7. Lo firmado #2
Después se acostaron temprano. Gabriel se tumbó de lado, frente a él. Mateo veía la cicatriz pequeña del cuello y el vello oscuro que nacía por encima de la camiseta. Quiso besarlo allí y se detuvo.
—¿Te duele?
—Un poco si aprietas. Puedes besarme en otros sitios, por si se te han olvidado.
Mateo empezó por la boca. Gabriel le sujetó la mandíbula y lo atrajo con una impaciencia que le devolvió el cuerpo entero a aquel momento. Se besaron hasta que Mateo tuvo que apartarse para quitarse el jersey. Al volver, Gabriel estaba riéndose de su torpeza con una manga.
Más tarde, bajo la sábana, Mateo apoyó la mano en su costado. Gabriel trazó con un dedo una línea sobre el dorso.
—Tengo miedo de cambiar mucho —dijo.
Mateo iba a contestar que seguiría siendo él. Se quedó callado un segundo.
—¿Qué es lo que más te preocupa?
—Ahora mismo, todo. Mañana te haré una selección.
Mateo acercó la frente a la suya. Gabriel cerró los ojos y se quedó despierto un buen rato, moviendo de vez en cuando el pie contra el de él.
* * *
La enfermera les dijo que aquella primera sesión sería larga. Gabriel miró la bolsa que habían llevado y preguntó si tenían que haber traído también una muda y un contrato de alquiler. La mujer sonrió mientras comprobaba los datos de la pulsera.
—Con algo para entretenerse nos conformamos.
Mateo había preparado un libro, cargadores, agua y una sudadera. Gabriel sacó de la bolsa una bolsa pequeña de caramelos que él no había visto guardar. La dejó sobre la mesa auxiliar, junto al teléfono, y observó el sillón reclinable antes de sentarse.
Era la segunda semana de noviembre. Al otro lado de la ventana había un patio interior por el que pasaban trabajadores con batas abiertas.
En la sala sonaban bombas de infusión y conversaciones bajas.
Una mujer explicaba a su acompañante cómo regar una planta; dos sillones más allá, alguien veía un concurso con auriculares que dejaban escapar una música insistente.
La enfermera, Alicia, les explicó lo que iba a administrar y qué sensaciones debían avisar.
Mateo se preguntó si Gabriel estaba escuchándolo todo.
Él hacía preguntas muy concretas, sobre levantarse, ir al baño o comer.
Cuando empezó la infusión se quedó mirando el tubo durante un rato y después abrió el libro.
No pasó nada extraordinario. Mateo había imaginado una reacción visible, algún signo de que el tratamiento había empezado a actuar.
Lo que vio fue a Gabriel leyendo dos páginas, consultando el teléfono y preguntando cuánto faltaba.
La lentitud le produjo alivio y una ansiedad nueva, difícil de justificar.
—¿Puedes dejar de mirar la máquina? —murmuró Gabriel.
—Estaba mirando la hora.
—Tienes un reloj.
Mateo se levantó para estirar las piernas. En el pasillo respondió a Tomás, que necesitaba una decisión sobre una distribución. Le mandó un croquis y tardó unos minutos en darse cuenta de que estaba hablando en voz demasiado baja, como si el trabajo fuera una indiscreción.
Cuando regresó, Gabriel había cerrado el libro.
—Álex ha perdido las llaves del armario de herramientas.
—¿Otra vez?
—Las tiene Dani. Se las quitó para que no volviera a perderlas.
Mateo se sentó y Gabriel le enseñó la conversación. Se rieron de una fotografía en la que Álex sostenía tres llaveros equivocados. Alicia se acercó para revisar la infusión y les preguntó si todo iba bien. Gabriel dijo que sí. Mateo esperó a que se alejara para sacar la comida.
La tarde se alargó. Gabriel durmió un rato y despertó irritado por una llamada comercial.
Mateo quiso bajar la persiana porque le daba el sol en la cara; el mecanismo se atascó a medio camino y tuvieron que pedir ayuda.
