21. La mesa
La mesa
La mesa llegó tres días antes de la comida y no era del color que Mateo había imaginado. En las fotografías parecía más oscura. Gabriel la observó desde la cocina, con las manos en los bolsillos, mientras él comparaba la madera con una muestra pequeña.
—¿La devolvemos? —preguntó.
Mateo dio otra vuelta alrededor.
—No lo sé.
—Pues decide antes de que empiece a dejar cosas encima. A partir de ahí ya es nuestra.
La conservaron. Al segundo día había una marca de vaso que desapareció con un paño y un susto de Mateo. Gabriel afirmó que era una primera experiencia educativa. Él amenazó con ponerle un posavasos en la mano.
La víspera, Gabriel habló por vídeo con su madre desde la cocina de la casa.
Ella no podía viajar aquel fin de semana: tenía una cita propia el lunes y prefería no pasar el domingo en la carretera.
Habían quedado para otro día, con menos gente.
Aun así, quiso ver cómo había quedado todo y Gabriel recorrió la planta baja sujetando el teléfono.
Mateo apareció en la pantalla con un paño en la mano. La mujer le pidió que enseñara el comedor otra vez porque Gabriel lo había movido demasiado deprisa.
—Parece muy grande.
—Lo es hasta que empezamos a meter sillas —dijo Mateo.
Ella quiso saber dónde trabajaría su hijo. Gabriel le mostró su mesa, la lámpara y un cajón que todavía no cerraba bien porque había dejado un cable atravesado. Su madre se fijó en la silla.
—Esa no parece cómoda para tantas horas.
—He probado doce. No empieces.
—Solo digo que parece dura.
Mateo se apartó para terminar de secar una fuente.
La conversación pasó a un familiar, luego al viaje que ella haría cuando cambiara la fecha de otra cita.
Nadie le preguntó por síntomas durante varios minutos.
Al despedirse, la mujer recordó que seguía esperando una llamada sobre un recibo.
Gabriel dijo que la haría el martes, con una voz que a Mateo le pareció exactamente la de antes de todo aquello.
Después dejaron de limpiar y se sentaron a probar las sillas. Había dos prestadas y una que tendrían que colocar en un extremo porque era más ancha. Mateo sacó una hoja para distribuir los sitios. Gabriel se la quitó antes de que escribiera el primer nombre.
—No es una boda.
—Solo quiero que quepamos.
—Vamos a caber sentándonos. Es una técnica muy antigua.
Mateo probó la distancia entre las sillas con los codos. Gabriel ocupó la de al lado y le invadió el espacio deliberadamente. Acabaron riéndose, demasiado cansados para sostener una discusión por aquello.
Desde donde estaban se veía la puerta del estudio. Mateo había colocado la fotografía de Julián en una balda, junto a dos libros. Gabriel la miró y dejó de jugar con la silla.
—Tu padre se habría sentado ahí —dijo, señalando el extremo más cercano a la cocina.
Mateo siguió la dirección de su dedo.
—Para poder levantarse.
—Para controlar quién repetía.
—También.
Gabriel acercó un pie a la pata de la mesa. Mateo pensó que iba a recordar una de las comidas de los últimos años de Julián, pero él preguntó si todavía guardaba el audio.
—Sí.
—Yo cambié de teléfono y no sé dónde lo dejé. Lo busqué la otra noche.
Mateo lo miró. No le había dicho que estuviera buscándolo. Gabriel sacó el móvil, abrió una carpeta y le mostró varios archivos con nombres que no ayudaban a reconocer ninguno.
—Si me lo mandas, lo guardaré mejor esta vez.
Mateo tardó en encontrar su copia. La tenía en dos sitios; abrió el equivocado primero. Cuando se la envió, el teléfono de Gabriel emitió un sonido breve que hizo que ambos miraran hacia él.
—¿Quieres escucharlo? —preguntó Mateo.
Gabriel negó.
—Hoy no. Solo quiero tenerlo.
Guardó el archivo sin reproducirlo. Mateo volvió a mirar la fotografía, donde su padre parecía estar respondiendo a alguien que quedaba fuera. Ya no recordaba qué había dicho aquel día. Se acordaba de una discusión por una cazuela, pero podía pertenecer a otra comida.
Gabriel le apoyó la mano en el antebrazo.
—¿Estás bien?
Mateo asintió, luego negó un poco.
—Me gustaría que estuviera mañana.
Gabriel dejó la mano donde estaba. A Mateo se le llenaron los ojos de lágrimas antes de que pudiera apartar la vista. Se quedó quieto hasta que pasaron, con el paño todavía sobre las rodillas.
—A mí también —dijo Gabriel.
La alarma del horno sonó desde la cocina. Mateo se levantó; Gabriel fue detrás a retirar una bandeja de verduras que habían preparado para cenar. Los bordes estaban demasiado tostados y los dos discutieron sobre quién había subido la temperatura.
Volvieron al piso después de cerrar las ventanas. Gabriel llevaba el teléfono en el bolsillo, con la copia del audio, y Mateo una lista de cinco cosas que aún faltaban. En el ascensor añadió una sexta.
