10. La camisa
La camisa
Vera avisó a las siete de la mañana. Tenía fiebre y no iría.
Gabriel leyó el mensaje mientras Mateo preparaba café y dijo que mejor así, que no quería arriesgarse a coger nada.
El problema era que aquella mañana tenía una analítica y una valoración, y Mateo había quedado con Celia y otra clienta para resolver un cambio que llevaba semanas aplazándose.
—La muevo —dijo él.
—No hace falta. Voy en taxi.
—Puedo llevarte y luego…
—Luego llegarás tarde, estarás mirando el reloj y volverás corriendo. Pido un taxi.
Mateo abrió la agenda. La visita no podía cambiarse con facilidad: la clienta había pedido una mañana libre y Celia tenía otra obra después. Gabriel lo vio calcular opciones.
—Es una analítica y hablar con Rivas. Te llamo al salir.
—Quería estar.
—Yo quería que Vera no tuviera fiebre. Hoy no toca.
Mateo aceptó, aunque al salir dejó una nota con el teléfono del taxi junto a las llaves. Gabriel la leyó y la guardó sin comentarla.
La visita de obra se complicó. El material que había llegado no coincidía con la muestra aprobada y el proveedor insistía en que la referencia era correcta.
Mateo tuvo que sacar fotografías antiguas, buscar un correo y discutir un plazo de reposición que retrasaría otros trabajos.
La clienta empezó a llorar de rabia. Celia la llevó a otra habitación mientras él hablaba con el encargado.
La clienta había elegido aquel revestimiento después de cuatro visitas a tiendas.
Tenía la muestra guardada en una bolsa y la sacó delante del encargado para compararla con las cajas.
El tono era parecido, pero el acabado cambiaba con la luz y una serie de piezas presentaba un relieve que no aparecía en la muestra.
—Me dijeron que era este —repitió.
El encargado señaló la referencia del embalaje.
Celia pidió abrir otra caja antes de concluir nada.
Mateo fotografió el lote y llamó al proveedor.
Mientras esperaba respuesta, la clienta empezó a explicar que llevaba dos meses viviendo entre muebles cubiertos y que su hija no quería dormir allí cuando le tocaba quedarse con ella.
—Necesito saber si esto se puede arreglar o si otra vez tengo que aceptar lo que haya —dijo.
—Vamos a comprobar qué han servido —respondió Celia—. Después podrá decidir entre opciones reales.
Mateo consiguió hablar con el proveedor. Habían enviado una variante de la colección, no el producto exacto que figuraba en la muestra. El hombre propuso un descuento si se lo quedaban. Él preguntó por la reposición y recibió un plazo que desplazaba toda la secuencia siguiente.
La clienta escuchó la oferta y se quedó en silencio. Mateo esperó a que decidiera. Una parte de él deseaba que aceptara el descuento, porque habría resuelto la mañana; otra se avergonzó de lo rápido que había puesto su comodidad por delante de la elección de ella.
—No lo quiero —dijo la mujer—. Ya he renunciado a otras cosas. Esto lo elegí yo.
Mateo transmitió la decisión al proveedor.
El encargado empezó a calcular cómo afectaba al trabajo de la semana siguiente.
Celia llamó a otro oficio para evitar que se desplazara en vano.
Durante diez minutos todos hicieron algo distinto alrededor de un problema que había dejado de ser una queja abstracta.
Al terminar, la clienta le preguntó si podía garantizar que la nueva entrega sería correcta. Mateo dijo que pedirían comprobación del lote y revisarían antes de colocar, pero que no podía prometer que un proveedor no cometiera ningún error. La mujer pareció decepcionada; luego asintió.
—Prefiero eso a que me diga que no me preocupe.
Él guardó la muestra en la bolsa y se la devolvió. Eran las once y media cuando vio el mensaje de Gabriel: «Voy con retraso. No te preocupes». Respondió que lo llamara cuando pudiera y siguió con la obra. Cuarenta minutos después miró el teléfono otra vez. Nada.
Cuando por fin habló con él, Gabriel ya estaba en casa. La analítica permitía seguir con la previsión del siguiente ciclo, pero la espera lo había dejado agotado. Había pedido otro taxi y subido despacio las escaleras porque el ascensor estaba parado por mantenimiento.
—Me podías haber llamado —dijo Mateo.
—Estabas trabajando.
—Eso no significa que no puedas llamarme.
—Y que no te llame no significa que me esté muriendo en la escalera.
Mateo se quedó en silencio. Celia lo esperaba a pocos metros, con la carpeta abierta. Gabriel soltó aire al otro lado.
—Perdona. Estoy reventado. Quiero dormir.
—Voy en cuanto termine.
—Termina.
Mateo terminó mal. Aceptó una solución provisional que tendría que revisar y olvidó enviar una fotografía al proveedor. Celia lo llamó al coche antes de que arrancara.
—Te la mando yo. Pero mañana tenemos que dejar esto cerrado.
Él asintió, demasiado deprisa. Ella no le dio una palmada ni le dijo que no se preocupara.
En casa encontró a Gabriel dormido con los zapatos puestos.
Tenía un brazo sobre la cara y el teléfono en el suelo.
Mateo lo recogió, bajó la persiana un poco y fue a la cocina.
Había una taza sin tocar sobre la encimera.
