La vida que quiero (Todo lo que nunca fui nº 3) 15. Lo que no te dije
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15. Lo que no te dije

Lo que no te dije

Gabriel sostuvo el vaso con ambas manos. Mateo había apartado el ordenador, pero la pantalla seguía encendida y una notificación apareció sobre el plano. La cerró sin leerla.

—En enero cambiaron el tratamiento —dijo Gabriel.

Mateo tardó en responder.

—¿Cómo que lo cambiaron?

—Quitaron la vincristina. La parte que podía estar empeorando lo de las manos.

El nombre le resultó conocido de una lista que había leído muchas veces sin poder retener entera. Mateo miró la carpeta médica, guardada en el estante junto a los libros.

—¿Cuándo?

—Antes del cuarto ciclo.

—Hace tres meses.

Gabriel asintió. Mateo no respondió. Recordó la consulta a la que había entrado, la parte en la que había esperado fuera, la llamada desde Madrid. Había preguntado varias veces y recibido respuestas que ahora cambiaban de forma.

—¿Lo decidiste tú?

—Lo propuso Rivas después de valorar los síntomas. Me explicó el motivo y lo acepté. No he dejado de tomar nada por mi cuenta.

—¿Y por qué no me lo dijiste?

Gabriel retiró una mano del vaso.

—Porque sabía lo que iba a pasar.

Mateo soltó una risa sin humor.

—Pues me alegro de que uno de los dos lo sepa.

—Ibas a cancelar Madrid. Ibas a preguntar si había otra opción, si podíamos esperar, si…

—Claro que iba a preguntar.

—Ya lo había preguntado yo.

La réplica los dejó callados un momento. Desde el piso de arriba llegó el sonido de una silla arrastrada. Mateo oyó el ruido con una claridad absurda.

—¿Y a mí qué me contaste? —dijo—. Te pregunté. Por teléfono, cuando volví... Te lo pregunté.

Gabriel bajó los ojos.

—Al principio pensé que te lo contaría al volver. Luego quise esperar a acabar. A estar mejor y que ya no importara. Y tú estabas tan…

—¿Tan qué?

—Contento con el proyecto. Dormías mejor. Habías dejado de mirarme como si estuvieras esperando una llamada a cualquier hora.

Mateo se levantó. Necesitaba moverse, pero no quería parecer que se marchaba. Se quedó junto a la ventana, con una mano apoyada en el respaldo de una silla.

—Te pregunté si podíamos organizar abril así.

—El tratamiento terminaba en la misma fecha.

—No te pregunté por una fecha. Te pregunté cómo estabas.

Gabriel cerró los dedos sobre el borde del vaso y los soltó enseguida.

—Ya sé que estuvo mal.

—No me digas eso así. Como si ya hubiéramos acabado.

Gabriel no respondió. Mateo miró la carpeta otra vez y sintió ganas de abrirla, revisar informes, reconstruir cada consulta. El impulso le dio vergüenza y rabia. No quería convertirse en alguien que buscara pruebas dentro de la documentación de su pareja.

—¿Qué más no sé?

Gabriel levantó la cabeza.

—El resultado que nos dieron es el que viste tú. No hay otro.

—No he dicho eso.

—Te lo estoy viendo pensar.

Mateo se sentó de nuevo, pero dejó una silla de distancia. Gabriel lo siguió con la mirada.

—¿Rivas sabe que yo no lo sabía?

—No. Supongo que pensaba que te lo había contado. Yo no le pedí que te ocultara nada.

—Me senté allí mientras hablabais y no entendí…

—No fue una conversación a tus espaldas. Fue mi consulta.

Mateo tardó en responder.

—Ya sé que era tu consulta.

Mateo se levantó otra vez. Había dejado una silla atravesada y le dio con la rodilla.

—Joder.

Gabriel hizo ademán de acercarse. Él apartó la silla antes de que llegara.

—Luego venías a casa. Yo te preguntaba y tú... ¿Cuántas veces?

—No las he contado.

—Pues yo tampoco. Ahora voy a estar acordándome de todas.

Gabriel apretó el vaso con ambas manos.

—Las sesiones siguieron igual. Las fechas...

—¡Que me dan igual las fechas!

Se oyó gritar y bajó la voz, aunque seguía temblándole.

—Ahora mismo me dan igual. Yo te creí.

