6. A quién se lo dices
A quién se lo dices
El primer mensaje que enfadó a Gabriel llegó de alguien a quien no había visto en dos años. Le recomendaba un libro sobre la actitud ante la enfermedad y terminaba con tres brazos flexionados. Él lo leyó en voz alta durante el desayuno y dejó el teléfono junto a la taza.
—Estoy a dos mensajes de empezar a cobrar por tranquilizar a la gente.
Mateo untó una tostada. Había recibido sus propias recomendaciones y no sabía qué hacer con ellas. Una clienta le había ofrecido el teléfono de un médico de otra especialidad porque era primo de su marido; él había dicho gracias y no había llamado.
—Puedes no contestar.
—No me molesta contestar. Me molesta tener que fingir que esto ayuda.
Antes de salir, Gabriel respondió con un agradecimiento escueto. Mateo no se lo señaló.
Habían decidido hablar con Álex y Dani en el almacén. Gabriel quería hacerlo en persona y le había pedido que lo acompañara, pero no que entrara en la reunión. Mateo tenía cerca una visita pendiente; lo dejaría y volvería al terminar. Aparcó junto a una furgoneta con una abolladura nueva.
—Esa no la tenía —dijo.
—Pregúntale a Álex. Te contará que apareció durante la noche.
Gabriel se quedó un momento con la puerta abierta. Desde dentro llegaba música, interrumpida por pruebas de micrófono.
—Si tardo, no me llames cada diez minutos.
—Tengo una visita.
—Ya. Lo digo por si acabas.
Mateo le pasó la carpeta que había dejado atrás.
—Llámame tú.
Cuando regresó una hora y media después, encontró a los tres sentados alrededor de una mesa. La música estaba apagada. Dani tenía una calculadora delante; Álex hacía girar un conector entre los dedos. Gabriel le indicó que entrara.
—Estamos viendo lo de diciembre.
Mateo saludó y se quedó de pie hasta que Dani le acercó una silla.
Habían separado los trabajos que Gabriel podía preparar desde casa de los montajes que exigían cargar y permanecer muchas horas fuera.
Faltaban fechas de tratamiento y nadie sabía cuánto aguantaría. Había números tachados en un papel.
—Lo de la compra lo paramos —dijo Álex—. Sin discusión.
Gabriel abrió la boca.
—Sin discusión hoy —corrigió Dani—. Luego ya discutiremos, que es lo único gratis que tenemos.
Mateo observó a Gabriel. Parecía cansado, aunque solo habían pasado noventa minutos. No intervino. Dani explicó que contratarían refuerzo para dos montajes y que el margen sería menor. No podían absorber todas las ausencias sin revisar el reparto. Álex se removió en la silla.
—Ahora no hace falta entrar en eso.
—Ahora hace falta saberlo —respondió Gabriel—. Sigue.
Dani siguió, con torpeza en algunas palabras y precisión en las cuentas.
A Mateo le desagradó escucharlo y, al mismo tiempo, entendió por qué Gabriel lo había pedido.
Dani había tachado dos cifras. Gabriel le pidió que le enseñara la hoja y acercó la calculadora; Álex se levantó a buscar otra silla aunque no faltaba ninguna.
Al salir, Álex abrazó a Gabriel con una fuerza que lo hizo protestar por el cuello. Se separó de golpe, avergonzado. Gabriel le dio un golpe suave en el brazo.
—No me has desmontado nada.
Dani no lo abrazó. Se quedó junto a la furgoneta y preguntó si podía llamarlo al día siguiente para una duda técnica. Gabriel dijo que sí con una rapidez que Mateo recordó después.
En el coche estuvieron un rato callados. Gabriel abrió la ventanilla unos centímetros.
—No te ha gustado Dani.
—No he dicho eso.
—Te he visto la cara.
Mateo esperó a incorporarse a la carretera.
—Me ha parecido duro.
—A mí también. Pero lleva dos noches haciendo cuentas para que no tengamos que improvisar a final de mes.
—No lo sabía.
—No tienes por qué saberlo todo de él.
La frase pudo haber abierto una discusión. Gabriel apoyó la cabeza en el respaldo y cerró los ojos. Mateo dejó pasar la oportunidad.
* * *
La madre de Gabriel llegó un martes y se quedó dos días, como habían acordado.
Mateo fue a buscarla a la estación mientras él terminaba una llamada con el almacén.
La mujer llevaba una maleta pequeña y una bolsa que insistió en sujetar sobre las rodillas durante todo el trayecto.
Dentro había comida, aunque Gabriel le había dicho que no trajera.