Al despertar, Gabriel lo encontró fregando una olla que ya estaba limpia.
—No hagas ruido de enfadado.
Mateo cerró el grifo.
—No estoy enfadado.
—Vale. Pues ruido de otra cosa.
Él apoyó las manos en el borde del fregadero. Estaba cansado de sentirse descubierto por Gabriel y también de intentar esconder lo que le pasaba.
—No sé cuándo dejarte resolverlo y cuándo estar. Hoy he pasado toda la mañana pensando que había elegido mal.
Gabriel se sentó.
—Yo he pasado toda la mañana esperando. No ha sido agradable, pero no ha pasado nada que tú hubieras evitado.
—Podía haberte llevado.
—Sí. Y podías haber perdido otra mañana de trabajo. Alguna vez va a tocar un taxi.
Mateo se secó las manos. La frase le pareció sensata y le irritó por eso mismo.
—No me hables como si el problema fuera el taxi.
Gabriel bajó la vista a la mesa.
—Ahora no puedo con una conversación grande. De verdad.
Mateo abrió la boca y la cerró. Sacó dos platos. Comieron una comida recalentada, con la televisión apagada. Gabriel dejó la mitad; él no preguntó por qué.
Por la tarde Mateo habló con Inés. La cita era por vídeo y Gabriel salió a dar una vuelta corta para dejarle intimidad.
Él empezó contando la mañana y terminó hablando de Julián, de la llamada que no había contestado a tiempo, de cómo una espera podía convertirlo otra vez en alguien que se preparaba para lo peor.
Le preguntó qué había hecho realmente esa mañana y qué había imaginado que ocurría. Mateo tuvo que separar ambas cosas despacio. Al terminar estaba más cansado, no más tranquilo, pero pudo mandar a Celia el correo pendiente sin comprobar el teléfono cada dos minutos.
Gabriel volvió con pan y un periódico que no había comprado desde hacía meses. Lo dejó sobre la mesa y se quitó los zapatos junto a la puerta.
—He llegado hasta la plaza.
—Bien.
—Había un banco libre. He estado allí un rato.
Mateo guardó el ordenador. Gabriel se acercó y le puso una mano sobre el hombro.
—La próxima vez que vaya solo, te digo también cómo vuelvo. Así no tienes que preguntarlo en medio de una obra.
—Vale.
—Pero no vamos a hacer un protocolo de nueve páginas.
—Con cuatro me apaño.
Gabriel le apretó el hombro. Después abrió el periódico por los pasatiempos y le pidió un bolígrafo que funcionara.
* * *
Aquella mañana de diciembre, Vera había mandado una fotografía de los cuatro en una terraza, tomada el verano previo.
Quería recordar el nombre del restaurante.
Gabriel la abrió durante el desayuno y la dejó ampliada en la pantalla.
Mateo recordaba aquel día por el calor, por una discusión absurda sobre dónde aparcar y por una comida que habían alargado hasta casi la merienda.
—Era el de las mesas verdes —dijo.
Gabriel no respondió. Miraba su propia cara en la imagen. Tenía el brazo alrededor de Mateo y estaba a punto de reírse, con los ojos entrecerrados. El cuello de la camisa azul quedaba abierto de la misma manera que ahora, pero todo lo demás le parecía distinto.
—No me acordaba de estar así —murmuró.
Mateo acercó la cabeza para ver la foto. Gabriel la retiró un poco, un movimiento instintivo que los dejó incómodos a ambos.
—Perdona —dijo él—. Es que… Déjame mirarla solo.
Mateo volvió a su café. Gabriel respondió a Vera con el nombre que encontraron después de buscarlo y guardó el teléfono. Durante la mañana estuvo irritable. Se quejó de una camisa que no encontraba y de que Mateo hubiera cambiado de sitio una caja, aunque no la había tocado.
Al mediodía lo reconoció con desgana. Estaban preparando algo de comer y él dejó de cortar para apoyar el cuchillo.
—Estoy enfadado con una foto. Eso es lo que me pasa.
Mateo se quedó junto al fregadero.
—Podemos borrarla del chat.
Gabriel levantó la vista, sorprendido.
—No quiero borrarla. Quiero volver a gustarme ahí dentro. Aquí fuera. Joder, no sé ni decirlo.
Mateo le dejó espacio para seguir, pero él negó con la cabeza.
Terminaron de preparar la comida. Más tarde Gabriel buscó la camisa azul de aquella fotografía.
La había comprado para una cena de trabajo y protestado por el precio hasta que Mateo le dijo que le quedaba bien.
Volvió a probársela delante del espejo. La tela caía distinta sobre el pecho y el cuello dejaba ver la cicatriz de la biopsia.
Mateo lo observó desde la puerta. Gabriel había perdido buena parte del pelo y se lo habían cortado muy corto después de que una mañana se enfadara al encontrarlo en la almohada.
No habían hecho de aquello una ceremonia.
Mateo sostuvo la máquina, preguntó dos veces si estaba seguro y recibió una orden poco amable de terminar antes de que cambiara de idea.
Ahora Gabriel llevaba la camisa abierta y unos pantalones de casa. Se abrochó el tercer botón, lo soltó y volvió a empezar.
—Parezco mi propio hermano mayor.
Mateo se acercó.
—No.
—No hace falta responder tan rápido.