14. La espera siguiente #2
Más tarde llamó Álex para preguntarle por una configuración. Gabriel habló con él desde el salón y acabó riéndose de un error que el socio había cometido. Al colgar parecía menos encerrado en sí mismo. Mateo no se lo señaló. Le acercó un plato y preguntó si quería ver algo en la televisión.
—Algo malo —respondió—. Que si me distraigo no importe.
Eligieron un concurso. A los diez minutos Gabriel estaba defendiendo una respuesta equivocada con absoluta convicción. Mateo le dejó acabar antes de enseñarle el resultado. La discusión que siguió fue mucho más fácil de sostener que las de aquella semana.
La prueba de imagen fue una mañana lluviosa. Gabriel siguió las instrucciones que le habían dado y Mateo esperó donde correspondía, sin poder acompañarlo en todo. Llevó trabajo, pero no lo abrió. Terminó leyendo un periódico antiguo que alguien había dejado sobre una silla.
Al salir, Gabriel quiso volver directamente a casa.
La espera del resultado le parecía peor que la prueba.
Durante los días siguientes se irritó por cosas pequeñas: el volumen de la televisión, una llamada que Mateo contestó mientras él hablaba, una bolsa de basura que nadie había bajado.
Mateo respondió mal en dos ocasiones y bien en otras.
La víspera de la consulta, Gabriel le pidió que durmiera cerca. Mateo dejó el libro y apagó la luz. Él se tumbó frente a él, con una mano entre los dos.
—Si no es lo que esperamos…
No terminó. Mateo esperó.
—No me digas ahora qué haremos —añadió Gabriel—. Solo quería poder decirlo.
Mateo le tomó la mano. Se quedaron así hasta dormirse a ratos. Rivas abrió el resultado en la pantalla. Mateo reconoció el gesto de quien está a punto de explicar algo y sintió que el cuerpo entero se le adelantaba a las palabras.
—La evaluación muestra una respuesta metabólica completa —dijo—. No vemos actividad del linfoma en esta prueba.
Gabriel soltó el aire despacio. La médica explicó que pasaban a seguimiento y qué significaba el resultado. Habló de remisión, de controles y de la necesidad de consultar síntomas nuevos. Mateo oyó todo, pero una parte de su atención seguía detenida en la primera frase.
—¿Entonces ahora…? —empezó Gabriel.
—Ahora vamos a acompañar la recuperación y vigilar. Es una buena noticia.
Él se echó hacia atrás en la silla. Mateo le buscó la mano y Gabriel la agarró sin mirar. Hicieron preguntas, algunas repetidas. Rivas respondió con paciencia y les dio la siguiente cita.
Al salir, Gabriel no quiso ir al coche. Bajaron al jardín del hospital y se sentaron en un banco húmedo. Mateo tenía la carpeta sobre las rodillas. Había escrito muy poco.
Gabriel empezó a llorar entonces, sin intentar que pareciera otra cosa. Mateo lo abrazó y sintió sus dedos aferrarse al abrigo. No le pidió que se calmara. Él también lloró, con la cara metida en el cuello de Gabriel, mientras alguien pasaba cerca empujando un carrito.
Después se separaron para respirar. Gabriel se secó la nariz con un pañuelo que acabó rompiéndose.
—Tienes uno mejor.
Mateo buscó en los bolsillos y encontró un paquete casi vacío. Se rieron al repartir los últimos.
Llamaron a las personas que habían estado cerca. Algunas lloraron, otras hicieron preguntas prácticas y Bruno soltó una exclamación tan fuerte que Gabriel apartó el teléfono. Elena dijo que se alegraba y después se quedó callada bastante rato. Mateo la oyó moverse al otro lado.
—¿Estás ahí?
—Sí. Estoy buscando dónde sentarme.
Volvieron a casa por una carretera secundaria porque Gabriel no quería llegar todavía. Pararon junto a una playa casi vacía. No bajaron a la arena; caminaron por el paseo y compraron dos cafés que se enfriaron antes de terminarlos.
—Quiero volver a Portugal —dijo Gabriel.
—No hemos ido.
—Pues quiero volver al plan de ir. No me corrijas hoy.
Mateo sonrió y le pasó su vaso para abrocharse el abrigo. Gabriel los sostuvo con cuidado. Cuando él recuperó el suyo, le besó la mano sin pensar.
