18. Cuatro noches
Cuatro noches
El cumpleaños de Mateo llegó en julio, con cuarenta y cinco velas que nadie compró porque Gabriel dijo que el pastel no tenía licencia para tanto calor.
Lo celebraron en el piso con Bruno, Sara y Vera.
Begoña pasó antes de cenar y dejó un regalo pequeño, sin quedarse porque madrugaba.
Elena llamó desde un tren que se cortó tres veces.
Gabriel había preparado una lista de música. Mateo se quejó de dos canciones y él amenazó con añadir una tercera. La cena se alargó hasta que Vera preguntó si estaban seguros de que tenían cuarenta y cinco y no ochenta, porque todos hablaban de problemas de espalda.
En mitad de una discusión sobre una película, Mateo miró a Gabriel. Estaba riéndose con Sara, inclinándose hacia ella para oírla mejor. No se había olvidado de la enfermedad; simplemente había pasado un rato sin pensar en ella.
Cuando se fueron, Gabriel le dio un sobre. Dentro había una reserva cancelable para cuatro noches en Portugal, en septiembre. Había elegido un alojamiento cerca del mar, más sencillo que la casa del acantilado de la revista. La habitación tenía acceso sin tantas escaleras.
—He mirado las fechas de las revisiones —dijo—. Y lo he hablado contigo de manera encubierta durante dos semanas, porque cada vez que te preguntaba cuándo podías cogerte días me respondías con una reunión.
Mateo leyó las fechas y se quedó un poco demasiado tiempo en la segunda línea. Gabriel conocía aquella quietud.
—¿Qué pasa?
—Sergio habló de una visita esa semana. No hay día todavía.
Gabriel dejó el sobre entre los dos.
—Te pregunté por septiembre.
—Y te dije que en principio podía. Es una visita, no todo el mes.
—Pues llámalo mañana y dile qué días no puedes.
Mateo volvió a mirar la reserva. Había respondido de la misma manera a Gabriel y a Sergio: «En principio». Dos personas distintas habían hecho sitio a una promesa que él no había terminado de asumir.
—Lo llamo mañana —dijo.
—No me lo digas por ser tu cumpleaños.
—No. Me apetece ir.
Gabriel recogió dos vasos para llevarlos a la cocina. Mateo dejó el sobre abierto y lo siguió. Había platos por todas partes y un trozo de tarta que nadie había guardado. Gabriel buscó un recipiente; él lo encontró en el primer armario y se lo pasó.
A la mañana siguiente llamó a Sergio. La visita aún no tenía fecha porque dependía del constructor. Si coincidía con el viaje, tendría que hacerla Tomás. Mateo dijo que de acuerdo y pidió que le enviaran el informe para revisar después su parte.
—¿Son vacaciones? —preguntó Sergio.
—Sí.
—Muy bien. Ya tocaba.
Mateo había preparado una explicación mucho más larga. La guardó. Al colgar encontró a Gabriel sentado en el balcón, con un café y el periódico abierto por una página que el viento no lo dejaba leer.
—Esos cuatro días, libres —dijo.
Gabriel buscó algo con lo que sujetar el papel. Mateo le dio el cenicero vacío que usaban para los pequeños tornillos del balcón y se apoyó en la barandilla.
—¿Qué tiempo hará?
—No me hagas responsable también de eso.
Mateo volvió al salón a recoger el sobre. La reserva seguía abierta sobre la mesa. Antes de guardarla, comprobó lo único que aún no habían hablado.
—¿Está pagado?
—Una parte. Se puede cancelar dentro del plazo que pone ahí. No empieces por la contabilidad, por favor.
Él dejó el sobre y lo besó. Gabriel le pasó los brazos alrededor del cuello con una fuerza que ya no le daba miedo recibir.
—Me gusta —dijo Mateo.
—Menos mal. Me he peleado con tres páginas de hoteles para conseguir dos camas que pudieran juntarse.
Mateo se apartó para mirarlo.
—¿Dos camas?
Gabriel aguantó tres segundos antes de reírse.
—Una. Grande. La terraza es pequeña, pero no podemos exigirlo todo.
Se fueron en septiembre, después de organizar los encargos pendientes y confirmar las fechas de las revisiones.
El segundo día salieron después de desayunar, con la idea de llegar al cabo antes de comer.
En el mapa la carretera parecía corta. Mateo había calculado una parada en un pueblo y otra junto a la costa; no había contado el tiempo que pasarían buscando dónde aparcar ni las cuestas entre las calles que le habían gustado en las fotografías.
