La vida que quiero (Todo lo que nunca fui nº 3) 5. El nombre
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5. El nombre

El nombre

La cita llegó a principios de noviembre. Gabriel abrió el mensaje en el ascensor y esperó a entrar en casa para enseñárselo. Había pasado algo más de una semana desde la biopsia. Mateo leyó la fecha, la hora y el nombre de la consulta; después comprobó su agenda sin decir nada.

—Puedo cambiar lo del miércoles —dijo.

—Es el jueves.

Volvió a mirar. Gabriel apoyó el teléfono boca abajo sobre la mesa.

—No pasa nada.

La noche anterior a la cita vieron una película que habían elegido por su duración.

Mateo no recordó después casi nada, salvo una escena en una gasolinera y el sonido de Gabriel comiendo pistachos a su lado.

Al acostarse, él se quedó un rato con la luz encendida.

Mateo fingió dormir hasta que Gabriel dejó el teléfono y apagó.

En la consulta había una médica con gafas de montura fina y un ordenador colocado de lado. Se presentó como la doctora Rivas y preguntó a Gabriel si quería que Mateo estuviera presente. Él respondió que sí antes de sentarse del todo.

La médica habló sin rodeos, pero hizo una pausa después de la primera frase.

—El estudio del ganglio muestra un linfoma.

Mateo oyó la palabra y miró a Gabriel. Él estaba quieto, con los pies apoyados en el suelo y las manos abiertas sobre las piernas.

Rivas continuó: linfoma difuso de células B grandes.

Explicó que era un tipo de cáncer del sistema linfático y que necesitaban completar el estudio para saber su extensión y planificar el tratamiento.

Gabriel se inclinó un poco hacia delante.

—¿Cáncer?

—Sí.

—Vale.

Esperó. Rivas acercó la silla a la mesa. Mateo buscó el bolígrafo en la carpeta. Lo había llevado para apuntar y ahora no encontraba la abertura del bolsillo. Rivas esperó hasta que dejó de buscar.

—Es un linfoma que puede crecer rápido. También disponemos de tratamientos con intención curativa. No puedo hablarles todavía de su situación completa sin las pruebas que faltan.

—¿Me voy a morir? —preguntó Gabriel.

Mateo sintió que todo lo que había pensado en preguntar perdía sitio. La médica sostuvo la mirada de Gabriel.

—Vamos a tratarlo para intentar curarlo. Hay personas que se curan de esta enfermedad. Ahora necesito saber más de su caso para poder explicarle qué esperamos y cómo vamos a hacerlo.

Gabriel bajó la vista a las manos. Mateo quiso tocarlo, pero no supo dónde; dejó la suya cerca, sobre el borde de la silla.

Rivas les habló de una prueba de imagen, análisis y una valoración antes de elegir la pauta.

Preguntó por fiebre, sudores, cambios de peso y cansancio.

Gabriel respondió con fechas imprecisas.

Había perdido algo de peso, aunque lo había atribuido al trabajo.

Algunas noches se despertaba sudado. Mateo recordó una camiseta tendida sobre el radiador y no dijo nada.

—¿Por qué no me lo dijiste? —se le escapó al fin.

Gabriel giró la cabeza.

—No sabía que tenía que hacer un inventario.

La médica intervino para precisar desde cuándo ocurría. Mateo se quedó callado. Escuchó las respuestas y anotó dos palabras, muy separadas, en una página que llevaba el membrete de un proveedor de ventanas.

Al final preguntó por plazos. Rivas le explicó lo que podían organizar en los próximos días y lo que dependía de los resultados.

Gabriel quería saber si podría trabajar.

Ella respondió que tendrían que valorar tareas y evolución, que el tratamiento exigiría ajustes y que no era posible prometerle una vida laboral sin cambios.

—Soy técnico de sonido. También cargo equipos.

—Lo segundo tendrá que revisarse con especial cuidado.

Gabriel soltó aire por la nariz, una reacción casi de fastidio. Mateo conocía aquella expresión de las negociaciones con clientes. Verla allí le produjo un alivio absurdo y pequeño.

Salieron con una carpeta y nuevas citas. En el pasillo, Gabriel se detuvo delante de una máquina de agua. Introdujo una moneda, pulsó un botón y la botella no cayó. Volvió a pulsarlo. Mateo le ofreció la suya.

—Quiero la que he pagado.

El tono atrajo la mirada de una mujer sentada cerca. Gabriel golpeó el lateral con la palma. La botella cayó al fin y rodó dentro del compartimento. Se agachó para recogerla, pero se quedó un instante en esa postura, con la mano apoyada en la rodilla.

Mateo se acercó sin tocarlo.

—Vamos fuera.

—Espera.

