La vida que perdí (Todo lo que nunca fui nº 2) 23. Las visitas pendientes
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23. Las visitas pendientes

Las visitas pendientes

Elena le mandó una fotografía de la mesa restaurada a mediados de junio. Mateo la abrió durante una visita de obra y le contestó por la noche. Hablaron también de una calle de Valnera cuyo nombre ella no conseguía recordar. A veces dejaban pasar dos o tres días entre un mensaje y el siguiente.

A finales de junio, Elena propuso acercarse un sábado.

Iría en coche con Alicia, que tenía un compromiso en Santander, y dispondría de unas horas.

Mateo leyó el mensaje dos veces. Quiso convertirlo en una comida de familia, invitar a Mercedes, pedirle a Gabriel que estuviera.

Le bastó imaginar la cara de su tía al entrar en aquella reunión para descartar la idea.

«Podemos vernos tú y yo», escribió. «Y si quieres entrar en la casa, entramos».

Elena contestó: «Eso sí».

Quedaron en una cafetería cerca de la plaza. Mateo llegó con tiempo y eligió una mesa que no quedara junto a la puerta. Cuando su tía entró, se saludaron con menos cuidado que en Gijón. Ella llevaba un paquete envuelto en papel de una tienda y se lo puso delante.

—No es un regalo importante. Para que no empieces.

Dentro había un marco de madera reparado. Elena había colocado una copia de la fotografía de la bicicleta.

—Lo tenía por casa. Le faltaba una esquina.

Mateo pasó el dedo por la unión. Se veía si uno la buscaba; no estaba disimulada del todo.

—Me gusta.

—Pues ya está. No hace falta que me expliques por qué.

Tomaron café y caminaron hasta la casa. Elena se detuvo a media calle, mirando una fachada que había cambiado.

Recordaba una mercería que ya no existía.

Mateo le contó qué había ocupado el local después y descubrió que tampoco él sabía todos los cambios.

Había vivido muchos años lejos y seguía hablando del pueblo con la seguridad de quien no se había ido.

Al abrir la puerta, sintió que tenía que advertirle algo.

—Está bastante igual.

Elena entró despacio.

—Eso ya lo veo.

No lloró. Se quitó la chaqueta y la sostuvo sobre el brazo mientras recorría el recibidor.

Preguntó por un espejo que Mateo no recordaba y señaló una marca en la pared donde antes había estado un teléfono.

En el salón tocó el respaldo de una silla, comprobando la holgura de una unión con un gesto profesional que le resultó familiar por otro motivo.

—Tu hermano también revisaba todo al entrar —dijo Mateo.

Elena retiró la mano. Él se arrepintió de inmediato.

—Perdona. No quería…

—Ya lo sé. Y supongo que sí.

Subieron a la habitación de sus padres. Mateo abrió la cómoda para que viera los cajones.

Elena se agachó, comprobó uno y dijo que la madera había trabajado con los años; no todo podía atribuírsele al abuelo.

Hablaron de eso durante varios minutos, agradecidos de tener una cuestión concreta entre las manos.

En el cuarto pequeño quedaban algunas cosas de Isabel. Su tía reconoció un costurero que había visto en el taller. Lo abrió con permiso y encontró dentro un dedal, botones sueltos, una bobina casi vacía.

—No fui a su entierro —dijo.

Mateo se quedó junto a la puerta.

—Lo sé.

—Me enteré dos días después. Alicia no estaba aquí y nadie me llamó. Luego pensé en escribirte. No lo hice.

—Podrías haberlo hecho después.

—Sí.

Elena cerró el costurero. No parecía dispuesta a defenderse.

—Me enfadé porque no me habían avisado. Como si eso me quitara a mí la posibilidad de hacer algo. Me vino bien estar enfadada.

Mateo miró las cajas del suelo. En una había guardado las tarjetas que llegaron cuando murió Isabel. Había contestado a casi todas con la misma frase, ayudado por Laura.

—A mí me habría gustado recibir una carta —dijo.

—Lo siento.

—No sé si habría respondido bien.

—Supongo que no. Tampoco te habría hecho ninguna gracia que apareciera de pronto.

Se quedaron un rato en silencio. Mateo le ofreció el costurero, movido por el deseo de darle algo que reparara la incomodidad. Elena negó con suavidad.

—Guárdalo tú. Si un día no lo quieres, ya me dirás.

