La vida que quiero (Todo lo que nunca fui nº 3) 4. Entre semana
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4. Entre semana

Entre semana

Madrid lo recibió con una luz seca que le hizo echar de menos las gafas de sol olvidadas en el coche.

Había salido de Valnera antes del amanecer y llevaba un bocadillo sin abrir en la mochila.

Gabriel le había mandado una fotografía de la cafetera: la tapa estaba desmontada y debajo se veía un tornillo minúsculo.

«Si no vuelves, que sepas que he empezado por tus posesiones».

Mateo respondió desde la puerta del edificio. «Esa es tuya». El mensaje de vuelta llegó mientras Clara le abría: «Por eso estoy practicando».

—Vienes contento —dijo ella.

—Vengo con sueño.

Clara le entregó un casco y le señaló una silla para dejar la mochila.

Llevaba unas botas manchadas de yeso que no combinaban con el abrigo.

El edificio olía a polvo viejo y desagües poco usados.

En las fotografías, el patio parecía más grande; allí, rodeado de paredes altas, Mateo descubrió una intimidad que le gustó.

La escalera también era distinta. Había reparaciones hechas con materiales baratos, peldaños desgastados en el centro y una barandilla firme que seguía resultando elegante bajo varias capas de pintura.

Sergio los esperaba con Inma, la responsable del proyecto por parte de la fundación.

Era una mujer de unos cincuenta años, con voz de haber pasado muchas horas explicando presupuestos a personas que no querían oírlos.

Antes de saludar a Mateo terminó una llamada en la que repitió dos veces que no podían anunciar una fecha de apertura todavía.

—Necesito que esto funcione —dijo, guardando el móvil—. Las fotos bonitas ya las tenemos.

Recorrieron las plantas. Mateo hizo preguntas sobre horarios, convivencia y movimiento de instrumentos.

Inma conocía bien algunas respuestas y reconocía cuando no sabía otras.

No quería una residencia silenciosa que pareciera un hotel vacío; tampoco un lugar donde nadie pudiera dormir antes de una audición.

Había jóvenes becados y profesionales que pasarían temporadas cortas.

El comedor debía permitir usos distintos sin que cada cambio exigiera mover todo el mobiliario.

—Aquí caben veinte —dijo Sergio, señalando una sala.

—Sentados, sí —respondió Mateo—. Pero ¿por dónde pasa quien sirve? ¿Y dónde espera el siguiente grupo?

Inma se apoyó en el marco de una puerta.

—Eso es lo que necesitamos saber.

La visita duró más de lo previsto. En la entrada lateral Mateo confirmó el problema que Gabriel había señalado: el giro antes del ascensor obligaría a inclinar algunos bultos demasiado pesados.

Propuso estudiar una apertura mayor, pero una instalación atravesaba la pared.

Clara anotó la comprobación y Sergio empezó a calcular en voz baja.

—No lo sumes todavía —dijo ella.

—Todo acaba sumándose.

En el patio, Inma recibió otra llamada. Mateo se quedó con Clara bajo un trozo de cielo sorprendentemente azul. Tenía polvo en las mangas y se sentía despierto por primera vez desde las cinco de la mañana.

—Lo quieres —dijo ella.

—Sí.

—¿Puedes?

Mateo observó una bajante que alguien había pintado del mismo color que la pared sin conseguir disimularla.

—No en los términos que me habéis mandado.

Clara no pareció decepcionada; abrió la carpeta.

—Dime en cuáles.

Lo hablaron después, en el estudio, con Sergio y los planos extendidos sobre una mesa demasiado pequeña.

Mateo podría desarrollar y coordinar una parte importante del proyecto, concentrar visitas y asumir reuniones por vídeo.

Necesitarían un profesional en Madrid para las incidencias que exigieran presencia.

Clara propuso a Tomás, un arquitecto con quien habían colaborado en dos obras.

No estaba libre de compromisos ni trabajaría de ayudante invisible.

—Querrá decidir —dijo Sergio.

—Tendrá que decidir —respondió Mateo.

—Entonces hay que repartir responsabilidades por escrito. No quiero llamadas a las nueve de la noche preguntando quién autorizó un cambio.

La cifra final que esbozaron dejó de parecerse a la que Mateo había imaginado en el supermercado. De ella saldrían viajes, colaboración y trabajo que tendría que ceder en Valnera. Aun así, seguía interesándole. Pidió hablar con Tomás antes de comprometer nada.

Comieron tarde. Inma se había marchado y Sergio volvió al estudio para otra reunión. Clara eligió un bar donde conocían su nombre y le trajeron agua sin preguntar. Mateo llamó a Gabriel desde la acera.

—¿Qué tal la visita?

—Me ha gustado.

—Eso ya lo sabía.

—Me ha gustado mucho.

Oyó una risa al otro lado. Gabriel le preguntó por el acceso y Mateo le contó que tenía razón.

