20. El sitio de cada cual
El sitio de cada cual
En la primera reunión en el estudio de la casa, Mateo tuvo que buscar una silla que ya estaba ocupada por su propio abrigo.
La clienta llevaba diez minutos allí y él había olvidado ofrecerle agua.
Gabriel, que había pasado para comprobar unas conexiones de la zona común, apareció en la puerta con dos vasos.
—Servicio inaugural —dijo.
Mateo le agradeció el rescate con una mirada y siguió explicando el proyecto.
La habitación tenía luz suficiente, una mesa que no invadía todo el espacio y una puerta que podía cerrar.
Desde allí no veía la cocina. Le gustó descubrir que podía concentrarse sin sentir que estaba usando una habitación prestada a su padre.
La planta baja estaba terminada, salvo algunos remates.
Habían conservado parte del suelo, cambiado lo que no podía recuperarse y elegido muebles sencillos.
La apertura entre cocina y comedor dejaba pasar la luz del jardín.
Arriba seguían varias habitaciones cerradas, con paredes pendientes de pintura y ventanas que habría que cambiar más adelante.
Mateo había pagado la última certificación de aquella fase después de revisar los trabajos y reservar lo correspondiente a los remates acordados. Le quedaban menos ahorros de los que le gustaba ver en la cuenta. No pidió otra obra para sentirse más cerca de terminar.
Mateo le había dado una copia de la llave a Gabriel al terminar la obra. Había comprado también un llavero que él rechazó por enorme. Usó el suyo.
La clienta que estrenó el estudio se llamaba Carmen.
Llevaba medidas tomadas por ella y una hoja arrancada de una revista.
Quería reformar la vivienda para vivir sola, una cocina más práctica y otro dormitorio.
Mateo empezó a preguntar cuántos años llevaba allí, pero ella tapó la revista con el plano.
—La puerta abre para este lado. Lo he dibujado mal.
Él corrigió el arco. Carmen se acercó y señaló un rincón en el que quería poner una butaca.
La que tenía era de su marido; pensaba quitársela de en medio aunque le dijeran que estaba nueva.
Mateo volvió a buscar la fotografía de la cocina.
Le había llevado veinte minutos enseñársela, sin que él necesitara saber por qué viviría sola.
Gabriel se había retirado a su mesa. La puerta que habían añadido permitía que cada uno trabajara sin participar en la reunión del otro. Aun así, Mateo oía de fondo una conversación baja y el ruido de una silla. Le gustó que la casa no estuviera en silencio para que él pudiera sentirse profesional.
Carmen quiso saber cuánto costaba comprobar la distribución antes de encargar toda la reforma. Mateo le explicó la primera fase y ella hizo una raya en el margen de su libreta.
—Hasta ahí puedo. Después veremos.
Él empezó una propuesta nueva con aquel alcance.
La reunión duró más de lo previsto porque apareció un problema de accesibilidad que ella no había considerado. Mateo le pidió las medidas del tramo de escalera que faltaban y anotó una visita. Carmen se fue con tareas concretas y una propuesta que todavía no había aceptado.
Al cerrar la puerta, él salió hacia la zona común. Gabriel estaba hablando por teléfono y le hizo un gesto para pedir cinco minutos. Mateo preparó café sin encender ningún aparato ruidoso. Cuando terminó la llamada, Gabriel se acercó.
—¿Primer encargo del nuevo imperio?
—Primera reunión. Todavía no ha contratado nada.
—Te noto moderado. ¿Quién eres?
Mateo le pasó una taza y le contó lo que habían hablado. Gabriel escuchó hasta que él empezó a describir una distribución que no podía imaginar sin un plano.
—Enséñamelo luego. Ahora tengo que cerrar una propuesta.
Mateo asintió. Se llevó el café al estudio y dejó la puerta entreabierta. Una semana después Carmen aceptó la primera fase, no toda la reforma. Mateo la anotó en su previsión de ingresos y no compró nada para celebrarlo. Cuando se lo contó a Gabriel, él propuso comer fuera.