Gabriel caminó sin quejarse durante la primera media hora. Se detuvo delante de una farmacia y fingió leer un cartel mientras recuperaba el aliento. Mateo lo vio reflejado en el cristal. No dijo nada hasta que llegaron a una esquina donde la calle subía otra vez.
—Podemos bajar al puerto.
—El coche está arriba.
—Lo busco yo después.
Gabriel se sentó en un peldaño junto a una puerta cerrada.
Tenía la gorra entre las rodillas y una marca húmeda en la camiseta.
Una mujer se acercó para entrar, los saludó y tuvo que esperar a que él se levantara.
Gabriel se apartó con una disculpa demasiado larga, mezclando idiomas que no dominaba.
Cuando la puerta se cerró, se quedó de pie.
—No quiero pasar el día así.
—Vamos a sentarnos en algún sitio.
—Quería ver el cabo.
Mateo buscó en el teléfono cuánto faltaba. Gabriel lo vio y se enfadó.
—No calcules. Ya sé que podemos ir en coche. No quiero llegar, sacar una foto y volver porque estoy deseando tumbarme.
Mateo guardó el móvil. Había pensado precisamente en eso.
Bajaron hasta una terraza casi vacía. El camarero les permitió sentarse a la sombra aunque las mesas que estaba sirviendo quedaban al otro lado. Gabriel pidió agua y después café. Mateo se levantó para ir a buscar el coche, pero él lo sujetó por la manga.
—No hace falta que vayas corriendo. Siéntate.
Se sentó. Desde allí el puerto apenas se veía entre dos edificios. La mesa cojeaba y cada vez que Gabriel apoyaba un brazo chocaban los vasos. Mateo dobló el recibo del desayuno para meterlo debajo de una pata.
—Tenías ganas de ir —dijo Gabriel.
—Sí.
—Podrías ir tú esta tarde.
Mateo miró la calle por la que habían bajado. Le apetecía ver el cabo. Había guardado una fotografía semanas antes y calculado la luz que habría por la tarde. Gabriel le acercó el teléfono: la ruta seguía abierta en la pantalla.
—Aún puedes llegar.
—No quiero ir ahora.
—Ya.
Mateo dejó el móvil junto a la taza. El papel se había desplazado al arrastrar Mateo la mesa para sentarse y los vasos chocaron cuando Gabriel apoyó el codo. Él volvió a doblarlo.
—No pongas esa cara.
Gabriel levantó los ojos.
—¿Qué cara?
Mateo estuvo a punto de imitarlo. Buscó otra respuesta y no encontró ninguna que no empeorara la mañana. Se levantó para ir al baño. Desde la puerta vio a Gabriel inclinarse y colocar bien el papel; la mesa dejó de moverse.
Cuando regresó habían traído los cafés. Gabriel tenía abierto en el teléfono el menú del local junto al hotel. Señaló un plato y le pasó el móvil sin preguntarle otra vez por el cabo.
—Podemos comer ahí —dijo Mateo.
—Si me ves dormido encima del pescado, me despiertas.
Mateo cogió el vaso de agua. Gabriel aún no lo miraba; la comisura se le había movido apenas.
Mateo sonrió. Pagaron, él fue a buscar el coche y tardó más de lo previsto porque entró por una calle que desembocaba en otra dirección. Gabriel esperó sentado en la terraza. Cuando lo recogió, le enseñó una fotografía que había tomado de un gato durmiendo dentro de una caja de agua embotellada.
—El único turista que ha organizado bien el día.
Comieron en un local cerca del alojamiento. Gabriel pidió pescado y acabó comiendo también parte del plato de Mateo. No parecía molestarle que recuperara el apetito al mismo tiempo que se le caían los párpados. Se fueron a la habitación después del café.
Mateo abrió las contraventanas hasta la mitad. Gabriel se tumbó vestido y le pidió que no las cerrara más. Quería despertarse sabiendo que todavía era de día. Él se quitó los zapatos y se acostó un rato a su lado, sin poner despertador.
Una hora después bajó al paseo. Dejó una nota porque el teléfono de Gabriel estaba en silencio.
Caminó sin buscar un lugar que hubiera leído en una guía.
Al llegar al final se sentó en un murete, compró una bebida y miró las fotografías de aquella mañana: una puerta, la parte alta de una calle, Gabriel vuelto hacia él con la mano delante de la cámara.
Le escribió para decir dónde estaba. Gabriel respondió con una fotografía de la almohada. «Yo sigo en mi visita». Mateo se rio solo.
