22. Una tarde de trabajo
Una tarde de trabajo
La habitación de Gabriel tenía una ventana que no cerraba bien y una colcha con flores marrones.
Mateo la vio por primera vez una tarde de junio, cuando fue a llevarle una bolsa de ropa que había quedado en el tendedero.
Su pareja le había dado la dirección y pedido que llamara al llegar, porque el timbre funcionaba a ratos.
El piso pertenecía a un hombre que trabajaba fuera durante semanas y alquilaba dos cuartos.
En la cocina había una nota con instrucciones sobre el lavavajillas y otra, más breve, que pedía no dejar pescado sin tapar en la nevera.
Gabriel se había burlado de ambas por teléfono.
Allí, delante de sus cosas reducidas a una cómoda y media balda, a Mateo no le hizo gracia.
—No pongas esa cara —dijo Gabriel.
—¿Qué cara?
—La de calcular cuántos metros necesito para no acabar triste.
Mateo dejó la bolsa sobre la cama.
—La ventana está mal.
—Lo sé. He aprendido a negociar con ella.
—Puedo mirarla.
Gabriel apoyó el hombro en la puerta.
—Si consigues cerrarla, te pago el café.
Mateo probó el pestillo y dejó de empujar al notar que forzaba la hoja. Necesitaba herramientas que no llevaba. Su pareja se acercó, tiró de una esquina con una destreza adquirida a la fuerza y consiguió encajarla.
—Ya te dije que negociaba.
—Eso ha sido una amenaza.
Gabriel sonrió y lo mandó a sentarse mientras guardaba la ropa.
Mateo se sentó en la silla junto a la cómoda.
Había una taza, un cargador, la novela que Gabriel llevaba meses leyendo sin prisa.
Reconoció un paquete de galletas que le gustaba y que él siempre olvidaba comprar.
Su pareja estaba construyendo allí una rutina.
La constatación le dolió más que la colcha.
Gabriel se sentó en el borde de la cama y empezó a sacar la ropa. Mateo había doblado mal una camiseta; él la rehízo sin comentar nada. Durante unos minutos hablaron de un ruido en la furgoneta y de la dificultad de aparcar en aquella calle. Después Gabriel dejó una camiseta sobre las rodillas.
—El dueño me ha preguntado si renovaría otro mes —dijo Gabriel.
Mateo levantó los ojos. Su pareja dejó de doblar.
—Le he dicho que todavía no lo sé.
—¿Cuándo tienes que contestar?
—El viernes.
Mateo miró el calendario que colgaba detrás de la puerta. Faltaban cuatro días. No se sentía capaz de prometer nada que mereciera una mudanza en cuatro días, aunque deseaba que Gabriel se levantara en aquel momento y recogiera todo.
—Prefiero que pagues otro mes —dijo.
Gabriel tardó en responder.
—¿Prefieres?
—Me jode muchísimo. Pero no quiero que vuelvas un jueves por no perder un alquiler.
Gabriel dejó la camiseta sobre las rodillas. Se quedaron mirándose, incómodos con una forma de acuerdo que no los hacía felices. Después Gabriel se levantó para poner la cafetera.
Prepararon café en la cocina compartida.
El otro inquilino llegó mientras estaban allí, los saludó y preguntó si alguno sabía por qué no había agua caliente.
Gabriel dejó la taza para ayudarlo a comprobar el calentador.
Mateo se quedó junto a la encimera, escuchándolos discutir sin demasiada gravedad.
Tuvo que sonreír: su pareja había abandonado una casa llena de problemas y había encontrado otra con una caldera caprichosa.
Al despedirse, Gabriel lo acompañó hasta la calle. Se besaron junto al portal. Mateo le preguntó si quería cenar en el piso el viernes. Gabriel dijo que sí, siempre que él eligiera la película.
—Tienes un gusto espantoso —protestó Mateo.
—Y aun así llevas tres años conmigo.
