3. La muestra
La muestra
El martes siguiente los llamaron para completar la preparación de la biopsia.
Gabriel escuchó las indicaciones en el almacén y las apuntó en la parte de atrás de un albarán.
Cuando llegó a casa, Mateo encontró aquel papel entre una factura de combustible y una lista de cables que faltaban.
Había un número de teléfono, una hora y dos palabras tachadas porque el bolígrafo se había quedado sin tinta.
—Te lo podían haber mandado por escrito —dijo.
—Me lo han mandado. Eso es lo que he apuntado mientras hablábamos.
Le enseñó el mensaje con las instrucciones.
La intervención sería la semana siguiente; antes tenía que acudir a una valoración y hacerse una analítica.
Querían extraer el ganglio para estudiarlo.
Gabriel pasó el dedo por el borde del papel y preguntó si podían cenar pronto.
Había pasado la tarde reorganizando un montaje y estaba harto de repetir que no sabía cuánto tiempo tendría que estar fuera.
Dos días antes de la intervención, Gabriel quiso terminar un trabajo pendiente en la librería de Nuria.
Uno de los equipos de la sala de actividades estaba dando problemas y había prometido revisarlo antes de que empezara un ciclo de encuentros.
Mateo tenía que pasar cerca para ver a un cliente y se ofreció a llevarlo.
Gabriel aceptó con la condición de que no convirtiera la visita en una inspección del edificio.
La librería había cambiado en aquellos años. Había otro mostrador, una zona infantil más amplia y una empleada nueva a la que Mateo no conocía. Nuria salió del almacén con una caja de libros apoyada en la cadera y les pidió que esperaran un momento porque acababa de llegar un pedido incompleto.
Gabriel fue directamente a la sala. Mateo se quedó mirando los carteles de actividades. Reconoció nombres de autores que habían pasado por allí y una fotografía de una mesa redonda en la que aparecía él, sentado al fondo, muchos años menos cansado o quizá solo peor fotografiado.
—Esa no la quites —dijo Nuria al verlo—. Salís todos fatal de una manera muy auténtica.
Él sonrió y la ayudó a llevar la caja. Ella preguntó por la casa y por el trabajo de Madrid. Mateo respondió lo justo. Gabriel todavía no le había contado lo de la prueba y él no quiso adelantarse.
En la sala, el fallo resultó intermitente.
Gabriel hizo varias comprobaciones antes de poder reproducirlo.
Mateo se sentó al fondo y escuchó un zumbido que aparecía y desaparecía según movían una conexión.
Nuria miró el reloj. Tenía una actividad esa tarde y necesitaba saber si podía contar con el equipo.
—Hoy sí, con otra configuración —dijo Gabriel—. Pero esto hay que llevarlo a revisar. No te voy a prometer que aguante otros cuatro años porque una vez lo arreglara con un cable.
Nuria asintió. Preguntó el coste y él dijo que tendría que valorarlo el servicio correspondiente. Podía facilitarle una alternativa para aquella tarde, pero no prestarle indefinidamente material de la empresa sin hablarlo con los socios.
Llamó a Álex, comprobó disponibilidad y explicó a Nuria las condiciones. Ella aceptó el alquiler corto para el encuentro importante y decidió usar una solución más sencilla para los pequeños.
Cuando terminaron, Nuria preguntó si podían quedarse a tomar café. Gabriel dijo que sí y le contó lo de la biopsia antes de que llegaran las tazas. Lo hizo de manera directa, sin preparar demasiado la frase. Ella dejó la bandeja sobre una mesa y se sentó.
—¿Sabéis algo?
—Todavía no.
Nuria miró a Mateo y después volvió a Gabriel.
—No te pregunto más entonces. Pero dime si necesitas que cambie la fecha de algo contigo.
Él agradeció la concreción. Hablaron de la actividad de esa tarde y de una autora que había cancelado por un problema familiar.
Nuria estaba enfadada con la editorial, no con la mujer, porque le habían avisado demasiado tarde para reorganizarlo.
Gabriel propuso una solución que ella rechazó porque no encajaba con su público.
Al salir, Nuria les dio dos libros. Gabriel preguntó si eran un regalo y ella respondió que uno sí y el otro se lo prestaba, porque no confiaba en que Mateo fuera a terminarlo. Él protestó y se llevó ambos.
En el coche, Gabriel se quedó mirando la portada del suyo.
—Me ha venido bien venir.
—Ya lo he visto.
—No por arreglarle nada. Por discutir un rato de una cosa que sé.
Mateo arrancó. Gabriel abrió el libro por la primera página y lo cerró al cabo de unos segundos porque leer en el coche lo mareaba. Le pidió que condujera sin hacer una ruta alternativa para enseñarle una fachada que, según él, debía ver.
—Ni siquiera lo había propuesto.
—Te conozco.
