La vida que quiero (Todo lo que nunca fui nº 3) 13. La última sesión
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13. La última sesión

La última sesión

En marzo, la última sesión volvió a cambiar de fecha. Una analítica obligó a posponerla y el equipo les explicó cuándo repetirla. Mateo sintió que se desordenaba el mes entero. Gabriel preguntó por el nuevo calendario con una serenidad que duró hasta salir del hospital.

—Estoy harto —dijo en el ascensor.

No había nadie más. Mateo se acercó, pero él se apartó para apoyar la espalda en la pared.

—No quiero otra semana pendiente. Quiero acabar.

—Lo sé.

—No, no me digas eso ahora.

Mateo dejó de hablar. Gabriel miró los números bajar y se secó una lágrima con la manga, furioso por que hubiera aparecido. Al abrirse la puerta caminó deprisa hasta que tuvo que reducir el paso.

En casa, la demora complicó una visita de trabajo de Mateo y una ayuda que Vera había organizado. Ninguno estaba disponible en la nueva fecha. Gabriel propuso ir solo, con un taxi de ida y vuelta. Mateo respondió que quería acompañarlo a la última sesión, y buscaría cómo cambiar la visita.

—No he dicho que no vengas.

—Has dicho que irías solo.

—Porque estabas mirando el calendario con cara de no poder.

Mateo cerró la agenda.

—Puedo mover una visita. No puedo mover todas. Esta quiero moverla.

Gabriel cerró la agenda que Mateo había dejado sobre la mesa. Mateo llamó a Tomás, que aceptó cubrir la visita a cambio de que él preparara antes la documentación y asumiera otra tarea.

Tomás llamó aquella tarde porque el detalle de una puerta no coincidía con el plano general. Mateo buscó la versión que había enviado y reconoció una cota antigua. Llevaba media hora intentando dejar aquella carpeta lista; al arrastrar el archivo había elegido el anterior.

—Ahora te mando la buena.

—¿Cuál llevo a la visita?

Mateo le dio la referencia.

—Esa es la que tengo delante.

Abrió el documento. Tomás esperó al teléfono mientras él recorría las páginas. La primera estaba bien; la segunda pertenecía a otra entrega.

—Dame una hora —dijo.

—La miro antes de cenar. Después no puedo.

Mateo dejó el móvil boca abajo y abrió de nuevo la carpeta. Revisó la documentación completa, no solo el archivo señalado. Encontró otra discrepancia y la corrigió. Al terminar, eran casi las nueve. Gabriel estaba en la cocina preparando algo sencillo y lo llamó para cenar.

—Cinco minutos.

Pasaron veinte. Cuando salió, Gabriel había empezado a comer. Había dejado su plato tapado sobre la encimera.

—Se enfría —dijo.

Mateo quiso explicar por qué había tardado. Gabriel lo escuchó dos frases y después negó con la cabeza.

—Puedes tardar si tienes trabajo. Pero no me digas cinco minutos para que yo me quede esperando.

Él dejó el plato en la mesa. Había calculado mal lo que le faltaba y ni siquiera se había asomado para avisar.

Mateo se sentó. Se disculpó sin añadir una explicación más larga.

Comieron con la radio encendida. Al terminar, Gabriel preguntó qué había pasado en la llamada. Esta vez Mateo lo contó sin usarlo como defensa del retraso. Admitió que había enviado mal un archivo y que le fastidiaba parecer menos fiable justo cuando estaba pidiendo flexibilidad.

—Quizá le fastidia tener un plano equivocado, no toda tu persona —dijo Gabriel.

Mateo soltó una risa breve.

—Esa distinción me cuesta.

—Lo había notado.

Más tarde Tomás confirmó que tenía todo lo necesario. Mateo respondió dando las gracias y reconociendo el error concreto. Borró lo que había empezado a añadir después. Cerró el ordenador y dejó el teléfono cargando fuera del dormitorio.

La semana de espera tuvo días malos y uno inesperadamente bueno.

El miércoles Gabriel quiso ir a la casa.

Hacía sol y no tenían ninguna cita hasta la tarde.

Mateo abrió las ventanas de la planta baja; el olor a cerrado había disminuido desde el arreglo de la humedad.

La pared seguía sin pintar, marcada por el trabajo reciente.

Gabriel atravesó la cocina hasta el comedor.

—Si abrimos, la mesa debería ir aquí.

Mateo sacó el plano del bolso.

—Podemos mirarlo.

—Sin presupuesto hoy.

—Sin presupuesto no existe nada.

—Entonces hoy vamos a hacer fantasía.

Movieron dos sillas para imaginar el paso.

Mateo cargó las pesadas; Gabriel arrastró una ligera hasta el sitio que quería.

Discutieron sobre una lámpara y sobre si conservar un aparador que ocupaba demasiado.

El desacuerdo no tenía relación con el tratamiento ni con Madrid, y ambos parecieron disfrutarlo un poco.

Al subir al dormitorio, Gabriel vio el hueco del armario.

—Ha quedado raro.

—Más grande.

—También.

Mateo sacó del bolsillo la fotografía escolar que había llevado allí sin saber bien para qué. Se la enseñó. Gabriel la observó con una crueldad alegre.

—Ese flequillo explica muchas cosas.

—Mi madre decía que estaba guapo.

—Tu madre te quería.

Mateo se rio. Guardó la fotografía en una carpeta y bajaron. En la cocina, Gabriel se sentó sobre una mesa vieja y lo atrajo por la cintura.

—¿Me vas a enseñar la foto a mí solo? —preguntó Gabriel.