El viernes cocinaron juntos. Mateo quemó el ajo mientras intentaba contar una conversación con Clara y Gabriel lo apartó del fuego con una mano en la cintura. El contacto le hizo olvidar la frase. Su pareja lo notó y tardó un poco más de lo necesario en retirar la mano.
—Primero cenamos —dijo.
—No he pedido nada.
—Estás mirando de una manera bastante poco discreta.
Mateo se acercó y le besó el cuello. Gabriel cerró los ojos un instante, pero después lo separó con suavidad para salvar la sartén. Se rieron. La cocina recuperó durante unos minutos una familiaridad que no habían tenido que negociar.
Vieron la mitad de una película. Mateo estaba atento al peso de Gabriel contra su hombro, al movimiento de sus dedos sobre la costura del pantalón, y perdió el argumento mucho antes de admitirlo. Cuando Gabriel levantó la cara, lo besó.
El deseo llegó con alegría y con miedo. Mateo quería acercarse más de lo que sabía pedir, borrar con el cuerpo las noches separadas. Gabriel respondió al beso; después se apartó lo suficiente para mirarlo.
—Quiero quedarme esta noche —dijo—. Mañana necesito volver a por mis cosas para el trabajo.
Mateo volvió a acercarse. Tenía la mano prendida de su camiseta.
—Yo también quiero.
—¿Vas a pasarte la mañana intentando que me quede?
—Seguramente un rato. Intentaré no decirlo todo en voz alta.
Gabriel sonrió, y esa sonrisa lo desarmó más que cualquier promesa.
Se besaron de nuevo, despacio al principio, reconociendo una cercanía que seguía siendo suya aunque hubieran dejado de confiar en lo que ocurría después.
Mateo no intentó llevarlo hacia el dormitorio hasta que Gabriel se levantó con él.
En la habitación, Gabriel se detuvo ante la cama. Había una sábana distinta y la lámpara de su lado estaba desenchufada porque Mateo había usado el enchufe para cargar el ordenador. El detalle les recordó de golpe las semanas transcurridas. Mateo fue a arreglarlo, pero Gabriel le sujetó la mano.
—Luego.
Se quitaron la ropa con la torpeza conocida de dos personas que no necesitaban parecer impecables.
Mateo besó la marca ya casi curada del antebrazo de Gabriel y recibió una caricia en la mejilla.
Cuando se tumbaron, permanecieron un momento mirándose sin hacer nada más.
Le resultó difícil sostener aquella mirada; acabó sonriendo porque Gabriel le estaba haciendo cosquillas con un pie.
La noche no tuvo la urgencia de una reconciliación definitiva.
Hubo deseo, preguntas dichas muy cerca, una risa cuando el borde de la sábana quedó atrapado, pausas en las que Mateo pudo respirar sin buscar señales de retirada.
Después se quedaron juntos, sudados y cansados, con la ventana entreabierta y el ruido de un coche que tardaba demasiado en aparcar.
Gabriel le acarició el pecho con la palma abierta.
—Te he echado de menos.
Mateo giró la cara hacia él.
—Yo a ti también.
No añadió cuánto ni desde cuándo. Gabriel estaba allí y merecía recibir la frase sin tener que hacerse cargo de todo lo que había faltado.
Por la mañana desayunaron tarde. Gabriel tenía que ir al almacén y luego volvería a la habitación alquilada. Mateo lo sabía, pero el dolor reapareció cuando lo vio buscar la camiseta.
—Puedes dejarla aquí —dijo, señalando la bolsa.
Gabriel se quedó quieto.
—Necesito esas cosas allí.
Mateo sintió el impulso de responder que también las necesitaba él en casa. Se obligó a callar hasta que la frase perdió fuerza.
—Vale. Lo he dicho sin pensar.
Gabriel se acercó y lo besó.
—El domingo te llamo cuando salga.
—De acuerdo.
Después de que se marchara, Mateo tuvo una hora mala.