Volvió antes de cenar. Encontró a Gabriel duchado, sentado en la terraza diminuta con el libro de Nuria. Había puesto los pies sobre la otra silla y tardó en retirarlos.
—¿Has visto algo bonito?
Mateo le enseñó una fotografía del mar.
—Eso ya estaba cuando llegamos.
—Han mejorado la luz.
Gabriel cogió el teléfono y pasó a la imagen siguiente. Era la foto suya, con la mano levantada. La miró unos segundos.
—Esa sí me gusta.
Mateo no preguntó por qué. Se la envió y se sentó en la silla que había quedado libre. Gabriel le rozó el tobillo descalzo con el suyo. La terraza era tan estrecha que no podían estirar las piernas los dos a la vez.
La lluvia llegó al día siguiente, después de una mañana de playa en la que no habían bajado más allá de la orilla.
Corrieron los últimos metros hasta el hotel y se refugiaron en la entrada, riéndose de una bolsa de papel que se había deshecho en la mano de Mateo.
Dentro llevaban bollos. Uno había caído al suelo; Gabriel lo contempló con auténtico pesar.
—Tenías que haber salvado ese.
—No he hecho una selección.
—Pues se nota.
Subieron con los otros dos y una servilleta que les dio la recepcionista. Comieron sentados en el borde de la cama, mojando las colchas hasta que Mateo fue a buscar toallas. Afuera llovía con fuerza. Se quitaron la ropa húmeda sin prisa por volver a vestirse.
Gabriel se quedó con la camiseta en la mano. Mateo esperaba junto al armario, buscando algo seco. Al verlo, dejó de buscar.
—Me molesta que algunas cosas sigan igual —dijo Gabriel—. Creía que al salir de casa también saldría de esto.
Le enseñó los dedos, luego bajó la mano. Mateo se acercó, pero él lo detuvo con una mirada.
—No me digas que he mejorado mucho. Ya lo sé.
—No iba a decirte eso.
—¿Qué ibas a decir?
Mateo se quedó pensando. Gabriel esperó con una paciencia que duró apenas dos segundos.
—¿Quieres que me acerque o no? —preguntó él al fin.
Gabriel dejó la camiseta sobre el respaldo.
—Sí.
Mateo lo besó, sujetándolo por la cintura. Lo acercó y esperó a que Gabriel le devolviera la presión. Lo hizo enseguida. Dieron dos pasos torpes hasta la cama y se sentaron riéndose de la toalla que él aún llevaba colgada de un hombro.
La lluvia golpeaba la barandilla de la terraza.
Gabriel le desabrochó la camisa despacio; en un botón pidió ayuda y siguió con el siguiente.
Mateo lo dejó terminar. Le gustaba aquella atención, incluso la pausa en que Gabriel se quedó mirando la tela abierta y dijo que tenía que comprarse camisas que no hubiera elegido él.
—No confías en mi criterio.
—He visto lo que llevabas el día que nos reencontramos.
—Llevaba una chaqueta normal.
—Exactamente.
Mateo lo empujó con suavidad hacia las almohadas.
Gabriel lo atrajo antes de que pudiera encontrar otra respuesta.
Se besaron hasta que la broma quedó lejos, todavía disponible si la necesitaban.
Cuando más tarde encendieron la lámpara, la lluvia había aflojado y se había hecho de noche sin que ninguno mirara la hora.
Bajaron a cenar con el pelo húmedo. Gabriel eligió una mesa junto a la ventana y dejó el teléfono guardado. Mateo pidió demasiado pan. Esta vez él no lo corrigió.
La última tarde se sentaron frente al mar. Mateo llevaba un cuaderno con ideas para la casa que no había abierto en todo el viaje. Gabriel lo vio sobresalir de la bolsa.
—Puedes enseñármelo. No te voy a denunciar por trabajar diez minutos.
Él sacó el cuaderno. Había dibujado una planta baja más sencilla que la primera: estudio, cocina y una zona para reuniones que pudiera convertirse en comedor. Arriba apenas tocarían nada por el momento.
Gabriel recorrió el dibujo con el dedo.
—Aquí quiero una puerta.
—¿Por qué?
—Porque si estás en una reunión y yo entro a hacer café, no quiero salir en todas las pantallas.
Mateo la dibujó y tuvo que desplazar el armario de los abrigos.
Gabriel quería mantenerlo cerca de la entrada.
Probaron dos posiciones antes de que el camarero les preguntara si iban a cenar.
Recogieron el cuaderno para hacer sitio; Mateo había calculado mal el paso y tendría que medirlo otra vez al volver a Valnera.