—Ya sé que os apañáis —explicó antes de que Mateo preguntara—. Pero lo había hecho.
Él le aseguró que encontrarían sitio. Había dejado libre un estante de la nevera aquella mañana y se felicitó por haberlo previsto, hasta que descubrió que también había recipientes para congelar.
Gabriel abrió la puerta. Su madre dejó la bolsa en el suelo para abrazarlo, y durante unos segundos Mateo se sintió fuera de una intimidad anterior a todo lo que ellos habían construido. La mujer se separó para mirarlo y él protestó con suavidad.
—Estoy igual que el domingo.
—El domingo te vi en una pantalla.
Mateo recogió la bolsa y la llevó a la cocina. Los dejó solos un rato, ocupándose de recipientes y tapas. Escuchó preguntas repetidas, respuestas más pacientes al principio y una interrupción brusca cuando ella volvió sobre cuándo podrían haberlo detectado.
—No lo sabía —dijo Gabriel—. No me escondí el bulto por gusto.
La mujer se quedó callada. Mateo salió con una botella de agua y preguntó dónde quería dejar la maleta. Gabriel señaló el cuarto pequeño, donde habían preparado una cama. Su madre lo siguió, mirando el piso con la atención de quien busca señales de cómo vive alguien cuando ella no está.
Durante la comida insistió en servirle más. Gabriel negó dos veces y a la tercera apartó el plato. El gesto produjo un silencio que Mateo intentó llenar preguntando por el viaje. Ella respondió de manera automática, sin dejar de mirar la comida que quedaba.
Después, Gabriel se fue a descansar. Su madre empezó a recoger con demasiada energía. Mateo le pidió que dejara algunas cosas, pero ella siguió fregando hasta que él comprendió que necesitaba terminar una tarea antes de hablar.
—No sé qué hacer —dijo al fin, con las manos dentro del agua.
Mateo apoyó un plato en el escurridor.
—Yo tampoco muchas veces.
Ella lo miró como si no hubiera esperado esa respuesta. Luego sacó las manos, buscó un paño y se quedó sujetándolo.
—De pequeño también decía que estaba bien para que no le preguntara. A veces lo estaba. A veces no. Yo creía que aprendías a distinguirlo con los años.
Mateo no respondió. La mujer dobló el paño y lo dejó junto al fregadero.
—No quiero que me mire con esa cara cada vez que le ofrezco algo.
—Creo que a veces oye una pregunta detrás de la comida.
Ella frunció el ceño.
—Es comida.
Mateo bajó la vista. Le enseñó dónde guardaban los recipientes y preguntó si quería salir un momento a comprar pan.
Caminaron hasta la esquina. Ella contó dos cosas de su vida que no tenían relación con Gabriel, una discusión con una vecina y una reparación que llevaba semanas esperando. Mateo escuchó agradecido. Al volver, él estaba despierto y se había servido solo un poco de lo que su madre había preparado.
—Está bueno —dijo, sin mirarla enseguida.
La mujer dejó el pan sobre la mesa.
—Está mejor caliente.
Gabriel la miró y ambos acabaron riéndose, con una tristeza que no estropeó la risa.
La segunda tarde Mateo salió a trabajar y los dejó juntos.
Cuando volvió, estaban viendo fotografías en el teléfono de ella.
Gabriel parecía cansado, pero de buen humor.
Le enseñó una imagen antigua de una fiesta y le pidió que adivinara quién era el hombre con una camisa imposible.
Mateo acertó que era él por la expresión de superioridad, no por el pelo.
Su madre se marchó al día siguiente. En el portal abrazó a Mateo con más confianza que al llegar.
—Si necesitáis algo…
Se detuvo antes de terminar la frase. Él le dijo que la llamarían. Gabriel la acompañó hasta el taxi y volvió despacio, mirando cómo se alejaba el coche.
—Me ha dejado dinero dentro de una bolsa —dijo al subir.
—¿Mucho?
—Lo suficiente para que me enfade y poco para poder montar una discusión seria.
Mateo no pudo evitar sonreír. Gabriel sacó el sobre y lo dejó sobre la mesa.
—La voy a llamar. Luego. Si la llamo ahora, me dirá que el taxi va muy rápido y no me oye.
Se sentó y se quedó mirando el sobre. Al cabo de un rato lo guardó en el cajón de los recibos, separado de los demás papeles. No gastó aquel dinero durante meses.
* * *
Vera llegó el sábado con una bolsa de comida y una botella de vino que dejó en el armario al recordar que nadie sabía si iban a abrirla. Pidió un cuchillo, apartó los platos de la encimera y empezó a cortar una cebolla.
