La vida que quiero (Todo lo que nunca fui nº 3) 12. Lo que sale bien
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12. Lo que sale bien

Lo que sale bien

La noticia favorable llegó en una consulta ordinaria, entre una pregunta sobre el cansancio y otra sobre el apetito.

La valoración de respuesta mostraba una mejoría importante.

Rivas explicó el alcance del resultado y recordó que todavía faltaba completar el tratamiento y evaluarlo al final.

Gabriel la escuchó sin moverse. Mateo tuvo que pedirle que repitiera una frase porque no estaba seguro de haberla entendido bien.

—Está respondiendo —dijo ella.

Gabriel apoyó los codos en las rodillas y bajó la cabeza. Mateo le puso una mano en la espalda. Durante unos segundos no supo si estaba llorando; después lo oyó reír, una risa breve y extraña que se cortó enseguida.

—Perdón —dijo Gabriel.

—No tiene que disculparse.

La consulta continuó. Rivas preguntó si las manos habían empeorado desde el ajuste.

Gabriel dijo que no; contestó también sobre los botones y el cansancio.

Mateo oyó la pregunta mientras buscaba en la agenda el día de la siguiente sesión.

Gabriel había vuelto a señalar la pantalla del resultado y Rivas se giró para explicarle una zona de la imagen.

Salieron sin acabar de creérselo. Mateo repasaba la explicación de Rivas y Gabriel tuvo que recordarle dos veces dónde habían aparcado.

En el aparcamiento, Mateo no encontró las llaves. Las tenía en el bolsillo que acababa de revisar. Gabriel se las señaló y se apoyó en la puerta del coche.

—Quiero comer fuera.

—¿Ahora?

—Son las dos.

—Sí. Claro.

Eligieron un restaurante que no les traía ningún recuerdo.

Gabriel pidió una mesa apartada y Mateo llamó a Bruno desde la entrada para contarle el resultado, con las mismas cautelas que había usado Rivas.

Su amigo soltó una palabrota de alivio. Mateo se rio y tuvo que aclararse la voz antes de seguir.

Gabriel habló con Vera y después con Álex. A su madre la llamó más tarde, cuando ya habían pedido. Mateo escuchó cómo repetía que todavía no habían terminado y que no, que no iba a celebrar una fiesta con todo el mundo. Al colgar tenía los ojos brillantes y una expresión agotada.

—No quiero pasar el día explicándolo.

Mateo guardó el teléfono. Comieron sin mandar más mensajes.

La comida fue buena, aunque Gabriel dejó parte del plato. Le gustó especialmente una salsa y pidió pan para terminarla. Mateo se descubrió observando la forma en que usaba los cubiertos. Apartó la mirada antes de que él lo notara, pero Gabriel ya lo había visto.

—No han empeorado —dijo.

—No iba a preguntar.

—Ya.

El camarero retiró un plato y la conversación quedó interrumpida. Mateo preguntó después si Rivas había dicho algo más sobre el tiempo de recuperación de las manos. Gabriel respondió que no podían asegurarlo todavía.

Mateo preguntó cuándo tendrían que volver. Gabriel sacó del bolsillo la hoja de citas y se la pasó por encima del mantel. Rivas había dejado una anotación junto a la próxima analítica. La guardó con los billetes de Madrid para pasarla después al calendario.

Gabriel pidió postre para compartir; cuando llegó, apartó la fruta con una expresión tan ofendida que Mateo le recordó que la había leído en la carta.

—No pensaba que fueran a tomárselo tan en serio —respondió.

Mateo cogió el gajo de naranja y le dejó el resto.

Al salir, caminaron hasta una librería. Gabriel eligió una novela por el título y después la devolvió al leer la contraportada. Mateo encontró un libro de fotografía de edificios industriales y lo dejó porque era caro. Gabriel se lo quitó de las manos y fue a pagar.

—No hace falta —protestó él.

—Es un regalo. Puedes sobrevivir a uno.

Mateo lo esperó junto a la puerta. Cuando Gabriel salió, le cogió la bolsa y lo besó en medio de la acera. Un hombre tuvo que rodearlos para pasar. Gabriel se rio contra su boca y lo apartó con una mano.

—Nos van a cobrar ocupación de vía pública.

Volvieron a casa con una sensación de ligereza que duró hasta la noche.

Mateo trabajó un rato y Gabriel se quedó dormido en el sofá.

Al despertar pidió música. Pusieron un disco que habían escuchado mucho el primer verano juntos y discutieron sobre una canción que a Mateo le gustaba y a Gabriel le parecía insoportable.

—Siempre te ha parecido insoportable.

—Y tú sigues poniéndola. Eso sí es compromiso.

Mateo le tendió la mano. Gabriel la miró con sospecha antes de levantarse. Bailaron despacio en el espacio estrecho entre la mesa y el sofá. Gabriel corrigió la posición de su brazo y después lo hizo tropezar con una zapatilla.

Se sentaron antes de que terminara la canción. Mateo tenía calor; Gabriel, sueño. Apoyó la cabeza en su hombro y se quedó allí mientras el disco seguía.

—Hoy me he visto en verano —dijo.

Mateo no respondió enseguida.

—¿Dónde?

—No lo sé. En cualquier sitio. Con calor. Quejándome.

Él le besó la frente.

—Eso es muy probable.