Gabriel respiró despacio. Mateo vio que estaba buscando una frase y no la ayudó a salir.

—Habías vuelto contento. Llevabas el teléfono lleno de fotos de esa puta escalera.

Gabriel soltó el vaso.

—Y yo iba a decirte que no podía cerrar los botones. Otra vez yo. No quería.

—Pues me lo hubieras dicho. Aunque me jodiera.

—Pues no me salió. Luego ya…

Miró hacia la carpeta. Mateo no terminó la frase por él. Sintió una tristeza súbita, más difícil de sostener que el enfado. No se acercó. Gabriel miró hacia el pasillo.

—Cuando no pude cerrar el conector esta mañana pensé que ya estamos en abril y sigo igual. Y que te había dicho que me organizaría sin saber ni cómo. Ya no podía seguir diciéndolo.

—Podías habérmelo dicho antes.

—Sí.

La respuesta llegó sin defensa. Mateo volvió a sentarse y esperó algo más. El informe llevaba meses en el estante, al lado de los libros. Él había pasado por delante cada mañana para coger sus llaves.

La pantalla del ordenador se apagó mientras seguían sentados. Mateo había dejado de mirar la carpeta. En el vaso de Gabriel quedaba una burbuja pegada al cristal y la vio subir, diminuta, cuando él lo apartó.

—¿Qué habías pensado hacer en abril? —preguntó.

—Lo que hablamos.

—No. Lo que pensabas de verdad.

Gabriel dejó caer las manos entre las rodillas.

—Esperaba encontrarme mejor.

—Yo también. Te estoy preguntando qué ibas a hacer si no.

—Pedir ayuda.

—¿A quién?

Gabriel se removió. Nombró a Álex y a Dani. Mateo lo interrumpió antes de que siguiera añadiendo personas.

—¿Se lo has pedido?

Gabriel tardó en responder.

—Vera no puede esas semanas.

Mateo retiró la mano del calendario.

—Me dijiste que lo habíais hablado.

—Lo hablamos. Tiene un curso.

—¿Cuándo?

—En abril.

—Que cuándo hablaste con ella.

Gabriel se pasó la mano por la boca.

—Antes de que firmaras.

Mateo miró el calendario, todavía sujeto con el mismo imán. Había guardado los billetes la víspera en una carpeta nueva. Se vio haciéndolo: eligió asiento, miró el hotel, escribió a Tomás.

—Me dijiste que os arreglabais.

—Pensaba que podía pedirle a Álex…

—No. Te pregunté por esas semanas. Te dije las fechas.

Gabriel bajó la vista.

—Lo sé.

Mateo apoyó un dedo sobre las casillas de abril, sin saber para qué las señalaba otra vez.

—Pues yo sí he reservado cosas. Y Tomás también.

Gabriel levantó la cara. Mateo retiró el calendario del imán. Había apretado el papel al señalar las fechas; trató de alisarlo contra la mesa y lo dejó a medio hacer.

—Tú firmaste porque querías —dijo Gabriel.

—Sí.

—No puedes ponerme ahora el contrato delante como si te hubiera llevado de la mano.

—Tampoco puedes hacer que yo quede como un gilipollas por haberte creído.

Gabriel se levantó demasiado rápido y tuvo que sujetar el respaldo. Mateo avanzó por reflejo. Él negó con una mano, sin mirarlo.

—No te estoy llamando gilipollas.

—Pues deja de hablarme así.

—¿Así cómo?

—Como si ahora la culpa fuera mía.

—No he dicho eso.

—Me has dicho que yo firmé porque quise. Lo acabas de decir.

Se quedaron de pie a ambos lados de la mesa. Gabriel tenía la mandíbula tan rígida que le temblaba una mejilla. Mateo conocía aquel esfuerzo: cuando cediera, no iba a salir la frase exacta que les convenía.

—Me gustaba que llegaras a casa y me hablaras del edificio —dijo Gabriel—. Me gustaba que me pidieras una opinión que no fuera si había ido al baño. No quería perder eso.

—¿Y creías que contándomelo lo perdías?

—Sí. No lo sé. Me daba miedo que volvieras a quedarte aquí, sentado, esperando a que me durmiera para hacer cualquier cosa. Y que luego me odiaras por eso.

Mateo apartó la silla que tenía detrás con el pie.