Bajaron a la cocina. Él preparó café y se equivocó con la cantidad de agua; salió más flojo de lo que pretendía. Elena lo probó sin comentar nada hasta que él puso una cara de disgusto.

—Tu madre también lo hacía bastante malo.

—Eso es mentira.

—Lo hacía con prisa. Tú lo recuerdas mejor porque te lo servía ella.

Mateo se rio y después tuvo que apartar la taza. Las lágrimas llegaron sin una transición que pudiera disimular. Elena lo vio, pero no se levantó a abrazarlo. Se quedó sentada, con las manos alrededor del café, hasta que él pudo volver a respirar con normalidad.

—Lo echo de menos —dijo—. A él también. Incluso después de todo lo de las cartas.

—Claro.

—Me da rabia.

—A mí me daba rabia cuando estaba vivo.

Mateo contó una escena reciente con Julián y Gabriel, una discusión absurda por la radio.

Elena escuchó y después recordó otra, de cuando eran jóvenes, en la que su hermano había desmontado un aparato que funcionaba para demostrar que podía arreglarlo.

Lo había dejado peor. A su padre le habría irritado que lo contaran; Mateo se rio con una alegría breve que no esperaba encontrar aquella mañana.

Antes de marcharse, Elena pidió ver el patio. La maceta agrietada seguía en el mismo sitio. Se agachó para quitar una hoja seca y luego se enderezó con una mueca, apoyándose en la pared.

—No estoy para hacer jardines ajenos.

—No te he pedido nada.

—Ya. Me lo pido yo y luego me quejo.

Mateo la acompañó hasta la cafetería donde habían quedado con Alicia. Su tía caminaba más despacio que al llegar, cansada por las escaleras y por lo que no habían dicho. Él no intentó aprovechar los últimos minutos para preguntar algo importante.

Al despedirse, Elena lo abrazó. Fue un gesto corto, firme, sin aquella vacilación del primer día. Mateo la sostuvo y dejó que fuera ella quien se apartara.

—La próxima vez vienes tú —dijo su tía—. Pero avisa. No voy a aprender a cocinar para dos sin preparación.

—Puedo llevar algo.

—Eso me parece un comienzo excelente.

Alicia le preguntó si quería que lo acercaran a casa. Mateo negó. Prefirió volver andando, con el marco bajo el brazo. Al llegar al piso lo dejó sobre una estantería del estudio. Movió dos libros para hacerle sitio y dejó los dos que sobraban sobre la mesa.

* * *

Una tarde de julio, Gabriel apareció en el local al salir del almacén. Mateo estaba agachado junto a una toma, discutiendo con Nuria sobre la posición de una mesa. Gabriel se quedó en la puerta hasta que lo vieron.

—Vengo a buscar al arquitecto. Me han dicho que aquí lo tenéis retenido.

—Todavía no hemos cobrado rescate —respondió Nuria.

Mateo se levantó y se sacudió el pantalón. Gabriel lo observó con una expresión que lo hizo consciente de su cuerpo de una manera agradable y poco profesional.

—Cinco minutos —dijo.

Tardó quince. Cuando terminó, Gabriel no estaba mirando el reloj; ayudaba a Nuria a mover una caja porque estorbaba en la entrada. Mateo sujetó la puerta mientras acababan de pasarla.

Salieron juntos. Gabriel le dijo que tenía una mala noticia: el primer bloque de trabajo en Bilbao se había alargado dos días. Se lo habían confirmado esa mañana y todavía estaba viendo cómo organizar el regreso.

Mateo se paró junto al coche.

—Habíamos quedado para ir a Gijón.

—Lo sé. Puedo intentar salir el domingo temprano, pero no quiero prometerte algo que no sé si voy a cumplir.

La decepción fue inmediata. También lo fue el impulso de decir que siempre aparecía algo más importante. Mateo apoyó la mano en el techo del coche, caliente por el sol, y se dio unos segundos.

—Me fastidia. Quería que conocieras a Elena.

—Yo también quiero conocerla. No hace falta que lo hagamos en ese viaje.

—Puedo ir solo.

Gabriel lo miró con atención.

—¿Eso lo dices bien o lo dices mal?

Mateo tuvo que reírse, aunque todavía estaba molesto.

—Estoy intentando decirlo bien. Dame un momento.

Gabriel sacó las llaves, se le cayeron y tuvo que buscarlas debajo del coche. Al cabo de un rato, Mateo sacó el teléfono y escribió a su tía para contarle la modificación. Elena respondió más tarde que prefería verlos otro fin de semana porque le habían surgido planes propios.