—¿Qué? —preguntó Gabriel.
—Hielo.
—Eso sí. Por una vez estamos de acuerdo.
El sábado de la comida amaneció con nubes altas y una claridad que entraba hasta la cocina. Mateo fue temprano para preparar lo que faltaba. Había dejado una cazuela en el horno y estaba cortando pan cuando Gabriel llegó con hielo, dos bolsas y una llamada de Dani en el teléfono.
—No, el pequeño no. El otro pequeño —decía mientras dejaba las bolsas—. El que tiene la etiqueta amarilla. Sí, ya sé que las dos son amarillas.
Mateo esperó a que colgara para señalar el pan.
—Corta esto, por favor.
Gabriel cogió el cuchillo adecuado y empezó despacio.
Las manos no habían vuelto del todo a ser las de antes, pero conocía mejor sus límites.
Cuando una tarea le costaba, la cambiaba o pedía ayuda; otras veces se empeñaba más de lo conveniente y después se enfadaba consigo mismo.
Aquel día el pan se dejó cortar sin discusión.
Elena llegó con un paquete alargado envuelto en una manta. Óscar la había ayudado a cargarlo en Gijón, explicó, y no pensaba volver a subirlo al coche. Dentro había un banco bajo hecho con parte de las tablas del armario.
Gabriel se quedó mirándolo.
—Ha vuelto.
—Transformado en algo que sí podéis mover —respondió ella.
Mateo pasó la mano por la madera. Reconoció una veta cerca de un extremo y la marca pequeña de una reparación que Elena no había ocultado. El banco cabía junto a la entrada, donde llevaban semanas dejando los zapatos de cualquier manera.
—Es bonito —dijo.
—Ya lo sé. Ayudadme a quitar la manta, que tengo hambre.
Lo colocaron antes de que llegaran los demás. Gabriel se sentó para probarlo y Elena le pidió que no lo sometiera a un examen técnico mientras ella estuviera presente. Mateo abrió la puerta a Bruno y Sara en mitad de la discusión.
Bruno llevaba una bandeja demasiado grande. Sara, una bolsa con ensalada y una botella que se negó a entregar hasta encontrar un sitio donde dejarla sin que nadie la tirara. Vera llegó diez minutos después, todavía hablando de un cambio de turno que la había tenido de mal humor toda la semana.
Begoña apareció cuando ya estaban sacando los primeros platos.
No podía quedarse hasta tarde. Nuria vino más tarde aún, después de cerrar la librería, con un paquete de libros que no eran para decorar y una advertencia sobre quién debía quedarse cada uno.
Álex y Dani llegaron separados porque uno había tenido que resolver un problema de última hora en el almacén.
Se acusaron mutuamente antes de saludar.
No estaban todos. Laura había mandado un mensaje esa mañana, deseándoles que disfrutaran de la casa. Clara y Sergio no podían viajar. Mateo había dejado de intentar encontrar una fecha en la que nadie tuviera nada más que hacer.
Al principio todo el mundo quiso ayudar y por eso estorbaron más.
Gabriel expulsó de la cocina a Bruno y Álex, que discutían sobre dónde dejar una bandeja.
Elena se quedó porque ya había encontrado un cuchillo y nadie consiguió quitárselo.
Mateo perdió de vista la ensalada y la encontró sobre una silla, al lado de un abrigo.
—No cabe tanta gente aquí —dijo.
Gabriel señaló el hueco abierto hacia el comedor.
—Has tirado una pared para esto. Úsala.
Mateo llevó la bandeja a la mesa y alguien le preguntó por la obra de Madrid.
Empezó a explicar, pero Sara lo interrumpió para pedirle una servilleta y la conversación se desvió hacia un viaje.
No recuperó el hilo hasta más tarde, cuando Tomás envió una fotografía de la residencia con gente usando la sala común.
Se la enseñó a Bruno, que amplió la imagen y señaló una lámpara.
—Esa parece cara.
—Lo era.
—Bien invertido, entonces. Sale en la foto.
Mateo se rio y guardó el teléfono.
Comieron con las conversaciones superpuestas.
Vera hablaba con Nuria de un libro que una había odiado y la otra defendía por razones que parecían personales.
Dani explicaba a Begoña un problema de facturación que ella no había preguntado, pero sobre el que acabó teniendo una opinión firme.
Elena se inclinó hacia Gabriel para preguntarle por un trabajo nuevo y él respondió sin empezar por su salud.
Mateo se levantó demasiadas veces. A la tercera, Gabriel lo sujetó por el borde de la camisa.
—Siéntate. El pan está ahí.
—Voy a sacar…
—Ya lo saco yo.
Mateo estuvo a punto de preguntar si necesitaba ayuda. Gabriel lo miró y él se sentó. Sara le puso ensalada en el plato sin pedir permiso.
—Llevas media hora alimentando a los demás.
—Estoy comiendo.
—Una aceituna no cuenta.
