básico. Lo que necesito es alguien que pueda devolverle vida sin borrar su alma.

Lily asintió, saboreando el café mientras sus ojos se perdían en las vistas del puerto.

—¿Cuándo podré verla?

—Mañana, si te parece bien. Está a media hora en coche, sobre un acantilado con vistas al Mediterráneo.