Aquella noche Gabriel durmió en el piso.

Al día siguiente volvió a la habitación alquilada para preparar el viaje.

Mateo lo ayudó a bajar una bolsa, lo besó junto a la furgoneta y se quedó en la acera hasta que arrancó.

Después entró en casa, recogió su cuaderno de trabajo y fue a la librería.

Nuria lo esperaba para comprobar una entrega.

Había enviado dos mensajes mientras ellos se despedían.

* * *

El cumpleaños de Mateo llegó durante el primer bloque largo de trabajo. Habían hablado de esa ausencia semanas antes y él estaba convencido de haberla aceptado. La mañana del cumpleaños se despertó enfadado con el teléfono antes de que sonara.

Gabriel había enviado un mensaje a las seis y cuarenta.

Una fotografía del recinto vacío, una felicitación y la promesa de llamar al salir.

Mateo respondió con dos palabras secas. Las miró después de enviarlas y reconoció el propósito: quería que Gabriel preguntara si pasaba algo, obligarlo a adivinar una tristeza que ya conocían los dos.

Escribió de nuevo. «Me he levantado atravesado. Me gustaría que estuvieras. Sé que hoy no puedes».

Gabriel contestó cuando tuvo un descanso. «A mí también. Te llamo esta noche. No esperes para cenar».

Mateo dejó el móvil. Había quedado con Sara y Bruno, pero durante una hora consideró cancelar. Le daba vergüenza celebrar el primer cumpleaños sin Julián y le parecía peor admitir que una parte de la desgana venía de no tener a Gabriel allí para verlo estar mal.

Fue a trabajar. Nuria lo felicitó porque recordaba una conversación sobre la fecha y le dio un café de la cafetería contigua. El albañil se sumó a la felicitación sin saber cuántos cumplía. Mateo dijo cuarenta y se sorprendió al oír el número en voz alta. Había empezado el año de otra manera.

Por la tarde pasó por casa de su padre. No había planeado hacerlo.

Se quedó en el recibidor mirando el teléfono fijo que Julián seguía conservando aunque apenas lo usara.

En otros cumpleaños lo habría llamado temprano, a veces antes de que él se levantara, y le habría preguntado si pensaba celebrarlo «con tanta historia como el año pasado».

Mateo se sentó cinco minutos en la cocina. No buscó las cartas ni el audio. Echó de menos una llamada concreta, con una voz concreta, y después cerró la casa porque había quedado a una hora.

Sara había comprado una tarta pequeña. Bruno puso demasiadas velas y tuvo que retirar algunas cuando ella le recordó que no estaban intentando calentar el salón.

Mateo se rio. Comieron en el jardín de la casa alquilada, hablaron de trabajo, discutieron sobre una película que ninguno recordaba igual.

Al llegar el postre, la tristeza volvió, pero no le impidió pedir otro trozo.

Gabriel llamó cuando estaban recogiendo. Mateo se apartó unos pasos, lo suficiente para oír sin marcharse del todo.

—Feliz cumpleaños —dijo Gabriel.

Él cerró los ojos. Lo había oído por mensaje y no se parecía en nada.

—Gracias. ¿Has terminado?

—Hace diez minutos. Tengo una ducha esperándome con desesperación.

Se rieron. Gabriel le preguntó por la cena y Mateo le contó lo de las velas. Después dijo que había pasado por casa de Julián y se quedó callado.

—Me habría gustado darte un abrazo hoy —respondió Gabriel.

—A mí también.

Durante unos segundos ninguno habló. Al fondo, Sara le preguntaba a Bruno dónde había metido un cuchillo. Mateo miró hacia ellos y sintió que podía quedarse en aquella cena sin que eso redujera lo que echaba de menos.

Gabriel volvió dos días después con un regalo mal envuelto. Era una edición de un libro de arquitectura que Mateo había mirado varias veces sin comprar. Gabriel dijo que había tenido que pedir ayuda para no elegir la equivocada.

—Podías haberme preguntado.

—Entonces no habría tenido ocasión de equivocarme con autonomía.

Mateo lo besó antes de abrirlo del todo. Gabriel había reservado una mesa para el sábado siguiente y le preguntó si seguía libre. Él comprobó el calendario antes de contestar. —Sigo libre —dijo, enseñándole el calendario. Gabriel dobló el papel del regalo y lo dejó sobre la mesa.