8. Fuera de horario #3
—Llevo tres fines de semana cubriendo cambios —dijo Dani—. Mi mujer ha cancelado dos cosas por eso. Estoy cansado. No estoy enfadado porque estés enfermo, pero estoy cansado y parece que no puedo decirlo sin quedar como un cabrón.
Gabriel retiró la mano del ratón.
—Yo no te he llamado eso.
—Todavía.
La llamada acabó sin acuerdo. Dani confirmó que acudiría al montaje y que hablarían el lunes con Álex. Gabriel cerró el portátil y se quedó sentado, con el cable del cargador cruzándole una pierna.
Mateo le puso el café delante.
—Te estás enfadando conmigo por adelantado —dijo cuando Gabriel levantó la vista.
—No he dicho nada.
—Lo sé. Pero conozco esa cara.
Gabriel apartó la taza.
—No quiero que me digas que Dani tiene razón.
—No sé quién tiene razón en todo. Sé que mañana hay un montaje y hoy no lo podéis cubrir como habíais pensado.
—Gracias. Esa parte la había entendido.
Mateo cogió su taza y salió al balcón. Necesitaba aire y no quería responder con una crueldad pequeña que después tendría que retirar. Desde allí veía las luces de la calle reflejadas en el asfalto mojado. Oyó a Gabriel moverse dentro, abrir un cajón y cerrarlo.
Al volver, él estaba guardando el ordenador en una funda.
—Voy al almacén.
—¿Ahora?
—Quiero revisar el material de mañana.
Mateo dejó la taza sobre la mesa.
—Estás agotado.
—Puedo sentarme y comprobar una lista.
—Podías hacerlo hace diez minutos, antes de discutir.
Gabriel se volvió despacio.
—No me hables como si tuviera quince años.
—Entonces no conviertas una bronca en una prueba de que puedes con todo.
La frase salió más dura de lo que Mateo quería. Gabriel se quedó quieto, con la funda colgando de una mano. Mateo apartó la silla del paso. Gabriel no se movió.
—Voy a revisar una lista —dijo al fin—. No voy a cargar una furgoneta. Si quieres, llévame. Si no, pido un taxi.
Mateo miró la hora. Tenía trabajo pendiente y estaba cansado también.
—Te llevo. Pero necesito volver en una hora.
Gabriel aceptó.
En el almacén, Álex estaba separando cajas.
Recibió a Gabriel con un gesto de alivio y después miró a Mateo buscando una complicidad que él no le ofreció.
Se sentó en un taburete mientras los dos revisaban la lista.
Gabriel detectó una referencia equivocada y Álex encontró un adaptador que nadie había incluido. Trabajaron sin hablar de Dani.
A los cuarenta minutos, Gabriel empezó a perder el hilo. Preguntó dos veces por el mismo cable y se quedó mirando una etiqueta. Mateo esperó a que fuera él quien levantara la cabeza.
—Nos vamos —dijo Gabriel.
Álex protestó que casi habían terminado. Gabriel cerró la lista y se la tendió.
—Pues termina tú.
En el coche no habló hasta llegar al semáforo de la salida.
—Me habría quedado una hora más si no hubieras dicho lo de volver.
Mateo mantuvo los ojos en la carretera.
—Yo no puedo ponerte una hora cada vez.
—Ya lo sé.
El semáforo cambió. Gabriel apoyó la cabeza contra el cristal y se quedó callado el resto del trayecto.
El lunes celebraron la reunión. Mateo no estuvo dentro.
Dejó a Gabriel en la puerta y fue a una visita con Celia.
Ella había preparado una lista de incidencias sin dulcificar ninguna.
Mateo agradeció poder discutir durante una hora sobre algo que podía medirse.
La distribución de tareas que propusieron le costaría más dinero del previsto, pero permitiría que los clientes tuvieran una persona disponible cuando él estuviera fuera.
Gabriel lo llamó al salir. Habían acordado revisar entre dos las confirmaciones, contratar refuerzo durante el tratamiento y aplazar la compra de equipo. Él mantendría trabajo de preparación cuando pudiera; no tendría que demostrar cada día que podía justificar su sitio.
—Eso último lo ha dicho Álex —aclaró—. Dani ha dicho que no puede hacer presupuestos con «cuando pueda».
—¿Y qué habéis hecho?
—Poner un mínimo que cubran ellos y contar conmigo para lo demás. Menos bonito, más útil.
Mateo lo recogió junto a la furgoneta abollada. Dani salió detrás y se acercó a la ventanilla.
—Lo del viernes… —empezó.
Gabriel lo interrumpió.
—Ya está hablado.
—Contigo. A él le grité por teléfono cuando preguntó por el material.
Mateo recordó que había llamado al almacén mientras Gabriel se cambiaba para salir. Dani había respondido a gritos que mirase la lista; él colgó sin insistir.
—No pasa nada.
—Sí pasa. No era asunto tuyo. Perdona.
Se quedó un momento más, sin saber cómo despedirse, y al final golpeó el techo del coche con dos dedos. Gabriel lo vio alejarse.
—Es un pesado.
—Un poco.
—No te acostumbres a darme la razón. Se vuelve adictivo.
Mateo arrancó. Antes de salir del polígono, Gabriel pidió parar a comprar pan. Entró él solo y volvió con una barra, dos empanadillas y un sobre de lotería que alguien le había ofrecido en la caja.
—No podemos permitirnos otro plan financiero tuyo —dijo Mateo.
Gabriel dejó el sobre en la guantera.
—Si toca, me compro a Dani y lo alquilo por horas.
Comieron las empanadillas en el coche, manchando de hojaldre los asientos. Gabriel lo reconoció antes de que Mateo pudiera protestar y prometió limpiarlo. Una semana después las migas seguían allí.