La vida que quiero (Todo lo que nunca fui nº 3) 12. Lo que sale bien #2
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12. Lo que sale bien #2

Mateo abrió el presupuesto. Sergio seguía al teléfono; juntos buscaron qué podía aplazarse sin dejar las salas inutilizables. Al cabo de media hora, él tenía tachada una zona del dibujo que le había gustado desde la primera visita.

La cubierta del patio ya había quedado fuera de la primera fase.

Esta vez Mateo tuvo que recortar también su acondicionamiento: pavimento, bancos y parte de la iluminación.

Había pasado tardes ajustando aquel rincón a la escalera.

Quitó los bancos a medida del cómputo y el presupuesto bajó.

Miró la planta sin ellos y sintió una pérdida pequeña, profesional, que no quiso ridiculizar comparándola con el resto de su vida.

Aquella noche trabajó hasta tarde. Gabriel estaba preparando un informe técnico para sus socios en la misma mesa. De vez en cuando paraba para descansar las manos; Mateo lo veía, pero no comentaba cada pausa.

—¿Puedo ver eso? —preguntó Gabriel al oírlo maldecir una cifra.

Mateo giró la pantalla. Le explicó el recorte y la alternativa que quería defender. Gabriel escuchó, hizo dos preguntas y pidió los datos de uso de las salas.

—Aquí no tienes un problema de gustos —dijo—. Tienes horarios que se pisan. Haz que lo vean.

Trabajaron juntos durante una hora. Dibujaron una mañana de ensayo con tres grupos y una persona intentando descansar en la habitación contigua.

Mateo añadió los criterios del especialista acústico.

Al reproducir la secuencia, los tres ensayos coincidían durante una hora con el descanso de los residentes. Lo marcó en rojo.

—Esto sí lo van a entender —dijo.

Gabriel se echó hacia atrás.

—Y si no, les pones una batería en la reunión.

Mateo le besó el hombro. Gabriel sonrió, pero retiró la mano del ratón con una mueca rápida. Él preguntó si quería parar. Gabriel dijo que sí.

Al día siguiente defendieron la propuesta. Conservaron el aislamiento y renunciaron a una parte del tratamiento del patio. Inma pidió que la fase aplazada quedara dibujada y presupuestada para no tener que empezar de cero en el futuro. Mateo cerró el dibujo del patio sin borrar la versión anterior.

El problema llegó después, con los plazos.

La fundación quería anticipar una parte de la obra y Tomás no podía absorber tantas visitas adicionales.

Clara propuso que Mateo pasara tres días semanales en Madrid durante un periodo acotado, más adelante, cuando terminara la fase intensa del tratamiento de Gabriel.

—No te pido que me contestes hoy —dijo—. Pero necesito saber si podemos contar con eso o si hay que contratar a otra persona.

Mateo pidió fechas y costes. Le mandaron un calendario desde abril hasta junio. Si aceptaba, tendría que organizarse de otro modo en Valnera. Si no, perdería una parte de los honorarios y del trabajo que quería hacer.

Lo habló con Gabriel esa noche. Él leyó el calendario con atención. La última sesión estaba prevista para finales de febrero, quizá marzo si había otra demora; la evaluación posterior llegaría después. Mateo señaló ese solapamiento.

—No quiero decidir suponiendo que en abril todo estará resuelto.

—No lo estará todo —respondió Gabriel—. Pero tampoco puedes esperar a que no haya ninguna cita.

—No son solo las citas. Es cómo estés.

Gabriel dobló el papel por una esquina y volvió a alisarlo.

—Puedo quedarme aquí. Lo he hablado con Vera.

—¿Puede esas semanas?

Gabriel pasó el dedo por las casillas de abril.

—Nos arreglamos.

Mateo buscó el mensaje de Clara. Necesitaban cerrar dos semanas de tres días seguidos; el resto podía repartirlo con Tomás. Su compañero tenía otro encargo y estaba reservando aquellas fechas hasta que él respondiera.

—Si digo que sí, Tomás confirma lo suyo. No podré cambiarlas el viernes anterior.

—Diles que sí.

—Pero ¿puede Vera o no?

