La vida que perdí (Todo lo que nunca fui nº 2) 24. La casa cerrada
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24. La casa cerrada

La casa cerrada

La primera vez que alguien le preguntó cuánto quería por la casa, Mateo estaba sacando una bolsa de basura. El hombre se presentó como conocido de un conocido y dijo que había oído que el inmueble podía quedar disponible. Miraba por encima de su hombro hacia el recibidor mientras hablaba.

—Todavía no he decidido nada —respondió Mateo.

—Claro, claro. Estas cosas hay que pensarlas. Pero si te interesa, puedo venir con alguien que la valore.

La oferta tenía el tono de un favor y la insistencia de un negocio. Mateo cerró un poco la puerta, obligándolo a dejar de mirar dentro.

—Si decido vender, buscaré yo a quién llamar.

El hombre aceptó la despedida sin ofenderse demasiado. Al alejarse, comentó que mantener una casa vacía era tirar el dinero. Mateo esperó a que doblara la esquina para sacar la basura. Le molestó que una frase tan oportunista pudiera contener una preocupación real.

Había completado lo necesario para que la casa quedara a su nombre y seguían llegando recibos.

Ninguno era enorme por separado. Juntos componían una obligación que no desaparecía porque él no quisiera pensar en ella.

Se sentó en la mesa de la cocina con el cuaderno y anotó gastos, reparaciones pendientes, dinero disponible.

El techo del cuarto del fondo necesitaba una intervención antes del otoño.

La mancha que Julián había minimizado seguía allí, más oscura por un borde.

Mateo había revisado la cubierta con un profesional y sabía que aplazarla no la haría más barata.

También sabía que aquella reparación no convertiría la casa en un lugar listo para vivir.

Había instalaciones envejecidas, ventanas incómodas, una distribución que respondía a una familia que ya no existía.

Sacó después el dibujo que había enseñado a Gabriel en mayo. Las dos versiones seguían en la carpeta. Reconoció la bandeja para el calzado junto a la puerta del patio y sintió vergüenza antes de guardarlas. El cobertizo contenía ahora las piezas pagadas que todavía no había utilizado.

Gabriel llegó de Bilbao el jueves por la noche. Había avisado que no quería hablar de nada importante hasta dormir. A la mañana siguiente, Mateo le preguntó cuándo podía enseñarle las cifras de la cubierta.

—Después del café —respondió su pareja—. Y de una ducha. Traigo el recinto entero pegado.

Mateo lo esperó en el balcón. Gabriel salió con el pelo mojado y una camiseta limpia; se sentó frente a él y acercó la hoja.

—¿Esto es todo lo que hace falta ahora?

—Para detener la entrada de agua, sí. El baño se queda como está. Lo demás también.

Hablaron de lo que podía pagar sin aceptar más encargos de los que tenía tiempo de hacer. Mateo había separado el dinero de la reparación y el que necesitaba para sus gastos. La cancelación anterior seguía pesando en la suma. Gabriel comprobó una cifra con el dedo.

—Aquí falta el recibo que te llegó el martes.

Él lo añadió. Le molestó la corrección unos segundos y después agradeció no haberlo olvidado.

—Quiero conservarla por ahora —dijo—. Hasta que pueda pensar si quiero esa casa de verdad o si me da miedo venderla.

Gabriel no respondió enseguida. Se secó una gota que le bajaba por el cuello.

—Yo no quiero vivir allí ahora.

—Lo sé.

—Necesitaba volver a decirlo. Cada vez que sacas un papel de esa carpeta pienso que me vas a enseñar otra versión.

Mateo bajó los ojos. Podía cancelar una obra en una mañana; Gabriel llevaba dos meses esperando que reapareciera.

—Los dibujos están guardados. Si alguna vez quiero plantearlo otra vez, empiezo por preguntarte. Sin encargar nada.

—Y a lo mejor vuelvo a decir que no.

—Sí.

Gabriel dejó la hoja sobre la mesa. El pelo le caía sobre la frente, una hebra todavía oscura por el agua. Mateo se la apartó antes de recoger los papeles. Su pareja le sujetó la muñeca un momento.

—El jueves de la semana que viene estoy aquí. Si quieres que vaya cuando miren la cubierta, puedo.

