7. Lo firmado
Lo firmado
El edificio de Madrid perdió una habitación antes de que Mateo firmara el contrato.
La habían suprimido en una reunión por vídeo para resolver la circulación de servicio, y el representante económico de la fundación quería recuperarla en cualquier otro sitio.
Mateo llevaba media hora explicando por qué no podían convertir un almacén sin luz en un dormitorio cuando recibió un mensaje de Gabriel: «Ya he salido. Todo hecho».
Había ido con Vera a una de las pruebas. Mateo leyó el mensaje dos veces y volvió al plano.
—Si reducimos la sala común… —insistió el hombre.
—Entonces deja de servir para el programa que habéis aprobado —respondió Clara.
Mateo agradeció que interviniera. Había dormido mal y notaba la paciencia más corta.
Al terminar, llamó a Gabriel y después abrió el documento que Tomás le había enviado.
Tomás había marcado en amarillo las visitas que ya tenía ocupadas.
Tomás asumiría la coordinación presencial que hubieran acordado, pero no estaría disponible todos los días ni firmaría decisiones que no hubiera podido revisar.
Tomás lo llamó esa tarde. Quería saber qué ocurriría si una visita de Mateo se convertía en una semana entera de ausencia. Él respondió que pagarían las jornadas adicionales. Tomás le pidió que lo incluyera: había dejado de contar con horas sueltas en cuanto vio el calendario.
Mateo añadió la previsión a la hoja de gastos.
Después abrió el acuerdo con Celia. Dos mañanas en Valnera; Madrid y los viajes ya se llevaban casi todo el resto.
Quitó de la agenda una visita a un posible cliente y le escribió para recomendarle a otra persona.
El hombre respondió enseguida, agradecido.
Mateo sostuvo el teléfono hasta que la pantalla se apagó.
* * *
El domingo de aquella semana, Mateo abrió las cuentas sobre la mesa y se dio cuenta de que llevaba semanas sumando el mismo dinero dos veces.
Había reservado una parte para la casa y la utilizaba también, en sus previsiones, para absorber meses de menos ingresos.
Era un error suficientemente claro para dejarlo de mal humor toda la mañana.
Gabriel lo encontró con la calculadora del teléfono abierta y dos hojas impresas.
—¿Qué has perdido?
—Una fantasía contable.
Él acercó una silla. Mateo le enseñó el cálculo sin que se lo pidiera.
Había gastos fijos del piso, impuestos y cuotas de trabajo, viajes previstos y cantidades que dependían de cobrar encargos a tiempo.
Gabriel sacó su propia previsión. La reorganización con los socios reducía lo que esperaba ingresar durante el tratamiento.
El saldo se quedaba en rojo a partir de febrero.
—La casa puede esperar —dijo Gabriel.
—La humedad no debería.
—La humedad. No todo lo que has escrito debajo de la humedad.
Mateo volvió a mirar la hoja. Había añadido pequeños trabajos que parecían baratos por separado y formaban una cantidad considerable juntos.
Los tachó uno a uno. Gabriel no celebró la renuncia.
Estaba ocupado calculando cuánto podía aportar a los gastos compartidos sin consumir sus propios ahorros demasiado deprisa.
—Durante unos meses puedo poner más yo —propuso Mateo.
Gabriel levantó la cabeza.
—No quiero que salga de la misma cuenta de la que pagas mis taxis sin decirme cuánto cuestan.
—No son tus taxis como si fueras un cliente.
—Ya. Pero quiero saber lo que gastamos.
Mateo abrió los movimientos. Había pequeñas cantidades que no había mencionado porque le parecían irrelevantes. Juntas no eran enormes, pero Gabriel las leyó con atención. Él empezó a explicar cada una hasta que Gabriel le pidió que parara.
—Mateo, para. Quiero sumar eso también.
Mateo dejó las manos sobre la mesa. Revisaron los gastos y acordaron una aportación temporal distinta, con una fecha para volver a mirarla. Gabriel mantendría dinero propio para sus decisiones. Mateo no pagaría todo por adelantado para evitar una conversación incómoda.
Gabriel fue a preparar comida mientras él terminaba de corregir la previsión de Madrid. Al descontar a Tomás, a Celia y los viajes, el proyecto seguía siendo posible, pero dejaba de sostener todas las mejoras que había imaginado a la vez.
Le escribió a Clara para pedir una aclaración sobre los desplazamientos. Ella respondió que solo cubrirían los acordados; cualquier viaje adicional tendría que justificarse antes. Mateo leyó la respuesta dos veces. Había contado con una flexibilidad que nadie le había prometido.
Gabriel volvió con dos platos.
—¿Qué cara es esa?
—La de haber leído un contrato.
—Una experiencia poco recomendable en ayunas.
Comieron sobre un hueco de la mesa. Mateo recogió las hojas para que no se mancharan y Gabriel le pidió que dejara la suya. Quería terminar una cuenta después. La dejó junto al plato de Gabriel.
Por la tarde, Mateo llamó a Sergio. Le dijo que podía aceptar el trabajo con el alcance revisado y un número definido de viajes.
Si el proyecto crecía, tendrían que renegociar.