Gabriel levantó la cabeza.

—Y yo te he dicho que lo hacemos.

Mateo se sentó frente a él.

—Podemos dejarlo en dos días.

Gabriel apartó el papel para alcanzar la jarra de agua. Se sirvió sosteniéndola con las dos manos; Mateo le sujetó el vaso para que no se desplazara.

—Quiero que lo hagas —dijo Gabriel.

Mateo guardó el mensaje sin responder todavía. Le gustaba imaginar aquellas semanas en el edificio, trabajando hasta dejar una planta lista en vez de marcharse siempre con asuntos a medias. Le dijo que confirmaría el viernes.

Aquella noche durmieron abrazados al principio y separados después, buscando cada uno una postura cómoda. Mateo se despertó una vez y vio a Gabriel con los ojos abiertos.

—¿Te duele algo?

—No. Estoy pensando.

—¿En qué?

—En trabajo.

Mateo le rozó el brazo y volvió a dormirse. Por la mañana encontró a Gabriel en la cocina, mirando un presupuesto antiguo de los equipos que habían aplazado. Lo cerró al verlo.

El viernes Mateo confirmó las dos semanas completas.

Tomás cubriría las restantes con el refuerzo que habían previsto.

Clara mandó el calendario cerrado y él lo imprimió; Gabriel le alcanzó el imán para ponerlo en la nevera.

Esa tarde, Mateo rechazó una reforma local cuyo inicio coincidía con el viaje.

La clienta necesitaba empezar antes del verano.

Le dio el contacto de Celia y, después de colgar, fue a contárselo a Gabriel.

—¿La conocía? —preguntó él.

—Todavía no. Ya hablarán.

Gabriel siguió con el dedo las dos semanas marcadas. Mateo acercó el calendario para corregir una fecha de entrega que no se leía bien.

Dos días después llegó la factura del arreglo de la humedad de la casa. El trabajo había quedado bien; la pared necesitaría secar antes de pintar. Mateo la pagó con ahorros y retiró de su hoja de cálculo una partida prevista para ventanas. Cuando Gabriel preguntó, le enseñó el cambio.

—Esto puede esperar —dijo.

Él asintió. Después señaló la planta baja del dibujo y sugirió una mesa larga, sencilla, que pudieran mover cuando hubiera gente.

—No de esas que necesitan seis hombres para cambiar de sitio.

—Conozco a seis hombres.

—Yo soy uno y estoy votando en contra.

Mateo dibujó una mesa más ligera.

* * *

Una mañana de febrero, Mateo fue a la casa.

Elena había llegado para desmontar el armario con herramientas adecuadas y un hombre del taller que la ayudaba en encargos grandes.

Se llamaba Óscar y no tenía ningún interés en las historias familiares del mueble.

Lo examinó, pidió espacio y empezó a trabajar.

En dos horas separaron las piezas. Mateo encontró detrás un billete de autobús viejo, una moneda y una fotografía escolar doblada. Elena guardó las tablas útiles y apartó las que no merecían reparación.

—¿Estas las quieres? —preguntó, señalando dos puertas.

Mateo pensó en decir que sí. Después vio el volumen que ocuparían y negó.

—Llévatelas.

Óscar las bajó sin ceremonia. La habitación quedó más grande y menos terminada. En la pared había una franja de pintura distinta que Mateo tendría que cubrir si algún día usaba aquel cuarto.

Elena se quedó mirando la fotografía escolar.

—¿Te peinaban así a propósito?

—A nadie debería gustarle.

Ella se rio y le devolvió la foto. Mateo la guardó en el bolsillo y ayudó a llevar las herramientas hasta la furgoneta.

Gabriel había recibido el quinto ciclo unos días antes y aquella mañana había preferido quedarse en el piso.

Al volver, Mateo le enseñó cómo había quedado la habitación.

Tuvieron que ampliar una de las imágenes para averiguar qué era la mancha de la pared; después Gabriel quiso ver la fotografía escolar que llevaba en el bolsillo.

Se rio del flequillo y le preguntó quién era el chico de al lado.

Mateo recordaba su apellido, pero tardaron toda la comida en sacar el nombre.