La vida que quiero (Todo lo que nunca fui nº 3) 8. Fuera de horario
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8. Fuera de horario

Fuera de horario

El viernes señalado con un círculo enorme en el calendario llegó cuando Gabriel empezaba a encontrarse algo mejor. No habían reservado restaurante. Mateo propuso uno cerca de casa y él quiso ir hasta el paseo, a un sitio donde servían pescado y dejaban demasiado espacio entre las mesas.

—Así no oigo la vida de los demás —explicó.

—A ti te encanta oír la vida de los demás.

—Hoy tengo bastante con la mía.

Llamaron para preguntar si podían comer pronto, antes de que se llenara. Gabriel había consultado con el equipo las precauciones que debía mantener y no quería pasar la salida discutiéndolas. Mateo guardó las recomendaciones en el teléfono y no volvió a mencionarlas durante el trayecto.

El restaurante estaba casi vacío. Les dieron una mesa junto a la ventana, desde la que se veía a un hombre intentando sujetar una sombrilla cerrada contra el viento.

Gabriel pidió lo que le apetecía y después cambió de idea.

El camarero no hizo ningún comentario. Mateo agradeció en silencio aquella indiferencia profesional.

Hablaron del edificio de Madrid. La fundación había aceptado al equipo y el contrato ya estaba en marcha; Inma quería una primera presentación antes de Navidad.

Gabriel preguntó por el acceso lateral y por la sala de ensayo.

Mateo le enseñó una sección en el teléfono, pero él lo apartó después de dos minutos.

—Con palabras. Si miras eso, ya no vuelves.

Mateo dejó el móvil boca abajo. Explicó el problema usando el salero y dos cubiertos. Gabriel corrigió la posición de uno.

—Así te entra el equipo.

—Así me quitas el almacén.

—Pues deja de guardar cosas.

El camarero llegó con el entrante y tuvieron que desmontar el edificio para hacer sitio. Gabriel comió despacio. Había perdido algo de peso y la camisa le quedaba más suelta en los hombros. Mateo se dio cuenta de que lo estaba mirando y bajó los ojos al plato.

—Puedes mirarme —dijo Gabriel.

—Te estaba mirando.

—Ya. Pero luego pones cara de haber abierto una carta que no era tuya.

Mateo cogió el vaso.

—No sé dónde está el límite.

—En preguntar cada vez qué me pasa porque me he quedado callado diez segundos.

—Vale.

—Y en decidir que ya no puedo querer que me mires el culo.

Mateo levantó la vista. Gabriel estaba serio, aunque tenía una comisura a punto de traicionarlo.

—Eso no lo he decidido.

—Pues estabas disimulando muy bien.

Comieron el segundo plato sin hablar de síntomas ni citas.

Gabriel contó una anécdota de un montaje antiguo en el que un cantante había exigido una botella de agua a una temperatura imposible de comprobar.

Mateo había oído la historia, pero nunca aquella parte donde Álex fingía medirla con un termómetro de cocina.

Se rio hasta tener que dejar el tenedor.

Después caminaron por el paseo. El viento les obligaba a inclinarse y Gabriel se cansó antes de lo que esperaba.

No quiso volver enseguida; se sentaron en un banco protegido por una pared.

Mateo no dijo que había previsto que pasaría.

Se quitó la bufanda y la puso entre el respaldo frío y el cuello de Gabriel.

—Eso sí puedes hacerlo —dijo él.

—Gracias por autorizar mi bufanda.

Gabriel le metió la mano en el bolsillo del abrigo. Tenía los dedos tibios y una uña rota que rozó la piel de Mateo. Se quedaron mirando el agua mientras una pareja discutía sobre la dirección de una ruta. Al cabo de unos minutos Gabriel se inclinó hacia él y le besó la mandíbula.

—Vámonos a casa.

Mateo lo miró.

—¿Estás cansado?

—También.

El taxi tardó siete minutos. Durante la espera, Gabriel mantuvo la mano dentro de su bolsillo y Mateo descubrió que llevaba un rato sonriendo sin haberlo decidido.

En el piso dejaron los abrigos sobre las sillas. Gabriel lo besó antes de que pudiera colgar el suyo. Mateo respondió con cuidado al principio, pendiente del cuello, del cansancio, de una lista de cosas que se le cruzaban por la cabeza. Gabriel se apartó lo justo para mirarlo.

—Si necesito parar, te lo digo.

—Lo sé.

—Entonces ven.

Le desabrochó dos botones de la camisa y lo atrajo de nuevo. Mateo notó la familiaridad de sus manos y, debajo, una urgencia que no le exigía velocidad. Lo besó más despacio. Gabriel dejó escapar una respiración larga y se apoyó contra la mesa, con la rodilla entre las de él.

Llegaron al dormitorio riéndose de una manga que se había quedado enganchada.

Mateo apagó la luz del techo, pero Gabriel le pidió que dejara la lámpara.

Se miraron un momento sin hablar. Había cambios que no podían ignorar y partes del cuerpo que Mateo conocía tan bien que su mano iba hacia ellas antes de pensar.

—¿Así? —preguntó una vez.

Gabriel le respondió acercándolo. Al cabo de un rato Gabriel pidió una pausa. Se quedaron de lado, cerca, hasta que dejó de respirar tan deprisa.

Mateo se había tumbado con el brazo bajo la almohada.

Gabriel le rozó el hombro al cambiar de postura y él lo retuvo por la cintura, sin atraerlo todavía.

