2. La tarde del jueves
La tarde del jueves
Cuando Gabriel llegó, Mateo había puesto dos platos en la mesa y retirado uno.
Volvió a sacarlo al oír la llave. Había comprado comida en el bar de la esquina, pero las raciones seguían en sus envases; no sabía si ponerlas en la nevera ni cuánto podía preguntar sin obligarlo a pasar otra vez por la consulta.
Gabriel dejó la chaqueta sobre una silla. Traía una bolsa de farmacia con tiritas y pasta de dientes.
—He aparcado en el quinto pino.
—Podías haberme llamado.
—Para aparcar, no.
Sacó las cosas de la bolsa, llevó la pasta al baño y volvió. Mateo escuchó el agua del grifo durante más tiempo del necesario. Le pareció que estaba lavándose despacio para aplazar la conversación. Cuando regresó, Gabriel tenía mojado el borde de una manga.
—¿Eso es ensaladilla?
—Y albóndigas.
—Bien. Tengo hambre.
Comieron primero la ensaladilla. Gabriel hablaba del hombre que había dejado el coche atravesado en la entrada del aparcamiento, de la barrera que no reconocía un tique doblado.
Mateo seguía aquellas explicaciones con una atención que no habría prestado otro día.
Quería saber si habían mencionado algo más, una sospecha concreta que Gabriel estuviera reservándose.
El nombre que no habían dicho llevaba un rato instalado entre sus pensamientos.
—Puedes preguntar —dijo Gabriel.
Mateo dejó el tenedor.
—¿Te han dicho qué buscan?
—Saber qué es.
—Ya, pero…
—Me ha explicado que puede haber varias causas. Que lleva ahí demasiado tiempo y que hay que sacar una muestra. Le he preguntado si le preocupaba y ha dicho que por eso la pedía.
Gabriel aplastó con el tenedor una patata que había quedado entera. No parecía querer comérsela.
—No sé reproducirte la conversación palabra por palabra.
—No te lo estoy pidiendo.
—Todavía.
Mateo apartó el envase para dejar espacio entre los platos.
Le molestó la réplica y, por un instante, quiso defenderse.
Había salido de la obra dejando un problema que tendría que resolver por teléfono; no había buscado nada en internet y llevaba media hora ensayando preguntas que pudiera hacer sin parecer asustado.
Dejó la réplica sin decir y se levantó a por las albóndigas.
—A mí también me da miedo —dijo al volver.
Gabriel lo observó mientras se sentaba. Una de las sillas tenía una pata ligeramente más corta; Mateo la había cambiado de lado para que la usara él. La mesa tembló al apoyar el codo.
—Ya —respondió Gabriel—. A mí ahora me da más que en la consulta.
Mateo le alcanzó el pan. Esta vez Gabriel lo cogió y arrancó un pedazo.
—¿Quieres que cambiemos la reunión?
—¿Que la cambiemos?
—Que la cambie yo.
—¿A qué hora es?
—A las cuatro.
Gabriel miró el reloj de la cocina, que adelantaba siete minutos desde que Mateo había puesto una pila nueva y ninguno se había molestado en corregirlo.
—Me voy a tumbar. Hazla. Si me hace falta algo, salgo en calzoncillos y la arruino.
—Puedes arruinarla vestido.
—Así pierdo autoridad.
Después de comer recogieron juntos. Gabriel enjuagó los envases que podían reciclarse y Mateo se sorprendió deseando detenerlo.
Era una tarea absurda para aquella tarde; también lo era impedirle hacerla.
Le rozó la espalda al pasar y Gabriel se volvió para besarlo.
Tenía la boca tibia y olía al jabón de manos del baño.
Mateo prolongó el beso hasta que Gabriel se separó unos centímetros.
—Voy a dormir —murmuró—. No a despedirme.
La frase le hizo daño, pero Gabriel le apretó la cintura antes de irse. Mateo esperó a oír la puerta del dormitorio y abrió el ordenador.
A las cuatro Clara ya estaba conectada. Sergio entró tres minutos más tarde con una taza y una disculpa dirigida a alguien que quedaba fuera de cámara. Tenían abiertas dos versiones del presupuesto. La fundación había pedido una reducción que, según él, consistía en conservar todo pagando menos.
—Quiero dejar clara una cosa antes —dijo Mateo—. Estoy esperando una prueba médica de Gabriel. No sé qué fechas voy a poder comprometer todavía.
Clara cerró un documento.
—¿Necesitas que lo hablemos otro día?
—Hoy puedo. Lo que no puedo es aseguraros ahora una disponibilidad que después no tenga.
Sergio preguntó cuándo creía que lo sabría. Mateo contestó que no lo sabía. Escucharse decirlo, sin añadir una fecha aproximada para tranquilizarlos, le resultó más incómodo que la pregunta.
—De acuerdo —dijo Clara—. Separaremos las dos cosas. Hoy vamos a decidir si tiene sentido que sigamos hablando. Para cerrar equipo tenemos hasta finales de mes.
Compartió pantalla. Había habitaciones con dimensiones insuficientes para el uso previsto y una circulación de servicio que cruzaba la zona de descanso.
