La vida que quiero (Todo lo que nunca fui nº 3) 17. Volver al trabajo
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17. Volver al trabajo

Volver al trabajo

En junio, Gabriel se enfadó porque Mateo le preguntó si quería sentarse. Habían caminado poco más de veinte minutos y él se detuvo para atarse un cordón. Mateo interpretó la pausa como cansancio y señaló un banco. Gabriel se incorporó con una brusquedad que le hizo perder un instante el equilibrio.

—Puedo atarme un zapato sin que organices una convalecencia.

Mateo retiró la mano que había extendido.

—También puedes decir que no.

Siguieron andando separados por medio metro.

El día era luminoso y había gente bajando hacia la playa con bolsas y sombrillas.

Gabriel llevaba una gorra que se había comprado después de probarse seis y declarar que todas le daban aspecto de turista engañado.

Mateo la había elegido entre las dos últimas y ahora evitaba mirarla para no enfadarse por otra cosa.

Al llegar al final del paseo, Gabriel se sentó sin hablar. Mateo permaneció de pie un momento antes de ocupar el otro extremo del banco.

—Estoy cansado —admitió él.

—Ya.

—No pongas esa voz.

Mateo miró el agua.

—No sé qué voz quieres que ponga.

Gabriel se quitó la gorra y la dobló entre las manos. El pelo nuevo era más suave y algo distinto al de antes.

—Quiero salir a caminar sin calcular hasta dónde podré llegar.

—Yo también quiero salir sin calcular si puedo preguntártelo.

La frase quedó entre los dos. Gabriel miró a una niña que intentaba subir al borde de una fuente mientras su padre fingía no ayudarla. Después apoyó la gorra sobre la rodilla.

El autobús se detuvo enfrente. Gabriel miró la puerta abierta y luego el tramo de paseo que aún quedaba.

—Voy a cogerlo.

Mateo siguió sentado hasta que él se levantó.

Subieron por separado; Gabriel pagó los dos billetes y dejó el tique sobre el asiento contiguo.

Mateo lo retiró para sentarse. No hablaron durante el trayecto.

Al bajar, Gabriel esperó a que terminara de guardar el tique, pero fue él quien se adelantó hacia el portal.

Esa tarde Gabriel abrió el ordenador para terminar un presupuesto.

Había días en los que Gabriel trabajaba dos horas desde casa y después necesitaba descansar.

Otros podía ir al almacén y revisar un montaje sin tocar las tareas que exigían más fuerza o precisión.

Las manos mejoraban despacio, con molestias que seguían requiriendo atención. No sabía todavía cuánto recuperaría.

Dani había reorganizado funciones. Gabriel se ocupaba más de presupuestos técnicos, programación y contacto con algunos clientes.

Álex asumía parte de la coordinación física y habían mantenido a una persona de refuerzo en los encargos grandes.

El reparto funcionaba en el papel; en la práctica provocaba roces que ninguna reunión inicial había previsto.

Un jueves, Gabriel volvió a casa furioso porque un cliente había pedido hablar con Dani después de que él le diera una respuesta. Mateo estaba corrigiendo un detalle del proyecto de Madrid y levantó la vista demasiado tarde.

—¿Me estás escuchando?

—Sí. Ha pedido hablar con Dani.

—Lo has repetido. No es lo mismo.

Mateo cerró el portátil. Gabriel se sentó y explicó la conversación desde el principio. Al cabo de unos minutos resultó que el cliente quería negociar un descuento que solo Dani podía autorizar. Él ya lo sabía, pero le había dolido igualmente.

—Estoy buscando pruebas todo el rato —dijo—. De que ya no me necesitan igual.

Mateo apoyó los antebrazos en la mesa.

—No te necesitan igual.

Gabriel lo miró.

—Podrías adornarlo un poco.

—Tampoco a mí en Madrid. Tomás hace cosas que antes iban a ser mías. Algunas las hace mejor.

—No me compares una cosa con otra.

—Pues no te digo nada.

—Tampoco es eso.

—Gabriel, me has preguntado.

Gabriel abrió la boca, pero tardó en encontrar con qué responder.

Volvió a la llamada del cliente y la contó de nuevo, omitiendo esta vez las frases que él había supuesto que pensaba Dani.

Después hablaron de una tarea que quería recuperar y de otra que llevaba años intentando dejar a Álex.

Gabriel acabó admitiendo que no echaba de menos cargar a las dos de la mañana bajo la lluvia.

Le costaba menos decirlo haciendo una broma.

La persona contratada para los montajes grandes se llamaba Rubén.

Mateo lo conoció al ir a recoger a Gabriel un viernes de junio.

Era más joven que ellos, llevaba un lápiz detrás de la oreja y había pegado su nombre en una caja de herramientas que no quería compartir.

Gabriel estaba discutiendo con él sobre un cable enrollado.

—Así luego no hay quien lo saque —decía.

Rubén soltó la última vuelta.

—Lleva así desde el martes. Lo recogió Álex.

Gabriel se quedó con el extremo en la mano. Álex, al fondo, levantó los dos brazos sin volverse.

—Fui yo. Podéis escribirlo en la pared.