Tenía el labio inferior enrojecido. Mateo pasó el pulgar por allí, pensando en cómo había sostenido la copa en el restaurante, en la mano dentro de su bolsillo durante la espera del taxi.

—¿Qué miras?

—A ti.

Gabriel bajó los ojos hacia su boca. Le apartó la mano para besarlo y Mateo sintió el peso de su cuerpo contra el suyo, la presión firme que había echado de menos antes de saber que la echaba de menos.

Al separarse, Gabriel cogió del borde de la cama la camisa de Mateo y la dejó sobre sus propias piernas.

—Te quedaba bien hoy.

Mateo se sentó en el borde de la cama.

—Me la compraste tú.

—Por eso.

Gabriel le pasó un dedo por la costura del hombro, siguiendo la tela hasta donde terminaba.

Después le tocó la piel, con una atención que hizo a Mateo dejar de pensar en si debía llevarle agua.

Había pasado tantas semanas haciendo cosas útiles que recibir una caricia sin propósito práctico le resultó casi difícil.

—Ven aquí —dijo Gabriel.

Él se acercó. Gabriel lo miró con calma, recorriéndole la cara antes de besarlo. Mateo notó la presión de su mano en la espalda y se apoyó para no cargarle todo el peso. Gabriel le indicó con un movimiento pequeño dónde quería tenerlo. No tuvo que explicarlo más.

Se besaron hasta que la respiración de ambos cambió. Mateo le acarició el costado y encontró una reacción conocida, una risa breve que siempre intentaba disimular. Gabriel le atrapó la muñeca.

—Eso es hacer trampas.

—Llevas años avisándome.

—Y no mejoras.

Gabriel se desplazó para hacerle sitio y Mateo apoyó la frente junto a la suya. Una sábana se les había enrollado entre las piernas. Tiraron cada uno de un extremo, se enredaron más y tuvieron que separarse, riendo, para sacarla.

En un momento Gabriel se quedó quieto. Mateo se detuvo enseguida.

—¿Qué pasa?

Él tardó en responder.

—Estoy pensando demasiado.

Mateo apartó un poco el cuerpo para verlo.

—¿Quieres que paremos?

—Quiero que no parezca un examen que tengo que aprobar antes de cansarme.

Mateo le besó la mejilla. Permaneció cerca, sin buscar el siguiente movimiento. Gabriel lo acarició a él durante un rato, explorando una familiaridad que no había desaparecido porque ahora necesitaran más pausas. Él cerró los ojos y dejó de comprobar cómo estaba el otro a cada instante.

Cuando volvieron a besarse, Gabriel tenía menos prisa. Le pidió algo al oído. Mateo sonrió y lo atrajo hacia sí. Más tarde, cansados, se quedaron abrazados con la ropa extendida alrededor de la cama.

Gabriel se durmió un rato y Mateo permaneció despierto. Le gustaba el peso de su brazo, la tibieza de la piel donde tocaba la suya. Sintió deseo de nuevo, suave y sin urgencia, y no hizo nada con él.

Al despertar, Gabriel se incorporó un poco y le miró la cara.

—¿Qué?

—Nada.

—Estás poniendo cara de pensar una cosa importante.

Mateo le besó la boca.

—Estaba pensando que tengo hambre.

Gabriel se dejó caer sobre la almohada.

—Esa sí la comparto.

Se levantaron a media tarde. En la cocina, él se puso una camiseta de Mateo que le quedaba corta y abrió la nevera.

—No hay nada digno de lo que acaba de pasar.

—Hay queso.

—El queso puede estar a la altura.

Comieron de pie, compartiendo un cuchillo para cortar el pan. Gabriel le dejó una miga pegada en la comisura y tardó en avisarlo. Mateo lo persiguió hasta el salón, sin correr, y acabaron en el sofá con una manta sobre las piernas.

Al anochecer Gabriel recibió una llamada de su madre. Contestó en el dormitorio; Mateo oyó su voz volverse más paciente, luego cansada. Cuando regresó, dejó el móvil sobre la mesa y se quedó mirando la pantalla apagada.

—Quiere venir toda la semana.

Mateo esperó.

—Le he dicho que dos días. Se ha quedado dolida.

—¿Quieres que…?

—No. Ya lo hablaré con ella.

Mateo acomodó la manta para dejarle sitio. Gabriel se sentó cerca, pero sin apoyarse enseguida.

—Me ha preguntado si comía bien. Le he dicho que sí y ha empezado a decirme qué debía comer. He estado a punto de colgar.

—¿Y qué has hecho?

—Decirle que tenía que ir al baño. Muy adulto todo.

Mateo le pasó el mando. Gabriel puso una película y preguntó si quería palomitas. Él respondió que no; diez minutos después estaba robándoselas del cuenco.

Antes de acostarse, Gabriel arrancó la hoja de noviembre del calendario, aunque todavía quedaban unos días. La dejó sobre la encimera para copiar una cita. Mateo vio el círculo alrededor del viernes y no dijo nada. Gabriel lo recortó con las tijeras y lo sujetó al imán de la nevera, torcido.

—Para que no digas que no cumplimos nunca los planes.

El resto del mes fue a la papelera.

* * *

El cliente quería el mismo equipo por menos dinero y además había cambiado la hora de entrada.

Gabriel lo escuchó desde casa, con el teléfono apoyado junto al teclado, mientras Mateo intentaba terminar una memoria al otro lado de la mesa.

La conversación llevaba veinte minutos y había dejado de avanzar hacía diez.

—No es solo poner unos altavoces —dijo Gabriel—. Hay que transportarlos, montarlos y probarlos antes de que entre la gente.