La vida que quiero (Todo lo que nunca fui nº 3) 13. La última sesión #2
65%

13. La última sesión #2

Al salir, llovía. Mateo fue a buscar el coche y volvió a la entrada.

Gabriel esperaba bajo el alero, con la bolsa colgada de un hombro y la chaqueta cerrada hasta arriba.

Se parecía tanto a sí mismo que Mateo sintió ganas de llorar sin saber por qué.

Bajó del coche para abrirle y recibió una protesta porque estaba mojándose inútilmente.

—Entra tú también, idiota.

Obedeció. Durante el trayecto, Gabriel apoyó una mano sobre su pierna.

No hablaron hasta llegar al portal. En casa había una bolsa de Vera junto a la puerta.

La había dejado con el vecino después de preguntar si les parecía bien.

Dentro había una empanada de la panadería que Gabriel sí aprobaba y una nota: «No lleva consejos».

Comieron poco. Gabriel estaba cansado y Mateo guardó el resto para el día siguiente. Después se tumbaron en la cama vestidos, sin decidirlo del todo. Él apoyó la cabeza en el pecho de Mateo y escuchó un rato.

—Me da miedo que ahora esperéis que me ponga bien deprisa —dijo.

Mateo pasó la mano por su espalda.

—Yo también tengo ganas de que estés mejor.

—Ya.

—¿He dicho algo?

Gabriel permaneció callado. Apartó un hilo que se había quedado prendido de la camiseta de Mateo.

—No. Bueno, lo de ir a Gijón. Ya estás mirando cuándo.

—Lo has dicho tú.

—Y puedo decir una cosa sin que haya que hacerla el sábado.

Mateo iba a recordarle quién había propuesto el viaje.

Lo dejó pasar y acercó la manta. Gabriel protestó porque tenía calor, pero se la quedó sobre los pies.

Se durmió poco después. Mateo permaneció despierto, con una pierna entumecida debajo del cuerpo de Gabriel, hasta que pudo apartarla sin despertarlo.

La tercera noche después de la última sesión, Gabriel se despertó enfadado con una felicitación.

La había leído antes de acostarse: alguien decía que ya podía olvidarse de todo y volver a ser el de siempre.

No respondió entonces. A las cuatro de la mañana estaba en la cocina escribiendo una respuesta que borraba y volvía a escribir.

Mateo lo encontró sentado, con el móvil iluminándole la cara.

—¿Te encuentras mal?

Gabriel le enseñó el mensaje.

—Estoy a punto de ganarme un enemigo.

Él lo leyó. Entendió la intención de quien lo había enviado y también por qué Gabriel no podía recibirla como una alegría simple. Se sentó enfrente, sin tocar el teléfono.

—¿Qué quieres responder?

Gabriel leyó en voz alta una frase dura. Mateo hizo una mueca involuntaria.

—Demasiado —admitió él.

—No te he dicho nada.

—Lo has dicho con toda la cara.

Pasaron unos minutos buscando una respuesta menos cruel. Al final Gabriel decidió no escribir hasta la mañana. Dejó el teléfono lejos y se quedó mirando el borde de la mesa.

—No sé quién es el de siempre.

Mateo esperó.

—No me refiero a que me haya convertido en otra persona interesante. Sigo siendo igual de pesado. Pero antes podía levantarme y salir sin revisar si iba a cansarme a medio camino. Ahora hasta ducharme algunos días es una decisión.

Él le acercó un vaso de agua. Gabriel bebió y lo dejó con cuidado.

—Y encima todo el mundo está contento. Yo también quiero estarlo. Pero si hoy digo que me encuentro hecho una mierda parece que estropeo la buena noticia.

Mateo apoyó los codos sobre la mesa.

—Yo ayer se lo dije a Bruno. Que habíamos terminado.

Gabriel volvió a coger el teléfono y lo dejó sin encender.

—Ya. Yo también lo digo.

No hablaron durante un rato. En la calle pasó un vehículo de limpieza y el ruido se mantuvo debajo de la ventana más tiempo del que parecía posible. Gabriel acabó riéndose de la idea de que alguien pudiera barrer una calle a aquella hora con tanto empeño.

Mateo le preguntó si quería volver a la cama.

Él negó. Prepararon algo caliente y se quedaron en la cocina hasta que empezó a clarear.

Hablaron de una habitación del hotel de Portugal que habían visto en la revista, de un viaje anterior en el que Mateo había dormido mal por un colchón demasiado blando.

Gabriel imitó la forma en que había intentado pedir otra almohada y consiguió hacerlo reír.

Por la mañana, respondió al mensaje con una frase sencilla: agradecía el cariño, todavía estaba recuperándose y habría días mejores y peores. No adjuntó una explicación de su estado ni pidió perdón por no estar eufórico.

Mateo canceló una reunión que podía hacerse por correo y durmió dos horas más. Al levantarse, Gabriel estaba preparando una lista de cosas que quería retomar. Había tachado varias porque le parecían demasiado ambiciosas para esa semana.

—No la conviertas en deberes —dijo Mateo.

Él levantó una ceja.

—¿Tú me estás diciendo eso?

Mateo se rindió con una sonrisa. Gabriel escribió al final «no escuchar consejos del arquitecto» y dejó el papel sobre la mesa.

Una de las cosas de la lista era volver a escuchar música sin hacer nada más. Lo hicieron esa tarde, sentados en el suelo con cojines porque Gabriel decía que desde allí se oía mejor. Mateo sospechaba que no era verdad, pero no tenía pruebas suficientes para discutirlo.

Los días siguientes fueron difíciles. El final de las sesiones no hizo desaparecer el cansancio ni las molestias.

Gabriel se enfadó con el calendario porque ya no había una próxima fecha que diera forma a la espera.

Mateo también se descubrió buscando algo que hacer.

Llamó a la casa para confirmar una revisión, abrió un presupuesto y lo cerró antes de convertir la reforma en una ocupación urgente.