Él exigió que constara en acta y después explicó que había ido a revisar la herida.

Todo iba según lo esperado; aún no había resultados.

Lo dijo con una naturalidad algo trabajada, pero Mateo no lo interrogó.

—¿Has comido?

—Estoy con Vera. Ha comprado algo que llama empanada y que debería denunciarse.

De fondo, ella protestó. Gabriel le pasó el teléfono para que pudiera defender la compra. Mateo acabó riéndose en medio de la acera, con el abrigo abierto y el bocadillo todavía en la mochila.

Al regresar a la mesa, Clara estaba respondiendo un correo.

—¿Todo bien?

—Por ahora.

Ella guardó el móvil. Hablaron un rato de trabajo y después de una antigua compañera que había dejado la profesión para ocuparse de un negocio familiar.

Mateo se sorprendió disfrutando de aquella conversación sin buscarle utilidad.

Reconocía las calles y buscaba algunos comercios por costumbre.

Dos habían cerrado; en el tercero siguieron vendiendo el café caro del que Clara llevaba años quejándose.

Cuando Clara se fue, le quedaba una hora antes del tren.

Bajó andando hacia la estación. Pasó cerca de una calle en la que había vivido con Laura y estuvo a punto de desviarse, pero siguió.

Habían hablado por última vez en verano, cuando ella le escribió por su cumpleaños.

Le había contado un viaje con amigas y un cambio de puesto.

Él no le había respondido con una pregunta que exigiera continuar la conversación; ahora recordó ese detalle y sacó el teléfono.

Escribió que estaba en Madrid por un posible proyecto.

Borró una invitación improvisada a tomar café.

No tenía tiempo y habría sonado a compromiso.

Dejó un mensaje sencillo, preguntando cómo iba el nuevo puesto.

Laura respondió cuando él ya estaba en el tren: «Más trabajo del que me prometieron.

Mejor sueldo del que esperaba. De momento gana lo segundo».

Mateo le mandó una fotografía del patio, sin personas.

Ella dijo que era bonito y le deseó suerte.

El viaje de vuelta se le hizo largo. Revisó las notas hasta que los números dejaron de tener sentido y después miró por la ventana.

Gabriel le había escrito que había comprado cena.

En una parada, Mateo volvió a leer el correo de Clara, sobre todo la parte de los honorarios.

Le ilusionaba el edificio y le daba vergüenza la intensidad de esa ilusión en medio de lo demás.

Al llegar, encontró a Gabriel en la cocina, peleándose con una bolsa sellada. Se había quitado el apósito según las indicaciones de la revisión; la pequeña herida era visible sobre el cuello de la camiseta. Mateo dejó la mochila y lo abrazó desde atrás.

—Quieto, que tengo unas tijeras.

Él aflojó los brazos. Gabriel abrió la bolsa, dejó las tijeras y se volvió para besarlo. Mateo olía a tren y a polvo; Gabriel lo dijo contra su mejilla y lo besó otra vez.

—Cuéntame.

Comieron en el salón. Mateo explicó las condiciones, el reparto con Tomás y lo que tendría que dejar de ganar en sus otras obras.

Gabriel escuchó sin asentir a todo. Preguntó por los viajes que no pagaría la fundación, por los días que Mateo seguiría trabajando al volver y por la posibilidad de que nueve meses se convirtieran en doce.

—No estoy intentando quitártelo de la cabeza —dijo cuando Mateo empezó a responder demasiado deprisa.

—Ya lo sé.

—No parece.

Mateo dejó el plato en la mesa baja.

—Me he pasado la vuelta pensando si tenía derecho a estar tan contento.

Gabriel tardó en contestar. Había un trozo de pan entre sus dedos, doblado por la mitad.

—Hoy yo me he reído con Vera de una señora que se ha llevado su paraguas. Me he reído muchísimo. Luego me he acordado de la prueba y se me ha cortado. No sé qué quieres que hagamos con eso.

—Nada.

—Pues cuéntame lo que te ha gustado.

Mateo volvió a buscar las fotografías. Esta vez dejó los números para después.

* * *

Antes de volver a Valnera, Mateo había llamado a Celia, una arquitecta con la que había coincidido en otras rehabilitaciones.

Acordaron estudiar una colaboración limitada.

La visita fue al día siguiente. Mateo llegó diez minutos antes y encontró a la clienta esperando en la calle, con una carpeta de recortes bajo el brazo.

Celia apareció puntual, se presentó y pidió recorrer la vivienda sin que él le explicara cada estancia antes de verla.

Mateo la dejó avanzar, incómodo. Conocía la obra desde el primer día; sabía qué pared había dado problemas y qué decisión se había tomado porque el presupuesto no permitía otra. Cuando Celia hizo una observación sobre el baño, empezó a justificarla antes de que terminara.

—Espera —lo interrumpió ella—. ¿Dónde lo anotaste? Llevo un rato buscándolo.