—Te avisaré cuando me confirmen. No hace falta que cambies nada.

—No estoy cambiando nada. Te estoy diciendo que estoy.

Mateo sonrió. Doblaron la hoja sin cerrar la conversación para siempre. Gabriel fue a buscar otro café y él se quedó en el balcón, escuchándolo protestar porque la cafetera pequeña solo daba para uno con ganas.

El presupuesto para la cubierta llegó un lunes. Mateo lo abrió dos veces, esperando que la cifra cambiara al comprobar las partidas. No era desproporcionado; eso lo irritó más, porque no podía atribuir su disgusto a un abuso evidente.

Llamó al profesional y preguntó por una alternativa más limitada. El hombre se la explicó, incluido lo que dejaba sin resolver. Mateo tomó notas. Había hecho esa misma conversación con clientes suficientes veces para reconocer cuándo alguien buscaba una tranquilidad barata en lugar de una solución.

—No quiero que me digas que sí porque sepas que puedo revisar el trabajo —aclaró.

El hombre soltó una risa breve.

—No pensaba hacerlo. Precisamente porque luego vas a revisarlo.

Acordaron una visita. Mateo fue con el cuaderno y una disposición incómoda a escuchar en una casa donde todavía se sentía hijo antes que propietario.

Subieron, miraron el punto de entrada de agua y hablaron de materiales.

Su padre habría opinado de todos ellos, incluso de los que no conocía.

Mateo se sorprendió echando de menos una interferencia que meses atrás habría intentado evitar.

Cuando bajaron, el profesional señaló otras cosas que convendría mirar en el futuro. Él pidió que las separara de lo urgente. Necesitaba saber qué estaba aceptando, no recibir una reforma entera por miedo a que la casa se viniera abajo en su imaginación.

Después hizo cuentas con calma. Podía pagar la reparación usando una parte de sus ahorros, siempre que mantuviera los encargos previstos y no convirtiera cada mejora en una necesidad inmediata. Le molestó la cantidad de margen que perdería. Se lo dijo a Gabriel esa noche.

Gabriel ofreció aportar una parte. Mateo respondió que no demasiado deprisa.

—No quiero meterte dinero en una casa que es mía.

Gabriel dejó el vaso.

—No te he pedido que me la regales. He dicho que puedo ayudarte con un gasto.

—Y yo he dicho que puedo pagarlo.

La conversación se endureció antes de que ninguno entendiera por qué. Mateo oyó su propio tono y se detuvo. Gabriel lo miraba con esa expresión que aparecía cuando su ayuda era tratada como una invasión.

—Me da miedo que luego sientas que tienes que querer vivir allí —admitió Mateo.

—Pues eso sí puedes decírmelo.

—Te lo estoy diciendo.

—Después de hablarme como si intentara comprar una parte de tu padre.

Mateo bajó la cabeza. Iba a disculparse por el tono, pero todavía quería discutir el dinero.

—He contestado mal. Pero no era eso.

Gabriel se frotó la frente.

—Vale. Yo también me he pasado.

Volvieron a los números. Decidieron que Mateo pagaría la reparación y que Gabriel seguiría cubriendo sus gastos compartidos como habían acordado.

Si alguna vez hacían una obra para vivir juntos, hablarían de otra manera y antes de empezar.

No utilizaron el dinero para demostrar amor ni la negativa para demostrar independencia.

Al día siguiente, Mateo confirmó el presupuesto. Después fue a casa de Julián y abrió la cómoda de sus padres. Se llevó unas fotografías y dejó el mueble donde estaba. Podía conservar una casa sin llevarse a su piso todo lo que había dentro.

Pasó varias tardes separando lo que debía quedarse, lo que podía donar y lo que necesitaba pensar más.

Begoña fue una de ellas, esta vez para recoger unas cosas que había aceptado y despedirse de la casa sin tener que limpiar nada.

Mateo se lo dijo en la puerta, antes de que ella pudiera ponerse a ordenar por costumbre.

—Hoy no trabajas.

—Entonces quita esa bolsa del pasillo, que me voy a matar igualmente.

Le ofreció café. Begoña eligió sentarse en el patio y le contó que había cambiado uno de sus horarios, que una familia nueva necesitaba ayuda por las tardes.

Julián había ocupado una parte de su vida; el resto seguía pidiendo sitio.

