14. La espera siguiente
La espera siguiente
Abril avanzó despacio. La evaluación final estaba programada varias semanas después del último ciclo, para que el resultado pudiera interpretarse en el momento adecuado.
Mateo comprendía la explicación y detestaba el calendario.
Gabriel no quería hablar de fechas todos los días; algunas mañanas era él quien las contaba en voz alta.
El pelo empezó a volver de una manera desigual. Gabriel se observaba en el espejo del baño y preguntaba si siempre había tenido aquella forma de cabeza. Mateo le dijo una vez que sí y otra que no, para comprobar si estaba escuchando la respuesta. Recibió una toalla mojada en el pecho.
Las manos mejoraban poco y a ratos parecían iguales. Gabriel seguía las indicaciones del equipo y acudía a las valoraciones que le habían propuesto. Había tareas que podía hacer sin pensar y otras que lo detenían de golpe. Mateo aprendió a no convertir cada botón cerrado en una celebración.
La primera visita de trabajo de abril fue corta, antes de las dos semanas en que Tomás tendría que atender su otra obra.
Mateo pasó dos días en Madrid. Gabriel le había dicho que Vera pasaría una tarde; había reservado un taxi para una consulta.
La víspera, mientras Mateo preparaba la mochila, le pidió que comprara pan antes de irse.
—¿Algo más?
Gabriel repasó lo que había en la nevera.
—Con eso nos arreglamos.
Mateo dejó una nota sobre la mochila para no olvidarse.
En Madrid hubo un problema de obra que exigió una decisión inmediata.
Tomás lo resolvió antes de que Mateo llegara.
Mateo habría preferido resolverlo de otra manera.
Pasó la mañana revisando una solución a la que no encontró defectos.
Al hablar con Gabriel por la noche, admitió que le molestaba haberse vuelto menos imprescindible.
—Eso no puedo consolártelo mucho —respondió él—. Llevo meses viendo cómo Dani hace cosas que yo hacía mejor en mi cabeza.
Mateo se rio, incómodo.
—¿En tu cabeza?
—En la realidad también. Pero algunas no.
La conversación derivó hacia un error de Álex que ninguno necesitó justificar por enfermedad o cansancio. Mateo se acostó menos enfadado con Tomás. Al día siguiente le agradeció la decisión sin añadir cómo la habría hecho él.
Aquel segundo día, Inma le pidió quedarse al terminar la visita. Mateo pensó que quería comentar uno de los cambios de Tomás y empezó a buscar la hoja correspondiente. Ella le señaló dos sillas plegables, separadas por una caja de muestras.
—Necesito cerrar quién viene a las reuniones de mayo.
—Las tengo en el calendario.
—Tú y Tomás. Tengo a los dos en el calendario. No puedo justificar dos personas haciendo la misma visita.
Mateo dejó la hoja sobre la caja. Desde el patio llegaba el ruido de una radial. Inma esperó a que parara antes de seguir.
—El otro día os pregunté una cosa y recibí dos respuestas. Correctas las dos, pero distintas. El constructor eligió la que le venía mejor.
—Tomás y yo lo hablamos después.
—Yo estaba delante mientras no lo hablabais.
Mateo recogió la hoja otra vez. El borde tenía una esquina rota que dobló hacia dentro.
—Tomás puede llevar esas reuniones. Yo sigo preparando los detalles que me corresponden.
—¿Y vas a poder dejar que las lleve?
La pregunta lo irritó. Le contestó que llevaba meses delegando y que el reparto de trabajo estaba por escrito. Inma no discutió ninguna de las dos cosas. Sacó el teléfono y abrió un correo en el que él había pedido que no cerrasen una decisión hasta su llegada.
—Esto es del jueves. Después de que acordáramos que la cerraba él.
Mateo recordó el correo. Le había preocupado una cota; también le había molestado que nadie hubiera esperado a su respuesta. Inma guardó el teléfono sin obligarlo a reconocer lo segundo.
—No quiero entrar en vuestros problemas —añadió—. Bastante tengo con los míos. Pero necesito un interlocutor allí cada semana. Y necesito que, cuando me diga algo, no piense que tres horas después vas a corregírmelo tú.
Acordaron revisar el reparto con Clara. Mateo saldría de algunas reuniones en las que ya no aportaba una responsabilidad distinta.
La reducción de honorarios de mayo estaba contemplada; aun así, cuando vio qué jornadas desaparecían de su calendario, pidió conservar una de ellas.
Inma preguntó para qué. No encontró una respuesta que pudiera defender en voz alta.
Clara llegó cuando estaban recogiendo. Escuchó lo acordado y no intentó compensarlo con otro encargo. Le preguntó si podía tener listos los detalles de la escalera el viernes. Mateo dijo que sí. Esa parte seguía siendo suya.
En el tren abrió el archivo y trabajó durante una hora.
La solución que llevaba varios días esquivando apareció cuando dejó de intentar encajar una pieza estándar en un hueco que no la admitía.
Dibujó una alternativa, midió otra vez y se la mandó a Tomás.
Recibió una pregunta concreta; la respondió sin copiar a todo el equipo.
Gabriel llamó poco antes de llegar.
—¿Dónde estás?
—A veinte minutos.
—Bien. He pedido cena para dentro de cuarenta. A ver si tú cumples más que el restaurante.
