La vida que quiero (Todo lo que nunca fui nº 3) 17. Volver al trabajo #2
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17. Volver al trabajo #2

Gabriel dejó de tachar. Le pidió el programa y descubrió que habían previsto dos actividades simultáneas con un solo equipo. Marisa fue a llamar a alguien. Mientras esperaban, él se frotó el puente de la nariz y Mateo le acercó su silla.

—La próxima reunión la cobras antes de venir —dijo.

Gabriel lo miró de lado. Tenía la misma idea escrita en la cara. Marisa regresó con permiso para cambiar una hora. Pasaron al escenario a comprobar qué necesitaban trasladar entre las dos actividades.

En mitad de la prueba, un cable no encajó donde Gabriel esperaba. Lo cogió, lo giró y se detuvo. Mateo vio la vacilación de sus dedos y sintió el impulso de acercarse. Antes de que lo hiciera, Gabriel llamó al técnico que lo acompañaba.

—Comprueba esto conmigo.

El hombre se acercó, miró el conector y señaló una pieza que no correspondía. Gabriel buscó la referencia en la caja: habían llevado un adaptador equivocado. Él soltó una risa seca y pidió el otro. Mateo retiró la mano que ya había levantado para ayudar.

Al terminar, Marisa quiso que grabaran también las intervenciones. Gabriel miró las cruces de su lista y cogió el bolígrafo.

—En otra propuesta.

—Pero una cámara…

Él escribió «grabación» en una hoja nueva y se la acercó.

—Dime cuáles quieres guardar.

La mujer miró la hora. Prefirió consultarlo antes. Gabriel dejó aquella página dentro de su carpeta. Al salir, caminó hasta el coche con una satisfacción que intentaba disimular.

—He hablado demasiado.

—Has dejado claro el trabajo.

—También he estado borde.

—Un poco al final.

Gabriel lo miró, ofendido durante medio segundo.

—Podrías haber tardado más.

Mateo se rio. Él se apoyó en el coche antes de entrar. Estaba cansado y todavía le quedaba redactar la propuesta. Decidió hacerlo al día siguiente, no esa noche. Dejó el aviso en el teléfono para la mañana siguiente.

Las jornadas tuvieron problemas. Un ponente llegó con otro ordenador y una intervención se alargó hasta desordenar el horario. Gabriel resolvió la parte que le correspondía y dejó que Marisa se ocupara del tiempo. Al terminar, se sentó en una silla plegable mientras el técnico recogía.

Mateo fue a buscarlo y lo encontró hablando con una de las participantes sobre el sonido de la sala. Gabriel estaba agotado, pero no quería irse antes de acabar la conversación. Él esperó en la puerta. No lo llamó desde lejos ni le hizo un gesto de prisa.

En el coche, Gabriel contó el día casi entero. Se detuvo solo para decir que no tenía ganas de preparar cena. Compraron algo de camino y comieron tarde. Antes de acostarse, él revisó un mensaje de Dani: el cliente había confirmado que aceptaba la factura y había preguntado por otra fecha.

Gabriel dejó el teléfono sobre la mesa.

—No sé si quiero hacer todas las jornadas del mundo.

—Puedes empezar por no contestar ahora.

Él apagó la pantalla. Al día siguiente negoció la nueva fecha en vez de aceptarla por gratitud.

* * *

La primera vez que Gabriel volvió a una actividad de la librería después del tratamiento, quiso sentarse al fondo.

Mateo había supuesto que irían cerca de Nuria, pero él eligió dos sillas junto al pasillo y dejó la chaqueta sobre una.

Llegaron con tiempo para evitar la aglomeración de la entrada y saludaron a quienes conocían.

Una mujer a la que Gabriel recordaba de otros encuentros se acercó para decirle que lo veía estupendo. Él dio las gracias. Ella añadió que era un ejemplo de fortaleza y que su actitud había sido decisiva. Mateo vio cómo se le cerraba la expresión.

—He tenido tratamiento —respondió Gabriel—. Y días de muy mala actitud.

La mujer se rio, creyendo que era una broma. Gabriel no la corrigió otra vez. Cuando se alejó, se quedó mirando el escenario vacío.

—No puedo discutir con todo el mundo —dijo.

Mateo le apoyó una mano en la rodilla.

—Puedes estar harto sin discutir.

Gabriel soltó una risa seca.

—Qué poco me conoces en esa parte.

Nuria empezó la presentación antes de que llegara más gente a saludarlos.

No mencionó la enfermedad ni agradeció a Gabriel un trabajo que había hecho años atrás.

Habló del libro, de la autora invitada y de una pregunta que quería plantearle.

Él se acomodó en la silla, aliviado de no tener que participar en su propia presentación pública.

La conversación fue interesante hasta que un asistente tomó la palabra para explicar una teoría demasiado larga. Gabriel se inclinó hacia Mateo y susurró un comentario que lo hizo reír en el peor momento. La autora los miró y él tuvo que fingir que tosía. Gabriel siguió muy serio.

Al terminar, ayudaron a mover algunas sillas ligeras. Mateo cogió más de las que podía llevar cómodamente y Gabriel le quitó dos.

—No estamos compitiendo.

—Lo dices porque iba ganando.

Nuria les pidió que dejaran de discutir en medio del paso. Después les ofreció un café en la trastienda. Gabriel aceptó mientras Mateo terminaba de recoger su abrigo. Los encontró hablando de una actividad futura y de lo poco que podían pagar por ciertos servicios.

Nuria quería organizar un pequeño ciclo con música y conversación, pero no estaba segura de poder sostenerlo. Gabriel le hizo preguntas de trabajo, no una promesa de encargarse de todo. Propuso revisar necesidades cuando tuviera fechas y presupuesto. Ella dijo que le mandaría un correo.

—Y me contestas si puedes —añadió—. No si crees que me lo debes por algo.

Gabriel asintió. Al salir, Gabriel estaba cansado y contento. Le pidió caminar despacio hasta el coche. Había saludado a demasiada gente y quería silencio durante un rato. Mateo respetó la petición hasta que él mismo la rompió para comentar una respuesta de la autora.

Llegaron a casa hablando del libro. Gabriel se quitó la chaqueta y se sentó en el suelo para buscar en una estantería otro título relacionado. Mateo lo observó desde la cocina. No lo ayudó a levantarse hasta que él se lo pidió, con una mano extendida y una queja sobre la edad.

—Cuarenta y tantos años para aprender a usar una silla —dijo Mateo.

—Y tú todavía eliges lámparas que parecen accidentes laborales.

Se levantó apoyándose en él y abrió el libro por la página que buscaba. Mateo seguía sin recordar a aquel personaje. Gabriel empezó a explicárselo desde demasiado atrás; tuvieron que poner la cena mientras hablaba y, cuando se sentaron, seguían discutiendo si habían leído la misma novela.