—¿Me has visto odiarte?

—Te he visto cansado. Te he oído decir que no a cosas.

—A algunas les habría dicho que no aunque estuvieras bien.

—¿Y cómo lo sé yo?

Mateo fue a contestar y no encontró por dónde empezar. Podía citar fechas, encargos, viajes que no había querido. Ninguno iba a demostrar de una vez que se quedaba porque quería. Gabriel se pasó la lengua por un labio agrietado y continuó con una voz más baja.

—Mi madre me dice que te cuide. Dani pregunta si no estarás trabajando demasiado. Hasta yo lo pienso cuando te veo dormido con la ropa puesta. Y luego necesito que me abras una botella. Pues me da vergüenza. Aunque me digas cien veces que no tiene que dármela.

Mateo apoyó las manos en la mesa. Gabriel no se acercó.

—¿También te daba vergüenza decírmelo a mí?

Gabriel tardó en contestar.

—A ti más.

Mateo retiró las manos de la mesa.

—Pues vaya.

—No sé qué quieres que te diga.

—Ya nada. Ahora mismo, nada.

Gabriel no insistió. Se sentó otra vez y escondió las manos bajo los muslos, una postura que a Mateo le resultó de pronto insoportable. Quiso sacárselas de allí; también quiso marcharse de la cocina y dejar de mirarlo. La nevera empezó a zumbar detrás de él.

—Lo de hoy en el almacén —dijo Gabriel— no era la primera vez. La última vez que fui tampoco pude terminar una cosa. Dani tuvo que hacerlo.

Mateo cerró los ojos un instante.

—¿Por qué dijiste que estabas mejor?

—Porque unas cosas sí. Y quería que esas fueran las que contaban.

—Para mí contaban todas.

—Para ti todo es algo que hay que resolver.

Mateo abrió los ojos. Gabriel sostuvo la mirada, arrepentido quizá, pero sin retirar la frase.

—Pues hoy no lo voy a resolver —respondió él—. Hoy no puedo.

El móvil de Gabriel vibró en el otro extremo de la mesa. Era un mensaje de Álex; ninguno alargó la mano. Gabriel pidió agua, aunque tenía el vaso delante, y después dijo que no, que ya se servía. Se levantó con él en la mano.

Mateo retiró por fin el ordenador. Lo cerró, desenchufó el cable y lo dejó en el despacho. Al volver, Gabriel estaba apoyado en la encimera. No había bebido.

—Ahora no sé qué hacer con Madrid —dijo Mateo.

Gabriel abrió la boca. Él lo interrumpió.

—Déjame. No me lo arregles esta noche.

Gabriel asintió una vez. Mateo cogió el abrigo del respaldo sin ponérselo aún. Había llovido y las mangas seguían húmedas.

—Necesito un rato —dijo.

Gabriel asintió. Mateo se puso el abrigo. Al llegar a la puerta oyó su voz.

—¿Vas a volver a cenar?

Él se detuvo con la mano en el picaporte.

—Sí. No sé a qué hora.

Salió sin dar un portazo. Caminó hasta el puerto, donde hacía demasiado frío para estar parado. El teléfono vibró dos veces. Mateo lo sacó deprisa. Encontró un mensaje de Sergio y una promoción de una tienda. Los borró de la pantalla y siguió andando.

Lo que más le dolía era recordar su propio alivio.

La comida después de la consulta favorable, el libro que Gabriel le había regalado, aquella noche bailando en el salón.

No quería que el secreto contaminara esos momentos, pero se le metía en todos.

Se preguntó si Gabriel había estado pensando en lo que no le contaba mientras él hablaba de puertas y presupuestos.

Llamó a Bruno. No le explicó los detalles médicos; dijo que habían discutido porque Gabriel le había ocultado algo que afectaba a sus planes. Su amigo escuchó y preguntó si quería ir a casa. Mateo respondió que necesitaba caminar.

—Puedo ir a caminar contigo.

—No hace falta.

—Ya sé que no hace falta. Estoy preguntando si quieres.

Mateo miró el agua oscura entre las luces del puerto.

—Sí.

Bruno lo encontró junto a una barandilla, con las manos metidas en los bolsillos y la vista fija en una boya que apenas se distinguía. Se puso a su lado sin preguntar de inmediato. Llevaba el cuello del abrigo doblado hacia dentro. Mateo se lo señaló y su amigo lo arregló con torpeza.

