La vida que quiero (Todo lo que nunca fui nº 3) 11. Las manos #2
54%

11. Las manos #2

—¿Eso es lo que vas a presentar?

—Una parte.

—Está mejor que la primera versión.

Mateo levantó los ojos.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque has dejado de obligar a la gente a cruzar por donde no quiere ir.

Se acercó y señaló un recorrido. Hablaron del proyecto durante un rato. Gabriel se sentó al fin, usando una mano para arrastrar la silla con más cuidado del habitual. Mateo no la movió por él.

Aquella tarde Gabriel guardó los conectores en la caja y la colocó en el estante alto. Le costó cerrar el pestillo. Mateo estaba en la cocina y oyó el clic después de varios intentos. No se asomó.

* * *

El segundo lunes de enero, Mateo acompañó a Gabriel a la valoración.

Habían pasado las fiestas con el calendario de tratamiento sobre la nevera y una bolsa de cotillón que Vera les había dejado por pura maldad.

Gabriel había usado el matasuegras una sola vez, a las once y media, para exigir que Mateo dejara de corregir un presupuesto en Nochevieja.

En el hospital, Rivas preguntó por los síntomas de las manos y examinó lo que consideró necesario.

Gabriel respondió con precisión: hormigueo, torpeza en tareas finas, alguna dificultad con botones.

No había seguido usando herramientas. Mateo escuchó sin añadir ejemplos domésticos hasta que ella preguntó si afectaba a otras actividades.

—El otro día le costó…

Gabriel lo interrumpió.

—Puedo contarlo yo.

Mateo cerró la boca. Rivas esperó y él terminó la explicación.

La médica habló después de la posibilidad de modificar uno de los componentes del tratamiento para reducir el riesgo de daño adicional.

No había una decisión automática que pudiera separarse de la respuesta del linfoma y del resto de su situación.

Tendrían que valorar el balance con cuidado.

Gabriel pidió hablar a solas durante una parte de la consulta.

Mateo salió con la chaqueta en la mano y se sentó en el pasillo.

Esta vez no le sorprendía la petición, pero le dolió de una manera distinta.

Había pasado semanas aprendiendo horarios y teléfonos; ahora tenía que quedarse fuera mientras se decidía algo que le daba miedo.

Abrió un mensaje de Tomás. La presentación del miércoles seguía en pie y faltaba cerrar una sección. Mateo escribió que lo mandaría esa tarde. Después borró una pregunta sobre si podría intervenir por vídeo. No quería tomar una decisión antes de saber qué ocurría.

Gabriel salió al cabo de un rato. Llevaba la carpeta apretada contra el costado y no parecía querer hablar en el pasillo. Mateo esperó hasta llegar al coche.

—¿Qué habéis decidido?

—Me repiten la analítica antes del ciclo.

—¿Y las manos?

Gabriel se abrochó el cinturón con dificultad. Mateo miró hacia la carretera para no seguir el movimiento.

—Ya te cuento. Déjame llegar.

En casa sonó el teléfono de Mateo antes de que pudieran sentarse. Era Sergio. Había un problema con una partida de instalaciones y necesitaban rehacer una parte de la presentación. Mateo habló desde el despacho durante media hora. Al salir, Gabriel estaba dormido.

La conversación quedó aplazada. Por la tarde hablaron de medicación, de la siguiente analítica y del taxi que Gabriel pediría el miércoles si necesitaba salir.

Mateo preguntó si habían fijado el día de la sesión.

Gabriel señaló el calendario; faltaba confirmar la analítica.

Mateo guardó la carpeta del edificio en la mochila.

Mateo buscó el cargador. Gabriel lo sacó de detrás del sofá y se lo pasó enrollado; para sujetarlo había usado una goma del pan. Antes de cenar, Mateo dejó una lista de teléfonos junto al calendario. Gabriel ya los tenía. La sección seguía pendiente y tuvo que terminarla después.

Antes de acostarse, Gabriel se acercó por detrás y le apoyó las manos sobre los hombros.

—Te va a salir bien.

—Todavía no está terminado.

—Entonces te va a salir tarde, que es más tu estilo.

