La vida que quiero (Todo lo que nunca fui nº 3) 9. Una pared #3
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9. Una pared #3

—Eso suena más reconocible.

Tomaron el café despacio. Laura le preguntó por la casa de Julián y Mateo contó la inspección.

Ella recordó una habitación de una visita de muchos años atrás y se equivocó de planta.

Él la corrigió y acabaron reconstruyendo una comida en la que Julián había discutido con el dueño de un restaurante por una cuenta que finalmente estaba bien.

Se rieron. Después Laura dejó la taza y lo miró con seriedad.

—A veces me pasa algo raro contigo. Puedo estar aquí, reírme de eso, alegrarme de que te vaya bien. Y luego recuerdo una parte de cómo terminó todo y me enfado otra vez. Menos, pero me enfado.

Mateo dejó de mover la taza.

—Lo entiendo.

—No sé si lo entiendes, pero no hace falta que lo arreglemos hoy.

Él asintió. Laura cogió el bolso para sacar el teléfono y comprobar la hora. Tenía otra cosa después, una cena con una amiga a la que no veía desde hacía meses.

Pagaron a medias. En la puerta, ella le dio un abrazo que duró lo justo para ser afectuoso sin parecer una vuelta a nada. Mateo le prometió escribir cuando supieran más. Laura dijo que le gustaría saberlo, pero que si tardaba en responder no significaba que no le importara.

—Últimamente dejo mensajes sin contestar y luego me da vergüenza volver una semana después.

—Puedes volver una semana después.

Ella sonrió.

—Mira. Un consejo útil.

Se separaron en la esquina. Mateo caminó al hotel sin mirar atrás. Al hablar más tarde con Gabriel le contó que habían tomado café. Él preguntó cómo estaba Laura y Mateo respondió con lo que ella había dicho de su trabajo y de sus planes.

Se quedó una noche en Madrid porque al día siguiente tenía que revisar otra parte del edificio. Lo habían hablado antes; Gabriel estaba en una semana más llevadera entre ciclos y Vera pasaría un rato por casa. Aun así, cuando entró en la habitación del hotel, el silencio le resultó extraño.

Llamó antes de ducharse. Gabriel contestó con música de fondo.

—¿Dónde estás?

—En el salón. Vera está intentando arreglarme la vida sentimental con una serie.

—Espero que no encuentre algo mejor.

—De momento todos tienen unos abdominales muy poco prácticos.

Mateo se sentó en el borde de la cama. Gabriel preguntó por la presentación y él le contó lo que había salido bien, sin empezar por lo que aún faltaba. Habló varios minutos. Al darse cuenta, se detuvo.

—Te estoy aburriendo.

—Un poco con lo de las instalaciones. Lo demás, no.

Mateo se rio. Gabriel le preguntó si había cenado y él admitió que había comprado un sándwich en la estación. Recibió una crítica detallada a su elección y una orden poco solemne de bajar a comer algo caliente.

Después de colgar, Mateo dejó el teléfono sobre la cama y se duchó.

Durante diez minutos no estuvo pendiente de nada.

El agua le golpeaba la espalda y pudo notar lo cansado que estaba sin tener que compararlo con el cansancio de Gabriel.

Al salir, se sintió mejor y tuvo un instante de culpa que no alimentó.

Bajó al bar del hotel. Había una mujer trabajando con un portátil y dos hombres hablando de fútbol.

Pidió una sopa y una cerveza pequeña. Al terminar escribió a Gabriel que había obedecido parcialmente.

Él respondió con una fotografía de su propia cena y una valoración despectiva de la presentación.

Mateo durmió seis horas seguidas. Se despertó antes del despertador, desconcertado por no reconocer el techo. Buscó el teléfono. No había llamadas perdidas.

En la visita de la mañana encontró un problema que no pudieron resolver: una instalación existente atravesaba el recorrido previsto y obligaba a rehacer parte del diseño.

Tomás propuso una alternativa y él otra.

Discutieron veinte minutos hasta que Clara les pidió que calcularan ambas antes de seguir defendiendo dibujos en el aire.

Mateo volvió a Valnera con trabajo adicional y una sensación de entusiasmo que el contratiempo no había borrado. En el tren preparó una lista para el día siguiente. Al llegar al portal llamó al timbre porque tenía las llaves al fondo de la mochila.

Gabriel abrió con una camiseta vieja y el pelo aplastado por un lado. Lo besó antes de dejarlo entrar.

—Has dormido bien —dijo.

—Sí.

—Se te nota. Qué asco.

Mateo dejó la mochila y lo abrazó. Gabriel olía a jabón y al café que acababa de hacerse. En el salón seguía el tendedero, ahora casi vacío.

—¿Tú qué tal?

—Ayer bien. Hoy estoy cansado y he discutido con una tapa.

—¿Quién ha ganado?

—La tapa. Pero no está cerrado el asunto.

Mateo le contó lo de Tomás mientras deshacía la mochila. Gabriel escuchó desde la cama, con las piernas estiradas, y preguntó si le había molestado que el otro tuviera una buena idea.

—Sí —admitió Mateo.

—Me alegra que algunas cosas sigan en su sitio.

Él le lanzó una camiseta doblada. Gabriel la atrapó contra el pecho y se rio. Mateo se sentó a su lado; por una vez no había una llamada pendiente ni una visita que cambiar. Se quedaron así hasta que Gabriel señaló la cocina.

—La tapa está allí. Puedes recuperar el honor de esta casa.