Esperaron. Gabriel abrió la botella y bebió dos tragos.

Después cruzaron el vestíbulo. Había gente entrando con bolsas, una persona preguntando por radiología y un niño que se negaba a soltar una máquina de juguete.

Mateo tuvo que detenerse para orientarse.

Habían salido por una puerta distinta de la que él recordaba.

En el coche, Gabriel no se abrochó enseguida. Miraba hacia el parabrisas, donde unas gotas finas empezaban a juntarse.

—No quiero que me digas que va a salir bien.

Mateo tenía las llaves en la mano.

—No iba a decirlo.

—Lo estabas preparando.

Él apoyó las llaves sobre el muslo.

—No sé qué decirte.

Gabriel lo miró entonces. Tenía los ojos enrojecidos, pero la voz seguía seca.

—Yo tampoco.

Mateo le tomó la mano. Gabriel se la apretó con tanta fuerza que un anillo le hizo daño. No la apartó. Pasaron varios minutos antes de que pudiera arrancar.

* * *

En casa, Gabriel pidió estar solo un rato.

Mateo salió a comprar pan, aunque tenían, y caminó hasta una plaza donde no había ningún comercio que necesitara.

Se sentó en un banco húmedo. El teléfono vibró con una consulta de obra; respondió que devolvería la llamada más tarde y después buscó el contacto de Bruno.

No llamó. Gabriel todavía no había decidido a quién quería contárselo.

Mateo guardó el teléfono y se quedó mirando un árbol que estaba perdiendo hojas.

Se acordó de su padre en el hospital, del sonido de un carro en el pasillo, y se enfadó consigo mismo por llevar a Julián a aquella mañana.

Gabriel estaba vivo, en su casa, probablemente maldiciendo una puerta o intentando llamar a alguien.

Volvió con el pan y una bolsa de comida que no recordaba haber elegido. Gabriel estaba en la cocina, hablando con Vera. Al verlo señaló una silla. Mateo dejó la compra y se sentó mientras escuchaba fragmentos de una explicación que le resultaba insoportable oír por segunda vez.

—No, no vengas ahora… Porque quiero hablar con Álex. Luego te llamo.

Colgó y abrió la bolsa. Sacó un paquete de galletas, lo miró y volvió a meterlo.

—¿Has hablado con Bruno?

—No sabía si querías.

—Puedes. Es tu amigo también.

Mateo se quedó mirando el borde de la mesa.

—No quería que te llegaran mensajes antes de…

—Lo sé. Llámalo.

La conversación con Bruno fue breve. Al principio hubo una exclamación que Mateo agradeció porque no intentaba ser delicada.

Después su amigo preguntó dónde estaba y si quería que fuera.

Mateo dijo que no, que ya le pediría algo.

Al colgar se dio cuenta de que había llorado sin hacer ruido; tenía la cara mojada y no recordaba cuándo había empezado.

Gabriel apareció en la puerta del despacho. Mateo buscó un pañuelo sobre la mesa y no encontró ninguno.

—No quería que me vieras así —dijo.

Gabriel entró, cogió un paquete de pañuelos de un cajón y lo dejó a su lado.

—Pues tendrás que esconderte mejor. Vivimos juntos.

Mateo soltó una risa rota. Gabriel se sentó en el borde de la mesa, entre dos carpetas. Durante un rato no hablaron. Después Mateo le apoyó la frente en el abdomen y Gabriel puso una mano sobre su cabeza.

—No puedo consolarte todo el rato —dijo.

—Ya.

—Ahora sí. Pero todo el rato, no.

Mateo levantó la cara y le besó la mano. Gabriel tenía los nudillos fríos.

Aquella tarde llamaron a las personas que eligieron, pocas.

A Elena la llamó Mateo. Ella escuchó sin interrumpir y luego preguntó qué día tenían la siguiente prueba.

Él le dijo que no hacía falta que viniera.

Elena respondió que no le había preguntado eso y que el martes tenía una entrega que no podía dejar a medias.

—El miércoles puedo ir. O no ir. Tú me dirás.

Mateo agradeció la oferta y le prometió avisar. Más tarde, cuando Gabriel estuvo en el baño, se quedó un rato mirando la fotografía de la bicicleta que ella había enmarcado. El cristal tenía polvo. Lo limpió con la manga y volvió al salón.

Gabriel había abierto la revista de Portugal. No estaba leyendo el reportaje; buscaba una página donde aparecía una casa sobre un acantilado.

—Esta habitación tenía una terraza —dijo.

Mateo se sentó junto a él.

—Sí.

—Y dos camas. Vaya mierda de elección.

Pasaron la página. No reservaron nada.