Se sentó en el borde de la cama y lamentó haber aceptado una noche que no podía prolongar.
A mediodía salió a comprar y se encontró con Nuria.
Ella le preguntó por una medida pendiente, él la recordó y pudieron hablar de la obra sin que tuviera que fingir que su vida entera iba bien.
Las semanas siguientes tuvieron noches compartidas y otras en las que apenas se hablaron.
Una tarde Gabriel pidió a Mateo que recibiera un paquete de material.
Él tenía una visita de obra y dijo que no.
Su pareja se irritó, insistió en que eran diez minutos y acabó cambiando la entrega después de llamar a tres personas.
Cuando llegó la caja, llevaba escrito el nombre de otra empresa.
Se pasaron una cena entera quejándose del error ajeno.
El carpintero devolvió los mil ciento veinte euros.
Mateo llevó las piezas pagadas al cobertizo y las apoyó contra una pared seca.
Un viernes fue allí con intención de colocarlas; terminó sentado en el suelo, incapaz de tocar una caja de su padre.
Llamó a Bruno, que no pudo ir. Begoña tampoco estaba disponible.
Se quedó veinte minutos más, cerró la casa y volvió al piso.
Esa noche estuvo de mal humor sin encontrar a quién atribuírselo.
Mateo siguió viendo a Inés. Algunas sesiones le servían de inmediato; otras lo dejaban de mal humor hasta la mañana siguiente.
Empezó a reconocer la diferencia entre echar de menos a su padre y necesitar que todos lo demostraran de la misma manera.
No siempre conseguía actuar a tiempo, pero dejó de considerar cada mal día una prueba de que nada estaba cambiando.
En el trabajo, Clara le devolvió un encargo pequeño.
Le dijo que necesitaba una revisión de planos, con un plazo concreto y sin margen para cubrirlo después.
Mateo aceptó menos horas de las que habría aceptado un año antes.
Le costó no explicarse demasiado. Clara le agradeció la claridad y pasó al siguiente punto de la llamada.
La reforma de Nuria llegó a la parte en la que todo parecía empeorar antes de terminar.
Había polvo sobre los libros protegidos, una pared que mostraba más irregularidades de las previstas y un proveedor que confundió el día de entrega.
Mateo tuvo que dar malas noticias sin adornarlas y pedir ayuda al carpintero cuando una solución que le gustaba no funcionaba en la práctica.
* * *
La prueba de los altavoces se hizo un jueves de junio, en una librería cubierta de plásticos.
Gabriel había comprado el equipo usado con su dinero y llevaba el justificante doblado dentro de una funda.
Mateo lo vio dejárselo a Nuria antes de abrir las cajas.
No dijo nada sobre los cuatrocientos sesenta euros.
Nuria guardó el justificante con los papeles de la instalación.
El primer aparato funcionó. El segundo hizo un ruido que provocó la aparición del albañil desde el local contiguo.
—Eso espanta a los lectores —dijo Nuria.
Gabriel bajó el volumen.
—Es el cable.
Mateo fue a buscar otro. Cuando volvió, Gabriel había abierto una caja distinta y tenía el teléfono entre el hombro y la oreja. Hablaba con Dani, demasiado deprisa, enumerando lo que había probado. Mateo tendió el cable sin interrumpirlo.
Gabriel lo rechazó con un gesto.
—Ese no.
—Es el que has pedido.
—Un segundo.
Mateo esperó. Gabriel cambió una conexión, volvió a subir el volumen y el ruido se repitió. Nuria retiró del mostrador una taza que vibraba. Llevaba veinte minutos sin poder atender una llamada tranquila.
—Lo probáis cuando cierre —dijo—. A las dos.
Gabriel miró la hora. Tenía que estar en el almacén a la una y media.
—Puedo terminar en cinco minutos.
—Llevas quince diciéndolo.