Gabriel cerró los ojos. Mateo dejó que terminara también la canción que no le gustaba.

* * *

El domingo invitaron a Bruno y Sara a comer sin esperar a que alguien ofreciera ayuda. Gabriel eligió el menú y Mateo hizo la compra. Discutieron en el supermercado porque él quería llevar otra marca y Gabriel seguía buscando la de la receta. Mateo le puso un envase delante por segunda vez.

—Pues búscalo tú —respondió Mateo, apartándose del estante.

Gabriel volvió a mirar el estante. Solo quedaba la marca que Mateo le había ofrecido. La cogió de mala gana.

Cocinaron por turnos. Gabriel preparó lo que podía hacer sentado y le pidió a Mateo que se ocupara de lo que requería más fuerza.

Hubo una salsa que se cortó y un momento en que él quiso tirarlo todo.

Mateo llamó a Sara para preguntar si sabía arreglarla; ella respondió que no y que compraría algo de camino.

Gabriel recuperó parte antes de que llegaran y fingió que la versión final era exactamente la prevista.

Durante la comida no hablaron mucho del resultado. Bruno hizo un brindis corto, se equivocó al levantar una botella en vez del vaso y arruinó cualquier posibilidad de solemnidad. Gabriel se rio tanto que tuvo que dejar el tenedor.

Después jugaron a las cartas. Sara explicaba las reglas con una seguridad que cambiaba según le convenía. Mateo protestó y Gabriel se puso de su parte solo hasta que descubrió que podía ganar con la interpretación de ella. La discusión duró más que la partida.

En un momento, Bruno se levantó para ir al baño y se quedó mirando el calendario de la nevera. Había tantas marcas que no supo dónde apoyar una pregunta. Gabriel lo vio desde la mesa.

—No hay examen después.

—Estaba buscando qué día es hoy.

—En tu teléfono, normalmente.

Bruno volvió a sentarse, riéndose de sí mismo. La partida continuó. Gabriel perdió por una jugada que él consideró desleal y exigió revancha, pero a mitad de la segunda se cansó. Lo dijo sin enfadarse y dejaron las cartas sobre la mesa.

Sara propuso recoger antes de irse. Gabriel aceptó ayuda con los platos, no con ordenar los cajones. Mateo recogió del suelo una de las cartas abandonadas. Había una alegría desordenada en aquella mesa, restos de comida y una discusión que podrían recuperar otro día sin que importara demasiado.

Cuando se fueron, Gabriel se tumbó con la cabeza sobre sus piernas. Mateo le acarició el pelo corto que empezaba a notarse distinto bajo los dedos. Él abrió los ojos.

—No me hagas parecer un gato.

Mateo retiró la mano. Gabriel se la devolvió a la cabeza.

—He dicho parecer. No he dicho que pares.

Se quedaron allí hasta que oscureció. Más tarde Mateo encontró una carta debajo del sofá y la guardó en el cajón para devolvérsela a Sara. Gabriel aseguró que era la prueba de que había hecho trampas. Él no lo contradijo.

* * *

La primera propuesta de recortes llegó en una hoja de cálculo sin planos.

Habían reducido cantidades de varias partidas y añadido una columna con la palabra «optimización».

Mateo la abrió durante una reunión por vídeo y pidió que compartieran la versión del proyecto sobre la que habían calculado.

Sergio lo hizo. No coincidía con todas las cifras.

—Eso se puede ajustar —dijo el responsable económico.

—Primero tenemos que saber qué estamos quitando —respondió Mateo.

Inma les hizo abrir los planos. Tomás fue tachando acabados; Sergio anotaba cantidades. Cuando agotaron las partidas que habían previsto tocar, la responsable de la fundación negó con la cabeza. Faltaba todavía dinero.

Mateo se echó hacia atrás. Habían quitado muebles que acabarían comprando los residentes y dejado para después una parte de la iluminación. Buscó su taza sin mirar y la encontró vacía.

El problema llegó al aislamiento entre salas.

El responsable económico señaló el coste y preguntó si era necesario llegar a aquel nivel en un edificio que no iba a ser un estudio de grabación profesional.

Mateo se incorporó en la silla. Había dormido poco y llevaba toda la mañana respondiendo a mensajes de dos obras; notó que estaba a punto de contestar desde el cansancio.

—Van a ensayar a la vez —dijo—. Y va a vivir gente encima.

—No todo el día.

—Precisamente necesitamos que puedan hacerlo a distintas horas sin convertir cada ensayo en una negociación con el vecino.

El hombre habló de otra residencia que habían visitado. No llevaba los datos. Mateo le preguntó si alguien había ensayado mientras estaban allí y él respondió que no, que era una visita de obra.

—Entonces no habéis oído nada.

Clara dijo su nombre. Mateo soltó el ratón; el hombre había cerrado la libreta. Inma intervino para pedirles una alternativa en cuarenta y ocho horas.

Inma acercó la cara a la cámara. Había sacado las gafas y las sostenía abiertas con las dos manos.

—Mándame algo que pueda enseñarles —dijo Inma—. Un plano no les está sirviendo.

Después de la reunión, Sergio lo llamó. Mateo dejó sonar tres tonos antes de responder.

—No les vas a sacar más dinero tratándolos de sordos.

—He preguntado si oyeron ensayar.

—Ya. Yo también estaba allí.