La vida que quiero (Todo lo que nunca fui nº 3) 9. Una pared #2
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9. Una pared #2

—He dicho hacer lo necesario. No he dicho abandonarla en el bosque.

Mateo sonrió. Se quedaron mirando las fotografías que había tomado el agente. Algunas habitaciones parecían ajenas desde aquel ángulo. En una se veía la puerta del jardín y una franja de luz sobre el suelo; reconoció ahí el espacio en el que le gustaría trabajar, con la mesa girada hacia el jardín.

—Quiero probar la planta baja —dijo al fin—. Pero no ahora entera. Primero resolver lo que se estropea. Después, si las cuentas lo permiten, hacer un proyecto que de verdad pueda usar.

Gabriel cerró el informe.

—Pues este sábado no vamos.

Mateo levantó la vista.

—Tendré que cerrar la ventana que dejé…

—Siempre hay algo. Siempre.

Mateo lo miró, molesto.

—No voy por gusto a pasar frío.

Gabriel dejó el informe sobre la mesa, con una esquina doblada.

—Pues tampoco es un castigo que te haya puesto nadie.

Mateo sintió el golpe en el estómago. Mateo dejó el informe a un lado y recogió la mesa con movimientos más precisos de lo necesario. Gabriel esperó un rato antes de acercarse.

—A mí me gusta esa casa algunas veces —dijo—. Otras entro y me acuerdo de lo mal que estuvimos. Estoy intentando que pueda ser las dos cosas sin que una gane siempre.

Mateo dejó de ordenar.

—Yo también —respondió.

Guardaron la valoración en una carpeta, sin llamar para poner la casa a la venta. Mateo escribió la fecha en la cubierta antes de guardarla.

* * *

Tomás no había seguido el croquis de Mateo. Había dibujado otro acceso, desplazado un tabique y eliminado un armario que él consideraba necesario. Mateo lo descubrió al llegar al estudio, después de un viaje en el que había contestado mensajes hasta agotar la batería.

—Te lo mandé el domingo —dijo Tomás.

—Vi el correo, no el adjunto completo.

—Pues míralo antes de enfadarte.

Clara levantó la vista desde el otro extremo de la mesa. Mateo dejó la mochila en el suelo y se quitó el abrigo. Le desagradó que Tomás hubiera acertado con tanta rapidez. Abrió el plano, recorrió la circulación nueva y encontró dos ventajas que no quería reconocer todavía.

—Me quitas almacenaje.

—Te lo devuelvo aquí.

—Más lejos.

—A seis metros. Y dejas pasar los carros sin desmontarlos.

Mateo acercó una silla. Trabajaron media hora sin hablar de quién había hecho qué. Al final conservaron la solución de Tomás con una modificación en la puerta. Clara la incorporó al documento para Inma y pidió a los dos que revisaran las cotas antes de enviarlo.

Durante la visita al edificio, Mateo se sorprendió disfrutando de la discusión.

Tomás sabía defender una propuesta sin adornarla y no se impresionaba cuando él hablaba más deprisa.

Tenía una manera de detenerse en los detalles que le recordaba a profesionales con los que le había gustado trabajar años atrás, antes de que dirigir proyectos se llenara de correos y urgencias pequeñas.

Inma llegó tarde y les entregó una hoja con las partidas que quedaban fuera de la primera fase. Mateo buscó la cubierta del patio antes de llegar al final. No estaba.

—Podemos reservar la estructura —propuso.

—Podéis preverla. Pagarla ahora, no.

Había pasado dos tardes ajustando aquel encuentro con la escalera. Tomás se acercó para ver qué señalaba y empezó a dibujar una solución provisional sobre una copia. Mateo le quitó el lápiz antes de darse cuenta.

—Déjame.

Tomás levantó las manos. Clara siguió hablando con Inma, pero había visto el gesto. Mateo trazó dos líneas, se equivocó en una medida y tuvo que borrarlas. Le devolvió el lápiz a Tomás sin encontrar una manera de hacerlo que no pareciera una concesión.

—Prueba lo que ibas a decir.

La solución ocupó menos espacio del que esperaba. La guardaron como alternativa para calcularla.

Comieron los cuatro en una mesa estrecha.

Sergio contó una historia de un cliente que había confundido una maqueta con un regalo y se la había llevado a casa.

Tomás discutió el final porque conocía a la persona que había tenido que recuperarla.

Clara se rio con la cabeza inclinada hacia atrás. Mateo hacía tiempo que no la veía así.

El teléfono vibró junto a su plato. Gabriel había mandado una fotografía de unas sábanas colgadas en el tendedero del salón. «He construido una ampliación. Sin licencia».

Mateo respondió que el promotor sería sancionado. Gabriel añadió que el arquitecto había dejado las pinzas en un sitio incomprensible y que esperaba una explicación. Mateo guardó el móvil y volvió a la mesa.

Por la tarde presentó una alternativa de distribución a Inma y a dos representantes de la fundación.

Se equivocó al nombrar una sala, corrigió una cifra que Sergio le señaló y defendió una solución que no habían previsto.

Al terminar estaba cansado, pero contento. Clara le tocó el brazo antes de salir.

—Hoy has estado muy bien.

Mateo le dio las gracias. Había defendido aquella solución con una seguridad que aún le duraba en el cuerpo.

Antes de volver al hotel, Mateo tomó un café con Laura.

Habían acordado verse al saber que él pasaría la noche en Madrid.

Ella llegó directamente del trabajo, dejó el bolso en la silla y pidió algo de comer porque no había tenido tiempo de almorzar bien.

Mateo esperó a que diera dos bocados antes de preguntar por el nuevo puesto.

Laura soltó una risa breve.

—Tengo más responsabilidad, más dinero y la misma cantidad de horas. De momento, la empresa cree que es un problema mío.

Él le preguntó si estaba buscando otra cosa. Ella respondió que no lo sabía y se molestó un poco cuando él empezó a proponer opciones. Mateo lo reconoció por la forma en que dejó el tenedor.

—No te he pedido un plan de carrera —dijo.

—Perdona.

—No pasa nada. Sigues haciéndolo muy rápido.

La familiaridad de la observación lo hizo sonreír y después le dio tristeza. Laura lo vio, pero no se ocupó de rescatarlo. Siguió contando una discusión en el trabajo, una victoria pequeña que le había costado semanas y un viaje que quería hacer sin portátil.

Cuando preguntó por Gabriel, Mateo le contó lo que podían afirmar entonces. Laura escuchó con las manos alrededor de la taza. No hizo preguntas sobre pronósticos que él no supiera responder.

—¿Y vosotros? —dijo después.

—Estamos aprendiendo a no convertir todo en eso.

Laura levantó una ceja.

—Esa es una frase muy organizada. ¿Y de verdad?

Mateo bajó la mirada. Podía contarle una escena, una discusión, un miedo, pero no quería usar otra vez la antigua costumbre de explicarle su vida hasta sentirse más claro.

—Hay días buenos. Otros contesto mal porque estoy cansado y me paso la tarde arrepintiéndome. Él también está harto de mí a ratos.