Mateo le dio una planta que ella llevaba meses diciendo que necesitaba más luz.

La mujer aceptó con una alegría práctica que lo hizo sentirse bien durante el resto del día.

Con Mercedes tuvo una conversación más incómoda. Le devolvió unas llaves que ella le había prestado de su propio trastero y le pidió que dejara de recoger el correo de Julián todos los días.

—No me cuesta nada —protestó ella.

—Ya. Pero voy a organizarlo de otra manera. No quiero que tengas que mirar la casa cada vez que sales.

Mercedes se ofendió un poco. Mateo tuvo que aclarar que no estaba retirándole confianza. Ella acabó admitiendo que algunas tardes cruzaba solo para comprobar que no se había quedado una ventana abierta, aunque sabía que él llevaba días sin ir.

—Me he acostumbrado —dijo.

Mateo reconoció el cansancio detrás de la costumbre.

—Yo también.

Acordaron que lo llamaría si veía algo concreto.

No si la casa simplemente estaba callada.

Al salir, Mercedes le tocó el brazo y le dijo que Julián habría protestado por la planta que se había llevado Begoña.

Mateo respondió que por suerte ya no podía impedirlo.

La mujer se quedó sorprendida un instante y después se rio.

Elena no reclamó nada. Cuando él le preguntó si quería algún objeto, pidió tiempo para pensarlo y luego eligió una fotografía de sus padres que Mateo tenía duplicada.

Se la envió por correo con una nota corta.

Su tía llamó al recibirla, habló de la foto y acabó preguntándole por Gabriel.

Ya no parecía una pregunta hecha solo por educación.

Laura llamó una tarde en que Mateo estaba guardando la ropa de invierno de Julián. Había encontrado un libro suyo en una caja que acababa de abrir en Madrid y quería saber si se lo enviaba. Él tardó en recordar cuál era.

—Quédatelo si lo quieres.

—No lo quiero. Por eso te estoy llamando.

Su franqueza lo hizo sonreír. Hablaron del libro y de una chaqueta que ella había creído perder durante años y que apareció en la misma caja. Después Laura preguntó cómo estaba. Mateo respondió sin fingir ni contarle toda su vida.

—Mejor algunos días. Gabriel y yo hemos estado viviendo separados unas semanas. Estamos intentando volver despacio.

Laura guardó un momento de silencio.

—Espero que os vaya bien.

—Gracias.

No hubo consejos. Ella le contó que había aceptado un proyecto que le exigiría viajar más y que todavía no sabía si había sido una buena idea. Mateo escuchó. Le gustó poder preocuparse por una decisión suya sin ocupar el lugar que había tenido antes.

Antes de colgar, Laura mencionó a Julián. Recordaba una comida en la que él se había empeñado en servirle un plato enorme porque estaba convencido de que en Madrid comían mal.

—Luego se ofendió porque no repetí —dijo.

Mateo se rio.

—Era muy suyo.

—Sí. Lo echo de menos a ratos.

Él agradeció que pudiera decírselo. Laura tenía una reunión y se despidieron con la familiaridad limitada que habían conseguido construir.

El día de la reparación de la cubierta, Gabriel estaba fuera.

Mateo había organizado el acceso, el pago y la visita final sin pedirle que cambiara el calendario.

Su pareja llamó a mediodía y él le contó que todo iba según lo previsto.

Después se quedaron hablando de una máquina de café del recinto donde trabajaba Gabriel, capaz de producir tres bebidas distintas con exactamente el mismo sabor.

Por la tarde, cuando la casa volvió a quedarse vacía, Mateo subió al cuarto del fondo. La mancha seguiría visible hasta que secara y pudiera pintarse. Abrió la ventana un rato y se sentó en el suelo, donde había estado una caja que ya no estaba.

Escuchó el mensaje de su padre una sola vez. Le dolió. Luego guardó el teléfono y terminó de cerrar las ventanas.

Al salir, comprobó la puerta sin repetir el gesto tres veces.

La casa quedaba allí, con gastos y trabajo pendiente, con muebles que todavía no sabía si quería.

Se llevó las llaves en el bolsillo y fue a cenar con Bruno.

Habían quedado a las nueve. Antes de doblar la esquina, comprobó que llevaba las llaves.