La vida que quiero (Todo lo que nunca fui nº 3) 13. La última sesión #3
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13. La última sesión #3

Una tarde fueron hasta el paseo. Gabriel caminó menos de lo que había previsto y tuvieron que sentarse en el primer banco. A su lado había una pareja mayor compartiendo una bolsa de pipas. La mujer ofreció a Gabriel y él rechazó con educación. Después se quedó mirando el mar.

—Pensaba que iba a estar más contento.

—Yo también.

Gabriel le tomó la mano, por encima del abrigo.

—¿Tú también pensabas que yo iba a estar más contento o tú?

Mateo tardó un momento.

—Las dos cosas.

Él apretó un poco los dedos. Volvieron a casa cuando empezó a refrescar y calentaron la cena que habían dejado preparada.

* * *

El sábado Gabriel preguntó si podía ir con él a comprar unas botas. Mateo había quedado con Bruno para ver un partido a las seis; la tienda cerraba antes de que terminaran. Consultó la hora y propuso salir después de comer.

—A esa hora estoy hecho polvo —dijo Gabriel.

—Puedo ir ahora.

—Ahora aún no he desayunado.

Mateo dejó las llaves junto a la puerta. Durante unos segundos ninguno pareció dispuesto a ofrecer una tercera posibilidad. Él tenía ganas de ver a Bruno y le molestó notar que ya estaba ensayando una explicación para cancelar. Gabriel debió de advertirlo, porque añadió:

—Ve al partido. Lo dejamos.

—No hace falta dejarlo. Podemos ir el lunes.

—El lunes tienes trabajo.

—Una parte por la tarde.

Gabriel acercó la taza y se quedó mirando el café. Mateo estuvo a punto de preguntarle si las botas eran urgentes. Se detuvo al recordar los cordones que le había atado dos días antes sin comentar nada.

—¿Es por los cierres?

Gabriel tardó en responder.

—Vi unas que puedo ponerme solo. Me gustaría no tener que pedirte ayuda para salir de casa.

Mateo se sentó. Le sorprendió lo poco que sabía de una petición que había oído entera.

—Vamos el lunes por la mañana. Tengo que dejar unos planos antes, pero a las diez puedo estar aquí.

—¿Seguro?

—Sí. Si se alarga, te llamo. No te quedes vestido esperando desde las nueve.

Gabriel se echó hacia atrás con una sonrisa apenas visible.

—A las nueve no voy a estar vestido ni aunque me pagues.

Mateo fue al partido. Bebió una cerveza, protestó por un cambio que no entendía y se encontró mirando el teléfono en dos ocasiones. La segunda lo dejó dentro del abrigo. Bruno le contó que estaba pensando en cambiar de trabajo y que Sara sabía menos de aquella posibilidad que él.

—Pues háblalo con ella —dijo Mateo.

—Ya. Voy a hacerlo.

—Eso suena fatal.

Bruno lo miró y ambos se rieron, incómodos. Luego le explicó que todavía no había una oferta, solo una conversación con un antiguo compañero. Mateo escuchó. Se marchó a las ocho y media, después de mandar un mensaje para decir que compraba cena.

Gabriel lo esperaba en el salón. Había terminado un libro y estaba de mal humor con el final. Se lo contó con tanto detalle que Mateo tuvo que recordarle que aún no lo había leído.

—Te estoy ahorrando cuatrocientas páginas.

—Te agradezco el servicio.

Comieron con el partido de otro equipo en la televisión. A mitad de la cena Gabriel le robó una patata del plato y él acercó el envase para que pudiera coger otra. Al acostarse, Gabriel le preguntó si había cancelado alguna cita para acompañarlo el lunes.

—No. Los planos los dejo antes. Ya te he dicho que puedo.

Gabriel apagó su lámpara. Pasó un rato antes de que buscara la mano de Mateo por debajo de la sábana.

El lunes llegaron a la tienda con quince minutos de retraso. Mateo había avisado desde la obra. Gabriel estaba vestido cuando subió a buscarlo, pero no lo esperaba junto a la puerta; terminó el café y dejaron las tazas sin recoger.

Las botas no resultaron cómodas. La primera le rozaba un tobillo y la segunda tenía un cierre duro que el dependiente abrió con tanta facilidad que Gabriel dejó de intentarlo.

Mateo se sentó en el banco contiguo. Vio cómo el hombre miraba el gorro, luego los dedos, y se apresuró a traer otro modelo sin hacer preguntas.

—Estas las lleva mucha gente mayor —dijo.

Gabriel sostuvo una bota en el aire.

—Una descripción irresistible.

El dependiente enrojeció y Mateo tuvo que mirar hacia el escaparate para no reírse. Gabriel acabó riéndose también, para alivio del hombre. Se probó el par, dio unos pasos y pidió otro número.

Estuvieron casi una hora. Mateo había previsto pasar por el banco; ya no le daba tiempo. No lo anunció como una renuncia. Respondió al mensaje que lo esperaba y guardó el teléfono.

Al salir, Gabriel llevaba las botas nuevas puestas. Las antiguas iban dentro de la caja.

—Gracias por venir.

—Acompañarte a comprar zapatos está incluido en el contrato.

—No recuerdo haber firmado esa cláusula.

—La letra era pequeña.

Gabriel se detuvo delante de un escaparate. Le señaló un jersey que no parecía pertenecer a la misma estación que el resto de la ropa. Mateo dijo que le gustaba y recibió una mirada incrédula.

—Entra —dijo Gabriel—. Me siento con fuerza para discutir por ese color.

Mateo miró la hora y entraron. El jersey le quedaba corto de mangas.

Gabriel pidió otra talla; tampoco le gustó cuando salió del probador.

Mateo acabó comprándolo porque a él sí, aunque para entonces Gabriel había encontrado tres motivos distintos para devolverlo.

La bolsa de las botas se quedó olvidada junto al banco y tuvieron que regresar desde la esquina.