—Eso también cuesta dinero —dijo Mateo.
—Sí. Pero no necesita tres presupuestos.
Fueron a un bar cercano. Se sentaron junto a la ventana y hablaron de trabajo durante diez minutos antes de cansarse del tema. Gabriel le enseñó una fotografía de un sofá que quería para el piso. Mateo lo miró con desconfianza.
—¿Y el que tenemos?
—Sigue ahí, torturándome la espalda.
Discutieron sobre medidas y colores. No compraron el sofá aquel día. Volvieron a trabajar después de comer, cada uno a su mesa, y a media tarde Mateo salió para pedirle una opinión sobre una lámpara. Gabriel se levantó, la miró y dijo que no le gustaba.
Él decidió conservarla de todos modos. Gabriel dijo que al menos no le pediría que la mirara desde su silla.
El proyecto de Madrid abrió por fin a finales del invierno siguiente. Clara invitó a Mateo a una visita con el equipo, antes de la inauguración institucional. Gabriel quiso acompañarlo si la revisión de esa semana iba bien. Lo dijo así, sin fingir que el resultado no le importaba.
La consulta fue favorable. Hablaron del seguimiento y de las molestias que persistían. Al salir, Gabriel reservó los billetes desde el teléfono y le mostró a Mateo la hora.
—Esta vez no salimos a las cinco.
—Es más caro.
—También soy más amable a las nueve. Valóralo como inversión.
En Madrid, Gabriel recorrió el edificio con una atención que hizo feliz a Mateo antes de que dijera nada. Se detuvo en el acceso de carga, comprobó el giro y le dio un golpe suave en el brazo.
—Pasan.
—Pasan.
Clara se acercó para saludarlo. Habían hablado alguna vez por teléfono, pero hacía tiempo que no coincidían.
Le preguntó cómo estaba y él respondió con una frase breve, suficiente.
Después quiso saber por qué habían elegido una solución de iluminación que no le convencía.
Clara llamó a Tomás para que defendiera la decisión.
Mateo los escuchó discutir con una alegría tranquila. Tomás le llevó la contraria y acabaron riéndose.
Durante la visita, Inma agradeció el trabajo del equipo.
Mencionó a cada uno y explicó dos decisiones que habían sido difíciles.
Mateo oyó su nombre junto al de Tomás y no sintió que el reparto lo borrara.
La escalera estaba limpia, el arco había recuperado su proporción y la luz del patio entraba donde antes había un tabique mal colocado.
Una puerta conservaba el herraje que había querido sustituir. Mateo lo accionó; seguía costando un poco al principio. Tomás se acercó y dijo que llevaba toda la tarde esperando que lo encontrara. Él soltó la manilla para dejar pasar a Gabriel.
Gabriel le tomó una fotografía junto a la escalera. Mateo protestó por la postura y pidió otra. En la segunda estaba riéndose de algo que Tomás había dicho fuera de plano. Esa fue la que guardó.
Después cenaron con Clara y Sergio. Hablaron de trabajo, de viajes y de un proyecto que quizá empezara el año siguiente. Mateo escuchó con interés y no se ofreció antes de saber qué necesitaban. Gabriel lo vio hacerlo y le rozó la rodilla bajo la mesa.
En el hotel, Mateo se quedó mirando la fotografía de la escalera.
—Me habría gustado estar más —dijo.
Gabriel se sentó a su lado.
—Lo sé.
—He pasado por el patio pensando que eso lo habría cambiado. Ni diez minutos he tardado.
Gabriel soltó una risa.
—Lo has disimulado fatal.
Él apoyó la cabeza en su hombro. Mateo guardó el teléfono y lo besó.
* * *
Al volver a Valnera, Gabriel tuvo su propia reunión.
Los socios habían revisado el reparto de funciones para la siguiente temporada.
