La vida que quiero (Todo lo que nunca fui nº 3) 1. Las cosas que caben
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La vida que quiero (Todo lo que nunca fui nº 3)

La vida que quiero (Todo lo que nunca fui nº 3)

Por Adrian Valente

© inepub.com

1. Las cosas que caben

Las cosas que caben

Gabriel quería tirar el armario por la ventana.

Lo había dicho sin levantar la voz, después de veinte minutos intentando sacar un tornillo cuya cabeza ya no existía.

Mateo sostenía la puerta con las dos manos.

Desde aquella posición veía una franja del jardín, el pelo de Gabriel salpicado de serrín y, bajo el codo de este, la marca de una pegatina que él había arrancado a los quince años para parecer mayor.

—Hay que desmontar el marco —dijo.

—Estupendo. Tiramos también el marco.

—El de la puerta de la habitación.

Gabriel dejó el destornillador en el suelo y se quedó mirándolo.

—Dijiste que cabía.

—Sin las puertas, debería.

—Eso dijiste antes de quitar las puertas.

La que sujetaba Mateo pesaba cada vez más.

Cambió los dedos de sitio; la madera le había dejado un borde rojo en la palma.

Habían ido a casa de Julián para medir la planta baja y vaciar aquel dormitorio.

A las doce tenían que devolverle a Bruno el coche, con el armario dentro, porque Sara lo quería para guardar telas.

A las once y diez todavía no habían conseguido moverlo de la pared.

—Si sueltas esa bisagra…

—Mateo, como vuelvas a decir «si» sin sujetar esto por debajo, me voy a desayunar.

Consiguieron apoyar la hoja en el suelo.

Gabriel se incorporó despacio, con una mano sobre el muslo, y examinó el mueble desde una distancia que no permitía atribuirle ninguna esperanza.

En la sien derecha tenía más canas que cuando habían vuelto a vivir juntos, cuatro años atrás.

Mateo se las había descubierto una mañana de verano, todavía en la cama, y había recibido a cambio una inspección minuciosa de sus propias entradas.

El teléfono empezó a vibrar sobre el alféizar. Bruno.

—No cabe —dijo Mateo en cuanto respondió.

—¿En el coche?

—En la puerta.

Al otro lado hubo un silencio breve y después una voz amortiguada. Sara se rio antes de acercarse al teléfono.

—Te mandé las medidas del hueco, Mateo.

—El hueco que tienes tú. El problema es el que tengo yo.

—Pues déjalo. Tampoco me gusta tanto.

Gabriel se quitó una astilla de la manga.

—Ponla en altavoz. Quiero que lo repita.

Sara los oyó y se rio otra vez. Necesitaban el coche para llevar unas cajas, nada urgente; podían devolvérselo después de comer. Antes de colgar, pidió una fotografía del armario con las puertas puestas. Quizá, viéndolo bien, le encontrara un sitio en otra habitación.

—Ni se te ocurra —dijo Gabriel.

Mateo ya estaba buscando los tornillos. Los dejó en el alféizar.

Bajaron a la cocina a por agua. La casa conservaba el frío incluso en aquella mañana despejada de octubre.

Desde el cambio del tejado no habían vuelto a aparecer cercos en el techo, pero junto a la puerta trasera la pintura se desprendía en láminas pequeñas.

Mateo apartó con el zapato una que había caído sobre las baldosas.

Tendría que averiguar de dónde venía la humedad antes de pedir otro presupuesto.

Gabriel abrió la bolsa de la panadería.

—Hay una palmera. He sido generoso durante bastante rato.

—Es mía.

—La pagué yo.

—Con la tarjeta de la compra.

—Entonces puedes denunciarme por malversación.

La partió de una manera que dejaba poco margen a la justicia y le ofreció el trozo pequeño.

Mateo cogió el otro. Gabriel lo sujetó un instante, lo suficiente para que se rompiera una esquina, y acabaron comiendo de pie, sobre la bolsa, mientras pasaba por la calle una furgoneta con un altavoz que anunciaba patatas.

En la pared seguía la señal del antiguo calendario de Julián.

Mateo había pintado el resto de la cocina dos veranos antes, con una ayuda de Bruno que había durado hasta el primer partido de aquella tarde.

La franja sin cubrir estaba detrás de un estante; para llegar habría que desmontarlo.

Cada vez que venía pensaba en hacerlo y encontraba otra cosa que le ocupaba las manos.

Gabriel pasó una página de la libreta que había sobre la mesa.

—¿Este es el precio de las ventanas?

—Una estimación.

—Por ese dinero podrían enseñarnos a no tener frío.

Mateo se acercó. Había tres cantidades escritas, según cuánto se hiciera, y ninguna le gustaba.

Mantener la casa cerrada también costaba: seguro, suministros, pequeñas reparaciones que se convertían en grandes cuando tardaba en venir.

Mercedes le había devuelto la llave en junio.

Ahora pasaba más tiempo con su hija y no quería responsabilizarse de mirar después de cada temporal.

Él había dicho que lo entendía; desde entonces había ido casi todos los sábados.

—No hace falta hacerlo todo de golpe —dijo.

Gabriel apoyó la cadera en la mesa.

—¿Para qué lo haríamos?

Mateo conocía la pregunta. La habían hablado tomando una cerveza en agosto, sin libreta ni cinta métrica, y había sido él quien había propuesto volver cuando terminaran los trabajos del verano.

