La vida que quiero (Todo lo que nunca fui nº 3) 9. Una pared
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9. Una pared

Una pared

Elena llegó a Valnera con una silla en el maletero y una bolsa de naranjas.

La silla era para una clienta que vivía a veinte kilómetros y había aprovechado el viaje para verlos.

Mateo había imaginado una visita centrada en Gabriel; ella anunció que primero necesitaba dejar el mueble porque no quería llevarlo de vuelta.

—Te acompaño —dijo él.

—Tú tienes una casa que enseñarme. Llamo cuando termine.

Gabriel se quedó en el piso. Era la semana posterior al segundo ciclo y estaba cansado. Habían acordado que Mateo iría a recibir al técnico que revisaría la humedad de la casa y que volvería antes de comer. Elena se reuniría con ellos allí después de entregar la silla.

Había un problema en la evacuación del agua junto a la puerta trasera y una zona de revestimiento que convenía levantar para comprobar el soporte.

El técnico explicó las posibilidades y lo que no podía asegurar sin abrir.

Mateo anotó medidas, pidió una propuesta y sintió un alivio casi culpable por tener delante un problema concreto.

Después estudiaron la pared entre cocina y comedor. Abrirla exigiría comprobar estructura, preparar el proyecto y tramitar lo que correspondiera. El hombre hizo una primera estimación que dejó a Mateo mirando la calculadora.

—Y eso sin ventanas.

—Eso es abrir aquí, resolverlo bien y reponer. Las ventanas van aparte.

Mateo cerró la libreta. Podría hacer una intervención modesta, mantener otras habitaciones cerradas y esperar. Lo había pensado muchas veces; oír la cifra le quitó al plan cualquier vaguedad confortable.

Elena llegó cuando el técnico se marchaba. Había vendido además una mesa pequeña a la misma clienta y estaba de buen humor. Se quitó el abrigo en la cocina y recorrió la casa con una lentitud que Mateo no intentó acelerar.

—Hace frío —dijo.

—No la caliento si no voy a estar.

—Ya. Pero luego vienes y te enfadas con ella.

Mateo abrió una ventana para ventilar. Elena se detuvo delante del estante que ocultaba la marca del calendario. Tocó una esquina de la madera, comprobó que estaba firme y siguió hacia el comedor.

—Quiero quitar esa pared —dijo él.

Ella se volvió.

—¿Para qué?

—Para usar la planta baja. Trabajar aquí y tener un sitio donde juntarnos.

—¿Gabriel quiere?

—Le gusta la idea de abrir. No hemos decidido todo.

Elena pasó la mano por el respaldo de una silla. Mateo esperó una observación sobre Julián, alguna memoria que justificara conservar o cambiar. Ella preguntó por el enchufe más cercano.

—Si vas a trabajar en esa habitación, te faltan tomas. Tu padre tenía una regleta que daba miedo.

Mateo se rio. Recordaba la regleta: tres adaptadores encadenados, un cable sujetado con cinta.

La había tirado hacía años. Subieron al dormitorio del armario.

Las puertas seguían apoyadas contra la pared y los tornillos estaban en una bolsa que Gabriel había etiquetado con una palabra obscena. Elena la leyó y levantó las cejas.

—Alguien ha disfrutado mucho.

Mateo le contó la historia. Ella examinó las uniones y explicó que el mueble se había montado dentro. Una de las piezas podía separarse, pero requería tiempo y herramientas que no llevaba.

—No merece la pena —dijo Mateo.

—Eso lo decide quien lo quiera. No es una reliquia por ser viejo.

Sara ya había comprado otro armario. Mateo lo admitió y Elena propuso desmontarlo para aprovechar algunas tablas.

Él sintió una resistencia inesperada. Había dormido años con aquel mueble frente a la cama; dentro había guardado ropa que no le gustaba y objetos que no quería que su padre encontrara.

Pensar en convertirlo en baldas le pareció de pronto una falta de respeto difícil de explicar.

—Todavía no —dijo.

Elena no insistió. Bajaron a la cocina y él puso agua a calentar en un hervidor que había llevado del piso. Mientras esperaban, su tía preguntó por Gabriel sin usar un tono distinto del que había empleado para hablar de la silla.

—Está cansado. A ratos se encuentra mejor y se enfada porque luego no puede seguir.

—¿Y tú?

Mateo abrió dos tazas de un armario.

—Trabajo. Voy a las citas. Hago la compra.

—Eso ya lo hacías.

La respuesta le molestó. Dejó las tazas con demasiado cuidado.

—No sé qué quieres que te diga.

Elena esperó a que el agua terminara de hervir.

—Nada en particular.

Mateo se apoyó en la encimera. Desde allí veía el sitio donde su padre había dejado tantas veces el pan. No quería hablar de Julián, pero la casa parecía empujar las frases hacia él.

—A veces, cuando Gabriel se duerme, compruebo si respira.

Elena bajó la vista a la taza.

—¿Se lo has dicho a alguien?

—No.

—A mí acabas de decírmelo.

Él soltó una risa sin humor.

—No me hagas eso.

—¿Qué?

—Convertirlo en una conversación importante.

Elena retiró la bolsita de té y la dejó en un plato.

—Pues habla tú como quieras. Yo no sé cómo se hace bien.

