10. La camisa #2
Él se quedó detrás, sin tocarlo todavía.
En el espejo vio la diferencia entre sus cuerpos: su propio abrigo, las mejillas enrojecidas por la calle, el cansancio de Gabriel instalado en los hombros.
Le dieron ganas de envolverlo en algo y comprendió que esa era precisamente la clase de mirada que él no quería.
—Te queda grande —dijo al fin.
Gabriel lo miró a través del espejo.
—Gracias.
—La podemos arreglar.
—No quiero arreglar toda mi ropa para encajar en esto.
Mateo apoyó una mano en el borde de la cómoda. Gabriel se quitó la camisa y la dejó sobre la cama. Debajo llevaba una camiseta blanca que le había subido por la espalda al tirar de las mangas. Mateo vio un trozo de piel y sintió deseo con una claridad que lo sorprendió.
Se acercó para besarlo allí. Gabriel se quedó quieto.
—¿Qué haces?
—Besarte.
—Ahora.
Mateo levantó la cabeza.
—Sí, ahora.
Gabriel se apartó un poco y se bajó la camiseta.
—No necesito que me demuestres nada.
La frase lo golpeó con más fuerza de la que esperaba. Mateo dio un paso atrás.
—No estaba demostrándote nada.
—Acabo de decir que no me reconozco en la ropa y tú vienes a…
—¡A besarte! Joder, estaba intentando besarte.
Gabriel lo miró. Mateo oyó su propia voz demasiado alta y no la bajó enseguida.
—Ya me he apartado. ¿Qué más quieres que haga?
Gabriel cogió la camisa de la cama y la dobló mal, con las mangas dentro.
—Pues no quiero ahora.
—Vale.
Mateo salió del dormitorio. Se fue a la cocina, abrió la nevera y la cerró sin sacar nada.
Habían pensado cenar fuera con Bruno y Sara, en un sitio tranquilo, pero Gabriel estaba cansado y todavía no había decidido si iría.
Mateo llamó a Bruno para decir que se quedaban en casa.
No pidió opinión a Gabriel antes y supo que tendría que explicarlo.
Él apareció unos minutos después.
—¿Has cancelado?
—Sí.
—Podía decidirlo yo.
—Yo tampoco tengo ganas.
Gabriel se quedó en la puerta. Mateo esperó una réplica sobre castigos o enfados; él fue a por una botella de agua y volvió al salón. Pasaron una hora en habitaciones distintas. Desde el despacho, Mateo oyó el televisor. Gabriel lo apagó antes de que empezara el programa.
A las ocho Gabriel pidió comida a domicilio. Preguntó desde el pasillo qué quería y Mateo contestó sin salir del despacho. Cuando llegó, se sentaron a la mesa con los envases abiertos. El primer comentario fue sobre una salsa equivocada. El segundo, sobre el precio.
Después Gabriel dejó los palillos.
—No sé cuándo me miras y cuándo me estás comprobando.
Mateo sostuvo el vaso entre las manos.
—Yo tampoco lo hago siempre bien.
—A veces me preguntas si me duele algo antes de besarme. Y otras me miras y apartas la vista. Llego a la noche sin saber si te doy pena o…
Se interrumpió. Mateo esperó, pero Gabriel negó con la cabeza.
—No me das pena cuando quiero besarte.
—Ya sé que la frase suena horrible.
—Te lo estoy diciendo de verdad.
Gabriel movió un trozo de comida dentro del envase.
—Yo también te miro y pienso que tú sigues igual. Luego me enfado porque no es verdad, pero lo pienso.
Mateo apoyó la espalda en la silla. Todavía le escocía haber salido del dormitorio sintiéndose rechazado.
—Ahora me da cosa acercarme —dijo Mateo.
Gabriel empujó el envase de salsa hacia el centro.
—Pues imagínate a mí.
—Ya. Pues nada.
—Espera. No quería...
Mateo alcanzó el envase de arroz y Gabriel se lo pasó. Comieron lo que quedaba sin encontrar cómo seguir. Al recoger, Gabriel le rozó la mano; Mateo tardó un instante en abrir los dedos para coger la suya.
Más tarde se sentaron en el sofá. Gabriel llevaba una sudadera y tenía las piernas dobladas debajo del cuerpo. Mateo le pasó la manta, pero no lo abrazó. Él la apartó de un lado y se acercó.
—Ahora sí quiero que me toques.
Mateo giró hacia él.
—¿Cómo?
Gabriel le cogió la mano y la puso sobre su cintura.
—Así, para empezar.
Se besaron sin levantarse. Gabriel estaba tenso al principio; Mateo lo notaba en la forma de sujetarle la camiseta. Esperó, y cuando él aflojó los dedos lo acercó más. La manta cayó al suelo. Ninguno la recogió.
En el dormitorio, Gabriel dejó la lámpara encendida. Se quitó la sudadera y después la camiseta, pero se quedó sentado en el borde de la cama, esperando algo que Mateo no supo nombrar. Él se arrodilló delante y le besó una rodilla a través del pantalón.
—No tienes que hacer…
—Estoy cómodo aquí —lo interrumpió Mateo—. Y tienes una rodilla estupenda. Muy infravalorada.
Gabriel soltó una risa breve y le apoyó la mano en el pelo.
Mateo levantó la cara. Se besaron otra vez, con menos cuidado de parecer tranquilos.
Hubo deseo y también momentos en los que uno tuvo que preguntar o cambiar de postura.
Gabriel se cansó, descansó y volvió a buscarlo.
Mateo dejó de anticipar cada movimiento.
Al terminar se quedaron juntos, con la sábana torcida alrededor de las piernas. Gabriel tenía los ojos cerrados, pero no dormía. Mateo le rozó la cicatriz del cuello con los labios, sin presionar. Él levantó la barbilla para dejarle sitio.
—La camisa no la lleves a arreglar todavía —dijo después.
—No iba a hacerlo sin preguntarte.
—Ya. Lo digo por mí.
Mateo la recogió del suelo al levantarse a por agua. La colgó en una percha y la dejó en la parte de Gabriel, entre dos prendas que seguía usando. Cuando volvió a la cama, él había ocupado también su almohada.
—Te estás recuperando muy deprisa en ciertos aspectos.
Gabriel no abrió los ojos.
—La propiedad es provisional. Puedes negociar.
Mateo apagó la luz y se metió bajo la sábana. Gabriel le devolvió media almohada, a regañadientes.