Mateo señaló los puntos que había anotado.
Al principio escuchaba cualquier ruido del dormitorio; después, durante varios minutos, solo vio el plano.
—Aquí falta un aseo accesible —dijo.
—Lo han dibujado en planta baja.
—Y arriba han puesto ocho habitaciones y un ascensor al que no llegas sin pasar por tres puertas. No podemos resolver eso con una nota al pie.
Sergio se acercó a la cámara.
—Por eso queremos que entres antes de presentar la siguiente propuesta. Pero necesitamos presencia en Madrid. Lo de las visitas no es un adorno del contrato.
—Podría concentrarlas. Tener a alguien allí que…
—Alguien que cobre —interrumpió Clara—. Y que tenga atribuciones claras. Si no, acabamos los tres haciendo el trabajo de cuatro.
Hablaron de honorarios, responsabilidades y viajes. Mateo pidió un día para estudiar cuánto tendría que ceder de sus encargos en Valnera. Cuando terminaron, había una tarea concreta: revisar las plantas y mandar preguntas antes del lunes.
Gabriel apareció mientras cerraba los archivos. Llevaba los mismos pantalones y una marca de almohada en una mejilla.
—Has dicho «eso no se puede hacer» cuatro veces.
—No estabas dormido.
—Al principio sí. Luego empezaste a hablar de puertas con un tono muy autoritario.
Mateo giró la silla hacia él.
—Les he dicho lo de la prueba.
Gabriel se quedó en el marco de la puerta.
—Vale.
—No he dado detalles.
—Vale, Mateo.
Se acercó a la pantalla y preguntó cuál era el edificio.
Mateo señaló una fotografía del patio. Gabriel se inclinó para verla mejor, apoyando una mano en el respaldo.
Durante unos segundos sus cuerpos conservaron aquella proximidad doméstica: un hombro junto a una mejilla, la costura del pantalón contra la rodilla.
Mateo le besó el brazo a través de la camiseta.
—¿Salimos? —preguntó.
—¿Adónde?
—A comprar arroz.
Gabriel soltó una risa breve.
—Te vas a pasar el resto de la vida pagando esa bolsa.
Fueron andando. En la calle había padres esperando a la salida de una academia y una mujer discutía con el repartidor de un mueble que no había pedido en aquel color.
El aire olía a lluvia próxima. Gabriel eligió un recorrido más largo, junto a las fachadas del puerto, y Mateo lo siguió sin preguntar.
Se detuvieron delante de una tienda de lámparas. En el escaparate habían colocado una pieza enorme de metal negro que parecía hecha para golpear a cualquiera que se levantara de la mesa.
—Esa te gustaría —dijo Gabriel.
—Es espantosa.
—Pero tiene una explicación de ciento veinte palabras. Tú compras cosas con explicación.
Mateo leyó la etiqueta y descubrió que Gabriel tenía razón sobre las palabras, no sobre sus gustos. Estuvo a punto de discutirlo; Gabriel le tomó la mano dentro del bolsillo de su abrigo.
—No quiero contárselo todavía a todo el mundo.
—¿A quién quieres decírselo?
—A Vera. Y a Álex, por los trabajos. A Dani tendré que decirle algo también, pero primero quiero… No sé. Primero quiero que no me mire esperando que yo sepa qué pasa.
—Bruno me ha preguntado si vamos el sábado.
—Dile que sí.
—Podemos decidirlo el viernes.
—Quiero decirle que sí ahora.
Mateo sacó el teléfono con la mano libre y respondió. Gabriel no soltó la otra hasta que cruzaron hacia el supermercado. Compraron arroz, detergente y un queso que ninguno había probado. En la caja, él cogió también una revista de viajes.
Ya en casa, Gabriel la abrió por un reportaje sobre una ruta costera de Portugal.
Habían hablado de ir dos veranos antes y después habían hecho otra cosa.
Mateo se sentó a su lado y discutieron sobre cuánto tiempo aguantarían conduciendo sin pelearse.
Gabriel aseguraba que el problema era su afición a buscar aparcamientos gratuitos a veinte minutos de cualquier sitio.
Antes de acostarse dejó la revista abierta sobre la mesa. Mateo apagó la luz del salón sin recogerla.
* * *
El sábado fueron a casa de Bruno y Sara. Mateo había pensado llamar para confirmar que seguía apeteciéndoles, pero Gabriel se puso los zapatos antes de que él terminara de decidir cómo preguntarlo. Llevaron vino y una bolsa de hielo que empezó a gotear en el ascensor.
Sara abrió con harina en el antebrazo. Había intentado hacer una masa que, según explicó, estaba pasando por una fase de rebeldía. Bruno trabajaba en la cocina con una receta abierta en el teléfono y la expresión de quien ya había perdido el control del procedimiento.
—Tenemos un plan B —anunció.
—¿Cuál? —preguntó Sara.
—Pensaba que lo tenías tú.
Gabriel dejó el hielo en el fregadero y se lavó las manos. Empezó a ayudar sin preguntar por la receta, lo que provocó una discusión inmediata con Bruno. Mateo se quedó con Sara en el salón, donde había una alfombra enrollada junto a una pared.