Aquella noche pidieron comida. Ninguno tenía energía para celebrar como había imaginado. Gabriel se durmió antes de que terminara la película y Mateo la apagó sin esperar al final. Se quedó sentado a su lado, escuchando el ruido de un vecino en la escalera.
Por primera vez en mucho tiempo pudo pensar en una fecha que no fuera una cita: el cumpleaños de julio, quizá un viaje corto, la mesa de la casa. No hizo una lista. Dejó esas cosas sin ordenar mientras Gabriel dormía.
* * *
Dos días después del resultado, Gabriel pidió ir al almacén.
Quería revisar con Dani la documentación de un trabajo y ver los equipos; no iba a cargar ni a montar.
Mateo lo dejó allí de camino a una visita.
Llamó antes de la hora acordada para que lo recogiera.
No explicó por qué. Mateo terminó de tomar medidas y condujo hasta el polígono.
Lo encontró sentado junto a la entrada, con la chaqueta puesta. Dani estaba dentro hablando por teléfono. Álex apareció detrás de una estantería y saludó con demasiada energía.
—Nos ha venido bien que viniera —dijo—. Había una configuración que…
Gabriel se levantó.
—Vamos.
En el coche se quedó mirando sus manos. Mateo esperó a salir del polígono.
—¿Qué ha pasado?
—Nada que no supiera.
—Gabriel.
—He intentado cerrar un conector. Uno. De los que llevo veinte años cerrando.
Mateo redujo la velocidad al acercarse a una rotonda.
—Hoy no te ha salido.
—No me digas «hoy» de esa manera.
Él guardó silencio. Gabriel frotó las yemas contra la tela del pantalón.
—Dani ha seguido hablando para hacer como que no lo veía. Álex me lo ha quitado de la mano. Y yo les he dicho que se fueran a la mierda.
Mateo miró hacia él un instante.
—¿A los dos?
—No he repartido con precisión.
La respuesta tenía algo de humor, pero Gabriel no sonrió. Al llegar a casa fue directamente al dormitorio. Mateo dejó las llaves y llamó a Dani para avisar de que habían llegado. Él no pidió explicaciones.
—Que descanse —dijo—. Mañana hablamos.
Mateo estuvo a punto de disculparse en nombre de Gabriel. No lo hizo.
Por la tarde llamó Elena desde el taller. Había encontrado un uso para las tablas del armario que se había llevado en febrero y mandó una fotografía. Mateo pasó el teléfono a Gabriel, que bromeó con exigir una prueba de que no pensaba fabricar otro armario para vendérselo a Sara.
Elena se rio. Tuvo que interrumpirse para responder a una clienta que había entrado a preguntar por una silla. Gabriel escuchó cómo discutían un cambio que no estaba incluido en el precio.
—¿Cómo decides dejar de hacer una parte del trabajo? —preguntó cuando ella volvió al teléfono.
—Cuando no puedo o cuando no me compensa.
—¿Y si era la parte que más te gustaba?
Elena tardó en responder.
—Entonces me fastidio bastante antes de decidir nada.
Gabriel se frotó un dedo. Dijo que ya hablarían de las tablas otro día y le devolvió el teléfono a Mateo.
Aquella noche Gabriel llamó a Dani y a Álex.
No lo hizo encerrado; Mateo oyó las disculpas desde la cocina, distintas para cada uno.
Después hablaron de tareas que podía asumir sin forzar las manos.
Le ofrecieron revisar documentación y preparar configuraciones desde casa.
Gabriel preguntó cuánto tiempo llevaría cada encargo; dejó dos pendientes de respuesta.
Al terminar se sentó a la mesa. Mateo estaba revisando los días de abril con Clara. Gabriel miró el calendario y luego la pantalla.
—¿Has firmado ya esa parte?
—Sí. Lo cerramos en enero.
—Ya.
Mateo dejó de escribir.
—¿Qué pasa?
Gabriel abrió la boca, pero sonó el teléfono. Era Vera. Lo dejó vibrar hasta que se apagó.
—Tengo que contarte una cosa —dijo.
Mateo apartó el ordenador. Gabriel no empezó enseguida. Fue a por agua, volvió con un vaso y lo dejó entre los dos sin beber.