La vida que quiero (Todo lo que nunca fui nº 3) 16. Cada uno en su sitio #2
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16. Cada uno en su sitio #2

Una mañana, Mateo salió a tomar café con Sara.

Ella estaba montando por fin el interior del armario nuevo y tenía un cajón atravesado en el salón.

Él se ofreció a mirarlo. Después de media hora peleándose con las guías encontró una pieza defectuosa.

Sara le enseñó el correo de la tienda para demostrar que ya lo había advertido.

—Me encanta cómo todos los hombres de mi vida dais por hecho que no he leído las instrucciones.

—He leído las instrucciones.

—Después de tocarlo.

Mateo levantó las manos y se apartó. Se sentaron a tomar café entre tablas y cajas. Sara sabía que habían discutido, pero Bruno no le había contado detalles clínicos. Él agradeció no tener que preguntarlo.

—Estoy cansado de intentar reaccionar bien —admitió.

—Puedes reaccionar regular aquí. El cajón ya está roto.

Mateo se rio. Le contó una versión breve de lo ocurrido y después habló de su propio enfado, de cómo a veces le daba vergüenza sentirlo cuando Gabriel había pasado por tanto.

Sara le preguntó si había comido y le puso una tostada delante.

Mateo había salido de casa sin desayunar; la cogió antes de responder.

—Bruno se pone a arreglar cosas cuando discutimos —dijo después—. Bisagras, grifos. Una vez pasó dos horas con un cajón. Yo en la cocina, esperando. No sé si tú haces eso también.

—Salí a caminar.

—Pues por lo menos no destrozaste un mueble.

Mateo se rio. Sara dio un mordisco a la tostada. Luego sacó el teléfono para enseñarle la fotografía de un pie de Bruno debajo del cajón.

—Por si te cuenta que lo rompí yo.

Mateo amplió la imagen. Estaba tan mal encajado que no entendía cómo habían conseguido meterlo. Sara le dio un golpe en la mano cuando intentó volver al mueble.

—Ni se te ocurra. El lunes vienen a llevárselo.

Al regresar, Gabriel le pidió diez minutos para terminar una propuesta. Mateo dejó la compra y empezó a preparar la comida. Cuando Gabriel llegó a la cocina, Mateo seguía enfadado con la tienda del armario. Le contó lo del cajón y Gabriel quiso ver la foto.

* * *

La mujer que Vera les había recomendado vino esa semana.

Gabriel había hablado con ella por teléfono y volvió a explicar lo que necesitaba mientras Mateo trabajaba en el despacho.

Dos mañanas por semana, durante las ausencias de abril, para la compra, la comida y las tareas de casa que le costaban más.

Al oír que llegaban a la cocina, él salió para ofrecer café.

—Ya tiene —dijo Gabriel.

Había puesto dos tazas. Mateo cogió otra y se sirvió de pie. La mujer preguntó dónde se guardaba la ropa de cama; respondió antes de que Gabriel pudiera hacerlo.

—En el armario del pasillo.

Gabriel se volvió hacia él. La mujer los miró a ambos y anotó el horario que acababan de acordar. El presupuesto incluía un mínimo de horas; Gabriel pidió que le mandara la cifra por escrito y confirmó las fechas. Mateo bebió el café demasiado deprisa.

Cuando ella se fue, Gabriel dejó las tazas en el fregadero.

—Lo estaba haciendo yo.

—Solo he dicho dónde estaban las sábanas.

Él abrió el armario de los vasos y lo cerró sin sacar nada.

—Pues eso. Ya podía decirlo yo.

Mateo llevó su taza al fregadero. Tenía una entrega abierta y le resultó fácil volver al despacho.

Tardó veinte minutos en escribirle a Clara que mantenía su propuesta de dos jornadas.

Antes de enviar el mensaje salió a preguntarle a Gabriel por la hora de regreso que habían previsto para los jueves.

Lo encontró apuntando el gasto de aquellas mañanas en su propia libreta; esperó a que acabara.

* * *

Dos días después Mateo tuvo una conversación con Tomás que le costó más de lo previsto.

La reorganización de abril estaba cerrada.

El profesional al que había recomendado cubriría la jornada que quedaba libre y Tomás coordinaría a distancia el trabajo del equipo durante esas semanas.

Mateo prepararía la documentación desde Valnera y viajaría dos días.

La nueva contratación reducía sus honorarios de abril, además del recorte de mayo que ya había aceptado.

En el correo de Clara figuraba la cifra; él la comprobó dos veces antes de responder.

Mateo aceptó el acuerdo y después se quedó mirando el plano durante un rato. Gabriel lo encontró así al salir de la ducha.

—¿Mal día?

—No exactamente.

Le contó lo que había quedado decidido. Gabriel escuchó hasta que Mateo se quedó mirando la casilla del jueves. Cuando terminó, se sentó cerca y preguntó qué parte seguiría haciendo él.

Mateo se la enseñó. Hablaron de un detalle de la escalera hasta que Gabriel empezó a bostezar. Él cerró el ordenador y le propuso café.

—Descafeinado —dijo Gabriel—. Que luego a las tres de la mañana te inventas documentales.

Mateo se rio y fue a la cocina.

* * *

El jueves de la primera semana con el nuevo reparto, Mateo volvió de Madrid antes de las nueve. Gabriel estaba en la cocina. Había sacado una sartén del armario y un recipiente de la nevera; al verlo, levantó la tapa.

—Ha dejado para cuatro —dijo—. O cree que comemos muchísimo o quiere librarse de cocinar el lunes.

Mateo dejó la mochila y se lavó las manos. Gabriel volcó la comida en la sartén. Tenía un paño húmedo junto al fregadero y una lata sin abrir sobre la encimera.

—Eso no he podido —dijo, siguiendo su mirada—. El abrelatas se me ha resbalado dos veces. Me he hartado.

Mateo la abrió y la dejó junto a él. No le preguntó por qué no había llamado.

Cenaron mientras le contaba un problema de las instalaciones.

El profesional que lo sustituía había encontrado una solución que tendrían que revisar al día siguiente.

Mateo sabía que era competente; le fastidiaba pagar para que otro hiciera aquella parte y después sentarse en el tren con el trabajo sin terminar.

—¿Quieres que cambiemos algo para la semana que viene? —preguntó Gabriel.

—Ahora quiero cenar.

Gabriel dejó el tenedor. Mateo tardó en añadir:

—Ha funcionado. Eso no quiere decir que me encante.

—Ya.

Después Gabriel recogió los platos. Mateo deshizo la mochila y encontró un bocadillo que no había comido.

Lo tiró, vació el resto y salió al salón.

Gabriel había dejado libre el sitio de siempre.

Se sentó junto a él y apoyó los pies en la mesa hasta que recibió una protesta.

Los bajó. La película llevaba media hora y ninguno quiso empezar otra.