No recuperarían exactamente la organización anterior al diagnóstico.
Él quería asumir más diseño técnico y coordinación previa, mantener algunas tareas de montaje compatibles con su estado y dejar otras al equipo que habían incorporado.
El borrador volvió con una cifra menor de la que Gabriel había propuesto. Mateo lo encontró sentado en el estudio, con el documento impreso y el teléfono al lado. Había ido a la casa para terminar una entrega; Gabriel llevaba allí desde media mañana.
—Dani quiere que cobre menos —dijo sin saludar.
Mateo dejó la mochila junto a la puerta.
—¿Por qué?
—Porque Rubén cobra por cada jornada que viene. Porque el margen no da. Porque siempre hay una razón magnífica para pagarme menos a mí.
Mateo se acercó sin coger el papel.
—¿Qué cambia de lo que me enseñaste?
Gabriel giró la hoja y señaló una línea. Mateo leyó la cantidad. Luego vio que había sumado dos veces unas horas de preparación, una dentro de un precio cerrado y otra como partida aparte.
No dijo nada enseguida. Gabriel siguió su mirada y retiró el papel.
—Eso ya lo sé. No es por eso.
—Pues enséñame la versión sin eso.
Gabriel lo miró con hostilidad durante un segundo. Después abrió el archivo correcto en el ordenador. La diferencia era menor, pero seguía existiendo. Mateo pidió una silla y se sentó frente a la pantalla.
La propuesta mantenía el diseño técnico dentro del precio del montaje. Gabriel llevaba semanas pidiendo que se cobrara por separado, incluso cuando el cliente terminara contratando a otra empresa. Había dos trabajos sin firmar a los que ya había dedicado varias tardes.
—Uno usó nuestros planos —dijo—. Lo vi en las fotos. Ni siquiera cambiaron el orden de los equipos.
—¿Le habíais cobrado esa parte?
—No.
Mateo se quedó callado. Gabriel apoyó los antebrazos sobre la mesa, preparado para discutir una respuesta que él aún no había dado.
—¿Tú cobras siempre antes de dibujar? —preguntó.
—No. Y a veces pierdo dinero.
Gabriel volvió a mirar la pantalla. El enfado le había dejado una rigidez cansada en la boca.
—Si solo cuentan las horas que estoy en la sala, nunca me van a salir las cuentas.
Gabriel apartó el documento y buscó el número de Dani.
Mateo se levantó para buscar agua. Gabriel cerró el documento, lo abrió otra vez y llamó a Dani. Le puso el altavoz después de preguntarle si le importaba que Mateo estuviera allí. Dani dijo que no, pero añadió que tenía veinte minutos, no toda la tarde.
La conversación empezó mal. Gabriel habló de que estaban regalando su trabajo y Dani le recordó que él también había mandado presupuestos sin cobrar nunca una visita. Mateo se quedó junto a la ventana con el vaso en la mano. No sabía lo suficiente de la empresa para intervenir.
Álex se incorporó a la llamada desde el almacén. Había oído solo el final y defendió a Gabriel antes de entender qué pedía. Dani lo interrumpió.
—No necesito que votéis si lo queremos mucho. Necesito saber qué vamos a ofrecer el lunes.
Gabriel se echó hacia atrás en la silla.
—Quiero probarlo en los encargos que necesiten preparación de verdad. No cobrar una ingeniería por poner dos micrófonos.
Dani preguntó cuáles. Gabriel abrió una lista.
Tenía cuatro ejemplos y precios estimados; al llegar al tercero, Álex dijo que era demasiado caro.
Discutieron la cifra durante varios minutos.
Mateo vio a Gabriel tomar notas en el margen con su letra lenta y, por primera vez desde que había llegado, dejar que el otro terminara una frase que no le gustaba.
La llamada duró treinta y cinco minutos.
Acordaron presentar un desglose a dos clientes, sin prometer que lo aceptarían.