—La compramos hace dos semanas —dijo ella al verlo mirarla—. Ahora tenemos que decidir si nos gusta o si nos gusta haberla comprado.
Mateo se agachó para ver el color. Sara explicó que llevaba varios días queriendo devolverla, pero le daba pereza reconocer que Bruno tenía razón sobre las medidas.
Él la escuchó con una atención desproporcionada.
Le gustó que aquella fuera la dificultad de la tarde, una alfombra demasiado grande, y se sintió injusto por pensar que a ellos les correspondían problemas pequeños.
Sara le preguntó por el proyecto de Madrid. Mateo empezó a contárselo y ella lo interrumpió para saber si volvería a pasar media vida en trenes.
—Todavía no está decidido.
—Ya. Pero cuando hablas de la escalera pones la misma cara que antes de comprar una herramienta carísima.
Gabriel apareció en la puerta con un paño mojado.
—¿Le has contado lo de las reuniones semanales o solo el edificio?
—Las dos cosas.
—Está dando la versión comercial —le dijo a Sara.
Mateo notó el pinchazo y no respondió. Gabriel volvió a la cocina. Sara desplegó una esquina de la alfombra y pidió su opinión; él contestó demasiado deprisa. Ella lo miró, pero no preguntó.
Durante la comida, Bruno sacó el tema de un viaje que habían hecho años antes los cuatro, cuando Mateo y Laura todavía estaban juntos. Se equivocó al recordar quién había reservado un hotel y Sara lo corrigió. Hubo una pausa breve. Gabriel siguió comiendo, sin ayudar a nadie a salvarla.
—Fue Laura —dijo Mateo—. Yo habría acabado en un sitio peor.
Bruno asintió y continuó la anécdota. Gabriel hizo una pregunta sobre la ciudad y la conversación recuperó movimiento.
Mateo agradeció no tener que fingir que aquellos años no habían existido.
Más tarde, mientras Sara sacaba el postre, Bruno le preguntó si todo iba bien.
Lo hizo en voz baja, aprovechando que Gabriel estaba en el baño.
—Estamos esperando una prueba —respondió Mateo.
No dio detalles. Bruno dejó de buscar cucharillas.
—¿Tú o él?
Mateo señaló hacia el pasillo. Su amigo se quedó quieto.
—Todavía no sabemos nada. Prefiere no hablarlo mucho.
—Vale.
Gabriel volvió cuando Bruno seguía con las cucharillas en la mano.
No dijo nada entonces. Comieron el postre, que había salido mejor que la masa, y ayudaron a desenrollar la alfombra para comprobar por fin cómo quedaba.
Era demasiado grande. Sara declaró que no aceptaba comentarios hasta el día siguiente.
En la calle, Gabriel caminó unos metros antes de hablar.
—Se lo has dicho a Bruno.
Mateo lo miró.
—Ha preguntado si estábamos bien. Le he dicho que esperábamos una prueba. Nada más.
—Lo he visto en la cara cuando he vuelto.
—No le he contado qué prueba ni…
—Te he pedido que no lo contaras todavía.
Se detuvieron en un paso de peatones. Mateo sintió el enfado subirle con una rapidez que lo sorprendió.
Había pasado la tarde intentando no decir demasiado, no mirar demasiado, no dejar que la preocupación se notara.
Pensó en la visita de obra que había dejado a medias.
Tenía un mensaje del instalador sin responder desde el mediodía.
—También necesito hablar con alguien —dijo.
Gabriel mantuvo la vista en el semáforo.
—Ya.
—Entonces dime qué les digo. Porque ya no sé.
—Lo sé. Solo me ha jodido salir del baño y encontrarme esa cara.
Cruzaron sin cogerse de la mano. Al otro lado, Gabriel le pasó la bolsa vacía que llevaba para que pudiera ajustarse la chaqueta.
—Díselo a Bruno cuando lo necesites. Pero avísame antes de que me lo encuentre mirándome como un perro abandonado.
Mateo soltó una risa involuntaria. Gabriel lo miró de reojo y acabó sonriendo.
—Te aviso —dijo Mateo.
Caminaron hasta casa. Al entrar, Gabriel dejó las llaves en el cuenco y volvió sobre lo de Madrid.
—Antes he sido injusto. Con lo de la versión comercial.
—Un poco.
—Me ha dado miedo que ya lo hubieras decidido y estuviéramos representando la conversación.
Mateo se quitó el abrigo y lo dejó sobre una silla.
—Quiero hacerlo. Eso sí lo tengo bastante decidido. Lo que no sé es cómo.
Gabriel se sentó para descalzarse. Tardó un momento en responder.
—Prefiero que me lo digas así.
Mateo recogió el abrigo y lo colgó. Después fue a la cocina a buscar dos vasos de agua. Gabriel lo siguió, todavía con un zapato puesto, y le pidió que no planificara los próximos nueve meses aquella noche.
—No iba a hacerlo.
—Bien. Porque mañana tenemos que ayudar a devolver una alfombra.