—Estoy de mal humor —avisó—. Me han cambiado un turno y he perdido una reserva.
—Qué falta de consideración —dijo Gabriel—. Nosotros teníamos pensado estar encantadores.
Ella le señaló un cuenco.
—Pela eso.
Mateo se quedó junto a la puerta, agradecido por una tarea que no le correspondía.
Los oyó discutir sobre la cantidad de ajo y volvió al despacho para terminar un correo.
Llevaba varios días trabajando en intervalos cortos.
Cada vez que conseguía concentrarse, una llamada o una pregunta lo sacaba del plano.
El correo de Clara seguía esperando respuesta.
Antes de enviarlo, Vera apareció con un vaso de agua.
—¿Tú qué tal?
Mateo apartó las manos del teclado.
—No sé.
—Vale.
Ella miró los papeles, pero no preguntó por el trabajo. Mateo creyó que iba a decirle algo sobre cuidarse; en cambio, le pidió que no comprara más comida para dejársela a Gabriel porque el congelador estaba lleno y habían tirado dos cosas caducadas.
—No le ayuda abrirlo y ver seis tuppers pendientes —añadió.
—Tres son tuyos.
—Por eso te lo digo. Yo también estoy haciendo el ridículo.
Mateo se rio. Vera apoyó el vaso lejos del ordenador y regresó a la cocina.
Comieron tarde y hablaron de una compañera de Vera que se había empeñado en organizar una excursión de empresa.
Gabriel quiso saber si podrían fingir una avería del autobús.
Mateo propuso quedarse dormido en un baño antes de salir.
Durante un rato las bromas se alargaron sin que ninguno recordara moderarlas.
Después Vera preguntó por las pruebas. Gabriel contestó con las fechas que tenían y ella las anotó.
Solo podía acompañarlo una mañana de la semana siguiente.
Otra estaba trabajando y la tercera tenía una cita propia que no quería cambiar.
Gabriel eligió la que le venía bien y Mateo añadió la información al calendario.
—No montemos un grupo —dijo Gabriel al verlo sacar el teléfono—. Por favor.
—Iba a anotarlo.
—Lo digo antes de que nazca.
Vera levantó su vaso.
—Apoyo la prohibición.
Aquella noche, cuando se fue, Mateo encontró un mensaje de Laura. Bruno le había contado lo del diagnóstico después de preguntar a Gabriel si podía hacerlo. Ella no ofrecía soluciones; decía que lo sentía y preguntaba si podían hablar cuando a él le viniera bien.
Mateo se lo enseñó a Gabriel, que estaba guardando los platos.
—Llámala.
—Ahora es tarde.
—Son las nueve, no vive en una residencia.
La llamó desde el balcón, con la puerta entreabierta.
Laura contestó al tercer tono. Su voz le resultó familiar de una manera que no tenía que ver con el deseo.
Había vivido tantos años oyéndola desde otra habitación que durante unos segundos sintió una tristeza antigua, distinta de la que llevaba encima.
—No sé qué decir —empezó ella.
—Estamos todos bastante igual.
Laura le preguntó qué sabían y lo dejó hablar. Mateo contó más de lo que esperaba: la máquina de agua, el presupuesto de Madrid, la vergüenza de estar ilusionado y asustado a la vez. Se detuvo al darse cuenta de que estaba usando una confianza que quizá ya no le correspondía.
—Perdona. Te estoy soltando…
—Te he llamado para escucharte. Pero no voy a saber decirte qué hacer con Madrid.
—No te lo estoy pidiendo.
—Bien. Porque tendría opiniones contradictorias y acabarías enfadado conmigo.
Mateo sonrió. Hablaron unos minutos más. Laura tenía que salir a cenar y él no intentó prolongar la llamada. Antes de colgar, ella pidió que le diera un abrazo a Gabriel si no le resultaba extraño.
Entró en casa y lo encontró buscando la tapa de un recipiente.
—Laura te manda un abrazo.
—Mándaselo de vuelta. ¿Has visto una tapa azul?
Mateo abrió un cajón. Había tres tapas verdes y una transparente que no correspondía a nada. Gabriel se quedó a su lado, esperando.
—¿Te ha venido bien hablar?
—Sí.
—Vale.
La tapa apareció dentro del lavavajillas.
Habían recibido tanta comida que Gabriel tuvo que cambiar los recipientes de sitio para cerrar la nevera.
Al día siguiente caducaban dos de ellos; desayunando decidirían cuál llevar al almacén y cuál podían congelar.
Mateo añadió bolsas a la lista de la compra.