Sergio respondió que esa condición debía ir en ambos sentidos: tampoco podrían pagar la misma cantidad si una parte dejaba de corresponderle.
Mateo estuvo de acuerdo y pidió que lo reflejaran.
Al colgar sintió un alivio más sobrio que el de la primera llamada de Clara. Todavía quería el edificio. Gabriel lo esperaba en el sofá con una película pausada.
—¿Has comprado un castillo?
—He descartado varias torres.
Él levantó la manta para dejarle sitio. Mateo se sentó y le apoyó una mano en la pierna. Vieron la película hasta que empezó a oscurecer.
Mientras Gabriel iba a buscar su carpeta, Mateo recordó la consulta del viernes anterior.
El estudio mostraba ganglios afectados en más de una región, también por debajo del diafragma.
La médica explicó el estadio y volvió a insistir en que el significado de esa palabra en un linfoma no era el que ellos podían asociar a otros cánceres.
Gabriel pidió que repitiera una parte. Mateo se obligó a dejar de escribir para escucharla.
La propuesta era un tratamiento combinado con intención curativa.
Rivas les dio el nombre de la pauta, R-CHOP, y explicó sus componentes sin esperar que memorizaran la lista.
Preveían seis ciclos, separados aproximadamente por tres semanas si las analíticas y la evolución lo permitían.
Antes de cada uno habría una valoración.
También hablaron de medicación en casa, medidas de cuidado y de cuándo debían contactar con el equipo.
Gabriel se frotó el pulgar contra el borde de la carpeta.
—¿Y si no funciona?
—Tenemos otras opciones. Pero ahora vamos a centrarnos en este tratamiento y en comprobar cómo responde.
—No quiero que me lo diga solo para que salga tranquilo.
Rivas giró la pantalla hacia él y señaló lo que podían afirmar de las pruebas y lo que todavía no podían saber. No le prometió una respuesta. Gabriel escuchó con el ceño fruncido y al final pidió llevarse por escrito los teléfonos de contacto.
Mateo preguntó por los efectos secundarios.
La lista parecía demasiado larga para caber en la vida que tenían.
Rivas distinguió lo frecuente de lo que no tenía por qué ocurrir y les pidió que avisaran de los síntomas, incluidos los que pudieran parecer pequeños.
Al hablar de hormigueos o pérdida de sensibilidad, Gabriel levantó los ojos.
—Trabajo con las manos.
—Por eso es importante que nos lo diga si aparece. Lo valoraremos y ajustaremos lo que haga falta.
Mateo anotó aquella frase.
Antes de salir, Gabriel preguntó si podía hablar un momento a solas con la médica.
Mateo sintió una incomodidad inmediata que intentó ocultar recogiendo los papeles.
Rivas dijo que sí. Él salió al pasillo y se sentó frente a una puerta cerrada.
Durante diez minutos tuvo que soportar no saber de qué hablaban.
Gabriel salió con la misma carpeta.
—¿Vamos?
Mateo se levantó. Caminaron hasta el ascensor. No preguntó allí; lo hizo en el coche, después de un rato de silencio.
—¿Hay algo más que tenga que saber?
Gabriel se volvió hacia él.
—He preguntado por el sexo. Y por cosas que me daba vergüenza preguntar contigo delante.
Mateo notó calor en la cara.
—Puedes preguntarme a mí.
—Tú no eres hematólogo.
Él soltó una risa pequeña, sin ganas. Gabriel le tocó el antebrazo.
—Ya te contaré lo que nos afecte. No quería que me miraras mientras lo preguntaba.
Mateo arrancó. A mitad de camino, Gabriel explicó algunas indicaciones prácticas que les habían dado y añadió que no tenía intención de convertirse en un mueble intocable. Lo dijo mirando por la ventanilla, con un tono que invitaba a la broma y al mismo tiempo la dificultaba.
—Nunca has sido especialmente decorativo —respondió Mateo.
Gabriel le dio un golpe leve en la pierna. El gesto alivió el resto del trayecto.
Gabriel regresó con la carpeta. Extendieron sobre la mesa la documentación médica y el contrato de Madrid que aún faltaba firmar. Mateo quiso apartar uno de los dos montones, pero Gabriel le dijo que lo dejara. No iban a firmarlos a la vez; solo necesitaban espacio.
—He reducido mi parte —explicó Mateo—. Y Tomás se queda con las visitas que no pueda hacer, dentro de lo acordado. Si hay más, se pagan aparte.
Gabriel leyó la cifra que le señaló.
—Eso es bastante menos.
—Sí.
—¿Te compensa?
Mateo tardó en responder. Había calculado muchas veces el dinero, menos las ganas.
—Sí. Si consigo no hacer también el trabajo que he cedido.
—Eso último va a ser precioso de ver.
Mateo le quitó el bolígrafo de la mano para firmar.
Gabriel lo recuperó cuando terminó y abrió su propia carpeta.
Leyó otra vez lo que tenía delante antes de guardar el documento de consentimiento para llevarlo a la consulta.
Mateo recogió el contrato y dejó libre el sitio donde Gabriel había abierto las hojas.