16. Cada uno en su sitio
Cada uno en su sitio
A la mañana siguiente Mateo no preguntó cómo había dormido. Gabriel tampoco lo hizo. Prepararon el desayuno alrededor del otro, chocando una vez junto a la nevera y pidiendo perdón con una educación que resultaba peor que una mala respuesta.
Mateo tenía una videollamada a las diez.
La hizo desde el despacho con la puerta cerrada.
Clara le preguntó por una entrega y él pidió dos días más.
No explicó lo ocurrido. Al terminar abrió el calendario de abril y redactó un correo renunciando a las semanas presenciales.
Lo leyó entero antes de darse cuenta de que estaba tomando una decisión en mitad del enfado. Lo guardó como borrador.
Gabriel apareció en la puerta con la carpeta médica.
—Si quieres ver el informe…
Mateo se volvió en la silla.
—No quiero inspeccionarte.
—Te lo estoy ofreciendo.
—Ya.
Gabriel dejó la carpeta sobre una esquina de la mesa. Él no la abrió. Permanecieron un momento en silencio hasta que Gabriel preguntó qué necesitaba.
Mateo soltó el ratón.
—Ayer necesitaba que me lo hubieras contado en enero. Hoy no sé.
Gabriel recibió la frase sin apartarse. Tenía ojeras y el cuello de la camiseta doblado hacia dentro.
—No puedo volver a ese día.
—No te he pedido que vuelvas.
—Pero cada cosa que digo acaba ahí.
Mateo se levantó.
—Han pasado doce horas.
Gabriel retrocedió un paso para dejarlo salir. En la cocina, Mateo abrió un armario y volvió a cerrarlo. Llevaba el café del desayuno sin terminar. Apoyó las manos en la encimera, esperando que Gabriel dijera algo desde la puerta.
Gabriel se acercó y le tocó el brazo. Mateo lo retiró para alcanzar la taza; cuando se volvió, Gabriel había retrocedido.
—No era por eso —dijo Mateo.
—Déjalo.
—Gabriel.
Él señaló la taza.
—Tómate el café.
Mateo la dejó sobre la mesa con demasiada fuerza. Se derramó un poco.
—¿Qué quieres, que te abrace? ¿Ahora?
—No quiero pedirte que me abraces.
Mateo fue a por un paño. Limpió el café despacio y al acabar siguió sosteniendo el trapo, sin saber dónde dejarlo.
La conversación se fue quedando sin fuerza. Gabriel se sentó y Mateo permaneció de pie. El cansancio de uno no daba por terminada la discusión, pero impedía seguirla de cualquier manera. Él lo vio palidecer un poco y fue a por la silla contigua.
—¿Quieres descansar?
Gabriel negó, luego cambió de idea.
—Diez minutos.
Mateo lo acompañó al sofá. Le acercó la manta y se sentó en el otro extremo. No se besaron. Gabriel apoyó un pie contra su pierna, un contacto pequeño que él no retiró.
* * *
Dos días después volvieron a intentarlo.
Gabriel le había pedido que leyera el informe y Mateo lo había hecho aquella mañana.
Entendía el motivo del ajuste y había anotado dudas que Gabriel aceptó llevar a la siguiente consulta.
Ninguna de ellas exigía revertir una decisión clínica tomada meses antes.
Mateo había escrito las fechas de sus viajes en una hoja. Gabriel la acercó, pero él no soltó el bolígrafo.
—Dos días puedo hacer —dijo—. Tres seguidos, ahora mismo, no.
—Si encuentro a alguien…
—Encuéntralo. Y después hablamos.
Gabriel retiró la mano de la hoja. Mateo enseñó el borrador del correo sin enviarlo. Gabriel lo leyó y apretó los labios.
—No mandes ese correo.
—Pues ahora lo voy a mandar.
Gabriel se apartó. Mateo volvió a leerlo antes de tocar el ratón; había escrito que renunciaba a todo. Maldijo entre dientes.
Mateo borró una frase del correo. Había escrito que no podía viajar y no era cierto: quería estar en el edificio, pero las tres jornadas seguidas ya le habían parecido demasiadas antes de aquella conversación. Cambió la propuesta por dos. Gabriel lo leyó desde el otro lado de la mesa.
—Voy a buscar a alguien para esas mañanas —dijo.
Mateo dejó el borrador abierto. Hablaría con Clara antes de enviarlo. Por la noche Gabriel quiso acercarse en la cama. Mateo lo dejó abrazarlo, pero no respondió enseguida. Él aflojó los brazos.
—¿No?
—Sí. Solo estoy cansado.
Gabriel apoyó la cabeza cerca de su hombro. Mateo le acarició la espalda a través de la camiseta. Al cabo de un rato encontró el ritmo conocido de su respiración y pudo dejar de pensar en si aquel gesto significaba demasiado.
Al día siguiente, Gabriel llamó a Vera. Mateo oyó que le pedía compañía para una mañana concreta y que ella no podía.
Antes, aquella negativa habría desencadenado una cadena de alternativas discutidas entre todos.
Esta vez Gabriel preguntó por otra fecha, acordó una ayuda distinta y reservó un taxi para la primera.
Mateo llamó a Clara desde la calle. No quiso hacerlo con Gabriel escuchando. Le pidió que revisaran las dos semanas de abril y ella abrió el calendario mientras él esperaba bajo el toldo de una farmacia.
—Tomás tiene una obra esos días. Por eso te preguntamos en enero.
—Lo sé.
—¿Qué necesitas cambiar?