Volvieron por el camino directo. Esa tarde Gabriel terminó de enviar la documentación del equipo y dejó el ordenador cerrado antes de cenar. Dos días después tendría que estar pendiente de otras instrucciones.
La víspera, Mateo puso el despertador y dejó las llaves junto a la puerta. Gabriel salió del baño y las cambió al cuenco de siempre.
—Mañana voy a buscarlas aquí —dijo.
—Las había dejado para no olvidarlas.
—Ya. Yo también vivo en esta casa.
Mateo programó otro aviso en el teléfono y fue a la cama. Gabriel estaba leyendo algo que no parecía interesarle; llevaba varios minutos en la misma página. Le pidió que apagara la lámpara y, en la oscuridad, buscó su pie bajo la sábana.
—¿Te molesta si mañana no hablo mucho?
—No.
—No empieces a inventarte por qué.
Mateo desplazó la almohada para acercarse. El colchón cedió entre los dos y Gabriel se acomodó de espaldas a él. La mano de Mateo encontró el borde de la camiseta; la dejó allí hasta que la respiración se volvió más lenta. Él tardó bastante más en dormirse.
En el hospital llegaron demasiado pronto. La cafetería acababa de abrir, pero Gabriel tenía que seguir las indicaciones de ayuno y Mateo no quiso desayunar delante de él. A las ocho y media le dolía la cabeza. Gabriel lo vio entornar los ojos ante la pantalla del turno.
—Vete a tomar un café.
—Estoy bien.
—Me estás dando hambre por solidaridad. No mejora nada.
Mateo compró un café y una tostada que comió de pie.
Cuando regresó, Gabriel había dejado su chaqueta sobre la silla contigua.
La retiró sin decir nada. En la sala había un matrimonio mayor que discutía sobre quién guardaba la tarjeta sanitaria y un hombre dormido con el mentón hundido en el pecho.
Mateo intentó leer las noticias; al cabo de un rato se dio cuenta de que no había pasado del titular.
Una enfermera llamó a Gabriel y los acompañó a una zona separada por cortinas. Verificó sus datos, volvió sobre los medicamentos que tomaba y le explicó qué ocurriría después. Tenía una manera rápida de trabajar sin apresurarlo. Cuando preguntó a quién debían avisar, Gabriel señaló a Mateo.
—Mi pareja.
La mujer anotó el teléfono y continuó. A Mateo le sorprendió recordar otro hospital, años antes, cuando había necesitado pensar cómo nombrar a Gabriel delante de ciertas personas. Ahora estaba ocupado buscando en los bolsillos una tarjeta que no le habían pedido.
—¿Esto te lo llevas tú? —preguntó Gabriel, ofreciéndole el reloj.
Mateo lo cerró alrededor de su propia muñeca, por encima del suyo. Gabriel levantó una ceja.
—Dos zonas horarias.
—No quiero perderlo.
—Como te pregunte alguien la hora, te bloqueas.
Se besaron antes de que se lo llevaran. Mateo sintió la presión de sus dedos, breve y fuerte, y después tuvo que apartarse para que pasara la camilla. Gabriel ya miraba hacia la puerta siguiente.
Pasó una hora. Luego otra. Mateo abrió los documentos de Madrid, respondió a un instalador y llamó a una clienta que quería cambiar el revestimiento de un baño cuando ya estaba encargado.
Ella no sabía dónde se encontraba; habló durante varios minutos sobre un tono de gris que en la fotografía parecía más cálido.
Él le explicó el coste de devolver el material y se oyó impaciente.
—Perdona —añadió—. Mándame la referencia y lo reviso esta tarde.
Al colgar, vio un mensaje de Vera. Preguntaba cómo iban. Respondió que todavía dentro y guardó el teléfono. Vera volvió a escribir media hora después. Él todavía no tenía respuesta.
Más tarde salió un médico. La intervención había terminado, el ganglio se enviaba a Anatomía Patológica y Gabriel pasaría un rato en recuperación.
Mateo preguntó cuándo sabrían algo. El médico explicó que el estudio podía requerir pruebas adicionales y que les darían cita para comentar el resultado. No adelantó una interpretación.
—¿Pero al verlo…?
—Necesitamos estudiarlo.
Mateo agradeció la información y se quedó en el pasillo con los dos relojes en la muñeca. Uno marcaba un minuto menos que el otro.
Cuando pudo entrar, Gabriel tenía un apósito en el cuello y una expresión somnolienta. Preguntó por su móvil antes de preguntar la hora. Mateo se lo entregó, pero el teléfono resbaló sobre la sábana y Gabriel lo dejó allí.
—¿Ha llamado Álex?
—Ha escrito. Todo bien.
—Eso significa que han roto algo.
—No creo.
—No conoces a Álex con una puerta estrecha.
