La vida que quiero (Todo lo que nunca fui nº 3) 11. Las manos
51%

11. Las manos

Las manos

Gabriel descubrió el hormigueo intentando abrir una bolsa de café.

Había recibido el tercer ciclo unos días antes y estaba mejor de las náuseas, pero aquella mañana los dedos le parecían torpes.

Se le resbaló dos veces la pestaña del envase.

Al final cogió unas tijeras y cortó por un lugar que dejó la bolsa imposible de cerrar.

Mateo lo vio recoger el café que había caído sobre la encimera.

—¿Te has hecho daño?

—No. Tengo los dedos raros.

Le enseñó la mano, abriendo y cerrando los dedos. Mateo dejó la taza.

—Dijeron que avisáramos de eso.

—Voy a llamar.

Gabriel no protestó. Buscó el número en la carpeta y explicó los síntomas.

Le hicieron preguntas sobre cuándo habían empezado, si le ocurría en los pies y si tenía dificultades para ciertas tareas.

Mateo escuchaba desde la cocina sin intervenir.

Al colgar, Gabriel dijo que lo valorarían y que avisara si empeoraba antes de la consulta.

—¿Y mientras?

—Mientras, no hago el idiota con herramientas. Eso lo he resumido yo.

Intentó bromear, pero dejó el café sin terminar.

Aquel día tenían prevista una reunión corta con Álex por vídeo.

Gabriel quería revisar la preparación de un acto de enero, uno de los encargos que habían conseguido antes del diagnóstico.

Mateo estaba trabajando en la otra punta de la mesa.

Al principio oyó preguntas técnicas, luego una discusión sobre el tiempo de montaje y finalmente una pausa larga.

—No voy a estar —dijo Gabriel.

Mateo levantó los ojos.

Álex respondió que aún faltaba tiempo. Gabriel lo interrumpió para repetirlo. No quería figurar como opción hasta la víspera ni hacer que buscaran sustituto a última hora. Podía preparar documentación, revisar el equipo y hablar con el cliente, pero el montaje tendrían que organizarlo sin él.

La llamada terminó con una tarea menos en su calendario. Gabriel cerró el ordenador y se quedó mirando la pantalla negra. Mateo no sabía si celebrar la decisión o lamentar lo que costaba. Se acercó con una taza de agua caliente porque Gabriel había dicho que tenía frío.

—Has hecho bien en avisar —dijo.

Él recogió la taza entre las manos.

—No me felicites.

Mateo volvió a su sitio. Un rato después, Gabriel se levantó y abrió la caja de conectores que todavía guardaba en un estante del salón. Sacó una pieza, la giró y trató de encajarla en otra. No pudo a la primera. Lo consiguió a la segunda y dejó ambas sobre la mesa.

—¿Lo ves? —dijo, más para sí que para Mateo.

—¿Qué?

—Nada.

Mateo miró la pieza. Sabía lo suficiente de aquel trabajo para reconocer el gesto que Gabriel llevaba años haciendo sin pensarlo.

* * *

La Navidad fue pequeña por decisión de ambos.

No viajaron a Gijón y Elena no intentó convencerlos.

Envió una caja con dulces, un libro usado para Gabriel y una fotografía de un aparador que estaba restaurando.

En el reverso había escrito una queja sobre el barniz que alguien le había puesto décadas antes.

Bruno y Sara pasaron una tarde, cuando no tenían síntomas y después de acordarlo con ellos.

Llevaron comida en recipientes que podían quedarse allí.

Gabriel les abrió con un gorro fino que se quitó al entrar en calor.

Sara no apartó la mirada ni hizo un comentario sobre su aspecto; le pidió que le enseñara el desastre del armario por fotografías.

—Ya he comprado otro —recordó—. No quiero que me lo regaléis en enero por orgullo.

—Yo he propuesto quemarlo —dijo Gabriel.

Mateo protestó que no había propuesto exactamente eso. Bruno pidió verlo porque quizá pudiera aprovecharlo para el garaje. Los tres lo miraron.

—Era una idea —se defendió.

La cena estuvo a punto de volverse demasiado alegre. Bruno empezó a hablar de un viaje que querían hacer en primavera y se detuvo en mitad de una frase. Gabriel lo vio.

—Termina, hombre. No se cancela la primavera porque yo no tenga plan.

Sara retomó la conversación y contó una discusión sobre el alojamiento. Mateo agradeció que lo hiciera sin pedir permiso con los ojos. Más tarde, mientras Bruno y Gabriel revisaban una fotografía de una carretera, ella lo ayudó en la cocina.

—Te veo cansado —dijo.

—Estoy bien.

Sara lo miró de lado.

—No he dicho que estés mal.

Mateo dejó un plato en el escurridor. Ella siguió secando sin obligarlo a responder. Desde el salón llegó una carcajada de Gabriel. Mateo se quedó escuchándola un instante.

—Me da miedo acostumbrarme a estos ratos —admitió.

—¿A cuáles?

—A los buenos. Luego llega otro ciclo y…

No terminó. Sara dobló el paño.

—Yo no sabría hacerlo mejor que tú. Pero si quieres una tarde sin pensar en nada de esto, puedes venir a casa y ayudarme a montar el armario nuevo. Está ganando él.

Mateo sonrió y le preguntó qué parte del armario le faltaba por montar. Cuando se fueron, Gabriel estaba agotado. Se sentó en el suelo para quitarse los calcetines y Mateo le ofreció una mano. Él la aceptó. Al incorporarse se quedó un momento pegado a su cuerpo, con la frente contra el hombro.

—Lo he pasado bien.