Desde la cocina llegó la voz de Gabriel preguntando dónde estaban las fuentes. Mateo respondió que en el armario de abajo. Hubo un silencio y después una protesta.
—Has vuelto a cambiarlas.
—Porque ahí caben mejor.
—Eso dijiste del armario.
La mesa se rio sin que todos conocieran la historia. Gabriel apareció con la fuente correcta y una expresión de triunfo que Mateo habría querido besar allí mismo. Lo hizo cuando pasó a su lado, en el brazo, y él le dejó una mano un momento sobre el hombro.
Después de comer, algunos salieron al jardín. El terreno seguía irregular en una zona y Mateo había puesto una tabla provisional para evitar que se pisara el barro. Bruno preguntó cuándo pensaba arreglarlo. Él respondió que no lo sabía.
Elena se quedó dentro, mirando una fotografía que Mateo había colocado en el estudio. Julián aparecía de perfil, hablando con alguien que no salía en el encuadre. La había elegido porque no estaba posando. Ella la observó un rato y después preguntó por el marco de la bicicleta.
—Está en el piso —dijo Mateo—. Todavía trabajo allí algunos días.
Elena asintió. Se acercó a la ventana del jardín y comentó que la habitación tenía buena luz para coser. Mateo le recordó que era su estudio.
—Ya veremos —respondió ella.
Al volver al comedor, Gabriel estaba recogiendo platos con Nuria. Se había cansado y lo admitió cuando Mateo le preguntó. Le pasó lo que llevaba y se sentó junto a Vera, que quería saber su opinión sobre el libro que discutían.
Mateo terminó de recoger con Dani. En la cocina, él preguntó si podían usar alguna vez la sala para reunirse con un cliente que necesitaba ver un proyecto en una pantalla grande. Mateo dijo que lo hablaran con tiempo y que no siempre estaría libre.
—Claro —respondió Dani—. Tampoco queremos ocuparos la casa.
Mateo miró hacia el comedor. Gabriel había oído parte de la conversación y levantó el pulgar sin dejar de discutir con Vera. Él añadió que tenían que resolver primero una conexión. Dani se ofreció a revisarla otro día, dentro del trabajo que acordaran.
La tarde se alargó con café, libros abiertos y una discusión sobre qué hacer con la comida sobrante. Sara consiguió llevarse dos recipientes. Elena reclamó el que había prestado meses antes y que Mateo no recordaba tener; apareció al fondo de un armario, con la tapa correcta por una vez.
Begoña se fue primero. Nuria salió detrás porque tenía que pasar por la librería.
Álex recibió una llamada, maldijo en voz baja y convenció a Dani de acompañarlo al almacén.
Antes de irse abrazó a Gabriel sin apretarlo demasiado; él protestó que ya podía soportar un abrazo normal y recibió uno que lo hizo reír.
Cuando quedaron pocos, Mateo abrió una botella que llevaba tiempo guardada. Gabriel probó un poco y dijo que había esperado demasiado para un vino tan mediocre. Bruno lo defendió con argumentos que fueron empeorando a medida que hablaba. Elena pidió café otra vez.
Se marcharon al anochecer. Mateo acompañó a su tía al coche y la vio acomodarse con cuidado antes de arrancar.
Tenía más años que cuando había ido a buscarla a Gijón, aunque su impaciencia al despedirse seguía siendo la misma.
Le dijo que avisara al llegar y recibió una protesta, seguida de una promesa.
Al entrar, encontró a Gabriel sentado en el banco de las tablas, quitándose los zapatos. Había dejado uno atravesado en la entrada.
—No te caigas —dijo.
Mateo lo apartó con el pie y se sentó a su lado. Desde allí podían ver la mesa con vasos sin recoger, una servilleta en el suelo y el libro que Vera había olvidado. La casa olía a comida y a café.
—Ha salido bien —dijo Mateo.
—Has comprado queso para otras dos inauguraciones.
—Eso no es un problema.
Gabriel apoyó la cabeza en su hombro. Mateo le tomó la mano y notó la aspereza de una pequeña zona de piel junto al pulgar. Se quedaron así unos minutos, sin recoger.
—¿Nos vamos al piso? —preguntó Gabriel.
Mateo miró la cocina. Había cosas que convenía guardar y otras que podían esperar.
—En cuanto meta esto en la nevera.
Gabriel se levantó con él. Repartieron la comida, dejaron en remojo la fuente y apagaron las luces. En la puerta, Mateo buscó las llaves mientras Gabriel revisaba que no se olvidaran el teléfono.
—Mañana podríamos comer aquí otra vez —dijo Mateo.
—Mañana no cocinas.
—Hay sobras.
—Entonces mañana a las dos. Y no llegues a las once para poner la mesa.
Mateo cerró la puerta y probó el picaporte. Gabriel ya había bajado un escalón; se volvió y le tendió la mano.
—Vamos, que te has dejado el coche donde no era.
Él miró hacia la calle, recordó el sitio y se rio. Bajaron juntos a buscarlo.