Mateo saludó desde la entrada. Rubén respondió y siguió trabajando. Gabriel dejó el cable encima de una caja, incómodo. Había elegido demasiado deprisa a la persona a la que corregir.

La conversación continuó en el coche. Gabriel aseguró que Rubén sabía mucho de algunas cosas y muy poco de otras. Mateo le preguntó cuáles. Recibió una explicación larga sobre procedimientos, con ejemplos que acabaron refiriéndose a trabajos en los que Rubén no había estado.

—Eso último lo hacía Álex —dijo.

—Ya lo sé.

—Lo acabas de poner como ejemplo de lo otro.

Gabriel se quedó mirando la ventanilla. Mateo no insistió. Al llegar, él se llevó el teléfono al balcón y llamó al almacén. Le pidió a Rubén que le enviara su propuesta de montaje para el fin de semana siguiente. Después añadió, con una brusquedad que casi borraba la intención:

—Y perdona por lo del cable. Me he precipitado.

Mateo oyó la respuesta amortiguada y una risa de Gabriel. Cuando entró, le contó que Rubén había sugerido poner etiquetas también a quienes recogían mal las cosas.

—Tiene razón —dijo Mateo.

—Tiene gracia. No confundamos.

La semana siguiente, Gabriel quiso llevar una pequeña prueba técnica con él.

Habían acordado el horario y las tareas; Rubén cargaría y conectaría los equipos, Gabriel prepararía la configuración y revisarían juntos el resultado.

Mateo los dejó a primera hora y volvió a mediodía con los bocadillos que le habían pedido.

Encontró a Rubén ajustando un soporte y a Gabriel sentado ante la mesa. Había dos sillas vacías orientadas hacia los altavoces. Mateo ocupó una. Le pidieron que leyera un texto para probar un micrófono y él se negó al ver que era una lista de productos de limpieza.

—Es lo que había en el correo —dijo Rubén.

—No vas a anunciar una guerra —añadió Gabriel—. Lee.

Mateo empezó con poca convicción. A la tercera línea oyó su propia voz más clara, menos hueca. Gabriel señaló una anotación a Rubén y repitieron la prueba. No estaba seguro de qué había cambiado, pero podía oírlo.

Comieron con la puerta del almacén abierta. Rubén les habló de una empresa que lo quería para un contrato más largo a partir de otoño. Gabriel dejó el bocadillo en su envoltorio.

—¿Te vas?

—No lo sé. Depende de lo que me ofrezcáis vosotros también.

Mateo vio a Gabriel hacer números sin mover los labios. Por primera vez aquella mañana no parecía preocupado por que el otro ocupara su sitio. Necesitaba que siguiera allí, y Rubén tenía motivos para marcharse que no guardaban relación con él.

Dani se incorporó a la comida al final y pidió hablarlo la semana siguiente. Rubén aceptó. Gabriel retomó el bocadillo, ya blando por el tomate.

En el coche no habló de cables. Preguntó cuánto tiempo había tardado Mateo en acostumbrarse a trabajar con Celia.

—Todavía hay días —respondió él.

Gabriel se rio, pero luego volvió al teléfono. Escribió a sus socios que debían preparar una oferta que Rubén pudiera valorar de verdad. Mateo vio el mensaje al detenerse en un semáforo; Gabriel se lo enseñó sin pedir que lo corrigiera.

—Nos va a costar dinero.

—Sí.

—Ya. Era una queja, no una pregunta.

Mateo arrancó. Gabriel guardó el móvil y cerró los ojos durante el resto del trayecto. Al llegar a casa le pidió que lo despertara dentro de una hora. Tenía que terminar una propuesta y, por una vez, la dificultad era encontrar cómo pagar a alguien que quería conservar.

* * *

El primer encargo que Gabriel quiso llevar de principio a fin durante la recuperación era pequeño y, por eso mismo, difícil de usar como excusa para aplazar.

Una asociación preparaba unas jornadas en una sala con medios limitados.

Necesitaban revisar lo disponible, prever conexiones y coordinar a quienes hablarían para que nadie apareciera con un archivo imposible de abrir cinco minutos antes.

Gabriel propuso encargarse de la planificación y de la prueba previa.

El montaje físico lo haría otra persona del equipo.

Dani aceptó con la condición de cerrar por escrito qué tareas estaban incluidas.

Álex pensó que estaban complicando un trabajo sencillo.

La primera reunión con la asociación demostró que no era tan sencillo.

Mateo lo acompañó hasta la sala porque después tenía una visita cerca. Gabriel le pidió que entrara un momento: querían saber si una distribución de sillas dejaba un paso adecuado. Mateo señaló una mesa que bloqueaba una puerta. La apartaron y él probó a abrir las dos hojas antes de sentarse.

La coordinadora de las jornadas, una mujer llamada Marisa, llevaba una lista de doce necesidades escritas a mano. Gabriel la escuchó hasta el final. Después le preguntó cuáles eran imprescindibles y cuáles deseables. Ella respondió que todas.

—Entonces necesito que alguien me diga qué presupuesto tenemos para todas —dijo él.

Marisa señaló una cantidad al pie de la hoja. Gabriel la leyó, volvió arriba y empezó a marcar cruces. La mujer se inclinó sobre la mesa.

—Eso lo anunciamos ya.

—¿A quién?

—A los participantes.