Mateo le acarició el antebrazo, lejos de la vía. Gabriel cerró los ojos. Un rato después volvió a abrirlos y preguntó exactamente lo mismo. Mateo le respondió sin corregirlo.
Se marcharon por la tarde con las indicaciones de cuidado y un contacto para dudas o problemas. En el coche, Gabriel pidió bajar la calefacción. A medio camino quiso subirla. Mateo se detuvo en un semáforo y buscó en su cara alguna señal de dolor que él estuviera intentando ocultar.
—Lo diré —murmuró Gabriel, sin mirarlo.
Mateo volvió la vista al tráfico.
En casa había sopa en la nevera. La había dejado Vera al mediodía, después de acordarlo con Gabriel.
También había una bolsa con mandarinas y una nota que decía que el recipiente grande era suyo y debía volver.
Mateo sirvió dos cuencos; Gabriel tomó la mitad y se quedó dormido en el sofá, con una serie puesta que no había elegido ninguno.
Mateo recogió la cocina. Le escribió a Vera para darle las gracias y recibió como respuesta una pregunta sobre el recipiente, seguida de un corazón. Después se sentó en el suelo junto al sofá para revisar un presupuesto. Desde allí podía oír la respiración de Gabriel sin mirarlo.
Al despertar, Gabriel tardó un poco en reconocer dónde estaba. Bajó la mano hasta el hombro de Mateo.
—¿Qué haces ahí abajo?
—Trabajar.
—Tenemos sillas.
—Esta tiene reposabrazos.
Gabriel le despeinó con dos dedos y quiso incorporarse. Mateo recogió el ordenador antes de ayudarlo; él aceptó el brazo, pero se quedó sentado un momento, esperando a que se le despejara la cabeza.
—Me da rabia —dijo.
—¿Qué?
—Estar así por una cosa que todavía no sabemos qué es.
Mateo le acercó el cuenco. La sopa se había enfriado; Gabriel lo dejó otra vez en la mesa. Gabriel miró la pantalla del televisor, donde dos hombres discutían junto a un coche.
—¿Estos son hermanos?
—No tengo ni idea.
—Llevas aquí una hora.
—Estaba trabajando.
Buscaron el principio del episodio y lo vieron juntos. Gabriel apoyó la cabeza en su hombro con cuidado de no rozar el apósito. A la mitad pidió que lo parara para ir al baño. Al volver, traía una mandarina que peló sin ofrecerle hasta que Mateo le robó un gajo.
* * *
Tres días después, Gabriel insistió en acercarse al almacén para resolver unas cuestiones con sus socios. Habían hablado de evitar esfuerzos y él aseguró que solo iba a sentarse delante del ordenador. Mateo tenía una visita de obra; acordaron verse en casa a mediodía.
Cuando llegó, Gabriel estaba discutiendo por teléfono.
—Porque te estoy diciendo que esa partida no está cerrada. No, Dani, no lo está porque la escribas en rojo.
Mateo dejó el pan sobre la encimera y esperó. Gabriel llevaba el móvil en altavoz, pero lo desactivó al verlo. La conversación duró otros diez minutos. Al colgar, dejó el aparato con tanta fuerza que Mateo volvió la cabeza.
—¿Qué pasa?
—Dani quiere congelar la compra hasta que sepamos qué ocurre conmigo.
Mateo se quitó la chaqueta.
—Tiene sentido esperar un poco.
—Ya lo sé.
—Entonces…
—No necesito que también tú me lo expliques.
La respuesta salió más alta de lo que Gabriel parecía haber previsto. Se quedó junto a la mesa, con una mano apoyada en el respaldo. Mateo sintió el impulso de retirarse a su despacho y dejarlo solo con aquel enfado; en cambio, abrió la bolsa del pan y buscó un cuchillo.
—No te estaba explicando nada. Me has contado lo que ha dicho y he contestado.
Gabriel tardó un poco en acercarse.
—No era contigo.
Mateo dejó el cuchillo junto al pan.
—Pues se te ha ido bastante la dirección.
Gabriel abrió la boca, miró hacia el despacho y la cerró. Mateo cortó una rebanada y se la dio. Gabriel la dejó en un plato, sin comer.
—Habíamos tardado meses en llegar hasta ahí. Ahora todo lo que digo parece provisional.
—La compra puede esperar. Tú puedes seguir opinando.
—No ha sonado así.
—¿Se lo has dicho?
Gabriel soltó el respaldo.
—He dicho otras cosas.
Mateo lo miró. Gabriel cogió el teléfono, buscó el número de Dani y lo dejó otra vez sobre la mesa.
Prepararon la comida antes de que se decidiera a llamar.
La conversación se alargó en el dormitorio mientras Mateo terminaba los platos; a través de la puerta llegó una disculpa y luego el nombre de Álex, repetido varias veces.
Cuando Gabriel salió, la comida estaba fría y aún tenían que decidir qué decirle al otro socio.