—He salido deprisa.

—Podías haberme dicho que estabas ocupado.

—Estaba quitando una lámpara. Sara está encantada de que haya parado.

Caminaron hasta el extremo del paseo. Mateo empezó por el ajuste de tratamiento y se detuvo para aclarar que lo había indicado la médica, que no estaba diciendo que Gabriel hubiera hecho algo peligroso por su cuenta. Se oyó defenderlo antes de poder contar por qué estaba dolido.

Bruno escuchó y al cabo de un rato preguntó:

—¿Estás enfadado por la decisión o por no saberla?

—Por no saberla.

—Vale.

—Y por cómo me la contó. O no me la contó. Por las veces que pregunté y acepté una respuesta porque quería confiar en él.

Bruno se detuvo para dejar pasar a una mujer con dos perros. Uno olisqueó el zapato de Mateo y tuvo que apartarlo. Aquella interrupción le quitó solemnidad a lo que estaba diciendo y lo agradeció.

—Y yo quería ir —añadió—. Encima eso. Me dijo que se arreglaban y me faltó tiempo para escribir a Clara.

—¿Te había dado algún motivo para pensar que faltaba algo?

Mateo recordó las evasivas, las frases sobre el calendario y los médicos. Ahora eran señales claras. Entonces podían ser cansancio, fastidio o una petición legítima de intimidad.

—No sé. Ahora todo parece obvio.

Bruno se encogió de hombros y siguieron andando. Al llegar a una zona más iluminada, Mateo se dio cuenta de que estaba temblando de frío.

Entraron en un bar casi vacío. Pidieron café y se sentaron lejos del televisor. Mateo dejó el abrigo puesto. Había una pareja comiendo un bocadillo en una mesa cercana y el camarero recogía vasos con más ruido del necesario.

—Me ha dicho que tenía miedo de que me quedara —continuó—. ¿Cómo se supone que recibo eso?

Bruno movió la cucharilla dentro de la taza.

—Mal, supongo.

Mateo soltó una risa breve.

—Gracias por el análisis.

—No sé, tío. A mí también me habría sentado como una patada.

—Está asustado.

—Ya.

Mateo esperó, pero Bruno no añadió nada.

Bebió un sorbo y se quemó la lengua. Lo dejó enfriar.

—Una parte de mí quiere decirle que me voy a Madrid igual. Para que vea que no puede organizarme.

Bruno lo miró.

—Eso suena a una decisión estupenda para mañana arrepentirte.

—Ya lo sé.

—Pues no la tomes hoy.

Mateo apoyó la espalda en la silla.

—No quiero volver a empezar de cero con él —dijo.

—No estás en cero.

—Ahora se siente así.

Bruno dejó la cucharilla.

—Lleváis muchos años. No sé, Mateo. Hace nada estabas hablándome de ese libro que te regaló. Eso también pasó.

—Ahora no me hables del libro.

Bruno levantó las manos.

—Vale. No hablo.

Mateo miró hacia la calle. Quería creerlo sin usarlo para perdonar antes de estar preparado.

Recordó a Gabriel dejando sonar el teléfono de Vera.

Podía haber contestado, interrumpir aquella conversación antes de empezarla.

Mateo apretó la taza. Le dolía tener que agradecer también que se hubiera decidido a hablar.

Pagaron y salieron. Bruno lo acompañó hasta la esquina de su calle. Antes de despedirse, le preguntó si necesitaba dormir fuera. Mateo negó.

—Quiero volver.

—Vale.

Se abrazaron de una manera rápida y algo torpe. Bruno le pidió que escribiera al día siguiente, aunque no hubiera resuelto nada. Mateo prometió hacerlo y caminó hacia el portal con las manos fuera de los bolsillos.

Cuando volvió al piso, había comida tapada en la cocina. Gabriel estaba despierto en el sofá. Se incorporó al oírlo, pero no se acercó.

—Te he dejado…

—Lo he visto. Gracias.

Mateo comió solo. Después lavó el plato y fue al dormitorio. Gabriel entró un rato más tarde. Se acostaron en la misma cama, con un espacio entre los dos que ninguno ocupó.

En la oscuridad, Gabriel dijo que lo sentía. Mateo tardó en contestar.

—Te he oído.

No durmieron bien.