Mateo miró a la gente que pasaba hacia el puerto. Podía pasar la conversación entera diciendo que aún no sabía cómo estaría Gabriel.
—No puedo comprometer tres días seguidos fuera. Dos, sí. El tercero tendría que volver.
Clara guardó silencio. Se oyó el teclado y después una puerta.
—Esto tiene que hablarlo también Sergio. Yo no puedo darte un sí.
—Pensaba que Tomás…
—Tomás no es un hueco en tu agenda.
Mateo apretó el teléfono. Había aceptado demasiadas veces que lo cubrieran para encontrarse sin respuesta ante aquella frase.
Quedaron en hablar los tres por la tarde.
En casa, Gabriel preguntó qué le habían dicho.
Mateo dejó la bolsa de la farmacia sobre la mesa.
Había entrado a comprar jabón al acabar la llamada y no recordaba haber elegido aquel.
—Todavía nada.
—Puedo llamar a Vera.
Él se volvió.
—No vas a pedirle que deje un curso para arreglar esto.
—Iba a preguntarle si conoce a alguien.
Mateo tardó en asentir. Gabriel cogió la bolsa y sacó el jabón. Había comprado dos iguales. Guardó uno bajo el fregadero.
La reunión empezó a las seis. Sergio propuso concentrar los replanteos de las instalaciones en dos días y que Tomás acudiera al tercero cuando terminara en la otra obra.
Clara lo descartó: necesitaban una persona allí desde la mañana, no alguien llegando a mitad.
Mateo escuchó cómo cambiaban de sitio las casillas que había marcado semanas antes.
En un momento empezó a ofrecerse para trabajar de noche desde el hotel.
—No son horas delante del ordenador —dijo Sergio—. Hay que estar con los montadores.
Mateo dejó el lápiz. Había deseado esa parte desde la primera visita: recorrer el edificio con los instaladores, corregir sobre el terreno.
Clara preguntó si conocía a alguien en Madrid con disponibilidad.
Él dio un nombre; Sergio lo anotó y habló de revisar honorarios cuando tuvieran una respuesta.
Al terminar, la casa estaba en silencio. Encontró a Gabriel en el dormitorio, sentado en la cama con el teléfono en la mano.
—Vera me ha dado dos contactos —dijo—. Uno no puede. La otra me llamará mañana.
Mateo apoyó la espalda en el marco. Quiso decir que aquello podía haberse hecho en enero. Gabriel lo estaba esperando; se le notaba en la manera de sujetar el teléfono. Él salió al balcón sin decirlo.
A la mañana siguiente llamó a Celia para preguntarle por la reforma que le había cedido. Ella estaba en la vivienda, tomando medidas con la clienta. Mateo le explicó que habían cambiado algunas fechas de Madrid. Celia lo dejó terminar.
—Lo siento. Ayer me aceptó el presupuesto.
—Claro. Era por saber.
No había preguntado por saber. Al colgar cerró el correo sin responder. La ventana para abril seguía vacía y el encargo que había rechazado ya no le pertenecía.
Gabriel pasó por el despacho para coger el cargador. Mateo le contó la llamada. Él se apoyó en la mesa, sin sentarse.
—No tendrías que haber perdido eso.
—No sé si lo habría cogido. Quería estar en Madrid.
Gabriel esperó, mirando el calendario.
—Ahora se lo he tenido que pedir a Celia. Recuperarlo. Como si me lo estuviera guardando.
Él soltó el cargador. Se quedó un momento más en la puerta y luego salió. Esa noche cenaron con la radio puesta; Mateo no bajó el volumen para hablar. Gabriel empezó a recoger antes de que él acabara y dejó su plato donde estaba. Los dos tardaron en acostarse.
* * *
Los días siguientes tuvieron una incomodidad que no podía organizarse alrededor de una sola discusión.
Mateo descubrió que preguntaba menos por miedo a sonar vigilante y que después se enfadaba por no saber.
Gabriel ofrecía información con una precisión excesiva, casi administrativa, y acababa sintiéndose examinado aunque nadie lo estuviera interrogando.
Una mañana dejó sobre la mesa una hoja con la medicación y las próximas citas. Mateo la encontró al volver de comprar pan.
—No necesito un parte diario —dijo.
Gabriel estaba en el salón.
—Tampoco sé qué información quieres.
—Que me lo digas. Que ayer estuve aquí toda la tarde.
Gabriel señaló la hoja.
—Te lo estoy diciendo.
—Me lo has dejado al lado del pan.
Él se levantó despacio.
—Ayer también me preguntaste por qué no te había dicho lo del taxi. Era un taxi, Mateo. No estaba escondiendo nada.
Mateo miró el papel. La hora del taxi estaba escrita en una esquina. Gabriel le dio la vuelta, como si pudiera encontrar detrás la parte que faltaba.
—Dime qué quieres que haga con esto.
Mateo miró la hoja. Había una cita que no conocía porque se había confirmado esa mañana. La señaló.
—¿Quieres que vaya? Eso. Dime si voy contigo.
Gabriel cogió el papel.
—Quiero ir contigo. Pero una parte de la conversación quiero tenerla a solas.
Mateo notó la resistencia antes de responder.
—Vale.
—Has puesto una cara...
—Pues no me mires la cara. Te he dicho que sí.
Apartó la hoja para cortar el pan.
Gabriel guardó la hoja en la carpeta. Durante el desayuno preguntó si habían arreglado el ascensor. Mateo no lo sabía; ninguno salió a comprobarlo.