* * *

La primera noche después del diagnóstico, Mateo se despertó porque Gabriel no estaba en la cama. Encontró luz bajo la puerta del baño y esperó un momento antes de llamar. Él respondió que estaba bien con una voz que no le permitió creerlo ni desmentirlo.

—Voy a hacerme una infusión —dijo Mateo desde el pasillo—. Por si quieres.

Gabriel salió unos minutos después. Tenía el teléfono en la mano y los ojos irritados. Lo dejó sobre la mesa de la cocina, boca abajo.

—He buscado cosas.

Mateo apagó el fuego.

—¿Qué cosas?

—Las que busca todo el mundo cuando le dicen esto.

Él se sentó. No preguntó qué había leído.

Gabriel se quedó de pie, apoyado en la encimera, y empezó a contar cifras contradictorias, palabras que no sabía si correspondían a su caso, historias de personas que habían tenido tratamientos distintos.

Mateo reconoció el impulso porque también había abierto una página y la había cerrado al cabo de veinte segundos.

—No sé cuál de todas esas personas soy —dijo Gabriel.

La frase lo dejó sin respuesta. Sirvió agua en dos tazas y se quemó un dedo con el borde de una. Gabriel se acercó automáticamente, le apartó la mano y abrió el grifo para que se la enfriara.

—No te has quemado mucho —dijo Gabriel.

—No.

Volvieron a la mesa. La infusión sabía a algo que ninguno había elegido con atención. Gabriel arrugó la nariz después del primer trago.

—Esto debe de llevar jardín.

Mateo leyó la caja y confirmó que contenía una cantidad desproporcionada de plantas. La dejaron apartada. El teléfono seguía entre los dos, boca abajo.

—No quiero que me lo quites —dijo Gabriel.

—No iba a hacerlo.

—Pero lo estás mirando.

Mateo apoyó las manos sobre las rodillas.

—Me da miedo que pases la noche leyendo cosas que no sabemos si tienen que ver contigo. Y me da miedo preguntarte qué has leído porque luego yo también voy a pensarlo.

Gabriel arrastró una uña por la etiqueta de la caja.

—He pensado en dejarte las contraseñas del banco.

Mateo levantó la cabeza.

—No empieces.

Gabriel se quedó quieto.

—No me digas eso.

—Acaban de diagnosticártelo. Todavía faltan pruebas y tú ya estás…

—Estoy asustado. Y hay cosas que no sé quién haría si yo no pudiera. No significa que haya decidido morirme.

Mateo cerró los ojos un instante.

—Perdona.

Él no aceptó la disculpa enseguida. Bebió otro sorbo de la infusión, hizo la misma mueca y la dejó definitivamente.

—Quiero poder decir cosas feas sin que tengas que corregirlas.

—No sé si voy a saber siempre.

—Pues algunas.

Mateo asintió. Hablaron de los asuntos prácticos que de verdad necesitaban tener localizados: teléfonos del trabajo, documentación, recibos compartidos.

Mateo anotó un teléfono del almacén; Gabriel corrigió una cifra.

Después dejaron en la misma carpeta los recibos compartidos y el contacto de sus gestores.

Gabriel fue al dormitorio a por una carpeta. Dentro había una fotografía que Mateo no había visto: él, sentado en una terraza, frunciendo el ceño ante un menú. Gabriel la apartó deprisa, pero él la cogió por una esquina.

—¿Por qué guardas esto?

—Porque te empeñaste en que no te hiciera fotos aquel día y esa me salió sin que te dieras cuenta.

—Estoy horrible.

—Estabas decidiendo si nueve euros por una ensalada era una estafa. Es una expresión muy tuya.

Mateo observó la imagen. Recordaba el viaje, no aquel momento. Se la devolvió y Gabriel la guardó en la carpeta sin más explicación.

Volvieron a la cama cerca de las cuatro.

Gabriel dejó el teléfono en la cocina por decisión propia.

Mateo se tumbó de lado y esperó a que él se acomodara.

Durante un rato hablaron de aquel restaurante, de la ensalada y del paseo que habían dado después.

Gabriel dejó de responder. Mateo terminó de contar el paseo antes de darse cuenta de que se había dormido.

Al amanecer sonó el despertador de Mateo.

Tenía una visita que había olvidado cambiar.

Lo apagó, se sentó en la cama y escribió un mensaje al cliente, explicando que necesitaba retrasarla por un asunto personal.

El hombre respondió con molestia; había pedido permiso en el trabajo para estar allí. Mateo se disculpó y buscó otra hora.

Gabriel lo observaba desde la almohada.

—Puedes ir.

—He dormido dos horas. Tampoco voy a hacer bien mi trabajo.

Él no insistió. Mateo volvió a acostarse y Gabriel le dejó sitio, apartando una pierna que ocupaba más de la mitad del colchón.