8. Fuera de horario #2
El hombre respondió algo largo. Gabriel esperó con los labios apretados.
—Si nos deja entrar una hora más tarde, no puede pedir que esté listo a la misma hora.
Mateo levantó los ojos. Conocía aquel tono: Gabriel estaba a punto de volverse demasiado claro para conservar la cortesía.
El cliente insistió en que otra empresa lo haría por menos.
Gabriel le pidió que le mandara una propuesta comparable y ofreció revisar el alcance, no rebajar una cifra sin cambiar nada.
Cuando colgó, se quedó mirando el teléfono.
—Ahora llamará a Dani.
—Puede que no.
El móvil vibró antes de que Mateo terminara la frase. Gabriel le enseñó el nombre de su socio en la pantalla y contestó.
Dani quería saber qué habían ofrecido exactamente.
La conversación empezó profesional y se fue torciendo cuando propuso ceder una parte del margen para conservar al cliente.
Gabriel explicó que no podían hacerlo sin cargar el coste sobre quienes realizaran el montaje.
Dani respondió que también había que pensar en los trabajos de los meses siguientes.
Mateo se puso auriculares, pero no reprodujo música. Le incomodaba estar presente en una discusión que Gabriel habría tenido antes en el almacén, lejos de él. A los pocos minutos recogió el ordenador y se fue al despacho.
Más tarde, Gabriel llamó a la puerta.
—No tenías que irte.
—Tampoco necesitaba quedarme a escuchar.
Él apoyó un hombro en el marco.
—Hemos aceptado menos equipo y otro horario. El cliente sigue descontento porque quería todo.
—¿Y tú?
—Yo quería mandarlo a paseo. Pero no he ganado esa votación.
Mateo le hizo sitio en una esquina de la mesa. Gabriel se sentó allí y empezó a hablar del montaje. Volvió al cambio de horario. Sin él allí, Álex querría terminar el montaje deprisa; ya había pasado antes.
—Antes también aceptabais trabajos difíciles —dijo Mateo.
—Antes estaba yo.
La frase salió sin ironía. Gabriel lo notó y se quedó un momento callado.
—Eso ha sonado bastante mal.
—Un poco.
—No creo que sean inútiles.
—Ya lo sé.
Gabriel frotó el borde de la mesa con un dedo, levantando una pequeña mancha seca de pegamento.
—Me gusta llegar y saber qué hay que hacer. Entrar en una sala que está hecha un desastre y que a las ocho funcione. Ahora todo lo que hago está en una pantalla. Y si mañana no lo hago, alguien lo hace después.
—¿Qué parte podrías seguir haciendo de otra manera?
Gabriel negó.
—Hoy no quiero encontrar una solución. Hoy quiero quejarme de que no me gusta esta.
Mateo aceptó. Lo escuchó hablar del cliente, de Dani y de un montaje antiguo en el que había resuelto una avería minutos antes de empezar. Gabriel se animó al recordarlo y exageró su propia intervención lo suficiente para que él pudiera burlarse.
Al salir del despacho, volvió al ordenador y revisó el calendario. Tenía varias ventanas abiertas, un presupuesto a medias y un mensaje del cliente con la hora definitiva. Copió la información entre dos llamadas, confiando en que era una tarea que no necesitaba más atención.
El problema empezó con una fecha mal copiada.
Gabriel había trasladado al calendario un montaje del sábado como si fuera el domingo y Álex había organizado el transporte sobre esa previsión.
Lo descubrieron cuando el cliente llamó para preguntar a qué hora llegarían al día siguiente.
Gabriel estaba en casa, delante del ordenador, y tardó unos segundos en entender por qué Álex hablaba tan deprisa.
Mateo lo oyó desde el despacho. Se acercó a la puerta, pero Gabriel le hizo un gesto para que no interviniera. Abrió correos, buscó un contrato y encontró la fecha correcta. Había sido él. No podía atribuirlo a un mensaje ambiguo ni a un cambio de última hora.
—Lo he copiado mal —dijo—. Voy a arreglarlo.
Álex respondió algo que Mateo no alcanzó a oír. Gabriel cerró los ojos un instante y empezó a llamar a las personas que podían cubrir el montaje. La primera estaba fuera; la segunda trabajaba con otra empresa. La tercera pidió una tarifa que dejó a Gabriel inmóvil frente a la pantalla.
—Es mañana —le dijo después a Mateo—. Puede pedirlo.
Mateo acercó una silla. Gabriel no lo miró.
Llevaba días haciendo desde casa pequeñas tareas de coordinación y aquella era la primera vez que un error suyo alteraba el trabajo de los demás.
No sabía cuánto tenía que ver con el tratamiento y cuánto con una equivocación corriente.
Parecía molestarle no poder distinguirlo.
Dani llamó a las seis. Mateo estaba preparando café y oyó desde la cocina que la conversación cambiaba de tono.
—No he dicho que no puedas hacer nada —decía Dani a través del altavoz—. He dicho que las confirmaciones tienen que pasar por dos personas.
—Las mías.
—Todas.
—No me tomes por imbécil.
Mateo dejó de mover la cuchara. Gabriel lo vio en la puerta y bajó el volumen, pero no desactivó el altavoz.
—Las de Álex también —continuó Dani—. Y las mías. No puedo pagar otro refuerzo así por un error que una revisión habría evitado.
—Lo pago yo.
—No te estoy pidiendo que lo pagues tú.
—Pues no me pases la factura cada vez que abres la boca.
Hubo un silencio. Mateo vio a Gabriel enderezarse, preparado para una réplica que no llegó enseguida.