Mateo se rio y lo atrajo para besarlo. Gabriel respondió con una ternura que le hizo cerrar el ordenador. Se fueron a la cama sin hablar más de la consulta.

El miércoles, en Madrid, la presentación empezó mal.

Uno de los representantes de la fundación había abierto una versión antigua y cuestionó una distribución que ya no existía.

Clara tuvo que detenerlo para compartir el documento correcto.

Mateo explicó los cambios, respondió preguntas y notó cómo la atención de la sala se desplazaba hacia el proyecto.

Tomás defendió una solución que habían trabajado juntos.

Sergio precisó el coste. Inma se enfrentó a una propuesta de reducir otra vez las zonas comunes y pidió que la discusión se centrara en usos reales.

Durante casi dos horas nadie habló de hospitales.

Mateo salió con una mezcla de alivio y orgullo.

Llamó a Gabriel desde la calle. Él contestó al segundo tono, con la voz algo dormida.

—¿Cómo ha ido?

—Bien. Han aprobado la distribución.

—Te lo dije.

—Con cambios.

—También te lo habría dicho, pero estabas sensible.

Mateo se apoyó en una pared y le contó la reunión. Gabriel escuchó y preguntó por Inma. Después dijo que había hablado con Rivas por teléfono y que podían seguir con el siguiente ciclo en la fecha prevista.

—¿Sin cambios? —preguntó Mateo.

Hubo una pausa muy breve.

—Nada que nos cambie el calendario.

Mateo tenía ruido de tráfico a su alrededor y una llamada de Clara entrando en espera. Dio por suficiente la respuesta.

—Luego hablamos más.

—Vale. Celebra algo, aunque sea un café decente.

Lo celebró con el equipo. Volvió al hotel más tarde de lo previsto y encontró un mensaje de Gabriel diciendo que se acostaba. Respondió con un beso y no llamó. A la mañana siguiente tomó el tren temprano.

Al llegar, Gabriel estaba despierto y había preparado comida. Le costó abrir un bote y le pidió ayuda sin darle importancia. Mateo lo abrió, lo dejó sobre la encimera y le besó la sien.

—¿Las manos?

—Igual.

—¿No peor?

—No peor.

Mateo lo abrazó un momento. Gabriel apoyó la cara en su cuello y permaneció allí más de lo habitual.

* * *

El cuarto ciclo llegó la semana siguiente.

El tercero se había desplazado unos días por la recuperación de la analítica, y las citas posteriores se habían recalculado desde aquella sesión.

Mateo lo acompañó al hospital de día, pero tuvo que salir para una llamada con el proveedor de la obra local.

Gabriel le dijo que se tomara el tiempo que necesitara; había llevado un libro y no tenía ganas de conversar toda la mañana.

Cuando volvió, Gabriel estaba hablando con Alicia de los días en que se encontraba peor. Mateo dejó el teléfono en la bolsa y se sentó. Oyó el final de una explicación sobre cuándo llamar; Gabriel preguntó algo más y la enfermera lo anotó antes de atender a otra persona.

—¿Me he perdido algo?

—Lo de siempre. Avisar si empeora.

Mateo abrió el portátil. La carpeta con el tratamiento estaba sobre la mesa auxiliar, al alcance de ambos. No la cogió.

Gabriel leyó muy poco. Tenía el libro abierto sobre las piernas y pasaba una página de vez en cuando. Mateo trabajó en el portátil hasta que él le pidió que lo guardara.

—Háblame de otra cosa.

—¿De qué?

—De lo que quieras. Del armario. De la desgracia del armario.

Mateo le contó que Elena podía venir a desmontarlo en febrero y que Sara había enviado una foto del nuevo. Gabriel se rio al verlo: era demasiado grande para el hueco que ella había medido.

—No se lo digas —pidió Mateo.

—Eso va a costarte dinero.

Al volver a casa compraron pan en una tienda distinta porque la de siempre estaba cerrada.

Gabriel eligió un dulce que apenas probó y se fue a acostar antes de cenar.

Mateo tuvo que volver a despertarlo para preguntarle por la próxima valoración: había dos horas distintas anotadas.

Buscaron el mensaje del hospital y corrigieron la agenda.