—Yo también.

—Ahora no quiero ver a nadie durante cuarenta años.

Mateo le ayudó a ponerse el pijama sin hacer comentarios sobre los botones. Gabriel tardó en cerrar uno y acabó dejándolo abierto. Al meterse en la cama, le pidió que apagara la luz pronto.

El domingo después de Navidad, la madre de Gabriel llamó mientras Mateo preparaba comida.

Él había dejado el teléfono en altavoz para poder seguir separando unos papeles, y la conversación empezó con una receta antes de llegar al cansancio y a las manos.

Gabriel bajó el volumen al responder a esa parte.

Mateo siguió en la cocina. No pretendía escuchar, pero la puerta estaba abierta. La mujer preguntó si él estaba trabajando demasiado. Gabriel respondió que ambos tenían cosas que hacer. Ella insistió en que Mateo necesitaba descansar también.

—Ya descansa —dijo Gabriel.

La voz se le había endurecido. Mateo dejó el cuchillo sobre la tabla. No oyó la respuesta completa de la mujer, solo una frase sobre lo mucho que él estaba haciendo. Gabriel desactivó el altavoz y salió al dormitorio.

Al volver tenía el teléfono apagado en la mano. Lo dejó sobre la mesa y fue a lavarse. Mateo esperó a que cerrara el grifo.

—¿Todo bien?

—Mi madre está preocupada por ti.

Mateo se quedó quieto.

—No tiene por qué.

Gabriel se secó con más fuerza de la necesaria.

—Eso le he dicho.

La comida se les hizo incómoda. Mateo no quería preguntar más y Gabriel parecía esperar que lo hiciera. Al final él soltó el tenedor.

—Me molesta que todo el mundo te felicite por estar aquí.

Mateo levantó la vista.

—No me felicitan.

—A ti no te suena así. A mí sí. Que si qué suerte tengo, que si cómo te estás portando. Parece que estuvieras haciendo un voluntariado muy exigente.

Él sintió una mezcla de vergüenza y enfado. Había recibido comentarios de ese tipo y no siempre los había corregido; a veces solo había agradecido que alguien reconociera que también estaba cansado. No quería negar ese alivio para parecer mejor.

—Alguna vez me ha venido bien que me preguntaran cómo estaba —dijo.

Gabriel lo miró.

—Pues que te lo pregunten a ti. ¿Por qué me lo dicen a mí?

—Lo sé. Pero no quiero fingir que todo me resulta fácil para que nadie te haga sentir mal.

Gabriel se echó hacia atrás. La respuesta había llegado más lejos de lo que esperaba. Mateo quiso suavizarla, pero no retirarla.

Mateo bajó la vista al plato. Gabriel no había probado la comida.

—Come algo —dijo, y se arrepintió al oírse.

Él soltó una risa sin alegría.

—¿Ves? Hasta ahora.

Mateo retiró la mano de la fuente. Comieron poco y recogieron sin acabar la conversación.

Por la tarde, Mateo llamó a la madre de Gabriel para agradecer la comida que había mandado.

Ella preguntó por él y le respondió con sencillez: estaba cansado algunos días, tenía ayuda, seguía trabajando.

No le pidió que dejara de preocuparse. Sí le dijo que no le gustaba que hablaran de su presencia como algo extraordinario.

La mujer guardó silencio un momento.

—Yo solo estoy agradecida —respondió.

—Lo entiendo.

Ella le preguntó si Gabriel estaba comiendo lo que les había enviado. Mateo habló de la sopa y oyó abrirse un cajón al otro lado. La conversación terminó cuando ella encontró el papel que necesitaba.

Gabriel supo de la llamada después. Mateo se lo contó mientras doblaban ropa. Él pareció agradecido y molesto a la vez.

—Podía hablar con ella yo.

—Y yo podía decirle lo que me pasa a mí.

Gabriel dejó una camiseta sobre la pila. Al cabo de un rato asintió. No hablaron más del tema esa noche, pero Mateo lo encontró despierto al volver del baño. Estaba mirando el techo, con las manos apoyadas sobre el abdomen.

—¿Quieres que apague la luz del pasillo?

—Sí. Gracias.

Él se acostó a su lado. Gabriel se acercó sin decir nada y le pasó un brazo por la cintura.

La mañana siguiente los dedos seguían igual. Gabriel volvió a llamar al equipo y le dieron indicaciones para adelantar la valoración. Mateo tenía una presentación en Madrid la semana siguiente, dos días después de esa cita. Revisó los billetes y preguntó si debía cambiar algo.

—No —dijo Gabriel—. Todavía no sabemos qué van a decir.

—Por eso pregunto.

—Y yo por eso respondo que no.

La conversación quedó tensa. Mateo guardó el teléfono y se fue a su despacho. Gabriel no lo siguió. Al mediodía le llevó una tostada y la dejó junto al teclado.

—No quería sonar así.

—Yo tampoco quiero preguntarlo todo dos veces.

Gabriel se apoyó en el marco de la puerta.

—Me da miedo que no se quite.

Mateo apartó la tostada para que no cayeran migas sobre el plano.

—Lo sé.

—No. Que no se quite de verdad. Que salga de esto y tenga que pedirle a alguien que me cierre una puta caja.

Mateo le hizo sitio, pero Gabriel no se sentó. Necesitaba decirlo de pie, con la posibilidad de marcharse.

—Ahora no sabemos cuánto va a durar —dijo Mateo.

—Ya. Esa frase sirve para todo y no me sirve para nada.

Él se quedó callado. Gabriel miró el plano que tenía abierto.