Tenía respuestas distintas según la habitación en la que estuviera.

En el despacho se veía trabajando; arriba solo veía dormitorios que habría que calentar.

—Podría traer el estudio aquí. Abajo. Seguiríamos en el piso.

—Tú ya trabajas en el piso.

—Entre la mesa y los muestrarios casi no puedes entrar.

—Puedo entrar. Salir es más difícil.

Mateo le acercó la libreta. En la primera página había dibujado la planta sin muebles. Aquel dibujo era reciente; había roto los de la reforma que llegó a presupuestar cuatro años atrás. Gabriel recorrió con un dedo la pared que separaba la cocina del comedor.

—¿Esto se puede abrir?

—Hay que comprobar qué carga lleva. ¿Por?

—Porque aquí siempre acabamos los dos de pie y allí hay sitio para cenar catorce.

—No conozco a catorce personas a las que quiera dar de cenar.

—Yo sí. No tenemos por qué invitar a las tuyas.

Lo dijo mirando el plano, y Mateo tuvo ganas de acercarse más. Le quitó una escama de hojaldre de la barba; Gabriel atrapó el dedo antes de que pudiera retirarlo.

—Tienes las manos llenas de mierda.

—Serrín.

—Es una distinción muy importante.

Le besó de todos modos. Mateo lo arrimó a la mesa con un cuidado innecesario que hizo reír a Gabriel contra su boca.

Durante unos segundos oyó únicamente el roce de la chaqueta y un golpe leve de la libreta al caer.

Luego Gabriel le metió los dedos fríos bajo el jersey y él se apartó con una protesta.

—Arquitecto. Calcula la calefacción primero.

Recogieron las migas. Mateo guardó el plano en la carpeta sin añadir nada y regresaron al dormitorio.

Consiguieron sacar la trasera del armario, pero uno de los costados estaba encolado.

Se hicieron una fotografía delante para mandársela a Sara; Gabriel levantó el dedo corazón justo antes del disparo.

El mueble se quedó allí y ellos devolvieron el coche vacío.

* * *

Clara lo llamó el lunes, cuando estaba intentando encontrar en el supermercado una bolsa de arroz que habían cambiado de pasillo.

—¿Puedes hablar diez minutos?

Mateo consultó la lista. Gabriel había escrito «arroz normal» y debajo, entre paréntesis, «no hace falta que tenga biografía».

—Puedo quince.

—Sergio y yo queremos proponerte una cosa. Aún no hay contrato.

Se apartó junto a los congeladores. Clara empezó por el edificio: un antiguo centro de formación en Madrid, vacío desde hacía años, que una fundación quería convertir en residencia y espacios de trabajo para músicos.

Habían entrado en la selección final del equipo y necesitaban a alguien que coordinara la rehabilitación interior desde el principio.

Ella había mandado fotografías el viernes.

Mateo las había abierto en el teléfono, demasiado pequeñas, mientras esperaba en una obra.

—Las he visto —dijo.

—Las has mirado. Si las hubieras visto, me habrías llamado por la escalera.

Mateo sonrió. Se acordaba de una barandilla oscura y de la luz que bajaba desde un lucernario.

Abrió el correo, amplió la imagen y dejó que pasara una mujer empujando un carro.

La escalera giraba alrededor de un hueco estrecho.

Al fondo, una puerta cortaba torpemente un arco que debía de continuar al otro lado.

—¿Tenéis el levantamiento?

—Ahora sí.

—¿Y dejan intervenir ahí?

—Eso tendrás que defenderlo tú, si te interesa.

Se le estaba enfriando la mano apoyada en el borde del congelador.

Clara explicó lo demás: una primera fase de nueve meses, reuniones presenciales en Madrid, dos días semanales como previsión inicial.

Más cuando comenzara la obra. No podía prometerle que los viajes se mantuvieran siempre en esos dos días ni que el cliente aceptara sus honorarios sin discutir.

—Tendría que reorganizar lo de aquí.

—Claro.

—Tengo dos reformas empezadas.

—No necesito que me contestes al lado de las pizzas.

Mateo miró el cristal bajo su mano.

—¿Cómo sabes dónde estoy?

—Han anunciado las ofertas dos veces. Habla con Sergio mañana, mira los documentos y dime si el jueves podemos reunirnos los tres.

Cuando colgaron, volvió a ampliar la fotografía.

Alguien había instalado un fluorescente sobre una moldura; los cables salían de una canaleta torcida.

Quiso ver el espacio vacío, sin los tabiques que lo dividían en aulas.

Llevaba meses resolviendo cocinas, humedades y distribuciones sensatas.

Hacía bien su trabajo. Al volver a colocar el teléfono en el bolsillo, lo sacó otra vez para abrir la siguiente imagen.

Compró casi todo. Se acordó del arroz al entrar en casa.

Gabriel tenía sobre la mesa del salón una caja pequeña con conectores, etiquetas y un soldador desenchufado.

Había extendido debajo un mantel viejo para evitar otra quemadura.

En la pantalla del portátil se veía una hoja de costes; llevaba varios días discutiendo con Álex la compra de material que permitiría aceptar montajes mayores sin depender tanto del alquiler.

—Falta una bolsa —dijo, viendo la compra.

—Falta arroz.

—Era lo primero de la lista.

—Me ha llamado Clara.