Mateo se mordió una respuesta que habría empeorado todo. Gabriel le vio la cara y acabó la llamada sin despedirse bien. Durante unos segundos pareció dispuesto a desmontar el equipo entero, llevarlo a la furgoneta y demostrar en otro sitio que sabía hacer su trabajo.
—A las dos —repitió Nuria.
Gabriel dejó el cable.
—Vale.
Salieron a la acera. Gabriel llamó al almacén para decir que no llegaría. Al otro lado hubo una protesta que Mateo oyó a medias. Esta vez no contestó que tardaría poco; preguntó qué tendría que terminar aquella noche para compensarlo. La llamada duró menos de lo que Mateo había esperado.
—Dani tenía razón —dijo Gabriel al colgar—. La salida del aparato es distinta de la que miré. No tiene la culpa el cable.
—¿Sirven?
—Sí. Necesito otra conexión y dejar de empeñarme en que es la que yo digo.
Mateo se apoyó junto a él. Desde allí veía su plano pegado dentro del escaparate, una esquina despegada por el calor. Había dejado dos medidas sin corregir. Tendría que volver a imprimirlo.
—Podemos comer mientras —propuso.
—Tengo ganas de tirarme debajo de la furgoneta.
—Después. Ahora están cargando enfrente.
Gabriel lo miró y soltó una carcajada contra su voluntad.
Comieron un menú demasiado rápido, hablando de un cliente que quería iluminar una mesa de conferencias como si fuera un escaparate de joyas.
Mateo contó sus problemas con una puerta y recibió una opinión que no había pedido.
Por primera vez en semanas pudo discutirla sin que detrás estuviera toda su relación.
A las dos volvieron. Gabriel hizo funcionar los dos altavoces y llamó a Dani para decírselo; añadió que había colgado de mala manera. Mateo esperaba que justificara el mal humor. Dejó que Dani se quejara un rato y se limitó a preguntar por el montaje de la tarde.
Nuria probó el micrófono leyendo un párrafo de la primera novela que encontró. No le gustó oír su voz y se lo pasó a Mateo. Él leyó la frase siguiente. Gabriel lo miró desde el fondo y le indicó con dos dedos que bajara el micrófono.
—No hace falta que te lo comas.
Mateo hizo lo contrario por llevarle la contraria.
Su voz retumbó, Nuria protestó y los tres acabaron riéndose.
Después Gabriel enseñó a su clienta cómo encenderlo, ajustar el volumen y guardar las piezas.
Ella pidió que lo escribiera en una hoja.
Él lo hizo sin bromear acerca de lo sencillo que era.
Cuando cerraron, Gabriel tenía otra jornada por delante. Mateo se ofreció a acercarle algo de cenar al almacén. Su pareja dijo que no hacía falta y después rectificó: si le venía bien, lo agradecería. Quedaron a las nueve.
Mateo llegó a las nueve y diez. Encontró a Gabriel todavía terminando y se sentó con Dani, que tenía hambre suficiente para empezar sin él.
Repartieron la comida en los recipientes de cartón y le guardaron una ración.
Gabriel se incorporó quince minutos después, se quejó de la cantidad que quedaba y se comió también lo que Mateo no había terminado.
Al salir, Gabriel lo acompañó hasta el coche. Se besaron al abrigo de la puerta abierta; Gabriel tenía las manos frías y se las metió por debajo de la chaqueta. Mateo lo atrajo hasta rozar el asiento.
—Hoy no puedo quedarme —murmuró Gabriel.
—Lo sé.
Siguieron besándose un rato. Al separarse, Mateo se llevó su mano a la boca y le besó los nudillos, manchados de una tinta que no había salido al lavarse. Gabriel se quedó mirándolo antes de cerrar la puerta.
—El sábado sí quiero.
Mateo arrancó con aquella frase todavía caliente. Al llegar al piso encontró un mensaje de Nuria: había encendido el equipo sin ayuda. Adjuntaba una fotografía del interruptor que había tenido que marcar con cinta roja. Se la reenvió a Gabriel y fue a acostarse.