La vida que quiero (Todo lo que nunca fui nº 3) 19. Una obra posible
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19. Una obra posible

Una obra posible

El primer presupuesto completo los hizo renunciar a las ventanas de arriba.

El segundo incluía una partida que Mateo había calculado demasiado baja.

El tercero era tan escueto que no permitía comparar nada.

Pasó varias tardes pidiendo aclaraciones y revisando el alcance hasta que pudo sentarse con una cifra que no dependiera de que todo saliera bien.

La obra se haría por fases. Abajo resolverían instalaciones, aislamiento y la apertura entre cocina y comedor con el proyecto y los permisos necesarios.

El estudio ocuparía la habitación que daba al jardín.

Arriba se limitarían a lo imprescindible para conservar la casa en buen estado. Seguirían viviendo en el piso.

Gabriel leyó el documento una noche de octubre, casi un año después de la primera visita al armario. Dejó un dedo sobre la suma final.

—¿Puedes pagarlo sin contar con trabajos que no has cobrado?

Mateo abrió su hoja de cálculo.

—Esta parte, sí. Lo otro espera.

—¿Y si aparece algo más?

—Hay una reserva. Si no llega, paramos lo que pueda esperar.

Gabriel repasó las cifras. Mateo no se sintió examinado como durante la crisis tras la muerte de Julián. Aun así, cuando él volvió a preguntar por una partida, contestó con impaciencia y tuvo que repetirlo mejor.

—No quiero meter mi dinero en una casa que es tuya sin que hablemos de qué significa —dijo Gabriel.

Mateo cerró el portátil un poco, sin apagarlo.

—No te lo he pedido.

—Pues yo estaba pensando en comprar algo. Una mesa, la luz... No sé.

Mateo volvió a abrir el portátil.

—Eso lo podemos mirar.

—¿Cuándo? Tú ya has mirado hasta los rodapiés.

—Porque alguien tiene que pedir precios.

Gabriel arrastró el presupuesto hacia su lado y Mateo lo soltó de mala gana.

—Déjame verlo entero, por lo menos.

Hablaron durante una hora. La obra y la propiedad seguirían siendo responsabilidad de Mateo.

Si compartían gastos de uso o compraban muebles juntos, lo harían de forma clara.

Gabriel quería participar en el espacio común y conservar capacidad de decidir sobre las cosas que fueran de ambos.

No quería pagar una reforma para demostrar que pertenecía allí.

La conversación tuvo una parte incómoda sobre qué ocurriría si algún día se separaban. Ninguno quiso decir la palabra al principio. Gabriel la dijo al fin, mirando el presupuesto.

—Si nos separamos, Mateo. Estoy diciendo eso.

Él cerró el portátil.

—Te he entendido.

—Pues llevas un rato haciendo como que no.

Acordaron consultar cómo dejar por escrito las aportaciones que realmente hicieran, si las había, y no improvisar con cantidades grandes. Cerraron el presupuesto, calentaron la cena y discutieron por una serie que Gabriel había visto un capítulo sin él.

Una mañana, antes de que empezaran los trabajos interiores, Mateo abrió el cobertizo para comprobar qué podían aprovechar.

Las piezas que había pagado años atrás seguían en la zona seca, cubiertas con una lona.

La madera no estaba arruinada. Eso, por alguna razón, le produjo más enfado que encontrarla inservible.

Retiró el polvo de un canto y buscó la factura antigua.

Recordaba con exactitud lo que había perdido; no recordaba las medidas.

El mueble previsto para el baño no cabía en la distribución nueva.

Podía cambiar una pared para hacerlo entrar, pero al dibujarlo comprobó que perdía espacio donde sí lo necesitaba.

Gabriel llegó mientras él medía por segunda vez. Dejó la bolsa del desayuno sobre un banco y se acercó hasta la puerta del cobertizo.

—¿Eso es lo de Ramón?

Mateo asintió. Gabriel no entró enseguida.

—Pensaba que lo habías vendido.

—Lo anuncié. Vinieron dos personas. Una quería que lo llevara yo a su casa y la otra me ofreció menos de lo que me costaba alquilar una furgoneta.

Gabriel levantó un extremo de la lona, pidió permiso con una mirada y la apartó. La pieza tenía marcas de lápiz y un borde sin terminar.

—Puede servir arriba.

—Arriba no vamos a hacer nada ahora.

—Pues lo dejas aquí.

Mateo soltó la cinta métrica. Se recogió con un golpe que resonó en el cobertizo.

—Lleva aquí cinco años.

Gabriel volvió a cubrir la pieza. Salió a la cocina sin pedirle que lo siguiera y abrió la bolsa. Mateo tardó unos minutos en entrar. Tenía frío en los dedos y una rabia que no correspondía al tamaño del mueble.

—He pensado en cambiar el baño —admitió.

Gabriel dejó el cuchillo sobre el papel de la panadería.

—¿Para aprovecharlo?

—Sí.

—Enséñamelo.

Mateo extendió el plano. Gabriel lo leyó con atención, sin comentar que llevaban mucho tiempo intentando no reformar alrededor de decisiones viejas. Señaló la puerta.

—Aquí queda peor.

—Lo sé.

—Y te costará más mover esto que encargar otra cosa.

—También lo sé.

Gabriel se sentó. Mateo esperaba una réplica que no llegó. El silencio lo obligó a mirar el dibujo, donde había trazado una pared sin ninguna razón defendible.

