La vida que quiero (Todo lo que nunca fui nº 3) 19. Una obra posible #2
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19. Una obra posible #2

—Escúchate.

Mateo dejó de mirar el plano. Fuera había ruido de una herramienta y el trabajador esperaba una decisión sobre la posición de dos enchufes. Él salió para decir que mantuvieran esa parte pendiente hasta el día siguiente. Al volver, Gabriel se había puesto la chaqueta.

—No te vayas así.

—Me voy porque estoy cansado. Si me quedo, vamos a discutir peor.

Mateo quiso recordarle que también él estaba cansado. Lo sabía sin necesidad de decirlo. Acordaron hablar por la noche y Gabriel pidió un taxi porque Mateo tenía que revisar otros trabajos. Se marchó dejando el lápiz donde lo había puesto al llegar.

Durante la tarde, Mateo buscó soluciones en el plano sin llamar a ninguna de ellas definitiva.

Descubrió que podía reducir su propio armario de muestras y abrir una zona de trabajo junto a la ventana lateral.

También descubrió que no le apetecía perder ese espacio.

La resistencia le resultó incómoda porque prefería imaginarse generoso en asuntos que aún no le habían costado nada.

En casa, Gabriel estaba preparando cena. Mateo extendió el plano junto a la tabla de cortar y señaló la ventana lateral.

—Aquí cabe. Tengo que quitar medio armario.

Gabriel dejó el cuchillo y se inclinó sobre el papel.

—¿Dónde pones las muestras?

—No lo sé todavía.

—No me lo enseñes ahora si luego vas a volver a quitarla.

Mateo alisó una esquina. Le molestó la frase, pero no apartó el plano.

—Estoy intentando hacerle sitio.

Gabriel señaló la puerta. Desde allí el paso parecía más estrecho. Buscaron el metro, midieron la mesa de la cocina y discutieron sobre cuánto espacio necesitaba una silla. Al volver al dibujo encontraron una mancha de salsa junto al estudio.

—Estupendo —dijo Mateo.

Gabriel le dio papel para secarla.

—Podías esperar a que acabara.

Recogieron los planos para cenar. Después probaron otra posición: la mesa quedaba más lejos de la cocina, pero obligaba a Mateo a renunciar a parte del almacenaje.

Él sacó la lista de muestras. Había algunas que llevaba años sin usar; otras tendrían que ir al armario del fondo.

Gabriel tachó un mueble decorativo de la zona común y escribió las medidas de su mesa en el hueco.

Al día siguiente llevaron una mesa plegable a la casa y probaron el espacio.

La puerta chocaba con una esquina. Cambiaron medidas, consultaron al profesional responsable de la instalación y confirmaron qué modificaciones podían hacerse sin rehacer trabajo terminado.

El cambio costó dinero y una pequeña demora.

Mateo lo incorporó al presupuesto; Gabriel pagó su mesa y acordaron cómo registrar aquella compra.

Gabriel dejó su mesa embalada contra una pared, fuera del paso de los trabajadores. Antes de marcharse midió otra vez la distancia hasta el enchufe. Mateo sostuvo el extremo de la cinta y recibió instrucciones de no moverlo.

La parte más difícil fue elegir qué conservar.

Mateo había guardado objetos por falta de decisión y ahora tenía que asignarles un sitio o sacarlos.

Una tarde encontró una caja con papeles de Julián que ya había revisado años antes.

No la abrió entera. Reconoció el contenido, separó lo necesario y llamó a Elena para preguntarle si quería dos fotografías.

Ella eligió una. La otra se quedó con él.

—No necesito todo lo que fue suyo —dijo por teléfono.

Mateo apoyó la caja sobre el suelo.

—Yo tampoco. Me cuesta saber qué parte no necesito.

Elena respondió que podía mandarle una fotografía de lo que dudaba, pero no decidiría por él. Tenía trabajo y se despidió al cabo de unos minutos. Mateo siguió solo, con música baja en el teléfono.

Encontró una chaqueta de su padre que olía a armario.

La sostuvo un rato y después la dobló para donarla junto a otras prendas en buen estado.

Conservó una herramienta pequeña que Julián había usado mucho, sin justificar por qué esa sí.

Dejó la bolsa de ropa junto a la puerta para llevarla al día siguiente.

Gabriel llegó al anochecer. Mateo estaba cansado y de mal humor. Él miró las cajas, entendió lo suficiente y preguntó si querían ir a cenar. Mateo respondió que tenía que terminar.

—¿Hoy?

—Si no, se queda otra semana.

Gabriel se quitó el abrigo y cogió una caja vacía.

—Dime qué hago. Pero en una hora nos vamos.

Mateo estuvo a punto de protestar por el límite. Después recordó una tarde en el almacén y aceptó. Trabajaron juntos. Gabriel no abrió cajones sin preguntar ni buscó recuerdos para animarlo. Se ocupó de embalar lo que Mateo iba separando y escribió etiquetas con una letra más lenta que antes.

Al cabo de una hora, él cerró la caja que tenía delante.

—Falta bastante —dijo Mateo.

—Sí.

Gabriel se puso el abrigo. Mateo lo siguió después de apagar las luces.

Cenaron en un bar cercano, todavía con polvo en los zapatos.

La comida estaba salada y discutieron sobre si decirlo.

Gabriel lo dijo con educación; Mateo dejó una propina excesiva por vergüenza.

Se lo reprochó durante todo el camino al coche.