Mateo miró por la ventanilla. Empezaban a encenderse las luces de los edificios junto a la vía.
—Hoy he perdido reuniones que ya había perdido. No sabía que se podía perder lo mismo dos veces.
—¿Qué ha pasado?
Se lo contó sin empezar por la radial ni por la manera de Inma de hacer preguntas. Gabriel lo escuchó hasta el final y luego quiso saber si aquello cambiaba lo que cobraría.
—Sí. Menos visitas en mayo, menos dinero.
—Joder. ¿Cuánto menos?
Mateo soltó una risa desagradable.
—Gracias. Me siento mucho mejor.
—Te lo pregunto en serio. Hoy llevo todo el día haciendo cuentas.
Mateo esperó. Gabriel explicó que habían terminado las cuentas trimestrales y había pagado una cantidad que no esperaba. Podía asumirla, pero le fastidiaba haber calculado mal. Había pasado la tarde llamando al gestor para entender de dónde salía.
—Te cuento lo mío cuando llegues —dijo—. No quería soltártelo en el tren.
—Ya has empezado.
—Ya. Hoy tampoco me sale bien la organización.
En casa encontraron la cena esperando a los dos. El restaurante había llegado pronto por una vez. Gabriel puso los envases sobre la mesa y Mateo sacó platos. Comieron arroz demasiado frío mientras comparaban dos decepciones que no necesitaban convertirse en una competición.
Más tarde Mateo recibió la aprobación de Tomás para el detalle que había enviado. Se lo enseñó a Gabriel. Él amplió la imagen, preguntó para qué servía una pieza y entendió la explicación a la segunda.
—Eso sí me gusta —dijo.
Mateo volvió a mirar el dibujo. Antes de irse a dormir, guardó aquella versión con su fecha y envió la documentación que faltaba. No abrió el calendario de las reuniones.
* * *
Una noche, Gabriel creyó notar algo distinto en el cuello. Llevaba varios minutos palpándose una zona cercana a la cicatriz de la biopsia delante del espejo. Mateo lo encontró con la camiseta apartada y la luz del baño encendida.
—¿Qué haces?
Gabriel retiró la mano.
—Nada. Me he notado una cosa.
Mateo se acercó por reflejo y luego se detuvo. No sabía qué estaba buscando ni habría sabido interpretar lo que tocara. Gabriel le pidió que mirara, después dijo que lo dejara. El cambio de opinión los dejó a ambos inmóviles frente al espejo.
—No voy a saber decirte qué es —admitió Mateo.
—Ya lo sé.
Él volvió a palparse y se enfadó consigo mismo.
—Ahora me duele de tocarlo.
Mateo le acercó la camiseta para que se la colocara bien. Se sentaron en la cocina. Gabriel abrió la carpeta y buscó el contacto para consultas. Acordaron comunicarlo al equipo según las indicaciones que tenían, y dejaron el teléfono sobre la carpeta, con el número preparado.
Aquella noche durmieron mal. Mateo se levantó temprano y preparó café, aunque Gabriel dijo que no le apetecía.
Al hablar con el equipo, les indicaron cómo proceder y organizaron una valoración.
Rivas no encontró en la exploración un motivo para adelantar la prueba prevista.
Les recordó que aquella consulta no sustituía la evaluación pendiente y que avisaran de cualquier cambio.
Aun así, Gabriel tardó varios días en dejar de llevarse la mano al cuello.
Lo que más le molestaba era haber sentido que volvía al principio. Se lo dijo a Mateo una tarde, mientras intentaban doblar una sábana de matrimonio entre los dos.
—La prueba buena todavía no la tenemos y yo ya estaba haciendo planes como un idiota.
Mateo sujetó las esquinas que le correspondían.
—Hacer planes no cambia el resultado.
—Ya sé que no. No me hables como si creyera en una maldición.
Él dejó de tirar de la sábana.
—Entonces no sé qué quieres decir.
Gabriel bajó los brazos y la tela rozó el suelo.
—Que me da vergüenza ilusionarme y después tener que retirar todo lo que he dicho. Las ganas de viajar, de volver al trabajo. Parece que me lo he creído demasiado pronto.
Mateo recogió la parte de tela que había caído. Recordó los billetes que aún no había comprado. Juntó las esquinas de la sábana y tuvo que separarlas otra vez: Gabriel sujetaba el extremo contrario. Esperó a que Gabriel cambiara de mano.
—He vuelto a mirar el hotel —dijo Mateo.
Gabriel dejó de tirar.
—¿Y?
—La habitación que te gustaba sigue ahí. Más cara, por supuesto.
—Son unos cabrones.
—Y tienen otras fotos. La terraza es minúscula.
Gabriel se acercó para juntar las esquinas.
—Después me la enseñas. Ahora suelta, que me estás quitando toda la sábana.
Doblaron la sábana mal y la guardaron así. Después salieron a comprar comida. Gabriel se detuvo delante de una frutería para elegir naranjas una por una; Mateo estuvo a punto de decir que todas parecían iguales. Lo dejó tardar.
En casa pusieron las naranjas en un cuenco. Gabriel cogió una y se sentó a pelarla. Le costó separar una parte de la piel y usó un cuchillo pequeño con cuidado. Mateo preparó los platos para la cena.