Rubén seguiría cobrando sus jornadas; ese coste no desaparecería de las cuentas para hacer más atractivo el proyecto.
Gabriel retiró una previsión de ingresos que dependía de vender cuatro trabajos todavía inexistentes.
Al colgar, tenía la camisa pegada a la espalda. Abrió la ventana unos centímetros y se quedó allí.
—No he conseguido la cifra.
Mateo apoyó el vaso en su mesa.
—Has conseguido que la prueben.
—No me animes todavía. Me apetece estar cabreado un rato.
Él se fue a su despacho. Trabajaron con la puerta abierta hasta que Gabriel apareció con las dos tazas vacías y preguntó si quería comer.
Habían pasado de las tres. En el bar, pidió un plato que no le apetecía demasiado y protestó por el precio.
Mateo lo dejó protestar hasta que empezó a repetir a Dani como si el hombre estuviera allí.
—Ya te he oído. Tres veces.
Gabriel dejó el tenedor.
—Vale.
Comieron un rato sin hablar. Después él le preguntó por su entrega, con una atención un poco forzada que Mateo agradeció igualmente.
El primer cliente rechazó el desglose. Quería la propuesta completa sin pagar hasta aceptar el montaje. Gabriel estuvo a punto de prepararla para no perderlo. Al final, después de hablar con sus socios, ofreció una visita limitada. El hombre dijo que lo pensaría y no volvió a llamar.
El segundo pidió una corrección antes de firmar. Gabriel trabajó una tarde entera en ella y la envió con las condiciones. Cuando llegó la aceptación estaba comprando pan. Mateo lo oyó atender la llamada desde el otro lado del mostrador y vio cómo dejaba de mirar lo que estaba eligiendo.
Salieron con una barra que no era la que querían. Gabriel leyó el mensaje de confirmación en la acera.
—Quieren empezar el martes.
—¿Puedes?
—Tengo que ver dos cosas.
No respondió allí mismo. Se sentaron en un banco, abrió la agenda y escribió primero a Rubén. Mateo esperó mirando pasar los coches. Cuando Gabriel guardó el móvil, le tendió la mano y tiró de él para levantarlo.
—Vamos a comprar una botella.
Mateo recogió la bolsa del pan. Gabriel iba andando un poco más deprisa. Lo alcanzó antes del paso de peatones y le apretó los dedos hasta que el semáforo cambió.
Al llegar al piso, Gabriel dejó la botella sobre la mesa y anunció que tenían motivos para quejarse de los impuestos.
Mateo le abrazó por detrás mientras buscaba dos copas.
—Enhorabuena.
Gabriel apoyó las manos sobre las de Mateo.
—Gracias.
Brindaron con poca cantidad. Después él se pasó media cena explicando lo que tendría que preparar. Mateo escuchó hasta que empezó a hablar de un detalle que no comprendía y se lo dijo. Gabriel lo insultó con afecto y buscó una comparación que empeoró la explicación.
Aquella noche decidieron invitar a comer a la casa. Gabriel empezó a decir nombres y Mateo contó las sillas que tenían. Elena dijo que podía ir si le dejaban llevar una cosa. Vera pidió que no coincidiera con su turno. Bruno preguntó si tenía que llevar sillas y Sara lo mandó callar.
Mateo preparó una lista de comida. Gabriel la revisó y tachó la mitad.
—No vienen a pasar el invierno.
—Luego falta.
—Si falta, pedimos pizzas. Nadie va a retirar su amistad por un canapé.
Mateo volvió a añadir dos cosas cuando él no miraba.
A la mañana siguiente llamaron para encargar la comida y tuvieron que cambiar parte del menú: la panadería ya no admitía más pedidos para el sábado.
Gabriel se encargó de buscar otra y Mateo avisó a los invitados de la hora.
Antes del mediodía habían recibido tres respuestas y dos preguntas sobre dónde aparcar.