—Si la mandas a Bruno, te dejo aquí.

Gabriel le metió los dedos bajo el jersey.

—Con este frío no duras ni diez minutos sin mí.

Se besaron. Gabriel tenía la piel fría por la casa y Mateo le cerró un poco la chaqueta antes de volver a besarlo.

Esa tarde acudieron a la revisión. Gabriel respondió a las preguntas sobre el cansancio y la analítica pendiente. Mateo quiso saber si una nueva demora alteraría la evaluación final. Rivas les explicó cómo se recalcularían las citas y qué debían hacer antes de acudir.

Al salir, Gabriel preguntó si quería comentar algo más en el coche.

—No ahora —respondió Mateo—. Lo he entendido.

—Vale.

La siguiente analítica permitió continuar. Recibieron la confirmación mientras estaban comprando comida. Gabriel dejó una caja en el carro y se quedó quieto, con el teléfono en la mano.

—Vamos el martes.

Mateo apoyó los dedos en su muñeca.

—El martes.

Compraron demasiado pan y olvidaron el detergente. Al salir, Gabriel se acordó y quiso volver. Mateo señaló el coche, cansado.

—Mañana.

Él lo miró con una sorpresa que terminó en una sonrisa.

—Esto sí que no lo tenía previsto.

* * *

No llevaron nada para celebrar. Gabriel había dicho que no quería globos, fotografías ni una frase sobre haber ganado una batalla. Mateo preparó la bolsa habitual y añadió un libro que quizá no abrirían. En el coche, antes de bajar, hicieron una foto de la plaza de aparcamiento.

—Eso sí puede ir en el álbum —dijo Gabriel.

En el hospital de día los recibieron con la familiaridad adquirida durante meses.

Alicia preguntó por las manos y por el cansancio; Gabriel respondió mientras se quitaba la chaqueta.

La sesión empezó con los procedimientos de siempre.

Aquella repetición lo tranquilizó y le produjo una tristeza que no esperaba.

Mateo se sentó a su lado. Había dejado el ordenador en casa. Gabriel lo notó al abrir la bolsa.

—¿Te has olvidado?

—No.

—Vas a aburrirte.

—Probablemente.

Él le pasó un libro.

—Este tiene asesinatos. Ayuda con la espera.

Leyeron poco. Hablaron de cosas que habían dejado pendientes: una visita a Gijón, la reparación de una persiana del piso, un concierto al que no sabían si podrían ir. Ninguno compró entradas desde el teléfono. Mateo no sintió la necesidad de convertir cada idea en una tarea.

El día de la visita, Tomás resolvió dos cuestiones y dejó otra pendiente para que la revisaran juntos.

Mateo leyó el informe desde el hospital, sentado junto a Gabriel.

Durante unos minutos se sintió fuera de una parte del trabajo que le importaba.

Después respondió a la pregunta que sí necesitaba su intervención y guardó el móvil.

Gabriel lo miró desde el sillón.

—¿Ha ido bien?

—Sí.

—¿De verdad o para que no pregunte más?

Mateo sostuvo la mirada un momento.

—De verdad. Y me fastidia un poco que haya ido bien sin mí.

Gabriel sonrió con cansancio.

—Esa te la creo.

A media mañana Gabriel se quedó dormido. Tenía la boca entreabierta y una mano apoyada sobre la manta. Mateo la miró sin contar respiraciones. Después abrió el libro y consiguió leer un capítulo entero.

Cuando despertó, Gabriel preguntó cuánto faltaba.

Alicia estaba atendiendo a otra persona y él esperó a que terminara.

Mateo recordó lo difícil que le había resultado al principio no buscar una respuesta inmediata para cada duda.

Ahora reconocía el movimiento de la sala, los tiempos en los que podía levantarse, la forma en que el ruido de una bomba no significaba siempre una urgencia.

—Se me va a hacer raro no venir —dijo Gabriel.

Mateo cerró el libro.

—A mí también.

—Y me da rabia que se me vaya a hacer raro. Quiero salir de aquí y no pensar en esto nunca más.

—Todavía hay revisiones.

Gabriel lo miró.

—Ya lo sé.

Mateo bajó la vista al libro.

—Perdona.

Él le dio un toque con el pie.

—Hoy puedes equivocarte. Pero poco.

La última parte de la sesión se hizo lenta. Gabriel estaba incómodo en el sillón y había perdido las ganas de leer. Mateo le enseñó fotografías que Elena había enviado: las tablas del armario, limpias y cortadas, apoyadas en el taller. Aún no había decidido en qué convertirlas.

—Dile que no haga otro armario —pidió Gabriel.

Mateo escribió el mensaje. La respuesta llegó enseguida: «No acepto instrucciones de quien no pudo desmontarlo».

Se rieron los dos. Alicia se acercó para terminar y Gabriel tuvo que dejar el teléfono.

Cuando le retiraron lo que quedaba, observó su brazo un momento.

Mateo guardó los libros despacio, dándole tiempo.

Se despidieron con agradecimientos torpes. Gabriel se acordó del nombre de una enfermera que aquel día no estaba y pidió que le dieran recuerdos. No quiso hacer una fotografía. Alicia le deseó una buena recuperación y recordó a quién llamar si surgía algún problema.

En el pasillo, Gabriel se detuvo. Mateo creyó que estaba mareado y se acercó.

—¿Qué pasa?

—Nada. Quería mirar una vez más.

La puerta del hospital de día se cerró detrás de una camilla. Gabriel se volvió hacia el ascensor.