Mateo miró por la ventana. El técnico había dejado una marca de lápiz junto a la puerta. Podía ver el problema de la humedad, señalarlo, pedir un precio. Lo otro aparecía a las tres de la mañana y no tenía una forma que pudiera llevar a una mesa de trabajo.

—He pensado en llamar a Inés otra vez —dijo.

—Entonces llama.

—No te he pedido consejo.

Elena lo miró con una mezcla de cansancio y afecto.

—Y yo he hecho doscientos kilómetros. Alguna tontería tendré derecho a decir.

Mateo bajó la cabeza y acabó riéndose. Se disculpó.

Volvieron al piso con tiempo para comer. Gabriel estaba en el sofá, vestido, viendo una entrevista que había pausado tres veces. Elena le dio un beso y preguntó si podía abrir la ventana de la cocina porque había calentado demasiado la sopa. Él respondió que por fin alguien lo entendía.

La comida fue agradable hasta que Mateo mencionó el presupuesto de la casa. Gabriel pidió verlo y él dijo que todavía no era definitivo. La insistencia le salió defensiva. Gabriel dejó la cuchara.

—Solo quería saber cuánto.

Mateo le enseñó la cifra. Elena siguió comiendo, pero se notaba que escuchaba.

—No podemos meternos ahora en eso —dijo Gabriel.

—No he dicho que vayamos a hacerlo ahora.

—Has dicho que el hombre podría empezar con la humedad en enero.

—Porque eso hay que arreglarlo. La pared puede esperar.

Gabriel volvió a leer las notas. Mateo sintió el antiguo impulso de enumerar que la casa era suya, que pagaría él, que no estaba comprometiendo a nadie. No lo dijo. En cambio, señaló las dos partidas separadas.

—Esto es mantenimiento. Esto es una reforma. No estoy mezclándolos.

—Vale —respondió Gabriel, más despacio—. Pues yo los había mezclado.

Elena pidió sal. Mateo alcanzó el salero, demasiado lejos para pasárselo sin levantarse.

Gabriel le acercó la silla al volver. Más tarde, mientras Gabriel dormía, su tía le ayudó a guardar la comida sobrante.

Antes de irse le pidió una fecha para recoger las tablas del armario si al final se decidía.

—No lo he decidido.

—Ya me dirás. No voy a reservarles sitio eternamente.

Mateo la acompañó al coche. Ella le dio un abrazo breve y se marchó con la bolsa de naranjas vacía. Al subir, encontró a Gabriel despierto.

—¿Se ha enfadado?

—No. Quiere mi armario.

—Dáselo antes de que cambie de opinión.

Mateo se sentó a su lado. Gabriel le apoyó un pie sobre la pierna y volvió a poner la entrevista.

Después de unos minutos, él cogió el teléfono y escribió a Inés para preguntar por una cita.

La primera hora disponible no le venía bien.

La segunda coincidía con una visita que tendría que cambiar. La eligió y mandó otro mensaje a Celia.

* * *

La semana siguiente, Mateo pidió una valoración de la casa.

Necesitaba una cifra con la que comparar el coste de la reforma; llevaba meses calculando lo que obtendría de una venta sin saber cuánto podían ofrecerle.

Eligió una agencia de la zona, explicó que estaba estudiando opciones y acordó una visita sin comprometerse a ponerla en el mercado.

Se lo contó a Gabriel antes. Él escuchó con una sorpresa que no intentó disimular.

—¿Lo estás pensando en serio?

—Quiero saber qué significa. No seguir diciéndome que podría venderla sin haber preguntado cuánto ni en qué condiciones.

Gabriel asintió.

—Puedo ir contigo si quieres.

Mateo respondió que sí. La visita se fijó en una mañana en la que Gabriel se encontraba mejor y no tenían consultas. Llegaron antes que el agente y abrieron las ventanas de abajo.

El hombre recorrió la casa con una educación neutra.

Preguntó por superficie, reformas, estado de instalaciones y documentación.

No la describió como un lugar cargado de recuerdos; señaló orientación, distribución y trabajos pendientes.

Mateo descubrió que le molestaba oírla tratada como una propiedad corriente, aunque eso fuera exactamente lo que había solicitado.

En el dormitorio del armario, el agente comentó que la estancia ganaría mucho vacía. Gabriel miró a Mateo con una expresión que estuvo a punto de hacerlo reír. Él explicó que estaban retirando muebles. No contó la historia del tornillo ni la de Sara.

La valoración llegó días después, con un rango y varias condiciones, no con una cantidad garantizada.

Mateo la leyó en el despacho. Podría vender, sí.

Tendría que asumir gastos, tiempo y la incertidumbre de encontrar comprador.

Restó la comisión, abrió las cuentas de la reforma y tardó un rato en darse cuenta de que estaba usando las dos cifras más favorables.

Gabriel se sentó a su lado para verla.

—Es menos de lo que pensabas.

—Un poco.

—¿Eso cambia lo que quieres?

Mateo giró la silla hacia la ventana. Llevaba tiempo usando el valor de la casa como una cifra abstracta que justificaba conservarla o venderla según el día. Ahora tenía una aproximación y seguía sin una respuesta automática.

—No quiero venderla por cansancio —dijo—. Pero tampoco quiero quedármela porque me dé vergüenza venderla.

Gabriel pasó una página del informe.

—Podemos dejar de ir cada sábado durante un tiempo. Hacer lo necesario y ya está.

—No puedes dejar una casa cerrada sin ocuparte.