—Me jode —dijo al fin—. Pagué algo que no hemos usado. Lo miro y me acuerdo de toda aquella semana.

Gabriel arrancó un trozo de pan.

—Yo también me acuerdo.

Mateo levantó la vista. Por un momento tuvo delante al Gabriel de entonces, de pie en el piso, diciéndole que no se mudaba a ninguna parte. La imagen desapareció cuando el de ahora hizo una mueca por el café demasiado caliente.

—No estaba intentando recordártelo —dijo.

—Ya. Pero está ahí.

Comieron antes de decidir nada. Después llevaron el mueble hasta una pared libre del cobertizo para que pudieran verlo los trabajadores.

Mateo pidió que le dijeran si servía para alguno de los espacios previstos sin modificar la distribución.

La respuesta llegó al día siguiente: podían aprovechar un tablero y parte de los herrajes. Lo demás ocuparía sitio.

Eligió aprovechar eso. Al resto le hizo fotografías y lo ofreció a quien pudiera recogerlo. La primera persona interesada no apareció y la segunda preguntó por unas medidas que estaban escritas en el anuncio. Mateo estuvo a punto de retirarlo por fastidio.

Gabriel lo encontró borrando el texto.

—¿Lo vas a guardar otra vez?

—Estoy harto de contestar preguntas.

—Pues deja de contestar esta noche.

A la semana siguiente lo recogió un hombre que reparaba un local. Llegó con un vehículo pequeño y tuvieron que desmontar una pieza más. Gabriel sostuvo la puerta mientras lo sacaban. Mateo explicó qué parte estaba sin terminar y recibió un agradecimiento breve, distraído por el peso.

Al cerrar, quedó en el suelo el rectángulo limpio que había protegido el mueble. Mateo barrió el resto del cobertizo y fue a lavarse. Gabriel estaba midiendo la mesa plegable que usarían para probar su rincón.

—Eso no va al baño —dijo, antes de que él preguntara.

Mateo le quitó el metro y sostuvo un extremo. Gabriel marcó la medida con un lápiz y se inclinó para besarle la mejilla. Tenía polvo en el pelo. Él lo vio y decidió avisarle después.

* * *

La obra empezó en noviembre. Mateo había terminado la fase principal de Madrid, aunque seguía atendiendo remates y documentación.

La apertura de la residencia se retrasó por cuestiones ajenas a su parte y él tuvo que aprender a no ofrecer trabajo gratuito cada vez que alguien enviaba un correo urgente.

En la casa, el primer día fue ruidoso y poco poético.

Había sacos, polvo y un electricista preguntando dónde podían dejar material.

Mateo llevó café para todos y descubrió que se había olvidado de los vasos.

Gabriel llegó más tarde con ellos y con una bolsa de bollería que desapareció antes del mediodía.

Al abrir la pared encontraron lo que las comprobaciones previas habían hecho prever, con pequeños ajustes que el técnico responsable resolvió dentro del proyecto. Hubo una demora por el suministro de una pieza y otra por una coordinación mal hecha que Mateo tuvo que asumir.

Gabriel se presentó una tarde cuando ya habían retirado parte del cerramiento. Se detuvo en la entrada y alzó la vista hacia el techo.

—Ahora sí parece otra habitación.

Mateo esperó una emoción que Gabriel no ofreció. Él señaló un enchufe.

—Eso está demasiado cerca de donde querías poner la mesa.

Tenía razón. Lo corrigieron antes de cerrar la instalación y Mateo se enfadó consigo mismo por no haberlo visto. Al volver al coche, Gabriel señaló una toma del cargador y le preguntó si quería moverla también. Mateo le quitó el cable de la mano; él se rio.

La discusión más seria sobre la casa no fue por dinero. Empezó cuando Gabriel vio que Mateo había cambiado en el plano la mesa pequeña de la zona común por un mueble bajo. Lo señaló una tarde, mientras revisaban enchufes y puntos de luz.

—Ahí iba a poder trabajar yo.

Mateo se volvió hacia el dibujo.

—Puedes trabajar en la mesa grande. Esta ocupaba el paso.

Gabriel dejó el lápiz.

—La mesa grande es donde vamos a comer, donde tú vas a recibir gente y donde cualquiera deja cosas.

—No tiene por qué.

—Mateo, llevamos años compartiendo mesas. Tiene por qué.

Él miró el plano de nuevo. Había movido el mueble para mejorar la circulación y no había pensado en la función que Gabriel le había atribuido. Ahora cualquier explicación técnica sonaría a defensa de una decisión ya tomada.

—Podemos ponerla en otro sitio.

—Eso no es lo único que estoy diciendo.

Mateo apoyó el lápiz sobre el papel.

—Entonces dímelo entero.

Gabriel señaló el estudio cerrado, la mesa principal, el armario de muestras.

—Tú tienes un sitio. Yo tengo permiso para usar lo que quede libre.

La frase le dolió porque contenía algo cierto y algo injusto.

Mateo había pensado en la casa como un lugar compartido sin borrar que sería también su espacio de trabajo.

Había pagado la reforma y no quería utilizar ese hecho para ganar la discusión.

Precisamente por evitarlo, se sintió sin palabras durante unos segundos.

—Cuando hablamos, dijiste que no necesitabas un despacho.

—No necesito un despacho entero. Necesito no tener que recoger todo cada vez que viene alguien.

—Eso lo podemos resolver con un armario.

Gabriel se rio sin humor.