Mateo buscó el documento en la tableta. Lo encontró después de abrir tres carpetas. Celia esperó sin disimular que aquello formaba parte de lo que necesitaba saber antes de aceptar trabajo.

La clienta observaba a los dos con creciente inquietud. Al final preguntó si Mateo iba a desaparecer. Él negó demasiado rápido. Celia se volvió hacia ella.

—Si acordamos la colaboración, habrá cosas que pueda resolver conmigo. Otras seguirán siendo de Mateo. Se lo dejaremos claro antes de cambiar nada.

—Yo contraté con él.

—Y seguirá siendo responsable de lo que le corresponde —respondió Celia—. Pero no quiero que usted tenga que llamar a dos personas para conseguir una respuesta.

Al terminar la visita, Celia le pidió tomar un café antes de hablar de dinero. Se sentaron en un bar cercano. Ella abrió una libreta pequeña, sin planos.

—No puedo ser la persona a la que llamas cuando ya no llegas —dijo—. Si entro, necesito saberlo antes.

—Esa es la idea.

—Hoy has contestado tres veces a preguntas que me estaban haciendo a mí.

Mateo dejó la cucharilla.

—Porque conocía la respuesta.

—Claro. Y la semana que no estés, tendré que conocerla yo. Si me llamas para cada respuesta, no te voy a ahorrar una sola mañana.

Él miró por la ventana. Una furgoneta estaba intentando aparcar en un hueco imposible. Se sorprendió deseando que Celia lo dejara hablar de dinero, algo menos personal que la dificultad de ceder una parte de su sitio.

—Estoy esperando una prueba médica de Gabriel —dijo al fin—. Puede que necesite cambiar cosas con poco aviso.

Celia cerró la libreta un momento.

—Lo siento. ¿Sabéis algo?

—No todavía.

Ella asintió. Después explicó su disponibilidad real. Había dos mañanas en las que podía asumir visitas y otras en las que no, porque tenía encargos propios. Podrían acordar urgencias, pero no prometer una cobertura total. Mateo calculó lo que quedaba sin resolver.

—Necesitaré otra opción para algunas semanas.

—Sí.

Esa tarde preparó una carpeta compartida con la documentación que Celia necesitaba. Encontró versiones duplicadas, una decisión tomada por teléfono que no había anotado y fotografías sin fecha. Trabajó hasta tarde ordenándolo. Gabriel apareció con un plato de comida y lo dejó junto al ordenador.

—¿Te han suspendido arquitectura?

—Organización.

—Eso me resulta más creíble.

Mateo le contó la reunión. Gabriel escuchó mientras comía un trozo de pan y al final señaló la pantalla.

—Esa foto está girada.

—Lo sé.

—Solo estaba ayudando.

Mateo le dio un empujón suave con la rodilla. Gabriel se sentó al otro lado de la mesa y empezó a responder sus propios correos. Durante una hora trabajaron juntos sin hablar apenas. Cuando él cerró el ordenador, Mateo todavía tenía dos carpetas pendientes.

—¿Vienes?

Miró lo que faltaba y guardó los cambios.

—Sí.

* * *

Celia no firmó la propuesta que él le envió esa noche.

Marcó una cláusula que permitía cambiar las visitas con veinticuatro horas de aviso y escribió debajo que ella también organizaba su semana.

Mateo leyó el comentario al levantarse. Volvió a leer la cláusula.

Él no habría aceptado organizarse con aquel aviso.

La llamó después del desayuno. Celia contestó desde la calle; se oía un niño insistiendo en que no había encontrado una zapatilla.

—No puedo hablar ahora. A las once.

Mateo abrió el contrato que había usado de modelo y reconoció la cláusula. Él mismo la había ampliado. A las once llamó a Celia. Ella le pidió que distinguiera un problema urgente de la obra de un cambio en su agenda; mientras lo escribía, él preguntó si mantendría los honorarios.

—Sí.

—Si quitamos una visita…

—Quitamos una visita. La hora cuesta lo mismo.

Mateo tachó la del viernes y corrigió la suma. Al enviarle el documento vio su propio nombre repetido en las casillas de autorización. Borró dos. Celia tenía que poder responder sin esperarlo.

Cuando guardó el archivo, Gabriel pasó por detrás de la silla y le dejó las gafas junto al teclado. Las había encontrado en el cuarto de baño.

—Estabas leyendo las letras grandes con mucho odio.

—Son las pequeñas las que me están costando dinero.

Gabriel le masajeó un hombro mientras él cerraba el documento. Tenía que enseñarle un mensaje de Álex y acabaron abriendo otra vez el ordenador. Mateo prometió leer solo la primera página; a la cuarta, Gabriel le retiró el ratón.

—Te he preguntado si se entiende el precio. No que me rediseñes la empresa.

Mateo volvió a la primera página. El precio estaba claro. Lo que seguía sin entender era cómo pensaban cobrar tan poco.