La vida que quiero (Todo lo que nunca fui nº 3) 7. Lo firmado #3
27%

7. Lo firmado #3

Una tarde el cansancio lo sorprendió en mitad de una conversación. Estaba contando una discusión entre sus socios y dejó la frase sin terminar. Mateo esperó. Gabriel cerró los ojos y dijo que le diera cinco minutos. Durmió casi una hora, con una mano metida entre los cojines.

Mateo trabajó en la mesa del comedor, muy quieto.

Cuando sonó el teléfono lo cogió deprisa para que no despertara.

Era Celia: había revisado la obra local y detectado un problema que él tendría que haber dejado anotado.

Mateo salió al balcón para hablarlo. Ella no lo culpó, pero tampoco le ahorró la revisión.

Al volver, Gabriel estaba despierto.

—Puedes hacer ruido —dijo.

—Era trabajo.

—Ya. Yo también he dormido con gente trabajando cerca. No soy una pieza de museo.

Mateo recogió dos papeles para dejarle espacio. Gabriel se incorporó y los apartó otra vez.

—No te vayas. Solo deja de moverte como un ladrón.

Mateo abrió el ordenador. Un rato después, Gabriel puso los pies sobre una silla y empezó a corregirle, sin haber entendido nada, una línea del plano.

* * *

La clienta del revestimiento llamó un martes por la tarde para decir que prefería trabajar directamente con Celia.

Mateo estaba en el supermercado y se apartó entre dos estanterías antes de responder.

No había un incumplimiento grave ni una acusación que pudiera rebatir.

Ella necesitaba a alguien disponible para las decisiones diarias y Celia ya conocía la obra.

—No es por lo que le está pasando a su pareja —añadió la mujer, que había sabido lo justo por una conversación anterior—. Entiéndame.

Mateo dijo que lo entendía. La frase le supo amarga. Podía comprender la necesidad y sentirse apartado a la vez. Acordó hablar con Celia para delimitar lo ya realizado y lo pendiente, y terminó la llamada con una cortesía que le costó mantener.

Al llegar a casa, Gabriel dormía. Mateo guardó la compra en silencio, dejó un producto en el armario equivocado y volvió a sacarlo. Llamó a Celia desde el despacho.

—Me lo ha dicho esta mañana —explicó ella—. Le he respondido que primero tenía que hablar contigo.

—Podrías habérmelo avisado.

—Podría. He preferido que te lo dijera ella, porque es su decisión.

Mateo se quedó callado. Celia no había intentado quitarle un cliente, pero él tenía ganas de atribuirle al menos una parte del malestar.

—Hay trabajo mío en todo eso.

—Pásame las horas que faltan. Las cobramos antes de cambiar nada.

Revisaron el acuerdo. Mateo cobraría la parte hecha y dejaría de facturar la que asumiera ella. Tendrían que comunicar con claridad quién respondía de cada cuestión a partir de entonces. Él pidió un día para ordenar la documentación.

Cuando colgó, Gabriel estaba en la puerta. Llevaba una manta sobre los hombros y parecía haber escuchado solo el final.

—¿Problemas?

—Una clienta quiere que Celia se quede con lo que falta. Me ha sentado mal.

Gabriel se sentó en la silla de enfrente y escuchó. Mateo contó la conversación sin fingir que el dinero era lo único que le preocupaba. Le había dolido que la mujer pareciera aliviada al dar la explicación, como si llevara semanas esperando que él dejara de interponerse.

—Igual le costaba decírtelo —respondió Gabriel.

—Seguramente.

—Eso no hace que te tenga que gustar.

Mateo movió una carpeta de sitio. Gabriel lo observó un momento y después le pidió agua.

—No te lo he pedido para cambiar de tema —dijo Gabriel cuando volvió.

Mateo se sentó con el vaso en la mano antes de entregárselo.

Siguieron hablando. Gabriel le contó una vez que un cliente había contratado directamente a un técnico al que ellos habían recomendado.

Se acordaba del nombre completo del hombre y del último correo que le había mandado.

Meses después todavía le fastidiaba responderle.

Mateo se rio al imaginarlo. Después recordó que había respondido con una frase demasiado cortante a Celia y cogió el teléfono para corregir el tono, sin retirar las cuestiones que necesitaban acordar.

Al día siguiente fue a la obra para entregar documentación y despedirse de la parte que dejaba. La clienta le agradeció el trabajo y le enseñó una muestra que habían elegido. Mateo tuvo que contener una observación sobre el color. Celia estaba allí y lo vio hacerlo.

Cuando salieron, ella le pidió que mirara un detalle de otro proyecto por el que sí quería contratarlo. Mateo preguntó alcance y plazo antes de aceptar.

Volvió a casa con menos ingresos previstos y una tarde libre que no sabía cómo usar. Gabriel estaba despierto, mirando por la ventana. Le preguntó si quería bajar a caminar unos minutos. Él aceptó y tardó en encontrar un jersey que no le diera demasiado calor.

En la calle, Gabriel se detuvo ante una bicicleta de segunda mano y llamó a Mateo para preguntarle por el precio.

El dependiente salió a explicárselo. Tenía otra más barata dentro; Gabriel quiso verla y Mateo acabó esperando junto al mostrador mientras discutían sobre unos frenos.

Ya habían pasado veinte minutos cuando le preguntó si pensaba comprarse una bicicleta.

—Hoy no.

El dependiente lo oyó. Gabriel le pidió una tarjeta de todos modos y siguió preguntando.