La vida que quiero (Todo lo que nunca fui nº 3) 1. Las cosas que caben #2
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1. Las cosas que caben #2

Gabriel le hizo sitio en la mesa, moviendo el soldador hacia el centro del mantel.

—¿Qué quiere?

Mateo abrió las fotografías en el ordenador. Empezó por la escalera y acabó explicando cómo podrían funcionar las habitaciones del piso superior. Gabriel escuchaba mientras quitaba una etiqueta mal pegada de una caja. Cuando Mateo llegó al problema del acceso de carga, se acercó a la pantalla.

—Como metáis los equipos por ahí, os odiarán todos los técnicos que trabajen en ese sitio.

—Hay una entrada lateral.

—Enséñamela.

La encontraron en el plano. Gabriel señaló un giro antes del ascensor y pidió las medidas. Mateo no las tenía. Anotó la pregunta en un papel que sobresalía de la carpeta y después miró la hora: habían pasado cuarenta minutos.

—Serían dos días en Madrid. Cada semana.

Gabriel despegó al fin el resto de la etiqueta.

—Ya.

—Al principio.

—Eso suele querer decir tres al final.

—O cuatro alguna semana.

Desde la calle llegó el golpe metálico del contenedor. Gabriel reunió los papeles que había ocupado el ordenador y los dejó bajo la caja. Mateo se quedó con la mano en el ratón, viendo el arco mutilado por aquella puerta.

—Quiero hablar con ellos —dijo.

—Pues habla.

—Quiero hacerlo, Gabriel.

Él levantó los ojos. Tardó un momento en responder.

—Ya te he oído.

—No estabas diciendo nada.

—Estaba pensando en mis viajes. Y en que igual nos vemos en una gasolinera los jueves.

Mateo soltó el ratón. Gabriel cogió el calendario que tenían sujeto con un imán en la nevera y volvió con él.

La esquina de noviembre estaba doblada. Había dos semanas con sus iniciales, las citas de las obras de Mateo y una comida en Gijón que Elena había cambiado ya una vez porque prefería irse con una amiga a un mercadillo de muebles.

—Lo del material con Álex nos metería más trabajo aquí —dijo Gabriel—. Pero todavía no hemos decidido nada. Dani no quiere pedir el préstamo.

—¿Y tú?

—Yo quiero dejar de pagar por usar cosas que podríamos tener. También quiero dormir cuando miro la cuenta.

Desdoblaron noviembre. Mateo señaló las reuniones que podía mover; Gabriel, dos montajes en los que tenía que estar.

Pronto se quedaron sin espacio y él fue a por otra hoja.

No encontraron una semana ideal. Encontraron una en la que quizá pudieran comer juntos el viernes y Gabriel trazó alrededor del día un círculo tan grande que invadía el sábado.

—Reservado. No acepto alegaciones.

Mateo se inclinó para besarlo, pero Gabriel le tapó la boca con el calendario.

—Primero cena. Llevas una hora explicándome un edificio y aquí no hay ni arroz.

Acabaron haciendo una tortilla demasiado grande. Mientras cuajaba, Gabriel buscó un correo en su teléfono.

—Por cierto. El jueves tengo la consulta del cuello.

Mateo volvió hacia él la cabeza.

—¿Te han llamado?

—Esta mañana. A las doce y veinte.

El bulto seguía allí después de varias semanas.

Gabriel se lo había enseñado al salir de la ducha, inclinando un poco la cabeza para que Mateo pudiera verlo; la médica lo había explorado y había pedido que lo valoraran.

Desde entonces solo habían hablado de ello un par de veces.

A veces Mateo lo buscaba sin querer cuando Gabriel llevaba una camiseta con el cuello abierto.

—¿Quieres que vaya?

—De momento, no hace falta. Te digo al salir.

—Vale.

Gabriel guardó el teléfono y buscó un plato para dar la vuelta a la tortilla.

Mateo abrió el armario de arriba. Eligieron dos platos distintos, comprobaron cuál cubría la sartén y discutieron porque el que servía era el que a Gabriel le daba miedo romper.

Salió entera. Comieron los bordes más tostados antes de sentarse.

* * *

El jueves Mateo estaba en una vivienda sin ventanas, discutiendo con un instalador sobre el paso de un conducto, cuando llamó Gabriel. Se quitó el casco al salir al rellano. Tenía una llamada perdida y un mensaje: «Cuando puedas».

Le devolvió la llamada apoyado en la pared, lejos del ruido de la radial.

—Ya he salido —dijo Gabriel.

—¿Qué te han dicho?

—Que quieren hacer una biopsia.

En el descansillo de abajo alguien abrió una puerta. Mateo se enderezó para dejar paso, aunque todavía no había nadie subiendo.

—¿Cuándo?

—Me avisarán. El médico va a pedirla.

—Pero ¿qué ha visto?

—El ganglio, Mateo. Lo ha mirado, me ha preguntado unas cosas y dice que hay que analizarlo.

Oyó tráfico al otro lado. Gabriel debía de estar caminando hacia el aparcamiento. Por un momento quiso pedirle que se parara, que le repitiera desde el principio todo lo que había dicho el médico. El instalador apareció en la puerta y le hizo una seña hacia el techo. Mateo le indicó que esperase.

—¿Dónde estás?

—Voy al coche.

—Yo salgo en media hora.

—Habías quedado con Clara y Sergio.

Era una reunión por videollamada. Podía hacerla en casa, podía cambiarla; le molestó que Gabriel estuviera pensando en eso. En el teléfono se oyó el pitido de una puerta al desbloquearse y después un ruido más sordo. Durante unos segundos ninguno habló.

—¿Gabriel?

—Estoy aquí.

Mateo tenía la funda del casco enrollada alrededor de la mano. La aflojó para poder coger las llaves del bolsillo.

—Cuando te den la cita, voy contigo.

—Sí —dijo Gabriel—. A esa sí.

—¿Vienes a casa?

—En un rato. Voy a quedarme un poco aquí.

Mateo miró la puerta abierta del piso. El instalador había vuelto dentro; desde el rellano veía el extremo de la cinta métrica colgando sobre un montón de sacos.

—No cuelgues todavía —dijo Gabriel.

Mateo volvió a apoyar la espalda en la pared.

—Estoy.