Aquella pequeña avería le hizo sentirse inútil de una forma desproporcionada.
Alicia la arregló tirando de otro cordón.
—Lleva así meses —dijo.
Gabriel lo observó regresar a la silla.
—No lo añadas a tu cartera de proyectos.
Al terminar, repasaron las instrucciones para casa. Mateo quiso repetirlas en voz alta y Gabriel lo dejó hasta que llegó por tercera vez al mismo punto.
—Lo tenemos escrito —dijo—. Vamos.
En el aparcamiento se habían olvidado de la planta. Tardaron diez minutos en encontrar el coche. Gabriel caminaba más despacio y Mateo sentía ganas de pedirle perdón por cada paso de más. Cuando por fin lo vieron, él se apoyó un instante en el techo.
—La próxima vez hacemos una foto —dijo.
—Sí.
—Y una foto de dónde guardamos la foto.
En casa pidió tostadas. Mateo había cocinado algo más elaborado que quedó para otro día. Se sentaron en la cocina con las instrucciones cerca, pero sin leerlas mientras comían. Gabriel estaba cansado y a la vez inquieto. Encendió la televisión, cambió de canal varias veces y acabó apagándola.
—Pensaba que iba a llegar y caerme dormido.
—Puedes tumbarte aunque no duermas.
—Gracias por descubrirme el sofá.
Mateo recogió su plato con más ruido del necesario. Gabriel cerró los ojos.
—Perdona.
—Ya está.
—No, no está. Estoy… No sé ni lo que estoy.
Mateo volvió a sentarse. Tenía hambre, pero no quería calentar su comida delante de Gabriel. Él lo vio mirar hacia la encimera.
—Cena, por favor. Si dejas de comer cada vez que yo no tenga hambre, vas a estar insoportable.
Calentó una ración y comió mientras Gabriel hablaba de una cosa que había leído en el hospital.
Era un artículo sobre una sala de conciertos con una acústica pésima.
Al principio Mateo respondió con monosílabos; después discutieron sobre si el arquitecto había tenido margen para evitarlo.
Gabriel parecía más despierto cuanto más le llevaba la contraria.
A las dos de la mañana seguía sin dormir. Mateo lo encontró en el salón, sentado con una manta sobre las piernas y la luz del pasillo encendida. Tenía el teléfono boca abajo.
—¿Te encuentras mal?
—Estoy despierto.
Mateo se sentó a su lado. Gabriel le pidió que no hablara de dormir, así que se quedaron viendo un documental sin sonido hasta que entendieron que trataba de una especie de pez que cambiaba de color.
Mateo empezó a inventar lo que decía el narrador.
Gabriel le corrigió los disparates técnicos con una seriedad creciente.
—Ese no es el macho alfa de nada. Eso es un alga.
—No juzgues sus aspiraciones.
Gabriel se rio y después se tapó los ojos. Mateo dejó el mando sobre la mesa.
—¿Qué pasa?
—Nada. Estoy cansado.
Se inclinó hacia él y Mateo lo abrazó sin intentar acomodarlo enseguida. Gabriel permaneció rígido unos segundos; luego dejó caer el peso. Lloró poco, con rabia, y al terminar se quejó de que la nariz se le había cerrado. Mateo le pasó un pañuelo del bolsillo de la bata.
—Ahora llevas de estos encima —dijo Gabriel.
—Siempre he sido un hombre preparado.
—Ayer olvidaste el coche.
Volvieron a la cama cuando empezó otro documental. Mateo se durmió antes. Por la mañana encontró a Gabriel ya levantado, preparando café y mirando las instrucciones de medicación con las gafas puestas.
Los días siguientes no se parecieron entre sí.
Hubo una mañana en la que Gabriel quiso ordenar el almacén desde el ordenador y otra en la que subir del portal lo dejó sin ganas de hablar.
Mateo aprendió a preguntar cosas pequeñas: si quería comer ahora, si prefería la ventana abierta, si le molestaba el olor de la cocina.
A veces acertaba y otras Gabriel respondía que no sabía.